Principal Una Corte De Rosas Y Espinas

Una Corte De Rosas Y Espinas

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Lentamente, como dándome tiempo para alejarme, rozó sus labios contra mi mejilla. Tierno, cálido y desoladoramente gentil. Me obsequió poco menos que una caricia antes de regresar a su habitual rigidez. Hubiera permanecido inmóvil desde el momento en el que su boca erizó mi piel. “Algún día... algún día podré responder a todas tus preguntas”, dijo, soltándome la mano y alejándose de mí. “Pero no podré hacerlo hasta llegado el momento correcto. Hasta que estemos a salvo.” En la oscuridad, el tono de su voz indicaba que sus ojos rebosaban de amargura. Cuando se fue, exhalé una bocanada, y recién ahí descubrí que había estado aguantando la respiración. Tras su partida descubrí que deseaba con todo mi ser su calidez, su cercanía.
Volumen:
1
Año:
2021
Edición:
1
Editorial:
Planeta Argentina
Idioma:
spanish
Páginas:
445
ISBN 10:
9504949118
Serie:
Una corte de rosas y espinas
Archivo:
PDF, 3,95 MB
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Términos más frecuentes

 
4 comments
 
Ratatouille°|°
Es la mejor saga que leído ❤️?❤️
12 April 2021 (04:57) 
4/5 estrellas. Al principio no me engancho pero ya al final fue diferente. Lo recomiendo :)
01 June 2021 (20:45) 
Juliethsc3
5/5, super buen libro, demasiado entretenido y te atrapa con toda su historia
17 June 2021 (17:56) 
Mae
Me esperaba mucho más, me pareció bastante básica la historia y cliché. Dudo en volver a leer a esta escritora.
10 September 2021 (10:11) 

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1

La Corte de Niebla y Furia

Language:
spanish
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Maverick

Language:
spanish
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Nyx

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Eglasi

Oficialmaria

Isane33

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Rincone

Isane33

Mais020291

Peke Chan

Melody

Rincone

Issa Sanabria
Raeleen P.
Mae
Eni
Nati C L
Rory Cáceres
Clara_saphirblau

Recopilación y Revisión
Sttefanye & Rincone

Diseño
Rincone

Agradecimientos
Sinopsis
Mapa de Prythian
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23

Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Próximo libro
Créditos

Feyre

Tamlin,

El bosque se había convertido en un laberinto de nieve y hielo.
Había estado monitorizando los parámetros de la espesura durante
una hora, y mi punto de vista desde el hueco de la rama de un árbol se había
vuelto inútil. Las ráfagas de aire habían soplado gruesos copos que
cubrieron mis pasos, pero enterrando junto con ellos cualquier signo
potencial de una presa.
El hambre me había llevado más lejos de casa de lo que solía
arries; garme, pero el invierno era un tiempo difícil. Los animales se
escondían, yendo más profundo en el bosque de lo que podía seguirles,
dejándome únicamente para cazar uno a uno a los rezagados, rezando para
que me duraran hasta la primavera.
No lo hicieron.
Me pasé mis entumecidos dedos por los ojos, alejando los copos
adheridos a mis pestañas. Aquí no había árboles que estuviesen despojados
de cortezas que marcaran el paso de los ciervos—aún no se habían movido.
Se quedarían hasta que se acabara la corteza, luego viajarían hacia el norte
pasando el territorio de los lobos y tal vez la tierra fe de Prythian, donde
ningún mortal se atrevería a ir, no a menos que tuviera deseos de morir.
Un estremecimiento se deslizó por mi columna ante el pensamiento y lo
alejé, centrándome en mi entorno, en la tarea por delante. Eso era todo lo
que podía hacer, todo lo que había sido capaz de hacer durante años;
centrarme en sobrevivir a la semana, el día, la hora por delante. Y ahora,
con la nieve, tendría suerte si podía ver alguna cosa, sobre todo desde mi
elevada posición en el árbol, casi sin poder ver los quince metros por delante.
Ahogando un gemido cuando mis entumecidos miembros protestaron por el
movimiento, destensé mi arco antes de bajar del árbol.
La helada nieve crujió bajo mis deshilachadas botas y apreté los
dientes. Baja visibilidad, ruido innecesario—iba muy bien encaminada a
otra cacería infructuosa.

Solo quedaban unas pocas horas de luz y si no me marchaba pronto,
tendría que regresar a casa a oscuras y las advertencias de los cazadores de
la ciudad todavía estaban frescas en mi mente: lobos gigantes al acecho, y en
manadas. Por no hablar de los rumores de gente extraña merodeando los
alrededores, altos, misteriosos y mortales.
Nada sino las hadas, los dioses cazadores largamente olvidados a los
que había suplicado y a los que secretamente había seguido orando. En los
ochos años que habíamos estado viviendo en nuestro poblado, a dos días de
camino desde la frontera inmortal de Prythian, habíamos estado a salvo de
un ataque—aunque los vendedores ambulantes algunas veces traían con
ellos historias de lejanas ciudades fronterizas que habían quedado reducidas
a astillas, huesos y cenizas. Estos cuentos, una vez lo suficientemente raros
como para ser descartados por los ancianos de la aldea como rumores, en los
últimos meses se habían convertido en susurros recurrentes de todos los
días en el mercado.
Había arriesgado mucho yendo tan lejos en el bosque, pero el día de
ayer se nos había terminado nuestra última hogaza de pan, y el resto de
nuestra carne seca el día anterior. Aun así, prefería pasar otra noche con el
vientre vacío que siendo lo que satisficiera el apetito de un lobo. O un hada.
No es que hubiera mucho de mí para darse un festín. Para esta época
del año me había vuelto desgarbada, se podían contar un buen número de
mis costillas. Moviéndome tan ágil y silenciosamente como podía entre los
árboles, apreté una mano contra mi hueco y dolorido estómago. Sabía la
expresión que habría en los rostros de mis dos hermanas mayores cuando
regresara a nuestra casa con las manos vacías una vez más.
Después de unos minutos de cuidadosa búsqueda, me acurruqué dentro
de un grupo de zarzas llenas de nieve. A través de las espinas, tuve una
visión medio decente de un claro y del pequeño arrollo fluyendo a través de
él. Unos agujeros en el hielo sugerían que todavía se utilizaba con
frecuencia. Con suerte conseguiría algo. Si había suerte.
Suspiré, clavando la punta de mi arco en el suelo, y apoyé mi frente
contra la curva de la primitiva madera. No duraríamos otra semana sin
comida. Y demasiadas familias ya habían comenzado a pedirme que
esperara que los ciudadanos más ricos nos tendieran la mano. Había sido
testigo de primera mano de exactamente hasta dónde llegaba su caridad.

Me acomodé en una posición más cómoda y calmé mi respiración,
tratando de escuchar el bosque por encima del viento. La nieve caía y caía,
bailando y rizándose como espumosos destellos, el fresco y limpio blanco
contra lo marrón y gris del mundo. Y a pesar de mí misma, a pesar de mis
miembros entumecidos, aquieté esa implacable y viciosa parte de mi mente
para captar el bosque velado de nieve.
Una vez, fue una segunda naturaleza el saborear el contraste de la
hierba nueva contra lo oscuro de la tierra labrada, o un broche de amatista
enclavado en los pliegues de seda esmeralda; una vez soñé, respiré y pensé
en colores y formas. A veces me atrevía a disfrutar de imaginar un día en
que mis hermanas se casaran y que solo fuésemos Padre y yo, con suficiente
comida para todos, el dinero suficiente para comprar un poco de pintura y el
tiempo suficiente para plasmar esos colores y formas en un papel o en un
lienzo o en las paredes de la cabaña.
No era probable que ocurriera pronto, tal vez nunca. Así que me
quedaban momentos como éste, admirando el brillo de la pálida luz de
invierno en la nieve. No podía recordar la última vez que lo había hecho, que
me había tomado la molestia en notar algo encantador o interesante.
Las horas robadas en un granero decrépito con Isaac Hale no contaban;
aquellos momentos eran hambrientos y vacíos, a veces crueles, pero nunca
encantadores.
El aullido del viento se calmó en un suave suspiro. La nieve caía
perezosamente ahora, en grandes y gordos terrones que se juntaban a lo
largo de cada rincón y protuberancia de los árboles. Era fascinante la belleza
letal y gentil de la nieve. Pronto tendría que volver a los caminos fangosos y
congelados de la aldea, al agobiante calor de nuestra cabaña. Una pequeña y
fragmentada parte de mí retrocedió ante la idea.
Los arbustos crujieron a través del claro.
Tirar de mi arco fue cuestión de instinto. Miré a través de las espinas y
mi respiración se cortó.
A menos de treinta metros de distancia, había de pie una pequeña
cierva no demasiado escuálida por el invierno, pero lo suficientemente
desesperada como para arrancar la corteza de un árbol en el claro.

Un ciervo así podría alimentar a mi familia durante una semana o
más.
Mi boca se hizo agua. Tranquila como el viento silbando a través de
hojas muertas, apunté.
Ella seguía arrancando tiras de corteza, masticando lentamente,
completamente inconsciente de que su muerte esperaba a pocos metros de
distancia.
Podría secar la mitad de la carne y podríamos comernos el resto,
guisos, pasteles… su piel se podría vender, o tal vez convertirla en ropa para
alguno de nosotros. Necesitaba unas botas nuevas, pero Elain necesitaba
una capa nueva y Nesta era propensa a desear lo que sea que otra persona
poseyera.
Me temblaron los dedos. Era comida tanto como salvación. Tomé aire,
cuadrando mi objetivo.
Pero había un par de ojos dorados brillando desde el arbusto junto al
mío.
El bosque se quedó en silencio. El viento se calmó. Incluso la nieve se
detuvo.
Nosotros los mortales ya no teníamos dioses a los que adorar, pero si
conociera sus nombres, les habría rezado. A todos ellos. Oculto entre la
espesura, el lobo se acercó más, su mirada fija en la inadvertida cierva.
Era enorme, del tamaño de un poni, y aunque se me había advertido
sobre su presencia, mi boca se resecó.
Pero peor que su tamaño, era su sigilo poco natural; incluso a
centímetros del arbusto, permaneció indetectable, inadvertido por la cierva.
Ningún animal tan masivo podría ser tan silencioso. Pero si no era un
animal corriente, era de origen Prythiano, y si de alguna manera era un
hada, entonces ser comida era la menor de mis preocupaciones.
Si era un hada, ya debería estar corriendo.
Pero tal vez… tal vez sería un favor al mundo, a mi pueblo, a mí
misma, matarlo mientras seguía sin ser detectada. Ponerle una flecha en el
ojo no sería ninguna carga.

Pero a pesar de su tamaño, lucía como un lobo, se movía como un lobo.
Animal, me tranquilicé. Solo es un animal. No me permití considerar la
alternativa, no cuando necesitaba tener la cabeza clara y mi respiración
constante.
Tenía un cuchillo de caza y tres flechas. Las dos primeras eran flechas
normales, simples y eficientes, y probablemente no más que una picadura de
abeja para un lobo de ese tamaño. Pero la tercera flecha, la más larga y
pesada, se la había comprado a un vendedor ambulante durante el verano
en que habíamos tenido suficientes monedas de cobre para lujos adicionales.
Una flecha tallada de un fresno de las montañas, armada con una cabeza de
hierro.
Por las canciones que nos entonaban como nanas a la hora de dormir,
todos sabíamos desde la infancia que las hadas odiaban el hierro. Pero era la
madera de fresno lo que hacía que su inmortalidad, que su magia curativa
vacilara el tiempo suficiente para que un ser humano diera el golpe de
gracia. O eso era lo que las leyendas y los rumores afirmaban. La única
prueba que teníamos de la efectividad del fresno era su gran rareza. Había
visto dibujos de los árboles, pero nunca uno con mis propios ojos, no después
de que el Alto Fae los hubiera quemado todos hace mucho tiempo. Así que
pocos habían quedado, la mayoría de ellos pequeños y enfermizos y ocultos
por la nobleza dentro del altamente arboleado muro. Me había pasado
semanas debatiendo después de mi compra si la poca costosa madera había
sido una pérdida de dinero o una falsificación, y durante tres años, la flecha
de fresno se había quedado sin utilizar en mi aljaba.
Ahora la sostuve, manteniendo mis movimientos al mínimo, eficientes,
cualquier cosa para evitar que el monstruoso lobo mirase en mi dirección. La
flecha era larga y lo suficientemente pesada como para causar daños y
posiblemente matarlo si apuntaba bien.
Mi pecho se apretó tanto que dolió. Y en ese momento, me di cuenta
que mi vida se reducía a una sola pregunta: ¿Era el único lobo?
Agarré mi arco y tensé la cuerda hacia atrás. Era una tiradora decente,
pero nunca me había enfrentado a un lobo. Pensaría que eso me hacía una
persona con suerte, incluso bendecida. Pero ahora… no sabía en dónde dar o
qué tan rápido se movían. No podía permitirme el lujo de perderlo. No
cuando solo tenía una flecha de fresno.

