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Un beso bajo la lluvia

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Bajo la última lluvia pronosticada, en un romántico día de San Valentín, las cosas no resultaron bien para Floyd McFly. De pie, en medio de un parque, mojada y con el corazón hecho añicos, ella era la viva imagen de alguien a quien acababan de decirle: "Esto no va a funcionar". Sin embargo, entre todo ese dramatismo de película, un desconocido de abrigo marrón le entrega su paraguas; así trae de regreso a la chica optimista. ¿Quién ha sido? Floyd tiene dos posibles candidatos: Joseff Martin, un chico con complejo de superhéroe que tiende a disfrazarse de Batman, hablar mucho y meterse en problemas, o Felix Frederick, con quien compartirá techo. Lluvia y sol. Chocolate y menta. Multicolor y monocromo. Positivo y negativo. Así son Floyd y Felix; dos opuestos que alguna vez fueron inseparables. Pero de su inocente amistad, solo quedan recuerdos. Felix guarda un secreto y Floyd pronto descubre cuál es.
Año:
2020
Idioma:
spanish
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12 comments
 
Fanny
Muy bonito me encanto
10 February 2021 (00:23) 
Yenni
Me atrevo a decir que es uno de los mejores libros que eh leído ❣️
25 March 2021 (00:48) 
Evelin
no lo he leído, no se como descargarlo:(
30 March 2021 (05:59) 
emmacoria_
El mejor libro que pude leer, no puedo dejar de llorar y de verdad lo sentí
04 May 2021 (22:26) 
Gabriela lopez
El mejor libro que he podido leer??
31 May 2021 (18:19) 
Nicki
Me gustó mucho e lloraro es una muy linda historia leanla
10 June 2021 (12:39) 
Jandira Matias
Esta igual que en wattpad?
15 June 2021 (23:36) 
Skr
Hace tiempo que tengo este libro en la mira pero nunca me animo a leerlo :(
12 August 2021 (00:22) 
Sofy gomez
Muy buen libro te hace llorar pero vale la pena
14 September 2021 (07:16) 
camila
Una de los mejores libros que te hace sentir como si estuvieras viviendo la historia
18 September 2021 (19:48) 
karo
Tenia muchas expectativas de este libro por que me prometieron un corazón roto y muchas lagrimas pero lo que encontré fue personajes planos y relleno demasiado relleno .
27 September 2021 (03:42) 
flopy1536
Si bien me costo meterme a la lectura, termine sentimental y super triste, este libro si, me gusto <3
14 November 2021 (01:48) 

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Año:
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Idioma:
english
Archivo:
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Putri Nilam Cayo

Año:
2005
Idioma:
indonesian
Archivo:
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Publicado por:

www.novacasaeditorial.com
info@novacasaeditorial.com
© 2020, Violeta Boyd
© 2020, de esta edición: Nova Casa Editorial

Editor
Joan Adell i Lavé
Coordinación
Noelia Navarro
Corrección
Noelia Navarro
Diseño de cubierta
Valentina García y Vasco Lopes
Maquetación
Vasco Lopes
Primera edición en libro electrónico: Marzo 2020
ISBN: 978-84-18013-32-4
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública

o

transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus
titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de
Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta
obra (www.conlicencia.com; 917021970/932720447).

Índice
Inminente
Cofre
Batman
Sonrisa
Venganza
Club
Silencio
Pizzas
Cine
Infiltración
Explosiva
Nuevos
Intenciones
Incepción
Regalo
Synapses
Ancianos
Historia
Contención
Carlo e

Fes val
Cerrados
Abeja
Helados
Descubierto
Chiste
Fangirl
Declaración
Estrellas
Preguntas
C
Dolor
Caída
Hipo
Complicidad
Chocolate
Oscuridad
Tormenta
Reemplazo
Graduados
Discurso
Colados
Consecuencia
Viaje
Visita

Actuación
Verdad
Regreso
Pe ción
Lluvia

Inminente

La lluvia se intensificaba a cada segundo. Lo que en la
mañana era una simple llovizna se había convertido en una
lluvia casi torrencial propia del invierno. Las copiosas gotas se
estrellaban contra el suelo del parque y los charcos
comenzaban a agrandarse entre las baldosas mal colocadas del
camino. Los árboles se despedían de sus hojas que caían de
lleno por la intensidad y la fuerza del clima. El aroma a tierra
mojada se acentuaba. Cada tanto, algunas parejas pasaban por
el sendero esquivando las pozas de agua y las ramas crecientes
de los árboles con paraguas en mano, mientras se acurrucaban
del frío. También aparecía algún que otro perro que buscaba
refugio.
La lluvia provocaba un efecto de huida en todos, pero para
mí era el escenario digno de una nueva decepción amorosa.
Hacía cuatro minutos y treinta segundos que Wladimir Huff
había decidido;  terminar con nuestra relación, lo que conllevó
la pérdida inmediata de todo impulso motivacional en mí. El
clima no importó mucho, ni lo empapada que estaba dentro de
ese tiempo perfectamente calculado. Todo lo que transitaba
por mi cabeza eran las frías palabras con las que acuchilló mi
corazón. Bastó una simple oración para que me quedara
inmóvil.
Una linda imagen que representaba con detalle a una chica
desahuciada.
Podría atribuir a Wladimir mi devastadora situación, pero no
tenía la culpa del todo. Claro que no. Si bien él sentenció a
muerte nuestra relación, mi maldición para enamorarme con
facilidad condujo mi vida al desastre con diversos resultados

fatales, no solo bajo la lluvia, sino de otras formas particulares
que al recordar me dejaban un sabor muy amargo.
Creo que algunos tenemos la habilidad de fijarnos en las
personas menos indicadas. Ese fue mi caso: sola, sin paraguas,
lágrimas que se mezclaban con la lluvia, con principio de
hipotermia y el corazón hecho añicos, mientras comparaba las
gotas con puñaladas, hasta que llegó ese momento en que no
sentí más que el lejano sonido de la lluvia adormeciéndome.
De pronto, un ángel guardián se apiadó de mí y me cedió su
paraguas.
Se marchó sin mirar atrás.
En mi asombro pude ver su abrigo de un singular color
marrón que se perdía en la profundidad del camino, pero su
gesto quedó tallado en mis retinas y bien preservado en mi
corazón.
Entonces, como por arte de magia, una luz divina se
vislumbró entre las oscuras nubes del cielo, lo que me dio un
ápice tibio de esperanza y me hizo consciente de la realidad: la
vida continuaba.
La lluvia cesó.
Nunca fui supersticiosa, todo lo contrario, pero bastó esa
maravillosa coincidencia para que creyera en las tretas del
inminente destino que se avecinaba.
Y con esa idea me marché a mi trabajo.
Crucé la puerta de la florería provocando que sonase la
campanilla que colgaba de ella. Sarah, la hermana de mamá, se
asomó por detrás del cajero despeinada, con el pintalabios
corrido que dejaba entrever sus labios hinchados, la camisa
blanca (con la que se la acostumbraba a ver) algo
desabrochada y los ojos bien abiertos. A su lado, Mark, su
novio, estaba igual de desaliñado. Hice una mueca de espanto
cuando deduje —dentro de mi ingenua mente— que se
encontraban haciendo cochinadas en plena tienda. Tras volver
del shock adopté la expresión seria.
—Buenos días —saludé tajante, tal cual lo haría papá en mi
situación.