Y si efectivamente se trataba de un corazón de hada lo que latía bajo
esa piel, entonces que así fuera. Que así fuera, después de todo lo que su
especie nos había hecho. No me arriesgaría a que éste más tarde se
arrastrara dentro de nuestro pueblo para matar, mutilar y atormentar.
Moriría aquí y ahora. Estaría encantada de acabar con él.
El lobo se acercó más y una rama crujió bajo una de sus patas, cada
una de ellas más grande que mi mano. La cierva se puso rígida. Miró de un
lado a otro, agudizando el oído hacia el cielo gris. Con la posición del lobo a
favor del viento, no podía verle ni oírle.
Bajó la cabeza, y su enorme cuerpo color plata, tan perfectamente
mezclado con la nieve y las sombras, se hundió en sus cuartos traseros. La
cierva seguía mirando en la dirección equivocada.
Miré de la cierva al lobo y viceversa. Por lo menos él estaba solo, al
menos era lo que esperaba. Pero si el lobo asustaba a la cierva, me quedaría
con nada más que con un lobo hambriento, posiblemente un hada, en busca
de su siguiente comida. Y si él la mataba, destruiría preciosas cantidades de
piel y grasa…
Si juzgaba equivocadamente, mi vida no sería la única que se perdería.
Pero mi vida se había reducido a nada más que a los riesgos que estos
pasados ochos años había tomado cazando en el bosque, y había elegido
correctamente la mayoría de las veces. La mayor parte.
El lobo se disparó desde el arbusto en un destello de color gris, negro y
blanco, sus amarillos colmillos brillando. Era aún más gigantesco en campo
abierto, una maravilla de músculos, velocidad y fuerza bruta. La cierva no
tenía ninguna oportunidad.
Disparé la flecha de fresno antes de que destruyera gran parte de ella.
La flecha dio en su blanco en su costado, y habría jurado que el suelo
en sí se estremeció. Gritó de dolor, liberando el cuello de la cierva mientras
su sangre salpicaba sobre la nieve de un brillante rubí.
Se giró hacia mí con esos enormes ojos amarillos ensanchados, el pelo
erizado. Su gruñido retumbó en el pozo vacío que era mi estómago mientras
me ponía sobre mis pies, esparcía la nieve alrededor y agarraba otra flecha.
Pero el lobo simplemente me miró, sus fauces manchadas con sangre,
mi flecha de fresno clavada muy vulgarmente en su costado. La nieve

comenzó a caer de nuevo. Me miró, y lo hizo con tal especie de conciencia y
sorpresa que me hizo dispararle una segunda flecha. Solo por si acaso, por si
acaso esa inteligencia fuera de una especie inmortal y perversa.
Él no trató de esquivar la flecha cuando ésta atravesó directamente su
amplio ojo amarillo.
Se desplomó sobre el suelo.
Color y oscuridad se enturbiaron, arremolinándose en mi visión,
mezclándose con la nieve.
Sus piernas temblaron mientras un bajo gemido rodaba a través del
viento. Imposible, debería estar muerto, no muriéndose. La flecha había
entrado por su ojo casi hasta la pluma de ganso1.
Pero lobo o hada, no importaba. No con esa flecha de fresno incrustada
en su costado. Muy pronto estaría muerto. Aun así, mis manos temblaban
mientras me sacudía la nieve y me acercaba, manteniendo una distancia
prudente. La sangre brotaba de las heridas que le había causado,
manchando de carmesí la nieve.
Él pateó en el suelo, con su respiración ya se desaceleraba. ¿Tenía
mucho dolor, o su quejido era un mero intento de mantener alejada a la
muerte? No estaba segura de que quisiera saberlo.
La nieve se arremolinaba a nuestro alrededor. Me quedé mirándolo
hasta que la capa de color carboncillo, obsidiana y marfil dejó de ascender y
descender. Lobo, definitivamente solo un lobo, a pesar de su tamaño.
La presión en mi pecho se alivió y dejé salir un suspiro, mi aliento
nublándose delante de mí. Al menos la flecha de fresno había demostrado
ser letal, sin importar a quién o a qué le daba. Un rápido vistazo a la cierva
me dijo que podría llevarme solo a un animal, e incluso aquello sería una
lucha. Pero era una pena dejar el lobo.
A pesar de que perdí unos preciosos minutos, minutos durante los
cuales cualquier depredador podría haber olido la fresca sangre, lo
despellejé y limpie mis flechas lo mejor que pude. En todo caso, calentó mis
manos. Envolví el lado sangriento de su piel alrededor del cuerpo atado y

1 Se refiere a la pluma que está en el extremo opuesto a la punta de la flecha y ayuda a que
la flecha viaje con más equilibrio.
2 Tipo de flor.
3 Gachas: Crema de avena.

muerto de la cierva antes de levantarla sobre mis hombros. Iban a ser varios
kilómetros de regreso a nuestra cabaña, y no necesitaba un rastro de sangre
que llevara a todos los animales con colmillos y garras directamente a mí.
Gruñendo por el peso, agarré las patas del ciervo y le eché un vistazo
final al vaporoso cadáver del lobo. Su restante ojo color oro se había quedado
mirando hacia el cielo saturado de nieve, y por un momento, me habría
gustado sentir remordimientos por la cosa muerta.
Pero esto era el bosque, y esto era el invierno.

El sol se había puesto para cuando salí del bosque, mis rodillas
temblaban. Mis manos, rígidas por sostener las patas del ciervo, hacia
kilómetros que se habían entumecido por completo. Ni siquiera el cadáver
pudo protegerme del profundo frío.
El mundo estaba inundado por tonalidades de azul oscuro,
interrumpido únicamente por mantecosos rayos de luz que escapaban por
las ventanas con persianas de nuestra ruinosa cabaña. Era como caminar a
través de una vívida pintura, un momento fugaz de quietud, el azul
cambiando rápidamente a sólida penumbra.
Mientras me dirigía por el camino de entrada, cada paso siendo
impulsado únicamente por el hambre casi vertiginosa, las voces de mis
hermanas revolotearon hasta mí. No necesitaba discernir sus palabras para
saber que lo más probable era que hablaran sobre un joven muchacho o las
cintas que habían visto en el pueblo cuando deberían haber ido a cortar
leña, no obstante, sonreí un poco.
Le di una patada con las botas al marco de la puerta de piedra,
sacudiéndoles la nieve. Trozos de hielo se liberaron de las grises rocas de la
cabaña, revelando las descoloridas marcas de las salas alrededor del umbral.
Un charlatán había convencido a mi padre de intercambiar una de sus tallas
de madera a cambio de unos grabados contra el daño de las hadas. Había
tan poco que mi padre fuese capaz de hacer por nosotras que no había tenido
el corazón para decirle que aquellos grabados eran inútiles… y sin ninguna
duda, falsos. Los mortales no poseían magia, no poseían la fuerza superior o
velocidad que poseían las hadas o un Alto Fae. El hombre, alegando que
tenía un poco de sangre feérica en su ascendencia, solo había tallado
espirales y remolinos y runas alrededor de la puerta y las ventanas,
murmurado algunas palabras sin sentido y siguió su camino.
Abrí la puerta de madera y el congelado hierro mordió mi piel como
una víbora. El calor y la luz me cegaron cuando me deslicé en el interior.

—¡Feyre! —El suave jadeo de Elain raspó mis oídos y entrecerré un
poco los ojos al brillo del fuego para encontrar a mi hermana mayor justo
delante de mí. A pesar de que estaba envuelta en una manta raída, su
cabello color oro marrón, el color que teníamos las tres, estaba colocado
perfectamente en espiral sobre su cabeza. Ocho años de pobreza no la
habían despojado del deseo de lucir hermosa.
—¿De dónde sacaste eso? —El trasfondo de hambre perfeccionó sus
palabras en una nitidez que se había vuelto demasiado común en las
últimas semanas. No hizo mención alguna sobre la sangre que me cubría.
Había perdido la esperanza hacía tiempo de que se dieran cuenta de si yo
realmente regresaba de los bosques cada noche. Al menos hasta que tuviera
hambre de nuevo. Pero entonces, mi madre no les había hecho jurar nada a
ellos mientras estaban de pie junto a su lecho de muerte.
Tomé una respiración tranquilizadora mientras descargaba la cierva de
mis hombros. Ésta golpeó la mesa de madera con un ruido sordo, haciendo
sonar la taza de cerámica en el otro extremo.
—¿De dónde crees que la he sacado? —Mi voz se había vuelto ronca,
cada palabra ardiendo mientras salía. Mi padre y Nesta seguían en silencio
calentando sus manos junto a la chimenea, mi hermana mayor ignorándole,
como de costumbre. Quité la piel del lobo del cuerpo de la cierva y después
de quitarme las botas y ponerlas junto a la puerta, me giré hacia Elain.
Sus ojos castaños, los ojos de mi padre, permanecieron puestos sobre la
hembra.
—¿Te tomará mucho tiempo limpiarla?
Yo. No ella, nunca ellos. Ni una sola vez los había visto con las manos
pegajosas de sangre y piel. Yo sola había aprendido a preparar y cosechar
mis cacerías gracias a las instrucciones de los demás.
Elain apoyó su mano contra su vientre, probablemente tan vacío y
dolorido como el mío. No era que Elain fuese cruel. Ella no era como Nesta,
quien había nacido con una mueca en su rostro. Elain a veces
sencillamente… no captaba las cosas. No era la mezquindad lo que le
impedía ofrecer su ayuda; es que simplemente nunca se le había ocurrido
que a lo mejor pudiera ensuciarse las manos. Nuca he podido saber si es que
realmente no entendía que éramos verdaderamente pobres o si solamente se
negaba a aceptarlo. Aún no había dejado de comprarle sus semillas para el

jardín de flores que cuidaba en los apacibles meses, siempre que podía
permitírmelo.
Y tampoco le había impedido comprarme tres pequeñas latas de
pintura de color rojo, amarillo y azul durante el mismo mes que había tenido
lo suficiente para comprar la flecha de fresno. Aquel fue el único regalo que
alguna vez me habían dado, y nuestra casa aún tenía las marcas de ellas,
incluso si ahora la pintura estaba desvanecida y cascada: pequeñas
enredaderas y flores a lo largo de las ventanas, las puertas y los bordes de
las cosas y pequeños rizos de fuego en las piedras que bordeaban la
chimenea. Cualquier minuto libre que tuve en ese verano, solía adornar
nuestra casa con color, a veces ocultando ingeniosas decoraciones dentro de
cajones, detrás de las roídas cortinas, debajo de las sillas y mesa.
No habíamos tenido un verano tan tranquilo desde entonces.
—Feyre. —El profundo gruñido de mi padre provino desde el fuego. Su
oscura barba estaba prodigiosamente recortada, su rostro impecable, al
igual que el de mis hermanas—. Que suerte has tenido el día de hoy,
trayéndonos un festín así.
Junto a mi padre, Nesta soltó un resoplido. No era de extrañar.
Cualquier pequeño elogio para cualquier persona, como yo, Elain, otros
aldeanos, a ella le resultaba un disgusto. Y cualquier palabra de nuestro
padre por lo general también le parecía una ridiculez.
Me incorporé, casi demasiado cansada como para levantarme, pero
coloqué una mano en la mesa al lado de la cierva mientras le disparaba una
mirada a Nesta. De todos nosotros, Nesta fue a quien le sentó peor la
pérdida de nuestra fortuna. Había estado silenciosamente resentida con mi
padre desde el momento en que huimos de nuestro señorío, incluso después
de ese horrible día en que uno de los acreedores viniera a mostrarnos cuán
disgustado estaba por la pérdida de su inversión.
Pero al menos Nesta no nos había llenado la cabeza con inútiles charlas
de recuperar nuestra riqueza, como mi padre. No, ella simplemente gastaba
cualquier dinero que yo no escondiese de ella, y rara vez se molestaba en
reconocer en absoluto la coja presencia de mi padre. Algunos días, no podía
decir cuál de los dos era más miserable y amargado.
—Podemos comernos la mitad de la carne esta semana —dije,
dirigiendo mi mirada a la cierva. El animal ocupaba la totalidad del

desvencijado lugar que usábamos para comer, trabajar y cocinar—. Podemos
secar la otra mitad —continué, sabiendo que no importaba lo bien que me
expresara, terminaría haciendo la mayoría de ella—. E iré mañana al
mercado para ver cuánto puedo conseguir por la piel. —Terminé, más para
mí que para ellos. De todos modos, nadie se molestó en confirmar si me
habían oído.
Mi padre estiró su arruinada pierna delante de él, tan cerca del calor
del fuego como pudo. El frío, la lluvia o un cambio en la temperatura
siempre agravaban las viciosas y retorcidas heridas alrededor de su rodilla.
Su bastón, sencillamente tallado, estaba apoyado contra la silla, un bastón
que se había hecho él mismo… y el que Nesta algunas veces era propensa a
colocar lejos de su alcance.

Podría conseguir un trabajo si no estuviera tan avergonzado , era lo que
Nesta siempre decía cuando le susurraba al respecto. Ella lo odiaba también
por la lesión, por no defenderse cuando aquel acreedor y sus matones
irrumpieron en casa y le rompieron la rodilla una y otra vez. Nesta y Elain
habían huido hacia el dormitorio, colocando barricadas en la puerta. Yo me
había quedado, y supliqué y lloré con cada grito de mi padre, con cada crujir
de sus huesos. Me ensucié, y entonces vomité justo sobre las piedras delante
de la chimenea. Solo entonces los hombres se marcharon. Nunca volvimos a
verlos.
Utilizamos una gran parte de nuestro dinero restante para pagarle a
un curandero. Le llevó a mi padre seis meses poder incluso caminar, un año
antes de que pudiera andar un kilómetro. Las monedas de cobre que traía
cuando alguien se compadecía lo suficiente como para comprarle una de sus
tallas de madera no eran suficientes para mantenernos alimentados. Hace
cinco años, cuando el dinero se había verdaderamente ido, cuando mi padre
no podía —quería— moverse mucho, no había argumentado cuando anuncié
que me iba de caza.
No se había molestado en intentar pararse de su asiento junto al fuego,
no se había molestado en alzar la mirada de su talla de madera.
Sencillamente permitió que entrara en aquellos mortales y misteriosos
bosques, con los que hasta los más experimentados cazadores eran cautos.
Se había vuelto más consciente ahora, algunas veces daba las gracias, a
veces cojeaba todo el camino hasta la ciudad para vender sus tallados, pero
no mucho más.