—¡Floyd! —exclamó mi tía, procediendo a abrochar su
camisa y arreglarse el cabello—. Creí que estarías en una cita
con Waldi… Waldo… eh…, tu novio de nombre raro. ¿Qué te
pasó? ¡Estás empapada!
—Es una larga historia —hablé con un trago amargo de
realidad y el paraguas mojado en mis manos.
Si bien me había propuesto no estancarme en una relación,
que me acabaran de dejar no me daba muchos ánimos, menos
cuando había sido en la mismísima florería donde Wladimir
me había propuesto ser novios. Mis pensamientos de buena
fortuna se hicieron añicos con cada paso que daba al interior
de la tienda. La esperanza de verlo entrar por la puerta se
convirtió tontamente en un deseo que murmuré con los ojos
cerrados una vez me encerré en el baño y encendí el secador.
Al abrirlos, me di cuenta de lo ridícula que me veía deseando
algo que no llegaría. Los ojos de Wladimir eran tan seguros,
acorde a sus palabras pronunciadas, que me marchité al
instante.
Gruñí apagando el secador y salí en dirección a la tienda
para ocuparme de los clientes o lo que fuese necesario para
distraerme. Existían cosas más importantes, como retener mis
estornudos a causa del polen, por ejemplo.
Afuera, divisé un sol radiante y el novio de Sarah se percató
de ello.
—Adiós a la última lluvia —dijo en un tono nostálgico—.
Dicen que no lloverá hasta el próximo año, pero veo que tú la
gozaste al máximo, Flo.
—¿Todavía crees a los sujetos del tiempo, Mark? —
interrogó mi tía con algo de mofa. Una leve risa burlona se me
contagió, a la que su novio respondió con un mal gesto de
dedos.
Entre el reclamo que Mark le hacía a tía Sarah, escuché
tintinear la campanilla de la puerta. Me volteé en esa dirección
para encontrar a un chico de cabello oscuro, cejas gruesas, piel
aceitunada y llena de lunares, una sonrisa feliz y un abrigo de
color marrón.
Pegué un grito imaginario.

Mi yo interior se hizo una maraña incontrolable de
sensaciones
físicas
y
emocionales,
pensamientos
incongruentes e hipótesis rebuscadas, entre otras cosas.
¿Realmente era el chico del paraguas? ¿Cuál era la
probabilidad de que lo fuese? Palidecí al ver que le hablaba a
Mark y seguí sus movimientos con los ojos sin parpadear los
dos minutos y trece segundos que estuvo allí. Compró un ramo
de lirios rosados y rosas rojas, luego se marchó.
En medio de la tienda me recriminé mi incredulidad.
Había estado en presencia de una persona con un extraño
abrigo marrón ¡y no hice más que estar inmóvil como las
plantas que tanto cuidaba en la florería! De hecho, hasta esas
plantas bien cuidadas tenían más movimiento que una
petrificada Floyd. Pude haberle preguntado si el paraguas que
había dejado bien guardado en el baño era suyo, pero todo lo
que hice fue la imitación perfecta de una estatua.
Estornudé a causa de las flores, llamando la atención de
Sarah.
—Flo, querida, ¿por qué no vas a casa a cambiarte de ropa y
vuelves mañana? No queremos que pilles un resfriado.
Entrecerré los ojos sospechando que su sugerencia contenía
un mensaje con doble sentido bien resguardado dentro de su
tono amable. A pesar de ello, asentí como respuesta.
***
Volví a casa poniendo la mejor de mis caras. Cutro, el gato
que papá había traído a casa hacía unos años, se apresuró en
llegar a mi encuentro para pasearse entre mis piernas; gesto
por el cual siempre lo reprendí, pero no le importaba en
absoluto escucharme decir que no me gustaban los gatos, sino
los perros.
Se paseó de lado a lado hasta que me animé a correrlo con el
pie.
—¡Ya llegué!
Completo silencio.

Siempre tuve la manía de anunciar mi llegada y encontrar a
alguno de mis padres recibiéndome con su «Hola, Hurón» de
siempre. No obstante, aquel día desastroso no obtuve
respuesta, lo que conllevó una búsqueda de mamá o papá por
la casa, seguida por el gato más masoquista que hubiera
conocido.
—¡Mamá!
Grité de nuevo al no encontrarla en el primer piso. Subía las
escaleras cuando la voz lejana de mi santa madre emergió de
forma terrorífica. Estornudé por el pasillo largo con las puertas
de las habitaciones y en unos segundos encontré a mamá
barriendo la habitación de invitados.
«Extraño…»
—¿Por qué barres?
—Los Frederick se quedarán aquí hasta que arreglen el techo
y la inundación en su casa. ¿Los recuerdas? —Asentí de mala
gana.
Recordaba a la familia, bastante bien para ser sincera. Mamá,
papá y los Frederick iban al mismo colegio, Jackson de
Hazentown, hasta que mis padres decidieron formar una vida
en Los Ángeles, ciudad en la que pronto fueron a vivir ellos.
Habiendo sido amigos en la adolescencia, todos los fines de
semana ambas familias se reunían para comidas, celebraciones
y charlas de adultos, así que tuve la oportunidad de conocer a
los Frederick y también de fastidiar a su hijo, a quien siempre
inmiscuía en mis problemas. Pero esta unión familiar solo
duró unos años, papá decidió armar una editorial y volver a
Hazentown, mamá estuvo de acuerdo y yo… siendo una niña,
no tuve mucha importancia en la decisión. A mis casi nueve
años empecé una nueva vida aquí. ¿Quién diría que, después
de tanto tiempo, ambas familias se volverían a unir? Pues yo
no, menos en tan importante año.
Mamá dejó de barrer y me recorrió de pies a cabeza.
—¿Qué te pasó, Huroncito?
Sentí un nudo en la garganta.
—Es una larga historia, ma. —Decidí desviar el tema—.
¡Rayos! Si los Frederick se quedarán aquí, significa que tendré