—Me encantaría una nueva capa —dijo Elain finalmente con un
suspiro, en el mismo momento en que Nesta se levantaba y declaraba:
—Necesito un nuevo par de botas.
Me mantuve en silencio, sabiendo que mejor no meterme en medio de
una de sus discusiones, pero miré al par todavía brillantes de Nesta en la
puerta. Junto a ellas, mis demasiado pequeñas botas se estaban cayendo a
pedazos, unidas solamente por los deshilachados cordones.
—Pero me estoy congelando con esta vieja y andrajosa manta —declaró
Elain—. Me congelaré hasta la muerte.
Clavó sus muy abiertos ojos en mí y me dijo:
—Por favor, Feyre. —Soltó las dos sílabas de mi nombre —fay-ruh— en
el gemido más horrible que jamás había soportado, y Nesta chasqueó en alto
su lengua antes de ordenarle que se callara.
Les dejé en el trasfondo cuando empezaron a discutir sobre quién iba a
quedarse con el dinero de la piel que vendería mañana y encontré a mi
padre, ahora de pie, junto a la mesa, una mano apoyada contra ella para
apoyar su peso mientras inspeccionaba la cierva. Su atención se deslizó en la
piel del gigantesco lobo. Sus dedos, aún suaves y caballerosos, giró la piel y
trazó una línea a través del sangriento inferior. Me tensé.
Sus oscuros ojos se posaron en los míos.
—Feyre —murmuró, y su boca se hizo una apretada línea—. ¿De dónde
sacaste esto?
—Del mismo lugar del que conseguí la cierva —le contesté con la
misma calma, mis palabras frías y agudas.
Recorrió con su mirada el arco y el carcaj atado a mi espalda y el
cuchillo de caza a mi lado. Sus ojos se humedecieron.
—Feyre… el riesgo…
Sacudí mi barbilla hacia la piel, incapaz de contener la rotura en mi
voz.
—No tenía otra opción.

Lo que realmente quería decir era: Ni siquiera te molestas en salir de
casa la mayoría de los días. Si no fuera por mí, nos moriríamos de hambre.
Si no fuera por mí, ya estaríamos muertos.
—Feyre —repitió y cerró los ojos.
Mis hermanas se habían quedado en silencio, y levanté la vista a
tiempo para ver a Nesta arrugando la nariz con un resoplido. Recogió mi
capa.
—Apestas como un cerdo que se ha revolcado en su propia suciedad.
¿No puedes al menos tratar de fingir que no eres una campesina ignorante?
No permití que aquello picara y doliera. Había sido demasiado joven
para aprender más que los fundamentos básicos de los modales, la lectura y
la escritura cuando nuestra familia cayó en desgracia, y ella nunca dejaría
que lo olvidara.
Dio un paso atrás para recorrer un dedo sobre su cabello color oromarrón, trenzado y enrollado.
—Quítate esas asquerosas ropas.
Me tomé mi tiempo, tragándome las palabras que quería gritarle de
regreso. Siendo tres años mayor que yo, de alguna manera parecía más
joven que yo, sus doradas mejillas siempre sonrojadas con un delicado y
vibrante rosa.
—¿Puedes poner a hervir agua y poner leña en el fuego? —Pero incluso
mientras preguntaba, noté la pila de leña. Solo había cinco troncos—. Creí
que irías a cortar leña hoy.
Nesta se miró sus largas y pulcras uñas.
—No me gusta cortar leña. Siempre se me clavan astillas. —Levantó su
mirada bajo sus pestañas oscuras. De todos nosotros, Nesta se veía más
como nuestra madre, sobre todo cuando quería algo—. Además, Feyre —dijo
con un mohín—. ¡Eres mucho mejor en eso! Te lleva la mitad del tiempo del
que me lleva a mí. Tus manos son adecuadas para el trabajo, ya son
bastante ásperas.
Mi mandíbula se apretó.

—Por favor —dije, calmando mi respiración, sabiendo que una
discusión era la última cosa que necesitaba o quería—. Por favor, levántate
al amanecer para cortar madera. —Me desabroché la parte superior de mi
túnica—. O nos comeremos un desayuno frío.
Sus cejas se estrecharon.
—¡No pienso hacer tal cosa!
Pero yo ya estaba caminando hacia la pequeña segunda habitación
donde mis hermanas y yo dormíamos. Elain suspiró una suave suplica a
Nesta, lo que le valió un silbido en respuesta. Miré por encima de mi hombro
hacia mi padre y señalé al ciervo.
—Prepara los cuchillos —dije, sin molestarme en sonar agradable—.
Saldré enseguida. —Sin esperar una respuesta, cerré la puerta detrás de mí.
La habitación era lo suficientemente grande para albergar una cómoda
desvencijada y la enorme cama de madera fina en la que dormíamos. El
único vestigio que quedaba de nuestra antigua riqueza, la cual había sido
ordenada como un regalo de bodas de mi padre para mi madre. Era la cama
en la que habíamos nacido y la cama en la que murió mi madre. Con toda la
pintura que había plasmado en casa durante estos últimos años, nunca la
había tocado.
Colgué la ropa que me había quitado en el combado vestidor frunciendo
el ceño ante las violetas y las rosas que había pintado en el trozo del cajón
de Elain, las llamas crepitando que había pintado alrededor del de Nesta, y
el cielo nocturno, líneas de estrellas amarillas puestas en blanco en el mío.
Lo había hecho para iluminar la habitación que de otro modo sería oscura.
Ellas nunca lo habían mencionado. No sé siquiera por qué esperé que lo
hicieran.
Gimiendo, fue todo lo que pude hacer para evitar colapsar en la cama.

Cenamos carne de venado asada esa noche. Aunque sabía que era una
tontería, no objeté cuando cada uno agarró una segunda ración hasta que
declaré que era suficiente carne. Pasaría el día de mañana preparando las
partes restantes del ciervo para el consumo, entonces me tomaría un par de

horas para adecuar ambas pieles antes de llevarlas al mercado. Conocía un
par de vendedores que podrían estar interesados en dicha compra, aunque
tampoco era probable que me dieran el precio que se merecían. Pero dinero
era dinero, y no tenía el tiempo o los fondos para viajar hasta la ciudad
grande que estuviera más cerca para encontrar una mejor oferta.
Chupé los dientes de mi tenedor, saboreando los restos de la grasa que
recubrían el metal. Mi lengua se deslizó sobre las torcidas puntas, el tenedor
era parte de un desgastado conjunto que mi padre había rescatado de las
dependencias del servicio, mientras los acreedores saqueaban nuestra noble
casa. Ninguno de nuestros utensilios combinaba, pero eran mejor que comer
con los dedos. Los cubiertos de la dote de mi madre hacía mucho que habían
sido vendidos.
Mi madre. Imperiosa y fría con sus hijos, alegre y deslumbrante entre
la gente que frecuentaba nuestra noble finca, cariñosa con mi padre, la
única persona a quien realmente amaba y respetaba. Pero también había
amado de verdad las fiestas, hasta el punto de que no tenía tiempo para
hacer conmigo nada más que contemplar cómo mis habilidades en ciernes de
esbozar y pintar me podrían asegurar un futuro marido. Si hubiera vivido lo
suficiente para ver como nuestra riqueza se desmigajaba, la habría
destrozado, más que a mi padre. Tal vez fue una cosa misericordiosa que
hubiese muerto.
En todo caso, aquello dejaba más comida para nosotros.
En la cabaña no quedaba nada de ella además de la cama de fina
madera y el voto que le había hecho.
Cada vez que miraba hacia el horizonte o me preguntaba si debería
simplemente empezar a caminar y caminar y nunca mirar a atrás,
escuchaba la promesa que le había hecho hacía once años cuando se estaba
consumiendo en su lecho de muerte. Haz que permanezcan juntos, y cuida
de ellos. Estuve de acuerdo, siendo demasiado joven para preguntarle por
qué no se lo había pedido a mis hermanas mayores o a mi padre. Pero se lo
juré, y entonces murió, y en nuestro miserable mundo humano, protegido
solo por la promesa hecha por el Alto Fae hace cinco siglos, en nuestro
mundo donde habíamos olvidado el nombre de nuestros dioses, una promesa
era ley; una promesa era una moneda; una promesa era tu fianza.
Había momentos en que odiaba que me hubiese hecho prometer
aquello. Que tal vez, delirando por la fiebre, ni siquiera hubiera sabido a

quien se lo estaba pidiendo. O tal vez la inminente muerte le había dado
algo de claridad sobre la verdadera naturaleza de sus hijos, de su marido.
Dejé el tenedor y miré nuestro magro fuego danzar entre los troncos
restantes, estirando mis doloridas piernas por debajo de la mesa.
Me giré hacia mis hermanas. Como de costumbre, Nesta se quejaba de
los habitantes del pueblo, de que no tenían modales, de su poca gracia social,
de que no tenían ni idea de la mala calidad de la que era su ropa, a pesar de
que fingían que era tan fina como la seda o la gasa. Desde que habíamos
perdido nuestra fortuna, sus antiguos amigos las ignoraban, así que mis
hermanas se paseaban alrededor como si los jóvenes campesinos de la
localidad formaran un círculo social de segunda clase.
Tomé un sorbo de mi taza de agua caliente, no podíamos ni permitirnos
té en estos días, mientras Nesta continuaba su historia con Elain.
—Bueno, le dije: ―¡Si piensa que puede pedírmelo de forma tan
indiferente, señor, voy a tener que declinar!‖ ¿Y sabes lo que dijo Tomas? —
Con los brazos apoyados en la mesa y los ojos muy abiertos, Elain negó.
—¿Tomas Mandray? —interrumpí—. ¿El segundo hijo del leñador?
Los ojos color gris azulado de Nesta se estrecharon.
—Sí —dijo y volvió a girarse hacia Elain.
—¿Qué es lo que quiere? —Miré a mi padre. Sin reacción, sin indicio de
alarma o señal de que estuviera incluso escuchando. Perdido donde sea en la
niebla de los recuerdos en la que se había deslizado, estaba sonriendo
ligeramente hacia su amada Elain, la única de nosotras que se molestaba
realmente en hablar con él.
—Quiere casarse con ella —dijo Elain soñadoramente.
Parpadeé.
Nesta ladeó la cabeza. Había visto a los depredadores utilizar ese
movimiento antes. A veces me preguntaba si su implacable acero nos habría
ayudado a sobrevivir mejor —prosperar, incluso— si no hubiera estado tan
preocupada por nuestra posición perdida.

—¿Hay algún problema, Feyre? —Soltó mi nombre como si se tratara
de un insulto, y mi mandíbula dolió por apretarla demasiado fuerte.
Mi padre se movió en su asiento, parpadeando, y aunque sabía que era
una tontería reaccionar a sus burlas, dije:
—¿No puedes cortar leña para nosotros, pero deseas casarte con el hijo
de un leñador?
Nesta cuadró los hombros.
—Pensé que todo lo que querías era que nos largáramos de la casa, que
Elain y yo nos casáramos para que así tú pudieras tener el tiempo suficiente
para pintar tus gloriosas obras. —Se burló del pilar de dedaleras2 del borde
de la mesa que había pintado, los colores demasiado oscuros y demasiado
azules, ninguno con la peca blanca en el interior de la trompeta, pero lo
había hecho, incluso si me había matado no tener pintura blanca, hacer algo
tan imperfecto y duradero.
Ahogué el impulso de cubrir la pintura con la mano. Tal vez mañana
terminaría por rasparla por completo de la mesa.
—Créeme —le dije—. El día que quieras casarte con alguien digno, me
marcharé de esta casa y te la entregaré. Pero no vas a casarte con Tomas.
Las fosas nasales de Nesta se encendieron delicadamente.
—No hay nada que puedas hacer. Clare Beddor me dijo que Tomas me
lo propondrá en cualquier momento de esta tarde. Y entonces jamás tendré
que comer estos desperdicios de nuevo. —Añadió con una pequeña sonrisa—
: Al menos no tengo que recurrir a retozar en el heno con Isaac Hale como
un animal.
Mi padre dejó escapar una tos avergonzada, mirando hacia su catre
para el fuego. Nunca había dicho una palabra contra Nesta, por miedo o
culpabilidad, y aparentemente no iba a empezar ahora, incluso si esta era la
primera vez que escuchaba de Isaac.
Planté mis manos sobre la mesa mientras la miraba desde abajo. Elain
retiró su mano de donde yacía cerca a la mía, como si la tierra y la sangre
bajo mis uñas pudiera de algún modo saltar sobre su piel de porcelana.
2

Tipo de flor.

—La familia de Tomas es apenas mejor que la nuestra —le dije,
tratando de no gruñir—. No serías más que otra boca que alimentar. Si él no
sabe esto, entonces debe de hacerlo sus padres.
Pero Tomas lo sabía, ambos habíamos ido al bosque antes. Había visto
el destello de hambre desesperada en sus ojos cuando me vio asir un par de
conejos. Nunca había matado a otro ser humano, pero ese día, mi cuchillo de
caza se había sentido como un peso en mi costado. Me había mantenido
fuera de su camino desde entonces.
—No podemos permitirnos una dote —continué, y aunque mi tono era
firme, mi voz estaba tranquila—. Para ninguna de las dos. —Si Nesta quería
irse, entonces estaba bien. Bueno. Estaría un paso más cerca de alcanzar ese
glorioso y pacífico futuro, de conseguir una casa silenciosa y suficiente
comida y tiempo para pintar. Pero no teníamos nada, absolutamente nada,
que tentara a algún pretendiente de pedir la mano de mis hermanas.
—Estamos enamorados —declaró Nesta y Elain asintió estando de
acuerdo. Casi me reí, ¿cuándo habían pasado de estar a una luna por encima
a hacerles ojitos a los campesinos?
—El amor no va alimentar un vientre hambriento —repliqué,
manteniendo mi mirada tan resistente como era posible.
Como si la hubiese golpeado, Nesta saltó de su asiento a la mesa.
—Solamente estás celosa. Les escuché decir cómo Isaac va a casarse
con una chica del pueblo de Greenfield con una atractiva dote.
Así que ahí estaba; Isaac había estado vociferando de la última vez que
nos habíamos encontrado.
—¿Celosa? —dije lentamente, cavando profundamente para enterrar
mi ira—. No tenemos nada para ofrecerles, ni dote; ni siquiera ganado.
Aunque Tomas desee casarse contigo… eres una carga.
—¿Y tú qué sabes? —Respiró Nesta—. Solo eres una medio-bestia con
el descaro de gritar órdenes a todas horas del día y de la noche. Sigue así y
algún día, algún día, Feyre, no tendrás a nadie para recordarte, o
preocuparse de que alguna vez hayas existido —dijo enfurecida, con Elain
lanzándose tras ella arrullando su simpatía. Cerraron la puerta de la
habitación lo suficientemente duro como para hacer repiquetear los platos.