que andar decente por la casa.
Mamá se echó a reír negando con la cabeza.
—Hazlo, así nos haces un favor a todos.
—Ja, ja. No eres graciosa. —Le saqué la lengua en un gesto
infantil—. Iré a cambiarme.
En cuanto terminé de hablar, tres leves golpes se escucharon
en la puerta principal. Nos miramos con mamá, armábamos
una disputa silenciosa para decidir quién de las dos bajaba a
abrir la puerta. Sin embargo, nuestra batalla quedó inconclusa
cuando papá salió de su despacho y pasó por fuera de mi
habitación.
—Yo iré a abrir, debe ser Chase.
Mi sentido curioso llevó a la necesidad de pronunciarme con
el fin de ver el reencuentro. Pero las cosas no podían darse de
forma tan simple. Antes de atreverme a asomar un pelo por la
escalera, me cambié de ropa y amarré mi cabello para verme
un poco más «normal». Jugué con mis dedos antes de poner el
pie en el primer peldaño dispuesta a bajar la escalera. Una
divertida discusión entre el amigo de papá y su mujer se
escuchó desde la sala.
Bajé las escaleras y caminé con paso temeroso hasta la
entrada de la sala de estar, donde estaban papá y sus amigos.
Asomé mi cabeza por el umbral para visualizarlos; ambos
estaban igual a como los recordaba, con la excepción de que
les había crecido un poco la panza; más a ella, que se
encontraba a la espera de un nuevo miembro en su familia.
Fue entonces cuando sentí una inquietante presencia a mi
espalda. Pegué un grito ahogado y me giré; me encontré mi
más ni menos que a Felix Frederick con un singular abrigo
marrón.
«No. Puede. Ser.»
Admiré las magníficas dotes físicas que se presentaron ante
mis curiosos ojos, deleitándome con cada curvatura de aquel
rostro serio que plasmó. Bueno, creí que me veía en la
necesidad de calmar un tanto los aires, puesto que el mal
humor venidero que traería consigo esa sombra llamada
«Felix» dejaría de lado su físico para centrarme en su aparente

personalidad. Siendo sincera, primero me vi envuelta en la
inmensidad de posibilidades para confirmar que él era el chico
del paraguas gracias a su abrigo. Sin embargo, me sentí
tentada a ver más allá de aquel icónico gesto para
hipnotizarme con su fría expresión.
Mi susto de muerte provocó el silencio total en la sala donde
hablaban nuestros padres. Y la curiosidad se hizo un hueco
dentro de mi cabeza para situarse allí durante el resto del día.
—Allí están. ¡Qué maravilloso reencuentro!, ¿no? —habló
tía Michi, dando un respingo en su lado del sofá.
Su aviso hizo que los demás giraran en nuestra dirección
para prestarnos atención. Sentí una necesidad incontrolable de
hacer ese gesto (no tan) inconsciente de mecerme hacia los
lados cuando me vi observada por los mayores, pero controlé
mis impulsos.
—¿Hace cuánto que no se veían? —curioseó mamá y buscó
una respuesta en papá. Él achicó los ojos, calculando el tiempo
y respondió dirigiéndose a su amigo:
—¿Unos diez años tal vez? —preguntó.
—No llevo la cuenta, solo recuerdo que solían jugar todo el
tiempo cuando vivíamos en Los Ángeles.
—Sí, sí —añadió su esposa—. Tengo muchas fotos de ellos.
—Miró a su hijo a la espera de una respuesta. Felix caminó
hacia el sofá con el rostro serio y sin ningún ápice de
amabilidad para sentarse junto a su padre. Se encogió de
hombros ante el silencio que surgió mientras lo observábamos
e inspiró.
—No lo sé —respondió—, no recuerdo.
Y yo que esperaba una respuesta más interesante. Un nefasto
reencuentro, la verdad, sobre todo porque nuestros padres
hablaban como cotorras y nosotros estábamos de compañía
nada más. Hice un esfuerzo para lograr obtener un hueco en el
sofá, pero todo lo que conseguí fue sentarme en el apoyabrazos
del sillón donde estaba papá. Desde el rincón donde nos
encontrábamos pude examinar con detalle la fisonomía de
Felix. Observé primero su cabello castaño oscuro y
desordenado, mucho más largo de arriba que por los lados;

bajé hasta sus ojos marrones y redondos, luego a su nariz
respingona; me embobé mirando el movimiento de sus labios
ni muy gruesos ni muy finos, pero que parecían bailar con
cada gesto que formaban; lo siguiente en llamar mi atención
fueron sus dientes blancos y las dos paletas frontales que se
asomaban como si fuese un conejo, las cuales ya tenía antes de
mudarnos; me detuve para observar los hoyuelos que se
marcaban cada vez que decía algo con «M» al responderle a su
madre; bajé hasta su quijada bien marcada; y por último, me
detuve en la parte de su tatuaje en el cuello que ocultaba una
camisa a cuadros roja. No valía la pena analizar el tatuaje tan a
fondo cuando las comparaciones serían mínimas conforme a la
borrosa imagen del chico con el paraguas.
De todas formas, la curiosidad y la esperanza de que fuese él
no la perdí.
Coloqué mis dedos en la barbilla para ver los puntos fuertes
que confirmaran mi hipótesis, pero todo fue en vano; en ese
momento sus ojos se posaron en mí. Y yo, como adolescente
que no sabe reaccionar frente a diversas situaciones de la vida
que involucran a un chico, giré la cabeza en otra dirección
sintiendo todo mi cuerpo consumirse en calor. Quise morir de
vergüenza allí mismo por no tener la mínima decencia de… no
sé, ¿quizás examinarlo con más disimulo?
Qué desdicha e infortunio el mío por sacar ese lado de mi
madre, porque, de lo contrario, seguro que no habría apartado
la mirada ni hubiese sido la viva imagen de un tomate
respirando.
Decidí volver a mirarlo y para mi buena fortuna, él miraba a
papá prestándole suma atención.
—Por cierto, Felix irá a Jackson también —comentó su
madre—. ¿Qué tal las clases? ¿Cómo está Jackson?
—Están bien, muchas pruebas, trabajos innecesarios… lo de
siempre —me apronté a responder—. Oh, y la verdad no ha
cambiado mucho.
—Tiene muchas cosas nuevas —agregó mamá.
Me perdí de la charla tras caer en cuenta de la fatídica
realidad: tendría que encontrarme con Wladimir.