Había oído esas palabras antes y sabía que solo las había repetido
porque me estremecí esa primera vez que las escupió. Aún picaban.
Tomé un largo sorbo de la desportillada taza. El banco de madera
debajo de mi padre gimió cuando se movió. Tomé otro trago y le dije:
—Debes hacerla entrar en razón.
Examinó una quemadura de la mesa.
—¿Qué puedo decir? Si es amor…
—No puede ser amor, no de parte de él. No con su infeliz familia. He
visto la forma en que actúa en el pueblo, solo hay una cosa que quiere de
ella, y no es pedir su mano…
—Necesitamos tener esperanza tanto como necesitamos pan y carne —
interrumpió él, sus ojos claros por un raro momento—. Tenemos que tener
esperanza, o de lo contrario no podremos aguantarlo. Así que permite que
tenga esta esperanza, Feyre. Permítele imaginar una vida mejor. Un mundo
mejor.
Me levanté de la mesa, los dedos envueltos en puños, pero no había
ningún lugar para correr en nuestra cabaña de dos habitaciones. Miré la
pintura descolorida en el borde de la mesa. Las trompetas exteriores ya
estaban desconchadas y desvanecidas, el pedazo inferior del tallo rascado
totalmente. En pocos años, se habrán ido, sin dejar muestras de que alguna
vez estuvo allí. Que alguna vez yo estuve aquí.
Cuando miré a mi padre, mi mirada era dura.
—No hay tal cosa.

La pisoteada nieve que cubría el camino de entrada a nuestro pueblo
estaba salpicada de marrón y negro por el paso de las carretas y los caballos.
Elain y Nesta chasquearon sus lenguas e hicieron una mueca mientras
caminábamos sobre ella, esquivando las partes particularmente
repugnantes. Sabía por qué habían venido, le habían dado una mirada a las
pieles que había dobladas en mi bolso y tomaron sus capas.
No me molesté en hablar con ellas dado que no se habían dignado a
hablar conmigo después de lo de anoche, aunque Nesta se había levantado
al amanecer para cortar leña. Probablemente porque sabía que hoy vendería
las pieles en el mercado y que regresaría a casa con dinero en el bolsillo. Me
arrastraron por un solitario camino a través de los campos cubiertos de
nieve, hasta llegar finalmente a nuestro destartalado pueblo.
Las casas de piedra del pueblo eran normales y aburridas, luciendo
más lúgubres por la desolación del invierno. Pero era día de mercado, lo cual
quería decir que la pequeña plaza en el centro del pueblo estaría llena de
todo tipo de vendedores que tuviesen la valentía de abrir esta mañana.
El olor de comida caliente flotó a una cuadra de distancia, especias que
tiraron de los bordes de mi memoria, llamándome. Elain dejó escapar un
gemido detrás de mí. Especias, sal, azúcar—raros productos básicos para la
mayoría de nuestro pueblo, imposible de pagar para nosotros.
Si lo hacía bien en el mercado, tal vez conseguiría suficiente para
comprar algo delicioso. Abrí la boca para sugerirlo, pero giramos la esquina
y casi tropezamos entre nosotras cuando nos detuvimos.
—La Luz Inmortal brilla sobre ustedes, hermanas —dijo una joven
mujer vestida con un pálido vestido y de pie justo en nuestro camino.
Nesta y Elain chasquearon sus lenguas; yo ahogué un gemido. Perfecto.
Exactamente lo que necesitaba, tener los Hijos del Bendito en la ciudad en
un día de mercado, distrayendo e irritando a todo el mundo. Por lo general,
los ancianos de la aldea les permitían quedarse solo unas pocas horas, pero

la sola presencia de necios fanáticos que todavía adoraban al Alto Fae ponía
a la gente nerviosa. Me ponían nerviosa. Hace mucho tiempo, los Altos Fae
habían sido nuestros amos, no dioses. Y no fueron precisamente amables.
La joven mujer extendió sus manos, blancas como la luna, en un gesto
de saludo, y un brazalete de campanas de plata —plata de verdad— tintineó
en su muñeca.
—¿Disponen de un momento libre para escuchar la Palabra del
Bendito?
—No —se burló Nesta, haciendo caso omiso de la mano de la chica y
empujando a Elain hacia el camino—. Nosotras no.
El oscuro cabello de la joven brillaba a la luz de la mañana, y su rostro
limpio, brillaba mientras sonreía graciosamente. Había otros cinco acólitos
detrás de ella, hombres y mujeres igual de jóvenes, de cabello largo sin
cortar, todos escaneando el mercado en busca de gente joven para molestar.
—Solo tomará un minuto —dijo la mujer, dando un paso en el camino
de Nesta.
Fue impresionante, realmente impresionante ver a Nesta erguirse,
cuadrar los hombros y mirar por encima del hombro a la joven acólita, una
reina sin trono.
—Lárgate a predicar tus tonterías fanáticas a otro sitio. No
encontrarás ningún converso aquí.
La chica se encogió, una sombra vaciló en sus ojos marrones. Hice una
mueca de dolor. Tal vez no fuera la mejor forma de tratar con ellos, ya que
podían convertirse en una verdadera molestia si se agitaban…
Nesta levantó una mano, levantando la manga de su abrigo para
mostrar el brazalete de hierro que colgaba allí. El mismo que Elain llevaba;
habían comprado los adornos a juego hacía años. La acólita se quedó sin
aliento con los ojos muy abiertos.
—¿Ves esto? —silbó Nesta, dando un paso hacia adelante. La acólita
retrocedió un paso—. Esto es lo que deberías usar. No unas campanas para
atraer a esas monstruosas hadas.

—¿Cómo te atreves a usar tal vil afrenta para nuestros amigos
inmortales…?
—Vete a predicar a otra ciudad —gruñó Nesta.
Dos rellenitas y bonitas esposas de agricultores iban de camino hacia el
mercado, tomadas del brazo. Cuando se les acercó una acólita, sus rostros se
retorcieron en idénticas expresiones de disgusto.
—Puta amante de las hadas —se burló una de ellas de la joven. Yo no
pude estar en desacuerdo.
Los acólitos guardaron silencio. La otra aldeana, lo suficientemente
rica como para tener un collar totalmente trenzado de hierro alrededor de su
garganta, estrechó sus ojos, su labio superior encrespado sobre sus dientes.
—Estúpidos, ¿es que no entienden lo que esos monstruos nos hicieron
durante todos esos siglos? ¿Lo que aún hacen por deporte, cuando pueden
salirse con la suya? Se merecen el final que encontrarán en manos de las
hadas. Todos ustedes no son más que unos tontos y putas.
Nesta asintió de acuerdo con la mujer mientras continuaban con su
camino. Nos giramos de nuevo hacia la joven que permanecía delante de
nosotras, e incluso Elain frunció el ceño con disgusto.
Pero la joven respiró, su rostro volvió a la serenidad y dijo:
—Yo también vivía en tal ignorancia, hasta que oí las palabras del
Bendito. Crecí en un pueblo muy similar a este, tan triste y sombrío. Pero
hace casi un mes, una amiga de mi primo fue a la frontera como nuestra
ofrenda a Prythian, y no ha regresado. Ahora vive en la riqueza y la
comodidad como novia de un Alto Fae, y podrían ser ustedes si se tomaran
un momento para…
—Probablemente se la han comido —dijo Nesta—. Es por eso que no ha
regresado.

O peor, pensé, si un Alto Fae verdaderamente está envuelto. Nunca me
había topado con la cruel y apariencia humana de un Alto Fae que
gobernara en Prythian, o las hadas que ocupaban sus tierras, con sus
grandes alas, y largos y delgados brazos que podrían arrastrarte hasta lo
profundo de un olvidado estanque. No sabía a cuál de las dos cosas sería
peor hacerle frente.

El rostro de la acólita se apretó.
—Nuestros benévolos amos nunca nos harían daño. Prythian es una
tierra de paz y abundancia. En caso de que ellos las bendigan con su
atención, deberán agradecer vivir entre ellos.
Nesta rodó los ojos. Elain estaba disparando miradas entre nosotras y
el mercado por delante, a los aldeanos que ahora también nos estaban
mirando. Hora de irse.
Nesta abrió la boca de nuevo, pero me interpuse entre ella y le eché
una mirada al vestido color azul claro de la joven, la joyería de plata, la
limpieza absoluta de su piel. No le encontrarías ni una marca o una mancha.
—Estás luchando una batalla cuesta arriba —le dije.
—Es una buena causa —emitió la chica beatíficamente.
Le di a Nesta un suave empujón para hacerla caminar y le dije a la
acólita:
—No, no lo es.
Podía sentir la atención de los acólitos todavía fija en nosotras
mientras entrábamos en la atestada plaza del mercado, pero no miré atrás.
Se irían pronto a predicar a otra ciudad. Tuvimos que tomar el camino largo
fuera de la aldea para evitarlos. Cuando estuvimos lo suficientemente lejos,
miré por encima del hombro a mis hermanas. El rostro de Elain permanecía
en una mueca de dolor, pero los ojos de Nesta estaban tormentosos, sus
labios apretados. Me pregunté si regresaría hasta donde estaba la chica y
montaría una pelea.
No era mi problema, no en ese momento.
—Nos vemos aquí en una hora —dije, y no les di tiempo para aferrarse
a mí antes de meterme en la plaza llena de gente.
Me tomó diez minutos contemplar mis tres opciones. Estaban mis
compradores habituales; el testarudo zapatero, el perspicaz fabricante de
ropa quien había llegado a nuestro mercado desde un pueblo cercano. Y
entonces la desconocida; una montaña de mujer sentada en el borde de
nuestra rota y cuadrada fuente, sin ningún carro o puesto, sin embargo,

llamaba mucho la atención Las cicatrices y las armas la marcaban con
bastante facilidad. Una mercenaria.
Podía sentir los ojos del zapatero y el fabricante de ropa sobre mí,
sentía su fingido desinterés mientras miraban la bolsa que llevaba. Bien,
este sería ese tipo de días, entonces.
Me acerqué a la mercenaria, cuyo grueso y oscuro cabello le llegaba
hasta la barbilla. Su moreno rostro parecía tallado en granito, y sus ojos
negros se redujeron ligeramente cuando me vieron. Unos ojos interesantes,
no solo una sombra de negro, sino… muchas, con toques de color marrón que
brillaba entre las sombras. Empujé contra aquella inservible parte de mi
mente, los instintos que tenía de hacerme pensar en colores, y luz y formas y
mantuve mis hombros echados hacia atrás mientras ella me evaluaba como
una potencial amenaza o una vendedora. Las armas sobre ella —relucientes
y malvadas— fueron suficientes para hacerme tragar. Y dejé un buen par de
pasos de distancia.
—No hago trueques por mis servicios —dijo ella, su voz marcada por
un acento que nunca había oído antes—. Solo acepto monedas.
Unos aldeanos pasaron e hicieron su mejor esfuerzo por no parecer
demasiado interesados en nuestra conversación, especialmente cuando dije:
—Entonces no tendrás suerte en este tipo de lugar.
Ella era enorme, incluso sentada.
—¿Cuál es tu negocio conmigo, niña?
Ella podía andar en algún lugar entre los veinticinco y los treinta, pero
supuse que me veía como una niña para ella metida en mis capas,
desgarbada por el hambre.
—Tengo una piel de lobo y de cierva a la venta. Pensé en que podrías
estar interesada en comprarlas.
—¿Las has robado?
—No. —Sostuve su mirada—. Los batí yo misma. Lo juro.
De nuevo, me miró con sus ojos oscuros de pies a cabeza.

—Cómo. —No una pregunta, una orden. Tal vez alguien que se había
topado con alguien que no vieran los votos como sagrados, las palabras como
ataduras. Y los había castigado en consecuencia.
Así que le conté cómo los había cazado, y cuando terminé, sostuvo una
mano hacia mi bolsa.
—Déjame ver. —Saqué las dos pieles cuidadosamente dobladas—. No
estabas mintiendo sobre el tamaño del lobo —murmuró—. Sin embargo, no
se parece a un hada. —La examinó con ojos expertos, pasando sus manos
por encima y por debajo. Dijo su precio.
Parpadeé pero reprimí el impulso de parpadear una segunda vez.
Estaba pagando demás, por mucho.
Miró detrás de mí.
—Asumo que esas dos chicas mirando desde el otro lado de la plaza son
tus hermanas. Todas tienen ese descarado cabello y esa misma mirada
hambrienta. —De hecho, seguían haciendo todo lo posible por espiar sin ser
descubiertas.
—No necesito tu compasión.
—No, pero necesitas mi dinero, y los otros comerciantes han estado
siendo tacaños toda la mañana. Todo el mundo está demasiado distraído por
esos jóvenes fanáticos pululando por la plaza. —Sacudió la barbilla hacia los
Hijos del Bendito, todavía haciendo sonar sus campanas de plata y
poniéndose en el camino de cualquiera que intentara pasar.
La mercenaria estaba sonriendo débilmente cuando me volví hacia ella.
—Acéptalo, niña.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros.
—Una vez alguien hizo lo mismo por mí y los míos en el momento en
que más lo necesitábamos. Me imagino que es hora de pagar lo que es
debido.
La miré de nuevo, pesadamente.