Ya lo digo yo. El amor es como una función de fuegos
artificiales. Comienza con un sentimiento de ansiedad que te
hace querer apreciarlos, te dan curiosidad. Se dispara de forma
impredecible, sube y estalla. Enseña sus formas y colores, te
transmite una inquietud casi adictiva, luego, se va apagando
lentamente. Supongo que así pasó con Wladimir y con los
otros dos chicos con los que salí.
—Por cierto, Hurón. —Volví a la realidad. Papá se giró en
mi dirección con expresión interrogante—. ¿No habías salido
con esa comadreja de tu curso? —inquirió con tono
despectivo.
¡Bam! Directo al corazón. No bastaba con recordar por mis
medios a quien hacía unas horas me había roto en mil pedazos,
sino que también debía hacerlo papá. Eso no era lo peor,
puesto que, si le contaba que me había terminado bajo la lluvia
en pleno parque, seguro que Wladimir tenía los minutos
contados. No quería que la casi demanda por amenaza y la
orden de alejamiento que mi antiguo ex le colocó a papá se
repitiera, así que preferí mentir.
—Se murió su tatarabuela, pa.
Hipé.
—¿Su tatarabuela? —curioseó mamá.
—Sí, tenía un problema en el testículo izquierdo. —Volví a
hipar.
—Las mujeres no tienen testículos. Y dudo mucho que su
tatarabuela viviese tanto —espetó Felix.
Me atreví a mirarlo dos segundos recelosa y volví a hipar. Él
estaba con una expresión de seriedad, cruzado de brazos. Sus
ojos estaban puestos sobre una de las fotografías que mamá
había enmarcado. En ella una niña sin los dientes delanteros le
sonreía a la cámara.
Hipé otra vez, así como para enfatizar más mi tonta mentira.
—Luego hablaremos de eso —sentenció papá señalándome
con su dedo. Tragué saliva y del puro susto dejé de hipar—.
Eres tan mala mentirosa como lo fue ella. —Apuntó a la madre
de Felix. Al darse cuenta de su ofensa, colocó su mano con
dramatismo sobre su pecho y abrió sus labios con sorpresa,

formando una enorme «O». A su lado, tío Chase le dio la
razón con una carcajada y asintiendo con la cabeza. Su mujer
lo hizo callar dándole un codazo en la costilla y él empezó a
jadear del dolor.
—Ups, se me fue el brazo.
La conversación se convirtió en una rememoración de
vivencias en su juventud y luego en el ofrecimiento para ver
sus habitaciones. Todos tuvimos que ayudar a la embarazada a
subir las empinadas escaleras cuando insistió en conocer el
nuevo cuarto provisorio para su hijo, mientras el padre de este
nos comentaba a todos que su mujer había heredado la
hipocondría de su suegra. Claro, eso lo dijo cuando ella estaba
distraída con mamá mirando por la ventana hacia el patio.
Felix por su parte no demostró muchos ánimos por el cuarto.
Ni por nada. El chico parecía una estatua —y no lo digo por lo
pálido—, inexpresiva e inmóvil. Ni siquiera se unió a las
conversaciones o hizo algún comentario sobre algo, sino que
parecía observarlo todo en completo silencio. Supuse que
estaba en ese periodo de la adolescencia donde todos actuamos
como si guardásemos misterios y apegados al enrevesado
mundo creado por nuestras cabezas —el cual, por cierto, yo no
pasé porque estar callada no es lo mío—, pero él no actuaba
pensativo ni mucho menos como un idiota. Se comportaba
como un analista profesional.
O eso creí, hasta que preguntó lo que yo y muchos
preguntaríamos:
—¿Cuál es la clave de su Internet?
***
El resto de la tarde me la pasé mirando mi celular a la espera
de alguna llamada o mensaje de Wladimir diciendo que estaba
arrepentido y que quería volver, a lo que gustosamente
respondería que sí. No obstante, cuando el sol comenzó a
esconderse y el crepúsculo se alzó, desistí de observar la
pantalla del celular para hacerlo a un lado. Estaba tan aburrida
como un chicle pegado bajo la mesa, con la diferencia de que

yo estaba bajo las mantas dentro de la cama, oculta del mundo.
De pronto, un estado depresivo se avecinó, quise empezar un
concierto de sollozos y… escuché la voz autoritaria de Felix.
Me levanté de la pura curiosidad, me asomé por el umbral de
la puerta hacia el pasillo y vi a un asustado Felix contra la
pared, con los brazos que buscaban dónde aferrarse, sostenido
de un pie y levantando el otro para que el pequeño Cutro no
lograse tocarlo con sus patas.
—Sal de aquí, feo animal.
Cutro se sentó frente a un asustado Felix, que comenzó a
buscar una forma de escapar hasta que sus ojos dieron
conmigo. Algo mágico ocurrió entonces, pues toda pose de
chico asustado cambió a la de un ser lleno de seguridad. Se
llevó un puño a la boca y tosió.
—¿Podrías sacar al gato del camino?
—¿Por qué? —interrogué, saliendo de la habitación.
—Soy alérgico.
Caminé por el pasillo y tomé la bola de pelos. Este se
revolvió entre mis brazos provocando que Felix se pegara otra
vez contra la pared y pestañeara con nerviosismo. Sonreí
cuando una brillante idea se cruzó por mi cabeza. Agarré al
gato por debajo de sus patas delanteras y lo acerqué al
asustado chico esperando alguna reacción alérgica. En vez de
estornudar él, lo hice yo.
—No le tienes alergia, ¡le tienes miedo!
—¿Tú qué sabes?
Dejé al gato en el piso, Felix de nuevo se espantó y buscó
consuelo en la pared; suerte para él que Cutro ya no tenía
interés. Felix, al ver que el gato se marchaba corriendo hacia
las escaleras, pasó por mi lado cambiando drásticamente su
expresión a la desinteresada y seria de antes, sin esperar una
respuesta a cambio. Pensé en exigirle un agradecimiento por
su parte, pero dudé de que me hiciera caso, así que decidí abrir
mi bocota para resolver el interrogante principal.
—¿Eres el chico del paraguas? —Y se hizo el silencio. Se
volvió en mi dirección sin ninguna expresión. Capté que

necesitaba especificar más mi pregunta para que entendiera—.
En el parque un chico con el mismo abrigo que tú me cedió su
paraguas cuando llovía, ¿eras tú? Si lo eres, de verdad necesito
decirte que…
—¿Por qué darle el paraguas a alguien que apenas recuerdo?
¿Y en qué momento? Lo siento, McFly, no estoy para acciones
caritativas. Por la única persona que siento compasión es por
mí en esta nueva ciudad.
Su respuesta me pareció demasiado a la defensiva, pero su
expresión… su expresión fue como una advertencia que me
sugería no hablarle más. Aunque se me hizo agua la boca por
preguntar más, decidí buscar respuestas por mis medios. Bien
denominada «curiosa por naturaleza» cuando algo queda tan
misteriosamente expuesto, no puedo dejarlo escapar. Quizás
debí ofenderme por la pronta respuesta, pero me coloqué unos
segundos en sus zapatos e intenté empatizar con el recién
llegado; de todas formas, yo también había sido nueva en la
ciudad.
—Oh, bien, yo solo quería agradecérselo. Hoy en día faltan
personas que hagan pequeños gestos que devuelvan la
esperanza en la humanidad.
—Yo no me adelantaría a decir eso, ni siquiera lo conoces —
dijo—. Un gesto amable no define a una persona.
Directo y frío, dos palabras que definían bien a Felix
Frederick.

Cofre

Al día siguiente de ser pateada1 por Wladimir y recibir la
excelente noticia de que los Frederick se quedarían por un
tiempo en casa, desperté con la esperanza de ver el mundo con
otros ojos. Quizás desde una perspectiva más animosa, pero
claramente una decepción amorosa no se supera con facilidad,
mucho menos el término de una relación.
Todavía somnolienta, busqué bajo mi almohadón el celular y
deslicé la pantalla para ver el motivo de mi desvelada cuando
me percaté de la hora: faltaban cinco minutos para ir al
colegio. Me giré y quedé bocarriba, con el celular en mis
manos y comprobé que un nuevo capítulo de la historia que
tanto ansiaba leer, de mi autor favorito, había sido publicado.
Dentro de Wattpad, hay una variedad inmensa de novelas y
escritores, pero ninguno me hacía querer arrancarme los pelos
de la cabeza por la espera como Synapses. Tenía una habilidad
casi celestial para captar la atención del lector; sus historias
siempre tenían ese toque de humor, buena ortografía, giros
inesperados, personajes sobresalientes y memorables. Como
admiradora, siempre leía todo lo que escribía y comentaba
siempre que podía.
Synapses fue mi inspiración para pasar de una lectora
fantasma a escribir mis propias novelas.
—¡El desayuno está listo!
El llamado fue dado.
Me aventuré a salir por la puerta, pero recordé que mi pijama

de polar rosa con dibujos de osos sería tan humillante como la
pregunta que le había hecho a Felix el día anterior, así que
tuve que buscar ropa y vestirme. No obstante, cuando puse un
pie fuera del cuarto, me vi a mí misma con las horribles ojeras
por llorar a moco tendido bajo las sábanas. Como un fantasma,
busqué entre mis cosas algún corrector de ojeras y ¡no había
nada! Opté por hacer el ridículo de todas formas; me coloqué
unos lentes de sol.
Con toda la personalidad que un McFly puede tener, bajé las
escaleras y me dirigí a la cocina, donde mamá y los Frederick
estaban ya sentados. Los dos puestos vacíos eran de papá y
Felix, que todavía no habían llegado.
—¿Olvidé decirle a su padre que apagara la luz solar de la
casa? —preguntó mamá con mofa. Blanqueé los ojos detrás de
mis lentes de sol y me senté junto a ella.
—Buenos días.
Saludé a los dos Frederick y ellos me saludaron con
expresiones confusas, como si dudaran de mi salud mental,
cosa que, siendo sincera, debía hacerlo yo por ellos. Nunca
había visto una pareja que tuviese tantas discusiones y se
contentara tan rápido como ambos. Además, no me explicaba
de dónde habían sacado a su primogénito cuando no tenía la
personalidad de ninguno de los dos.
Dejé mis dudas para otra ocasión, mis tripas rugían por el
hambre y no quería crear una banda sonora. Además, tenía que
inventar alguna excusa buena para faltar a clases; quizás
atrasar mi encuentro con Wladimir.
Fue fácil decirle a mamá que no me sentía bien; ella captó,
con ese instinto de madre espectacular, que algo había pasado,
problemas amorosos, y me permitió faltar a clase. Ya cuando
mi boca estaba demasiado llena como para que mis padres
cambiasen mi apodo de «hurón» a «ardilla», papá apareció en
compañía de Felix. Ambos parecían estar charlando, lo que me
fue de extrema sospecha. Achiqué los ojos y visualicé a mi
posible enemigo. Papá nunca fue amante de los niños o
adolescentes; por eso siempre me sentí privilegiada. ¡Pero

entonces aparece eso y me aloca la única neurona funcional
que tengo por la mañana!
Tragué con fuerza siguiendo cada movimiento que papá
hacía hasta sentarse, luego miré a Felix, quien ni siquiera
saludó. Sentado frente a mi nariz, masticaba pan como si nada
le importase y bebía café ignorando por completo mi
presencia. Desistí de mi batalla interna para clavar mis ojos en
su tatuaje. Vestía una camiseta azul desteñida, por lo que su
tatuaje misterioso ya podía verse casi completo. Era la figura
de un cuervo negro sobre un corazón rojo.
Continué comiendo y, entonces, la peor sugerencia que
alguien podía proponer sobre la mesa provocó que tragara todo
de golpe.
—Floyd podría enseñarle la ciudad a Felix —habló mamá—,
en vista de que faltará a clase.
Golpeé la mesa —mentalmente— al escucharlo. Seis ojos se
pusieron sobre mí y luego se sumaron dos más.
«No, no, definitiva y rotundamente no», chillé internamente
en lo que digería la propuesta. Finalmente, tras cinco segundos
eternos, asentí con una sonrisa cínica.
Mi dichosa tarde ya había sido arruinada. Después del
almuerzo, Felix y yo nos preparamos para salir a dar un paseo
por la ciudad. Resultó que, de estudiante y ayudante en la
florería, pasé a guía turística. Los giros que daba la vida…
Juro que intenté verle el lado positivo a nuestra salida
mientras nos colocábamos el abrigo. Prometo que intenté
pensar positivo y actuar lo más amable posible con Felix. Sin
embargo, cuanto más hablaba, más loca parecía. Hablarle a
Felix era como hablar con la pared… o con un poste de luz
con patas.
Como buena guía turística, fui señalando cada uno de los
lugares memorables, mientras contaba historias y anécdotas, le
nombraba datos curiosos para hacer de la ciudad un lugar más
interesante. Pero fue en vano.
—…y en ese sitio hubo un incendio, pero no fue nada grave.