—Mi padre tiene algunas tallas de madera que podría darte para
hacerlo más justo.
—Viajo a la luz y no las necesito. Éstas, sin embargo. —Palmeó las
pieles en sus manos—. Me ahorrarán la molestia de darles muerte yo
misma.
Asentí, mis mejillas calentándose mientras alcanzaba el monedero en
el interior de su pesado abrigo. Estaba lleno y cargado de al menos plata,
posiblemente oro, si el tintineo era una indicación. Los mercenarios tenían
que estar muy bien remunerados en nuestro territorio.
Nuestro territorio era demasiado pequeño y pobre para mantener un
ejército que permaneciera vigilando el muro con Prythian, así que los
habitantes de nuestro pueblo solo podíamos confiar en la fuerza del Tratado
forjado hace quinientos años. Pero la clase alta podía permitirse espadas a
suelto, como esta mujer, que protegieran sus tierras que lindaban con el
reino inmortal. Era una ilusión de comodidad, al igual que lo eran las
marcas en nuestro umbral. Todos sabíamos en el fondo, que no había nada
que hiciera frente a las hadas. Todos éramos advertidos,
independientemente de tu clase social o rango, desde el momento que
nacemos, se nos cantan advertencias mientras nos mecen en la cuna, las
rimas se cantan en los patios de las escuelas. Un Alto Fae podría convertir
tus huesos en polvo a cien yardas de distancia. No es que mis hermanas o yo
alguna vez lo hubiésemos visto.
Pero seguíamos tratando de creer que algo —cualquier cosa— podría
funcionar contra ellos, si es que alguna vez teníamos que encontrarnos con
ellos. Había dos puestos en el mercado para esos temores, donde ofrecían
desde amuletos y adornos, a encantamientos y hierro. No podía pagarlos, y
si de hecho funcionaban, nos comprarían unos pocos minutos antes de
prepararnos. Correr era inútil; así que habría que pelear. Aun así Nesta y
Elain seguían llevando sus pulseras de hierro cada vez que salían de la
cabaña. Incluso Isaac tenía un brazalete de hierro alrededor de una muñeca,
siempre escondido bajo su manga. Una vez ofreció comprarme uno, pero me
negué. Aquello se habría sentido demasiado personal, también demasiado
como un pago… un recordatorio permanente de lo que pasaba entre los dos.
La mercenaria colocó las monedas en mi palma extendida, y las metí en
los bolsillos, y eran tan pesadas como piedras de molino. No había ninguna
posibilidad de que mis hermanas no hubiesen visto el dinero, ninguna

posibilidad de que no se estuvieran preguntando ya cómo me podrían
persuadir para darles algunas.
—Gracias —le dije a la mercenaria, tratando y fallando de evitar la
mordacidad en mi voz mientras sentía a mis hermanas acercarse, como un
buitre rondando un cadáver.
La mercenaria acarició la piel del lobo.
—Un consejo, de cazadora a cazadora.
Alcé mis cejas.
—No te adentres demasiado en el bosque. Yo ni siguiera me acerco al
lugar donde estuviste ayer. Un lobo de este tamaño sería el menor de tus
problemas. Con más frecuencia he estado escuchando historias sobre cosas
que se deslizan desde el muro.
Un escalofrío trepó como una araña por mi espalda.
—¿Van a… van a atacar? —Si fuera cierto, iba a encontrar la manera
de sacar a mi familia de nuestro miserable y húmedo territorio y llevarlos al
sur, llevarlos tan lejos del invisible muro que dividía nuestro mundo antes
de que pudieran cruzarlo.
Hubo una vez, hace mucho tiempo y durante miles de años antes de
eso, habíamos sido esclavos de los Altos Fae todopoderosos. Hubo una vez en
que les habíamos construido sus gloriosas y expandidas civilizaciones con
nuestra sangre y sudor, les construíamos templos a sus salvajes dioses.
Hubo una vez en que nos rebelamos, por todas las tierras y territorios. La
guerra había sido tan sangrienta, tan destructiva, que le tomó a seis reinas
mortales dictar el Tratado para que cesara la masacre de ambos lados y
para que se construyera el muro; el Norte de nuestro mundo se le concedió a
los Altos Fae y las hadas, quienes se llevaron su magia con ellos; el Sur se
nos fue dado a nosotros, los mortales amilanados, siempre obligados a
ganarse la vida de la tierra.
—Nadie sabe lo que las Hadas están planeando —dijo la mercenaria,
su rostro como la piedra—. No sabemos si la correa que los Grandes Señores
tienen en sus bestias se está soltando, o si son ataques ordenados. Serví a
un viejo noble que afirmaba que aquello había estado empeorando estos
últimos cincuenta años. Se metió en un barco hace dos segundos hacia el Sur
y me dijo que si era inteligente, también me largaría. Antes de que

navegara, admitió que había escuchado de un amigo suyo que, en la
oscuridad de la noche, una manada de Martax cruzó el muro y arrasaron con
la mitad de su poblado.
—¿Martax? —dije en un respiro. Sabía que había diferentes tipos de
hadas, que variaban tanto como cualquier otra especie animal, pero solo
conocía a unas pocas por sus nombres.
Los ojos de noche oscura de la mercenaria parpadearon.
—El cuerpo tan grande como el de un oso, cabeza como la de un león, y
tres filas de dientes más afilados que los de un tiburón. Y más crueles que
los tres juntos. El noble dijo que, literalmente, dejaron a los aldeanos hechos
tiras.
Mi estómago se revolvió. Detrás de nosotros, mis hermanas parecían
tan frágiles, su piel tan infinitamente delicada y vulnerable. Contra algo
como las Martax, nunca tendríamos una posibilidad. Esos Hijos del Bendito
eran tontos, fanáticos tontos.
—Así que no sabemos lo que significan esos ataques —continuó la
mercenaria—. Que no sean más contrataciones para mí, y que tú te
mantengas muy lejos del muro. Especialmente si los Altos Fae empiezan a
aparecer, o peor aún, uno de los Grandes Señores. Harían que las Martax
parezcan míseros perros.
Estudié sus manos llenas de cicatrices, agrietadas por el frío.
—¿Alguna vez se ha enfrentado a otro tipo de hadas?
Sus ojos se cerraron.
—No quieres saberlo, niña, no a menos que quieras perder tu
desayuno.
De hecho, ya me sentía enferma y nerviosa.
—¿Era más mortal que un Martax? —Me atreví a preguntar.
La mujer retiró la manga de su pesada chaqueta, revelando un
musculoso y bronceado antebrazo salpicado de cicatrices, horripilantemente
retorcidas. El arco demasiado similar.

—No tenían la fuerza bruta ni el tamaño de una Martax —dijo ella—.
Pero su mordedura estaba llena de veneno. Dos meses, ese fue el tiempo que
estuve en cama; cuatro meses hasta que tuve la fuerza de caminar de nuevo.
—Alzó el bajo de su pantalón. Hermoso, pensé, incluso mientras el horror de
ello me retorcía las entrañas. Contra su piel bronceada, las venas eran de un
sólido negro, subiendo y serpenteando como la escarcha—. El sanador dijo
que no había nada que se pudiera hacer por ella, que tenía suerte de estar
caminando teniendo todavía el veneno en mis piernas. Tal vez me mate
algún día, tal vez me paralice. Pero al menos sabré que yo lo maté primero.
La sangre en mis propias venas pareció enfriarse mientras bajaba la
bota de su pantalón. Si alguien en la plaza lo había visto, nadie se atrevería
a hablar de ello, o de acercarse. Y había tenido suficiente por un día. Así que
di un paso atrás, estabilizándome después de lo que me había dicho y
mostrado.
—Gracias por la advertencia —dije.
Su atención se movió detrás de mí, y dio una sonrisa ligeramente
divertida.
—Buena suerte.
Entonces una delgada mano sujetó mi brazo, alejándome de allí. Supe
que era Nesta antes de que la mirara.
—Son peligrosos —siseó Nesta, sus dedos clavándose en mi brazo
mientras continuaba alejándome de la mercenaria—. No te vuelvas a
acercar a ellos.
Por un momento, la miré fijamente y después a Elain, cuyo rostro se
había vuelto pálido y tenso.
—¿Hay algo que necesite saber? —le pregunté en voz baja. No podía
recordar la última vez que Nesta hubiera intentado advertirme sobre nada;
era por Elain por la que se molestaba en preocuparse.
—Son bestias, y tomarán cualquier cobre al que puedan echarle mano,
aunque sea por la fuerza.
Miré la mercenaria, quien aún estaba examinando sus nuevas pieles.
—¿Ella te robó?

—Ella no —murmuró Elain—. Algún otro que estaba de paso. Solo
teníamos un par de monedas, y él se enojó, pero…
—¿Por qué no lo denunciaste o me lo dijiste?
—¿Qué podrías haber hecho? —se burló Nesta—. ¿Retarlo a una pelea
con tu arco y tus flechas? ¿Y a quién en esta cloaca de pueblo se preocupa si
denunciamos algo?
—¿Qué hay de tu Tomas Mandray? —dije fríamente.
Los ojos de Nesta brillaron, pero un movimiento detrás de mí le llamó
la atención y me dio lo que para ella supuse era un intento de una sonrisa
dulce, probablemente mientras recordaba el dinero que ahora llevaba.
—Tú amigo te está esperando.
Me di la vuelta. En efecto, Isaac estaba observando desde el otro lado
de la plaza, con los brazos cruzados mientras se apoyaba contra un edificio.
Aunque era el hijo mayor del único granjero bien acomodado en nuestro
pueblo, aún estaba delgado por el invierno, y su cabello castaño se había
vuelto una melena. Relativamente guapo, de voz suave, y reservado, pero
con una especie de oscuridad debajo de todo aquello, lo que nos había atraído
el uno al otro, el compartir la comprensión de cómo de miserables eran y
siempre serían nuestras vidas.
Nos habíamos conocido vagamente durante años, desde que mi familia
se había mudado al pueblo, pero nunca pensé demasiado en él hasta que
terminamos caminando juntos por la carretera una tarde. Solo habíamos
hablado de los huevos que él traía del mercado y yo había estado admirando
la variedad de colores en la cesta que llevaba, marrones, tostados, azules
pálidos y verdes. Simple, fácil, tal vez un poco incómodo, pero me dejó en mi
cabaña con un sentimiento de no estar tan… sola. Una semana después, lo
llevé a ese decrépito granero.
Él fue mi primer y único amante en dos años desde entonces. A veces
nos encontrábamos cada noche durante una semana, otras veces pasábamos
un mes sin vernos. Pero cada vez era lo mismo: una ola vertiginosa de ropa y
espiraciones compartidas, de lengua y dientes. De vez en cuando
hablábamos —o más bien, él hablaba— sobre las presiones y las cargas que
su padre tenía sobre él. A menudo, no decíamos ni una palabra durante ese

tiempo. No podía decir que nuestra vida sexual fuera especialmente
habilidosa, pero era una liberación, un respiro, un poco de egoísmo.
No había amor entre nosotros, y nunca lo había habido, al menos lo que
asumía que la gente quería decir cuando hablaban sobre el amor, sin
embargo una parte de mí se había hundido cuando me dijo que se casaría
pronto. Aún no estaba tan desesperada como para pedirle que se encontrara
conmigo después de que estuviera casado.
Isaac inclinó la cabeza en un gesto familiar y luego deambuló por la
calle saliendo del pueblo hacia el antiguo granero, donde estaría esperando.
Nunca habíamos sido llamativos sobre nuestra relación ante los demás, pero
tomábamos medidas para evitar que fuera demasiado obvio.
Nesta chasqueó la lengua, cruzando los brazos.
—Espero que estén tomando precauciones.
—Es un poco tarde para pretender preocupación —le dije. Pero éramos
cuidadosos. Como yo no podía permitírmelo, era Isaac quien se tomaba el
brebaje anticonceptivo. Él sabía que no lo habría tocado si fuera de otra
forma. Metí la mano en mi bolsillo, sacando una moneda de cobre de veinte
marcas. Elain contuvo el aliento, y no me molesté en mirar a ninguna de mis
hermanas cuando puse la moneda en su palma.
—Las veré en casa.

Más tarde, después de otra cena de la carne del venado, cuando
estábamos todos reunidos alrededor del fuego para la hora de tranquilidad
antes de ir a dormir, vi a mis hermanas susurrando y riendo juntas. Habían
gastado todo el cobre que les había dado, en qué, no tenía ni idea, aunque
Elain había traído un nuevo cincel de madera para el tallado de nuestro
padre. La capa y las botas por las que habían gemido la noche anterior
habían sido demasiado caras. Pero no las reprendí por ello, no cuando Nesta
salió una segunda vez a cortar más madera sin que se lo pidiera. Por suerte,
habían evitado otra confrontación con los Hijos del Bendito.

Mi padre estaba dormitando en su silla, su bastón apoyado en su
rodilla nudosa. Un momento tan bueno como cualquier otro para abordar el
tema de Tomas Mandry con Nesta. Me moví hacia ella, abriendo la boca.
Pero hubo un rugido que me dejó medio sorda, y mis hermanas gritaron
cuando la nieve irrumpió en la habitación y una enorme forma apareció
gruñendo en la puerta.