¿Ya te estás ubicando?
¿Qué te parece la ciudad?
Ladeé la cabeza y lo miré esperando su respuesta. Mi boca
estaba casi seca de tanto hablar, como un loro bien entrenado,
y esbocé la mejor de mis sonrisas para observar su apacible
expresión. Él captó que lo observaba y acentuó su rostro en mi
dirección, llevó las manos hacia los oídos y se sacó los
audífonos bien ocultos bajo la capucha del polerón2 que vestía
bajo su abrigo marrón.
—¿Decías algo? —preguntó serio.
Me eché a reír por sí fuera una broma. Lamentablemente no
lo era.
—He estado todo el camino hablándote y enseñándote la
ciudad, ¿es en serio? —espeté, deteniéndome.
Él se detuvo a pasos de mí y volteó. Hizo un gesto
desinteresando y se colocó los audífonos otra vez.
—Creo que es más interesante observar que escuchar.
Dicho y hecho, se giró para luego continuar su travesía por la
húmeda vereda de la ciudad. Ya casi llegábamos al centro,
donde la aglomeración de personas se metía en sus asuntos sin
importarle mucho lo que sucedía alrededor. Todos siempre
andaban con las narices puestas en sus celulares sin notar al
resto y viendo lo que les convenía.
Apresuré el paso y llegué a su lado para volver a hablar.
—¿Pero así cómo vas a conocer la ciudad, guiarte o algo? —
pregunté, esquivando a las personas que caminaban de lado
contrario.
—No te escucho —entonó al notar que seguía hablando.
Gruñí como un perro rabioso y apreté los puños
despojándome de la idea atrevida de quitarle los audífonos y
lanzarlos a la basura.
¿Felix siempre había sido así? Podía no recordarme, pero yo
tenía vagos recuerdos sobre él cuando vivíamos en Los

Ángeles. De niño lo recordaba más animoso, algo introvertido
y callado, pero dispuesto a jugar o ayudar, solía correr por
todos lados y escuchar con atención mis peticiones para
investigar «sectores oscuros», llenos de «supuestos espíritus
malignos» y, sobre todo, odiaba escuchar mis sobrenombres.
La ampolleta invisible sobre mi cabeza se iluminó.
—¿Por qué me ignoras? —insistí—. Eres un infelix… «InFelix», ¿entiendes?
Resoplé al obtener como respuesta un gesto interrogante de
su parte. Mis mejillas se inflaron de la rabia y sentí una
comezón en el cuello, como si se tratase de un bichito que me
impulsaba a clavarle las garras en toda la cara.
—Olvídalo, de nada sirve esforzarme cuando eres un poste,
alto y muy callado. Hablar conmigo misma es la mejor opción,
aunque las personas que caminan crean que soy una loca.
¿Qué más da? Mejor hablar con una misma que ser ignorada…
—Hija del escritor —me llamó—, ¿quiénes son ellos?
De la pura sorpresa volví a exaltarme. Todavía no entiendo si
fue porque me habló o porque me llamó «hija del escritor»,
manera tan poco familiar aun conociendo mi nombre. Un
efímero pensamiento por señalarle que mi nombre era Floyd se
cruzó por mis pensamientos. Preferí seguir el rastro de su
mirada altiva puesta al frente. Al ver en su misma dirección
me detuve. Una pareja hacía señas. Recuerdo abrir mis labios
levemente, como si quisiera decir algo, pero el impacto de
verlos me detuvo. Sentí temblar la barbilla y en los ojos, ese
fastidioso picor.
Ya a una distancia prudente, coloqué la mejor de mis
sonrisas y me predispuse a saludarlos.
—Hola, ¿cómo va todo? —Les di un vistazo rápido,
mientras unas maletas envueltas en bolsas transparentes fueron
lo que llamó mi atención.
—Floyd, ¡mira qué grande estás!
Miré al señor Smith y luego a la señora Smith, ambos
estaban igual que hacía un tiempo.

Llegué a Hazentown sin conocer a nadie que no fuese de la
familia; no obstante, tenía enormes deseos de integrarme. La
mayor parte del tiempo había muchos niños con quienes jugar,
ocho niños que nos juntábamos religiosamente. Entre ellos
estaba Lena Smith.
Con Lena las tardes se me hacían mucho más divertidas,
tomábamos helado sentadas en las veredas y nos escapábamos
de vez en cuando a un minimarket cerca de la carretera para
contar los autos; yo contaba los rojos y ella, los blancos. Se
volvió mi mejor amiga, una hermana, casi familia, hasta que,
un día, no despertó más. Existía un veintidós por ciento de que
despertara, probabilidad que no se cumplió. Los Smith con el
tiempo se mudaron y perdí contacto con ellos.
¿Quién diría que después de años coincidentemente me los
toparía cuando sacaba a pasear un poste?
—¿Y esas maletas? —curioseé.
No se me daba muy bien ocultar mis dudas, ni ser alguien
respetuosa con los mayores. Yo y mi curiosidad íbamos directo
al punto.
—Este… nos vamos de la ciudad —respondió la señora
Smith, mirando su maleta fucsia con algo de inquietud y
melancolía—. Creemos que es tiempo de hacer un cambio en
nuestras vidas.
—¿Se mudarán? Pero Lena…
—Lo sabemos —intervino el señor Smith—. Amamos a
Lena y lo haremos siempre, pero no podemos estancarnos
aquí, Floyd.
Ambos miraron a Felix, a quien por una milésima de
segundo había olvidado.
—Antes de irnos queríamos pasar a dejarte algo —comentó
la madre de Lena, disolviendo el silencio pretencioso que
surgió.
—¿Qué cosa?
—El cofre que tenían de niñas; estoy seguro de que a ella le

habría encantado que lo tuvieras.
Perder a un conocido se siente mal, perder a un ser querido
se siente horrible. Tantos recuerdos, tantas charlas, tantas
vivencias… Hubiese deseado fotografiarlas todas, tenerlas
para siempre, pues la memoria humana a veces es vaga e
impredecible.
Agradecí que los padres de Lena me dejaran su cofre, así que
cuando me propusieron llevarme a su casa para buscarlo, no
me negué. Arrastré al Poste con Patas conmigo. Él seguía
sumido en su mundo infinito de «quién sabe qué» y
escuchando música a todo volumen.
Ya con el cofre en mis manos, pude transportarme a esos
días donde guardábamos cualquier cosa que nos parecía
interesante. Lo examiné por fuera intentando descifrar los
extraños dibujos que hacíamos por entonces, observé las
calcomanías ya gastadas de la tapa y el olor a guardado que
expelía.
Cerré los ojos y apretujé el cofre contra el pecho.
—¿Qué haces? —preguntó Felix.
Mantuve los ojos cerrados, abrazando con menos intensidad
el cofre. El Poste con Patas había arruinado la emotividad del
momento.
—Recuerdo cosas.
—¿Con los ojos cerrados? ¿Cómo vas a ver cuando llegue el
bus?
Entre divagues y recuerdos ni siquiera me había percatado de
que mis pies me habían guiado hacia el paradero más cercano
para volver a casa. Arrugué la nariz para suprimir un
estornudo y abrí los ojos. Felix me miraba de manera
escalofriante.
—¿Qué tiene de especial ese cofre, McFly?
«¿Que no prestó atención? ¿Y qué pasa con ese McFly?
¡Floyd, me llamo Floyd!»