No sé cómo la empuñadura de mi cuchillo de caza llegó a mi mano. Los
primeros momentos fueron un borrón de los gruñidos de la gigantesca bestia
con piel dorada, los gritos de mis hermanas, el abrasador frío colándose en la
habitación y el rostro horrorizado de mi padre.
Me di cuenta que no era un Martax, aunque el alivio duró poco. La
bestia tenía una forma tan grande como un caballo, y mientras su cuerpo
era de felino, su cabeza era claramente lobuna. No sabía qué hacer con los
cuernos curvados como los de un alce que sobresalían de su cabeza. Pero ya
fuera león, perro o alce, no había duda del daño que sus negras garras como
dagas y sus amarillos colmillos podrían infligir.
Si hubiera estado sola en el bosque, podría haberme dejado tragar por
el miedo, podría haber caído de rodillas y llorado por una muerte rápida y
limpia. Pero no tenía espacio para el terror, no le daría ni un centímetro de
espacio, a pesar del golpeteo salvaje del corazón en mis oídos. De alguna
manera, terminé delante de mis hermanas mientras la criatura se echaba
sobre sus patas traseras y gritaba a través de una boca llena de colmillos:
—¡ASESINOS!
Pero fue otra palabra la que hizo eco a través de mí:
Hada.
Las ridículas salas en nuestro umbral fueron tan eficaces contra él
como lo eran las telarañas. Debería haberle preguntado a la mercenaria
cómo había matado aquella hada. Pero el grueso cuello de la bestia se veía
como un buen hogar para mi cuchillo.
Me atreví a echar un vistazo por encima del hombro. Mis hermanas
estaban gritando, de rodillas contra la pared de la chimenea, mi padre
agachado delante de ellas. Otro cuerpo que tendría que defender.
Estúpidamente, di otro paso hacia el hada, manteniendo la mesa entre
nosotros y luchando contra el temblor de mis manos. Mi arco y mi carcaj

estaban al otro lado de la habitación, más allá de la bestia. Tendría que
rodearle para llegar a la flecha de fresno. Y comprarme el tiempo suficiente
para atacar.
—¡ASESINOS! —gritó de nuevo la bestia con el pelo erizado.
—P-por favor —balbuceó mi padre detrás de mí, fallando en levantarse
para llegar a mi lado—. Lo que sea que hayamos hecho, lo hicimos sin
saberlo, y…
—N-n-n-nosotros no hemos matado a nadie —añadió Nesta,
ahogándose con sus sollozos con el brazo levantado por encima de su cabeza,
como si el pequeño brazalete de hierro pudiera hacer algo contra la criatura.
Agarré otro cuchillo de la cena de la mesa, lo mejor que podía hacer a
menos que encontrara una forma de llegar al carcaj.
—Vete —le espeté a la criatura, blandiendo los cuchillos delante de mí.
No había hierro a la vista que pudiera utilizar como arma, a menos que le
tirara los brazaletes de mi hermana—. Sal y vete. —Con mis manos
temblorosas, apenas podía mantener mi agarre. Un clavo, tomaría un
maldito clavo, si estuviera disponible.
Me gritó en respuesta y toda la cabaña retumbó, los platos y tazas
traquetearon unos contra otros. Pero eso hizo que su enorme cuello quedara
expuesto. Le lancé mi cuchillo de caza.
Rápidamente, tan rápido que apenas pude verlo, lo detuvo con una
pata, haciendo que se alejara deslizándose mientras chasqueaba los dientes
hacia mi rostro.
Salté hacia atrás, casi tropezando con mi acobardado padre. El hada
podría haberme matado, podría haberlo hecho, sin embargo el chasquido
había sido una advertencia. Nesta y Elain lloraban, rezaban a quien fuera
de los largamente olvidados dioses que pudiera seguir escuchando.
—¿QUIÉN LO ASESINÓ?—La criatura caminó hacia nosotros. Puso
una pata sobre la mesa y soltó un bajo gemido. Sus garras dieron un golpe
sordo cuando se clavaron en la mesa, una a una.
Me atreví con otro paso hacia adelante cuando la bestia estiró su hocico
sobre la mesa para olfatearnos. Sus ojos eran de un color verde salpicado con

ámbar. Unos ojos nada animales, no con su forma y colocación. Mi voz fue
sorprendente cuando desafié:
—¿Asesinado a quién?
Dio un gruñido, bajo y vicioso.
—El lobo —dijo, y mi corazón se saltó un latido. El rugido se había ido,
pero la ira persistía, tal vez incluso seguida por tristeza.
El gemido de Elain alcanzó un agudo chillido. Mantuve mi cabeza en
alto.
—¿Un lobo?
—Un gran lobo con pelaje gris —gruñó en respuesta. ¿Sabría si
mentía? Las hadas no podían mentir, todos los mortales sabíamos eso, ¿pero
podían oler la mentira en la lengua humana? No teníamos ninguna
posibilidad de salir de esta con una lucha, pero podría haber otras maneras.
—Si hubiese sido asesinado por error —le dije a la bestia, con tanta
calma como pude—. ¿Qué pago podría ofrecerse a cambio? —Todo aquello
era una pesadilla, y me gustaría despertar en algún momento, junto al
fuego, exhausta de mi día en el mercado y de mi tarde con Isaac.
La bestia soltó un ladrido que podría haber sido una risa amarga. Se
retiró de la mesa para pasearse en un pequeño círculo delante de la
destrozada puerta. El frío era tan intenso que me estremecí.
—El pago que se debe ofrecer es el que demanda el Tratado entre
nuestros reinos.
—¿Por un lobo? —repliqué y mi padre murmuró mi nombre en señal de
advertencia. Tenía vagos recuerdos de haber leído el Tratado durante mis
lecciones en la infancia, pero no podía recordar nada sobre lobos.
La bestia se giró hacia mí.
—¿Quién mató al lobo?
Me quedé mirando a esos ojos de jade.
—Yo lo hice.

Él parpadeó y miró a mis hermanas, luego a mí, a mi delgadez; sin
duda viendo solo fragilidad.
—Seguramente estás mintiendo para salvarles.
—¡No hemos matado nada! —Lloró Elain—. Por favor, por favor,
¡déjenos! —Nesta silenció su mordacidad a través de su propio llanto, pero
empujó a Elain detrás de ella. Mi pecho se derrumbó ante la vista de ello.
Mi padre se puso de pie, gruñendo por el dolor de su pierna mientras se
desdoblaba, pero antes de que pudiera cojear hasta mí, repetí:
—Yo lo maté. —La bestia, que había estado husmeando a mis
hermanas, me estudió. Cuadré mis hombros—. Vendí su piel en el mercado
ésta mañana. Si hubiera sabido que era un hada, no lo habría tocado.
—Mentirosa —gruñó—. Lo sabías. Estuviste
sacrificarlo sabiendo que era uno de mi especie.

más

tentada

de

Verdad, verdad, verdad.
—¿Puedes culparme?
—¿Te atacó? ¿Fuiste provocada?
Abrí la boca para decir que sí, pero…
—No —dije, dejando escapar mi propio gruñido—. Pero teniendo en
cuenta todo lo que los de tu clase nos ha hecho, teniendo en cuenta lo que tu
clase todavía le gusta hacernos, incluso si lo hubiera sabido más allá de
dudas, se lo merecía. —Era mejor morir con la barbilla bien alta que
arrastrándose como un cobarde gusano.
Incluso si su gruñido como respuesta fue la definición de ira y rabia.
La luz del fuego brilló sobre sus colmillos expuestos, y me pregunté
cómo se sentirían en mi garganta, y cómo de alto gritarían mis hermanas
antes de que también murieran. Pero supe, con una repentina claridad, que
Nesta le compraría tiempo a Elain para escapar. No a mi padre, por quien
sentía resentimiento con todo su corazón de acero. No a mí, porque Nesta
siempre había sabido y odiado que ambas éramos dos caras de la misma
moneda, y que podía luchar mis propias batallas. Pero Elain, la cultivadora
de flores, la de corazón gentil… Nesta se interpondría por ella.

Fue ese destello de comprensión lo que me tuvo inclinando hacia la
bestia mi cuchillo restante.
—¿Cuál es el pago que exige el Tratado?
Sus ojos no dejaron mi rostro mientras decía:
—Una vida por una vida. Cualquier ataque no provocado hacia las
hadas por humanos debe pagarse únicamente con una vida humana a
cambio.
Mis hermanas calmaron su llanto. La mercenaria en la ciudad había
matado un hada, pero la había atacado a ella primero.
—No lo sabía —dije—. No conocía esa parte del Tratado.
Las hadas no podían mentir, y él había hablado con claridad suficiente,
sin retorcer ninguna palabra.
—La mayoría de ustedes los mortales han optado por olvidar esa parte
del Tratado —dijo—. Lo que hace que el castigo sea mucho más placentero.
Mis rodillas temblaron. No podría escapar de esta, no podría correr
más rápido que él. No podría si quiera tratar de correr, dado que bloqueaba
el camino hacia la puerta.
—Hazlo afuera —susurré con mi voz temblorosa—. No… aquí. —No
donde mi familia tendría que lavar la sangre y pedazos. En caso de que les
permitiera vivir.
El hada dejó salir una viciosa carcajada.
—¿Estás dispuesta a aceptar tu destino tan fácilmente? —Cuando me
quedé mirándolo, dijo—: Por haber tenido el atrevimiento de pedir donde
masacrarte, te contaré un secreto, humana: Prythian debe reclamar tu vida
de alguna manera, por la vida que tomaste. Así que como representante del
reino inmortal, o bien puedo destriparte como a un cerdo, o… puedes cruzar
el muro y vivir el resto de tus días en Prythian.
Parpadeé.
—¿Qué? —dijo muy despacio, como si de verdad fuera tan estúpida
como un cerdo.

—Puedes morir esta noche u ofrecerle tu vida a Prythian viviendo allí
para siempre, dejando el reino humano.
—Hazlo, Feyre —susurró mi padre detrás de mí—. Ve.
No lo miré cuando dije:
—¿Vivir dónde? Cada centímetro de Prythian es letal para nosotros. —
Sería mejor morir esta noche que vivir en puro terror detrás del muro hasta
que encontrara mi fin, sin duda, de una manera más horrible.
—Poseo tierras —dijo el hada en voz baja, casi a regañadientes—. Te
permitiré vivir allí.
—¿Por qué molestarse? —Tal vez la pregunta fuera tonta, pero…
—Matas a mi amigo —gruñó la bestia—. Lo asesinas, desuellas su
cadáver, lo vendes en el mercado, después dices que él se lo merecía, y sin
embargo, ¿te atreves a cuestionar mi generosidad? —Cuan típicamente
humano, pareció añadir silenciosamente.
—No tienes la necesidad de rellenar el vacío. —Caminé tan cerca del
hada que su aliento me llegó caliente al rostro. Las hadas no podían mentir,
pero podían omitir información.
La bestia rugió de nuevo.
—Tonto de mí olvidar que los humanos tienen una muy baja opinión de
nosotros. ¿Es que ustedes los humanos ya no entienden la misericordia? —
dijo, sus colmillos a centímetros de mi garganta—. Quiero dejarte esto claro,
muchacha: puedes venir a mi casa en Prythian, ofreciendo de esta forma tu
vida a cambio de la del lobo, o puedes salir en este momento y ser hecha
tiras. Tú decides.
Los cojos pasos de mi padre sonaron antes de que me agarrara el
hombro.
—Por favor, buen señor, Feyre es mi hija pequeña. Te suplico que la
dejes. Ella es todo… es todo… —Pero sea lo que fuese que iba a decir murió
en su garganta cuando la bestia volvió a rugir. Pero escuchar esas pocas
palabras que se las había arreglado para decir, el esfuerzo que había
hecho… fue como un cuchillo en mi vientre. Mi padre se encogió cuando
dijo—: Por favor.