—Es el cofre que teníamos con Lena. Aquí guardábamos lo
que nos parecía especial.
Lució como si meditara la respuesta, aunque su rostro
impasible no me lo confirmó del todo.
«¡Si no usaras esos audífonos, probablemente lo sabrías!»
—¿Y quién es esa?
—Ah… Lena es… era… —Mi lengua se trabó, así como
todo mi cerebro. Respiré hondo para centrarme; finalmente
respondí—: Es mi mejor amiga.
Fue el bus que nos dejaría en casa lo que hizo ponernos en
movimiento. Con mi tarjeta de transporte pagué ambos pasajes
y nos sentamos en los penúltimos asientos. Puse el cofre sobre
mis piernas, mientras quería arrancar cada uno de mis pelos
por abrirlo. Llegar a casa iba a tomar más de una hora y mis
manos locas deseaban mover la pequeña cerradura que
protegía las cosas del interior. Una de mis piernas se movió
con frenesí. La ansiedad se apoderó de mí y cuando menos lo
esperaba, el cofre estaba abierto.
Felix lo había abierto.
—Si no puedes abrirlo, solo dilo —manifestó sin cambiar su
aburrida expresión.
Omití el tener que reprochar su acción; de todas formas,
nada me aseguraba ser escuchada, así que me limité a
examinar las cosas del interior. Recortes de revista, fotografías
sobre objetos, conchas marinas, lazos de colores, mechones de
cabello envueltos en bolsas, un diente de leche y una hoja de
cuaderno doblada. Miré hacia los lados antes de tomar la hoja.
Por algún motivo extraño sentí que abrirla era un delito que se
castigaba con cadena perpetua. Cerré el cofre para que los
movimientos bruscos del bus no desparramaran los demás
objetos y me preparé para desdoblar la hoja.
«Lista de deseos por cumplir antes de morir», leí sintiendo
los ojos llenarse de lágrimas.
1 . Patear: término para hacer referencia a la acción de terminar una relación unilateralmente.

2 . Sudadera.

Batman

—¿Estás llorando?
Una pregunta inoportuna viniendo de Felix.
«No, baboso, me sudan los ojos», quise decirle. Me contuve.
Guardé la lista en el cofre y sequé las lágrimas que osaban
escurrirse de mis ojos y viajar por mis enrojecidas mejillas.
Apretaba mis labios para que mi barbilla dejara de temblar, lo
que pronosticaba un mar de sollozos. No quería que el Poste
con Patas me viese así de vulnerable. A decir verdad, nunca
me gustó que alguien me viese lloriquear, solo lo hacía frente a
personas muy queridas… o en casos muy puntuales, como
cuando el papanatas de Wladimir me dejó, pero allí estaba
lloviendo y prácticamente a nadie le interesó verme a la cara si
huían de la lluvia.
—No, es que soy alérgica al papel, así como tú lo eres hacia
los gatos.
Miré hacia la ventana una vez más consumida por mis
recuerdos; por suerte debido a que en el próximo paradero
bajábamos.
De pequeña tenía la manía de contar cosas, llevaba una
cuenta exacta de cuantos pasos había desde la parada de
autobús hasta mi casa. Solía contarlos siempre después de una
aburrida tarde en la florería y, como costumbre, pensé en
hacerlo dado que mi compañero no parecía interesado en
continuar nuestra dinámica charla en el bus; opción denegada;
cuando mis pies pisaron tierra y el bus nos envolvió en una
nubecilla de humo negro que salía del tubo de escape, el cofre
me fue arrebatado de las manos. Tardé unos… ¿tres segundos

en percatarme de que ya no estaba en mis manos? y dos en ver
al culpable.
Un sujeto con un abrigo negro corría por la calle a toda
velocidad como perseguido por perros rabiosos.
—¡Eh! —grité a todo pulmón, sintiendo que mi garganta se
desgarraba. Ni siquiera miré a Felix cuando salí en
persecución del sujeto. Corrí lo más rápido que mi mal estado
físico me permitía.
Para compensar mi mala suerte, mi afinidad por usar
vestidos poco ayudó, no porque temiera que algún depravado
me viese las bragas, sino porque se me enredaba en las piernas
y dificultaba cada paso.
Recordé todas las películas y series donde ocurría un robo y
decidí hacer caso a los hechos, volví a gritar:
—¡Ayuda, ese sujeto me robó!
No vi si alguien respondió a mi pedido, pero seguro que mi
grito llamó más la atención de los transeúntes que la del
mismísimo Felix. Veía ya todo difuso en el instante
espectacular en que, del cielo, cayó Batman. Literalmente,
Batman.
Un chico con disfraz aterrizó de la rama de un enorme árbol
junto a la vereda, justo encima del ladrón, lo que provocó que
este cayera al suelo y el cofre quedara a unos centímetros de
sus dedos. Fue algo casi sacado de una película. El chico
disfrazado se sentó sobre la espalda del ladrón y con sus
manos le retuvo los brazos para que no forcejeara.
—Así que tú eres el ladrón que le roba a los que bajan del
bus, ¿eh? —le habló cerca del rostro con un tono amenazante.
El ladrón, por su parte, no hacía más que forcejear intentado
escaparse.
Tomé el cofre sin despegar mis ojos de la insólita escena. El
chico disfrazado sacó de sus calzoncillos negros un celular y
marcó a la policía, mientras yo procesaba lo que mis ojos
plasmaban. En cuarenta y cinco segundos el chico terminó la
llamada para dirigirse una vez más al ladrón.
—De esta no te salvas. —Con tanto forcejeo y el chico que
cabalgaba sobre la espalda del ladrón, me vi envuelta en un

juego de montar un toro mecánico muy bizarro, donde era una
más de los espectadores. Recién asimilaba la escena en el
momento en que el Chico Batman posó sus ojos en mí—.
¿Estás bien?
Me sobresalté y al mismo tiempo sentí una enorme
curiosidad por saber quién era el chico tras la desteñida
máscara.
—Sí. —Asentí con nerviosismo—. Muchas gracias. ¿Te
debo algo?
—Claro que no —se echó a reír unos segundos—. Mi pago
es haberte devuelto el cofre.
Con una radiante sonrisa finalizó su frase.
¿Cuántas personas eran ayudadas por un chico disfrazado de
Batman? Supuse que pocas; quizás formaba parte del uno por
ciento que tenía ese extraño privilegio. Me prometí no olvidar
nunca aquel gesto, ni la sonrisa de aquel intento de Batman.
Y así, después de mi extraño día —y algunos días de relax
—, llegó el apodado «Lunes Desastroso», con Historia como
primera clase.
Odiaba esta materia desde el fondo de mi corazón, porque,
aunque amaba contar, memorizar nombres raros y fechas era
un reto igual de grande que aprender chino mandarín. Si bien
mis notas no eran un fiasco, siempre estaba bajo del promedio
en Historia. Además, parecía que la profesora Mittler gozaba
de verme sufrir preguntándome siempre cosas que no entendía.
Quiero creer que su interés por hostigarme se debía a que el
gran Mika había asistido al colegio y no le tenía mucho
aprecio, pero decidí comprobar mi teoría ahora que Felix
Frederick asistiría también.
Como buen Lunes Desastroso, aquella mañana resultó un
caos total. Parecía que alguien había ocultado las cosas
convenientemente ese día para que todos los habitantes de la
casa se desesperaran y el malhumor religioso de los lunes se
potenciara por mil. Gritos de un lado a otro, consultas sobre la
hora, tía Michi que quería tomarnos una fotografía para
recordar el primer día en que su hijo asistiría a Jackson, yo que
posaba sin darme cuenta de que la parte trasera de mi vestido