—Silencio —bramó la bestia y la rabió hirvió en mi interior hasta el
punto de crear ampollas con el esfuerzo de no apuñalarlo con mi daga en el
ojo. Pero en el momento en que siguiera adelantara mi brazo, sabía que
tendría sus fauces alrededor de mi cuello.
—Puedo conseguir oro… —dijo mi padre y mi rabia parpadeó. De la
única forma en que podría conseguir dinero era mendigando. Incluso
entonces, tendría suerte si conseguía algunas monedas de cobre. Había visto
lo despiadados que eran los ricos de nuestro pueblo. Los monstruos de
nuestro reino mortal eran tan malos como los que habitaban al otro lado del
muro.
La bestia se burló.
—¿Cuánto vale la vida de tu hija para ti? ¿Crees que equivale a una
suma?
Nesta seguía sosteniendo a Elain detrás de ella, el rostro de Elain tan
pálido como la nieve que entraba por la puerta abierta. Pero Nesta vigilaba
cada movimiento que hacia la bestia, sus cejas estaban bajas. Ella no se
molestó en mirar a mi padre, como si ya conociera su respuesta.
Cuando mi padre no respondió, me atreví a dar otro paso hacia la
bestia, atrayendo su atención hacia mí. Tenía que conseguir hacerlo salir,
alejarlo de mi familia. Por la forma en que había apartado el cuchillo, no
dejaba ninguna esperanza de zafarse furtivamente de él. Con su oído,
dudaba que tuviera alguna oportunidad en algún momento cercano, al
menos hasta que creyera que era dócil. Si trataba de atacarlo o huir antes de
entonces, destruiría mi familia por el puro placer de hacerlo. Entonces me
encontraría otra vez. No tenía más remedio que ir. Y entonces, más tarde,
podría encontrar una oportunidad para cortarle la garganta a la bestia. O al
menos retrasarlo el tiempo suficiente para huir.
Mientras las hadas no me pudieran encontrar de nuevo, no podrían
reclamar lo del Tratado. Incluso si aquello me hacía una maldita
automáticamente. Pero ir con él, estaría rompiendo la promesa más
importante que jamás había hecho. Seguramente estaba por encima de un
antiguo tratado que ni siquiera había firmado.
Solté el agarre que tenia de la daga que me quedaba y miré hacia esos
ojos verdosos por un lago y silencioso rato antes de decir:

—¿Cuándo nos vamos?
Esas características de lupino permanecieron feroces y viciosas.
Cualquier esperanza que hubiera persistido de luchar murió cuando se
movió hacia la puerta; no, hacia el carcaj que había dejado detrás de él. Sacó
la flecha de ceniza, la olfateó y le gruñó. Con dos movimientos, la partió por
la mitad y la tiró al fuego detrás de mis hermanas antes de girarse hacia mí.
Podía oler mi condena en su aliento cuando dijo:
—Ahora.
Ahora.
Incluso Elain levantó la cabeza para mirarme boquiabierta con mudo
horror. Pero no podía mirarla, no podía mirar a Nesta, no cuando todavía
seguían ahí agazapadas, todavía en silencio. Me volví hacia mi padre. Sus
ojos brillaban, así que miré hacia los pocos muebles que teníamos, a los
desvanecidos narcisos demasiado amarillos que se curvaban sobre las asas.
Ahora.
La bestia se paseó en el umbral. No quería contemplar a dónde iba a ir
o lo que él haría conmigo. Correr sería insensato hasta que fuera el
momento adecuado.
—La carne del venado debería mantenerlos durante dos semanas —le
dije a mi padre mientras recogía mi ropa para el frío—. Comienza con la
carne fresca, luego trabaja con la carne seca, sabes cómo hacerlo.
—Feyre… —dijo mi padre en un respiro, pero continué mientras
agarraba mi capa.
—Dejé el dinero de las pieles en el armario —dije—. Les durará un
tiempo, si tienen cuidado. —Finalmente miré a mi padre otra vez y me
permití memorizar las líneas de su rostro. Mis ojos ardieron, pero alejé la
humedad mientras metía mis manos en mis desgastados guantes—. Cuando
llegue la primavera, ve a cazar en el bosque justo al sur de la gran curva en
Silverspring Creek, los conejos hacen allí sus madrigueras. Pídele… pídele a
Isaac que te enseñe cómo hacer las trampas. Le enseñé el año pasado.
Mi padre asintió, cubriéndose la boca con una mano. La bestia rugió
una advertencia y merodeó en la noche. Hice ademán de seguirlo pero me
detuve para mirar a mis hermanas, todavía agazapadas junto al fuego, como
si no se atrevieran a moverse hasta que me fuera.

Elain pronunció mi nombre, pero se quedó agachada, con la cabeza
baja. Así que me giré hacia Nesta, cuyo rostro era tan parecido al de mi
padre, tan frío e implacable.
—Hagas lo que hagas —le dije en voz baja—. No te cases con Tomas
Mandray. Su padre golpea a su esposa, y ninguno de sus hijos hace nada
para detenerlo. —Los ojos de Nesta se abrieron, pero añadí—: Los
moretones son más difíciles de ocultar que la pobreza.
Nesta se tensó pero no dijo nada, ninguna de mis dos hermanas dijeron
algo cuando me giré hacia la puerta abierta. Pero una mano se envolvió
alrededor de mi brazo, haciendo que me detuviera.
Dándome la vuelta para mirarlo, mi padre abrió y cerró la boca. En el
exterior, la bestia, sintiendo que había sido detenida, envío un gruñido sordo
hacia la cabaña.
—Feyre —dijo mi padre. Sus dedos estaban temblando mientras
agarraba mis manos enguantadas, pero sus ojos se hicieron más claros y
audaces de lo que los había visto en años—. Si alguna vez escapas, si alguna
vez los convences de que tu deuda está paga, no regreses.
No me esperaba un adiós desgarrador, pero tampoco me había
imaginado esto.
—Jamás regreses —dijo mi padre, liberando mis manos para
sacudirme por los hombros—. Feyre. —Tropezó con mi nombre, su garganta
se mecía—. Ve a algún lugar nuevo, y haz un nombre por ti misma.
Más allá, la bestia era solo una sombra. Una vida por una vida, ¿pero
qué si la vida ofrecida como pago también significaba perder otras tres? El
mero pensamiento fue suficiente para acerarme, anclarme.
Nunca le había dicho a mi padre la promesa que le había hecho a mi
madre, y no serviría de nada explicarla ahora. Así que me encogí,
alejándome de su agarre y me fui.
Dejé que el sonido de la nieve crujiendo bajo mis pies ahogaran las
palabras de mi padre mientras seguía a la bestia hacia el bosque rodeado de
oscuridad.

Cada paso hacia la línea de árboles era demasiado rápido, demasiado
ligero, demasiado pronto llevándome al tormento y miseria que me
esperaban. No me atrevía a mirar hacia atrás a la cabaña.
Entramos en la línea de árboles. La oscuridad hacía señas más allá.
Pero una yegua blanca estaba esperando sin amarrar, al lado de un
árbol, pacientemente, su abrigo como la nieve fresca en la luz de la luna.
Sólo bajó la cabeza, casi con respeto, de todas las cosas, mientras la bestia se
hacía junto a ella.
Hizo un gesto con una pata hacia mí para que la montara. Aun así, la
yegua se mantuvo en calma, incluso cuando pasó lo suficientemente cerca
para destriparla de un solo golpe. Habían pasado años desde que había
montado, y sólo había montado en un poni, pero saboreé el calor del caballo
contra mi cuerpo medio congelado mientras subía a la silla y se puso a
caminar. Sin la luz para guiarme, la dejé seguir a la bestia. Eran casi del
mismo tamaño. No me sorprendió cuando nos dirigimos hacia el norte, hacia
el territorio de las hadas, aunque mi estómago se apretó con tanta fuerza
que dolió.
Vivir con él. Podría vivir el resto de mi vida mortal en sus tierras. Tal
vez esto era compasivo, pero entonces, no se había especificado de qué
manera exactamente, iba a vivir. El Tratado prohibía a las hadas el
tomarnos como esclavos, pero tal vez excluyera a los seres humanos que
mataran a las hadas.
Probablemente iríamos a cualquier grieta en el muro que él hubiera
usado para llegar hasta aquí, a robarme. Y una vez que pasáramos a través
del muro invisible, una vez que estuviéramos en Prythian, no había manera
de que mi familia me encontrara nunca. Sería poco más que un cordero en
un reino de lobos. Lobos… lobo.
Asesinado un hada. Eso era lo que había hecho.

Mi garganta se secó. Había matado a un hada. No me atrevía a
sentirme mal por ello. No cuando dejé a mi familia atrás a morir de hambre;
no cuando eso significaba una criatura horrible y malvada menos en el
mundo. La bestia había quemado mi flecha de fresno, así que tendría que
confiar en la suerte para conseguir siquiera una astilla de madera de nuevo
si iba a tener una oportunidad de matarlo. O de detenerlo.
El conocimiento de su debilidad, de su susceptibilidad al fresno, fue la
única razón por la que habíamos sobrevivido en contra del Alto Fae durante
la antigua rebelión, un secreto traicionado por uno de los suyos.
Mi sangre se enfrió aún más mientras inútilmente escaneaba el área
en busca de cualquier signo de un tronco estrecho y explosión de ramas que
había aprendido marcaba los árboles de fresno. Nunca había visto el bosque
tan quieto. Lo que sea que estuviera allá fuera tenía que ser manso en
comparación con la bestia a mi lado, a pesar de la facilidad del caballo a su
alrededor. Con suerte mantendría otras hadas lejos después de que
entráramos en su reino.

Prythian. La palabra era una sentencia de muerte que hacía eco a
través de mí una y otra vez.
Tierras… había dicho que tenía tierras, pero ¿qué tipo de tierras? Mi
caballo era hermoso y su montura estaba hecha a mano de rico cuero, lo que
significaba que él tenía algún tipo de contacto con la vida civilizada. Nunca
había oído los detalles sobre cómo eran la vida de las hadas o de los Altos
Faes… nunca escuchamos mucho sobre eso, aparte de sus habilidades
mortales y apetitos. Apreté las riendas para evitar que mis manos
temblaran.
Había pocos relatos de primera mano de la propia Prythian. Los
mortales que cruzaban el muro, ya sea como tributos por parte de los Hijos
del Bendito o robados, nunca regresaban. Me enteraba más de las leyendas
de los aldeanos, aunque de vez en cuando mi padre había ofrecido un cuento
o dos en las noches cuando hacía un intento de recordar que existíamos.
Por lo que sabíamos, el Alto Fae todavía gobernaba la parte norte de
nuestro mundo, de nuestras enormes islas sobre el mar estrecho que nos
separaba del continente masivo, al otro lado, fiordos sin fondo y heladas
tierras y desiertos con chorros de arena, todo el camino hasta el gran océano
en el otro lado. Algunos territorios de hadas eran imperios; algunos eran
gobernados por reyes y reinas. Luego estaban lugares como Prythian,

divididos y gobernados por siete Grandes Señores, seres con tal poder que la
leyenda afirmaba que podían nivelar edificios, romper los ejércitos y formar
carnicerías antes de que pudieras parpadear. No lo dudaba.
Nadie me había dicho antes por qué los humanos optaron por quedarse
en nuestro territorio, cuando era tan poco el espacio que se nos había dado y
situado tan cerca de Prythian. Tontos—cualquier humano que se quedara
aquí después de la Guerra debió de haber sido un tonto suicida como para
vivir tan cerca. Incluso con los siglos de antigüedad del Tratado entre los
reinos mortales y las hadas, habían grietas en el muro que separaban
nuestras tierras, agujeros lo suficientemente grandes como para que esas
criaturas letales cayeran en nuestro territorio para divertirse al
atormentarnos.
Ese era el lado de Prythian que los Hijos del Bendito nunca se
dignaban en reconocer—tal vez un lado de Prythian que estaría encantada
de conocer muy pronto. Mi estómago se revolvió. Vivir con él, me recordé a
mí misma, una y otra vez y otra vez. Vivir, no morir.
Aunque supuse que también podría vivir en un calabozo. Él
probablemente me encerraría allí y se olvidaría de que estuviera allí,
olvidaría que los humanos necesitan cosas como la comida y el agua y el
calor.
Rondando por delante de mí, los cuernos de la bestia se espiraban
hacia el cielo nocturno, y zarcillos de aliento caliente se rizaban en su hocico.
Teníamos que acampar en algún momento; la frontera con Prythian estaba
a días de distancia. Una vez que nos detuviéramos, me mantendría
despierta durante la noche y nunca lo perdería de vista. A pesar de que
había quemado mi flecha de fresno, había metido sin que se diera cuenta el
cuchillo bajo mi capa. Quizás esta noche se me concediera la oportunidad de
usarlo.
Pero no fue mi propia condenación la que contemplé mientras me
dejaba caer en el temor y la rabia y la desesperación. Mientras viajábamos—
los únicos sonidos que se escuchaban eran la nieve crujiendo bajo patas y
pezuñas—alterné entre la miseria desagradable ante la idea de mi familia
muriendo de hambre y en darme cuenta de lo importante que era yo, y una
cegadora agonía al pensar en mi padre pidiendo limosna en las calles, con la
pierna rindiéndose con él mientras tropezaba de persona a persona. Cada
vez que miraba a la bestia, podía ver a mi padre cojeando a través de la
ciudad, pidiendo monedas de cobre para mantener a mis hermanas con vida.

Peor aún, a lo que Nesta podría recurrir para mantener viva Elain. A ella no
le importaría la muerte de mi padre. Pero ella mentiría, robaría y vendería
cualquier cosa por el bien de Elain, y el suyo propio.
Tomé nota en la forma en que la bestia se movía, tratando de encontrar
cualquier—la que fuese—debilidad. No pude detectar alguna.
—¿Qué tipo de hada eres? —pregunté, las palabras casi tragadas por la
nieve y los árboles y el cielo lleno de estrellas.
No se molestó en dar la vuelta. No se molestó en decir nada en
absoluto. Bastante justo. Después de todo yo había matado a su amigo.
Lo intenté de nuevo.
—¿Tienes un nombre? —O algo para maldecirlo.
Resopló aire de forma que podría haber sido una risa amarga.
—¿Tan siquiera te importa, humana?
No le respondí. Él podría muy bien cambiar de opinión acerca de
perdonarme.
Pero tal vez me escaparía antes de que decidiera destriparme. Tomaría
a mi familia y nos marcharíamos en un barco y navegaríamos lejos, muy
lejos. Tal vez trataría de matarlo, a pesar de la inutilidad, a pesar de si ello
constituía otro ataque no provocado, sólo por ser quien vino a reclamar mi
vida, mi vida, cuando esas hadas valoran la nuestra tan poco. La mercenaría
había sobrevivido; quizás yo también podría. Quizás.
Abrí la boca para preguntarle de nuevo su nombre, pero un gruñido de
fastidio salió de él. No tuve la oportunidad de luchar, de devolver la pelea,
cuando un cargado sabor metálico picó en mi nariz. El agotamiento se
estrelló sobre mí y la oscuridad me tragó por completo.

Me desperté con un sobresalto en lo alto del caballo, asegurada por
lazos invisibles. El sol ya había salido.

Magia… eso es lo que había sido, lo que estaba manteniendo mis
extremidades apretadas, impidiéndome ir por mi cuchillo. Reconocí el poder
profundo de mis huesos, de algún recuerdo mortal y el terror. ¿Por cuánto
tiempo me mantuvo inconsciente? ¿Por cuánto tiempo él me mantuvo
inconsciente, en lugar de hablarme?
Apretando los dientes, pude haber exigido respuestas por parte de él,
pude haber gritado hacia dónde seguía moviéndose, haciendo caso omiso de
mí. Pero los pájaros piaron y revolotearon junto a mí, y una brisa leve besó
mi rostro. Me fijé en una puerta de metal más delante.
Mi prisión o mi salvación, no podía decidir cuál.
Dos días, tomaba dos días desde de mi casa hasta llegar al muro y
entrar en la frontera sur de Prythian. ¿Me había encantado para que
durmiera todo ese tiempo? Bastardo.
La puerta se abrió de golpe y sin portero o centinela, la bestia continuó
a través de ella. Ya sea que quisiera o no, mi caballo siguió adelante.

La torre se extendía a través de una ondulante tierra verde. Nunca
había visto nada igual; incluso nuestra antigua casa señorial no se podía
comparar. Estaba cubierta de rosas y hiedra, con patios, balcones y
escaleras que brotaban de sus lados de alabastro. Los jardines estaban
cercados por bosques, pero se extendía tan lejos que apenas podía ver la
línea distante del bosque. Tanto color, tanta luz solar, movimiento y
textura... Difícilmente podía admirarlo lo suficientemente rápido. Pintarlo
sería inútil, nunca le haría justicia.
Mi asombro podría haber sometido mi miedo si el lugar no hubiera
estado tan completamente vacío y silencioso. Incluso el jardín a través del
cual caminamos, siguiendo un camino de grava a la puerta principal de la
casa, parecía silencioso y dormido. Por encima de la gama de irises de
amatista, pálidas campanillas de invierno y narcisos amarillo mantequilla
balanceándose en la brisa suave, el olor débil de metales llegó a mis fosas
nasales.
Por supuesto que sería magia, porque era primavera aquí. ¿Qué cruel
poder tenían que poseer para hacer sus tierras de manera diferente a la
nuestra, para controlar las estaciones y el clima como si fueran sus dueños?
El sudor corría por mi columna vertebral mientras mis capas de ropa se
volvían sofocantes. Giré mis muñecas y me removí en la silla de montar.
Cualquier atadura se había ido.
El hada serpenteó hacia adelante, saltando ágilmente hasta la gran
escalera de mármol que conducía a las puertas gigantes de roble en un
fluido y poderoso movimiento. Las puertas se abrieron para él con bisagras
silenciosas, y entró. Había planeado toda esta llegada, sin duda,
manteniéndome inconsciente, así no sabría dónde estaba, no sabría el
camino a casa o qué otros territorios de hadas mortales podrían estar
acechando entre la pared y yo. Busqué mi cuchillo, pero solo encontré capas
de ropa deshilachadas.

La idea de esas garras toqueteando mi túnica para encontrar mi
cuchillo hizo que mi boca se secara. Alejé la furia, terror y asco mientras mi
caballo se detenía por su propia voluntad al pie de las escaleras. El mensaje
era bastante claro. La torre imponente parecía estar viendo, esperando.
Miré por encima de mi hombro hacia las puertas aún abiertas. Si iba a
salir huyendo, tendría que ser ahora.
Sur, todo lo que tenía que hacer era ir hacia el sur, y finalmente llegar
al muro. Si no encontraba nada antes de eso. Tiré de las riendas, pero la
yegua permaneció quieta incluso cuando clavé los talones en sus costados.
Dejé escapar un bajo silbido agudo. Genial. A pie.
Mis rodillas se doblaron cuando golpeé el suelo, pedazos de luz
intermitente aparecieron en mi visión. Agarré la silla de montar e hice una
mueca cuando el dolor y el hambre acalambraron mis sentidos. Ahora, tenía
que ir ahora. Intenté moverme, pero el mundo todavía daba vueltas y se
movía.
Solo un tonto podría funcionar sin comida, sin fuerzas.
No alcanzaría ni la mitad de un kilómetro de esta manera. No
alcanzaría ni la mitad de un kilómetro antes de que él me agarrara y me
desgarrara en tiras, como había prometido.
Tomé un largo suspiro tembloroso. Alimentos, conseguir comida,
después, huir en el próximo momento oportuno. Sonaba como un plan sólido.
Cuando estuve lo suficientemente estable para caminar, dejé el caballo
en la parte inferior de las escaleras, dando pasos uno a la vez. Mi
respiración apretó mi pecho, atravesé las puertas abiertas y entré a las
sombras de la casa.
En el interior, era aún más opulento. Mármol a cuadros blanco y negro
brillaban a mis pies, fluyendo a un sin número de puertas y una amplia
escalera. Un largo pasillo se extendía por delante de gigantes puertas de
cristal en el otro extremo de la casa, y a través de ellas vislumbré un
segundo jardín, más grande que el de enfrente. Sin señales de una
mazmorra, sin gritos ni súplicas levantándose de las cámaras ocultas de
abajo. No, solo el gruñido de una habitación cercana, tan profundo que hacía
temblar los floreros de sala llenos de cúmulos de grasa de hortensias encima

de las mesas dispersas. Como en respuesta, un par de puertas de madera
pulida se abrieron a mi izquierda. Un comando a seguir.
Mis dedos temblaban mientras me frotaba los ojos. Sabía que el Alto
Fae había construido palacios y templos en todo el mundo, edificios que mis
antepasados mortales habían destruido después de la guerra por despecho,
pero nunca había considerado cómo podrían vivir hoy, la elegancia y la
riqueza que podían poseer. Nunca contemplé que las hadas, estos monstruos
salvajes, pudieran poseer propiedades más grandes que cualquier vivienda
mortal.
Me tensé cuando entré en la habitación.
Una larga mesa, más larga que cualquiera que habíamos heredado en
nuestra mansión, llenaba la mayor parte del espacio. Estaba cargada de
alimentos y vino… demasiada comida, desde algunos de ellos flotaban
zarcillos de vapor que hicieron mi boca agua. Al menos era familiar, y no
alguna extraña delicadeza de las hadas: pollo, pan, guisantes, pescado,
espárragos, cordero... podría haber sido una fiesta en cualquier mansión
mortal. Otra sorpresa. La bestia se acercó a la silla de gran tamaño en la
cabecera de la mesa.
Me quedé en el umbral, mirando la comida… toda esa gloriosa y
caliente comida que no podía comer. Esa era la primera regla que nos
enseñaban cuando niños, por lo general en las canciones o cantos: si la
desgracia te obligaba hacer compañía a un hada, nunca bebieras su vino,
nunca comieras su comida. Nunca. A menos que quisieras terminar
esclavizado a ellos en mente y alma, a menos que quisieras terminar
arrastrado de nuevo a Prythian. Bueno, la segunda parte ya había sucedido,
pero podría tener una oportunidad de evitar la primera.
La bestia se dejó caer en la silla, la madera gimió, y, en un destello de
luz blanca, se convirtió en un hombre de cabellos dorados.
Contuve un grito y me presioné contra la pared con paneles junto a la
puerta, buscando la moldura del umbral, tratando de medir la distancia
entre el escape y yo. Esta bestia no era un hombre, no un hada menor. Era
uno de los Altos Fae, uno de su nobleza gobernante: bello, letal y
despiadado.
Era joven, o al menos por lo que pude ver de su rostro parecía joven. Su
nariz, mejillas y cejas estaban cubiertas por una máscara exquisita de oro

incrustada de esmeraldas en forma de espirales de hojas. Alguna absurda
moda de Alto Fae, sin duda. Dejaba solo sus ojos, de apariencia igual a los
que tenían en su forma de bestia, fuerte mandíbula y boca a la vista, y esta
última apretada en una fina línea.
—Deberías comer algo —dijo. A diferencia de la elegancia de su
máscara, la túnica de color verde oscuro que llevaba era bastante sencilla,
acentuada solo con un tahalí de cuero sobre su amplio pecho. Era más por
lucha que estilo, a pesar de que no llevaba ningún arma que pudiera
detectar. No era solo un Alto Fae, sino... un guerrero también.
No quería tener en cuenta lo que podría exigirle usar el traje de un
guerrero y tratar de no parecer demasiado duro en el cuero del tahalí
brillando en la luz del sol que entraba por la orilla de las ventanas detrás de
él. No había visto un cielo sin nubes como ese en meses. Llenó un vaso de
vino de una jarra de cristal tallada exquisitamente y bebió profundamente.
Como si lo necesitara.
Me acerqué a la puerta, mi corazón latía tan rápido que pensé que iba a
vomitar. El frío metal de las bisagras de la puerta mordía mis dedos. Si me
movía rápido, podría estar fuera de la casa y corriendo por la puerta en
cuestión de segundos. Era, sin duda, más rápido, pero arrojar algunos de
esos bonitos muebles del pasillo en su camino podría ralentizar. Aunque sus
oídos Fae con sus delicados arcos, atraparía cualquier susurro de
movimiento de mi parte.
—¿Quién eres tú? —me las arreglé para decir. Su ligero cabello dorado
era tan similar al color de su piel de su forma de bestia. Esas garras
gigantes, sin duda, aún acechaban justo debajo de la superficie de su piel.
—Siéntate —dijo bruscamente, agitando una mano amplia para
abarcar la mesa—. Come.
Recorrí los cantos en mi cabeza, una y otra vez. No valía la pena aliviar
mi hambre voraz y definitivamente no valía la pena el riesgo de ser
esclavizada a él en mente y alma.
Dejó escapar un gruñido.
—¿A menos que prefieras desmayarte?
—No es seguro para los humanos —logré decir, sin importar la ofensa.

Él resopló una carcajada, más salvaje que cualquier cosa.
—La comida está bien para que puedas comer, humana. —Esos
extraños ojos verdes me detuvieron en el lugar, como si pudiera detectar
todos los músculos de mi cuerpo que se preparaban para huir—. Vete, si lo
deseas —añadió con un destello de dientes—. No soy tu carcelero. Las
puertas están abiertas, puedes vivir en cualquier parte de Prythian.
Y, sin duda, ser comida o atormentada por un hada desgraciado. Pero
mientras que cada centímetro de este lugar era civilizado, limpio y hermoso,
tenía que salir, tenía que volver. Esa promesa a mi madre, fría y vana como
fue, era todo lo que tenía. No hice ningún movimiento hacia la comida.
—Bien —dijo, la palabra atada con un gruñido, y comenzó a servirse.
No tuve que enfrentar las consecuencias de negarle otra vez, cuando
alguien pasó junto a mí, en dirección correcta hacia la cabecera de la mesa.
—¿Bien? —dijo otro extraño Fae: alto, pelirrojo y finamente vestido con
una túnica de plata. Él también llevaba una máscara. Hizo una reverencia
al varón sentado y luego se cruzó de brazos. De alguna manera, no me había
visto mientras me seguía presionando contra la pared.
—Bien, ¿qué? —Mi captor ladeó la cabeza, el movimiento más animal
que humano
—¿Entonces Andras está muerto?
Un asentimiento de mi captor—o salvador, lo que fuera.
—Lo siento —dijo en voz baja.
—¿Cómo? —exigió el desconocido, los nudillos blancos mientras
agarraba sus musculosos brazos.
—Una flecha de fresno —dijo el otro. Su compañero pelirrojo silbó—.
Convocar al Tratado me llevó a la mortal. Le di un refugio seguro.
—Una chica, una chica mortal en realidad mató a Andras. —No una
pregunta, más como una cadena recubierta de veneno de palabras. Echó un
vistazo al final de la mesa, donde estaba la silla vacía—. Y la convocación
encontró a la chica responsable.
El enmascarado de oro dio una baja risa amarga y me señaló.

—La magia del Tratado me llevó directo a la puerta de su casa.
Él extraño giró con fluida gracia. Su máscara era de bronce y formada
con facciones de un zorro, escondiendo todo menos la parte baja de su rostro,
junto con la mayor parte de lo que parecía una malvada y severa cicatriz de
su ceja hasta su quijada. No ocultaba el ojo que estaba perdido, o el orbe de
oro tallado que lo había reemplazado y se movía como si pudiera usarlo. Se
fijó en mí.
Incluso a través de la habitación, podía ver su restante ojo rojizo
ampliarse. Olfateó una vez, sus labios curvándose un poco revelando rectos
dientes blancos, y entonces se volteó hacia el otro hada.
—Tienes que estar bromeando —dijo silenciosamente—. ¿Esa cosa
flacucha derribó a Andras con una simple flecha de fresno?
Bastardo, un completo bastardo. Una pena que no tuviera la flecha
ahora, y así poder darle a él en su lugar.
—Ella lo admitió —dijo el de cabellos dorados firmemente, trazando el
borde de su copa con un dedo. Una larga y letal garra se deslizó fuera,
arañando el metal. Luché para mantener mi respiración firme.
Especialmente mientras añadía—: No trató de negarlo.
El hada con máscara de zorro se hundió en el borde de la mesa, la luz
capturándose en su largo cabello rojo fuego. Podía entender su máscara, con
esa brutal cicatriz y el ojo perdido, pero el otro Gran Fae parecía bien.
Quizás la usaba para ser solidario. Tal vez eso explicaba la absurda moda.
—Bueno… —El pelirrojo hervía—, ahora estamos atascados con eso,
gracias a tu inútil piedad, y has arruinado…
Avancé, solo un paso. No estaba segura de qué iba a decir, pero ser
mencionada de esa manera… Mantuve la boca cerrada, pero fue suficiente.
—¿Disfrutaste matando a mi amigo, humana? —dijo el pelirrojo—.
¿Dudaste, o el odio en tu corazón te empujaba tan fuerte que no consideraste
perdonarlo? Debió haber sido muy satisfactorio derribarlo para una pequeña
cosa mortal como tú.
El de cabellos dorados no dijo nada, pero su mandíbula se tensó.
Mientras me estudiaban, intenté tomar un cuchillo que no estaba allí.

—De cualquier form