estaba dentro de mis calzones, papá que me obligaba a
cambiarme de ropa, más consultas sobre la hora, el tío Chase
que se atoraba con el pan, papá que manchaba sus hojas con
café, entre otras cosas. No hubo un minuto de silencio hasta
que mi nuevo compañero de clase y yo salimos de la casa.
Con sus audífonos puestos y su inexpresivo rostro, Felix me
siguió hasta la parada del autobús. Él vestía su abrigo marrón
característico y en sus manos unos guantes rojos. Su nariz
estaba roja, lo que me hizo dudar sobre mi apodo hacia su
persona. Poste con Patas no le pegaba mucho, sino que
Rodolfo, el reno, le pegaba a la perfección, después de todo
hasta su abrigo combinaba.
—¿Siempre has tenido la extraña manía de quedarte
observando a las personas sin disimulo alguno o solo ocurre
conmigo?
—Pasa con todos. —Hipé.
La maldición del hipo no me dejaba mentir. Desde niña
pasaba que cada vez que mentía me daba hipo, así que el gusto
por decir mentiras no era lo mío. Sabía a la perfección que
siempre era mejor decir la verdad, pero había veces donde lo
conveniente era no hacerlo, pero Floyd McFly no podía
mentirle ni a un niño pequeño, porque su diafragma lo
arruinaba todo. ¡Genial!
Felix alzó una ceja y luego miró por sobre mi hombro.
—¿Siempre hipeas cuando mientes? De todas formas, eres
pésima haciéndolo. Es fácil leerte, eres una persona
predecible.
—¿En serio?
—Sí. Por ejemplo, justo ahora tienes unas enormes ganas de
preguntar sobre mi tatuaje.
No había pensado en el tatuaje, pero sí que me moría de
ganas por saber sobre él.
—¿Qué significa tu tatuaje?
No me resistí.
Felix frunció el ceño. Sí, lo frunció. Después de todo este
tiempo no me lo creo, hacer un gesto tan natural no parecía ser

obra de su rostro, pero lo hizo. Creo que haberlo visto hacer
eso fue mucho más emocionante que saber el significado de su
tatuaje.
—Te daré una pista —pronunció, tornando sus ojos en mi
dirección—: Edgar Allan Poe.
Abrí mis labios para responder aquella pista, pero mi frase se
quedó en la punta de la lengua. El nombre me parecía
extremadamente familiar, tanto así que, por un vano esfuerzo
para que mi cerebro recordara quién era el tal Edgar Allan Poe,
el autobús escolar casi no paró. Fue el mismo Felix quien pasó
de mi inexistente respuesta a extender su brazo y parar el bus.
El Poste con Patas, siempre tan amable y respetuoso, no hizo
ni ánimos de saludar al chofer, simplemente pasó de él y se
sentó en el tercer asiento junto a una chica gótica.
Ni siquiera tuve tiempo de despotricar su indiferencia
cuando mi nombre se alzó dentro del bus; al fondo, cuatro
chicas se encontraban sentadas charlando sobre la vida. Con
cierta gracia, papá las había apodado «las gallinas de
Jackson», pero yo prefería llamarlas por sus nombres.
—Hola, hermosa —saludó Nora—. ¿Qué hace una niña tan
divina como tú tan solita en este pasillo?
—Ven con nosotras, te estábamos reservando este caliente
asiento —le siguió Fabiola, palpando el asiento junto a ella.
Miré a las dos gemelas con horror; solía olvidar que ambas
eran unas pervertidas sin ton ni son, siempre diciendo frases
con doble sentido y aconsejando sobre sexualidad, tema que
tanto a mí como a Eli nos espantaba escuchar.
—Eso es demasiado perturbador para un lunes por la mañana
—comenté, sentándome en el asiento del medio, entre las dos
gemelas.
—No tanto como el Poste con Patas del que nos hablaste —
pronunció Sherlyn sin quitar la vista de su celular.
Suspiré mirando en dirección a Felix.
—Suspiraste… —habló Eli con una mueca en formación,
llena de sospecha— ¿Será este el inicio de un nuevo romance
juvenil para nuestra querida Hurón? Solo piénsenlo: una linda
chica que vive bajo el mismo techo con un chico que ni

siquiera la toma en cuenta y que, además, parece un
experimento alienígena sin expresión. Su madre fue abducida
por los extraterrestres una tarde que colgaba ropa en Los
Ángeles y tuvo a su primogénito, pero este tiene la misión de
destruir la Tierra; sin embargo, no contaba con enamorarse de
un tierno Hurón, por lo que su plan es frustrado. —Tomó aire
y se echó sobre el asiento—. Eso sería genial.

—Creo que alguien está viendo The X files.
El autobús se detuvo para subir a otros estudiantes más con
dirección a Jackson. Mientras el gallinero armaba sus teorías
sobre lo que posiblemente ocurriría entre Felix y yo, vi en
cámara lenta cómo mi lunes se partía en pequeños trozos con
la llegada de Wladimir. La noche anterior había practicado mil
formas para reaccionar cuando lo viese, pero todas quedaron
en el olvido al ver que no subía solo, que ya tenía una novia
nueva. Un silencio se alzó en el gallinero y los ojos de mis
cuatro amigas se posaron sobre mí. Apreté con fuerza mi falda
sin quitarle la vista al patán que me había dejado una mañana
de lluvia y tragué saliva, escuchando a Sherlyn susurrar:
—Floyd: a setenta y cinco por ciento de estallar. —La miré
de reojo y negué con la cabeza.
Al llegar a Jackson, Felix se perdió de la faz de la Tierra
apenas bajamos del bus; el gallinero y yo intentamos dar con
su paradero sin resultados.
En la sala de Historia la arrugada profesora Mittler nos
esperaba sentada en su respectivo escritorio frente a toda la
clase. En el primer banco, sentado con su cabeza apoyada
sobre sus brazos en la mesa, estaba Felix. Un enorme peso de
responsabilidad se apoderó de mí; después de todo nos
conocíamos y mi lado empático no permitiría que el
inexpresivo chico anduviese solo, sin amigos en su primer día
de colegio. Les hice una seña a las chicas para que se fuesen a
sentar y así yo me sentaría junto a Felix, pero Martha Pratt se
adelantó a mis movimientos y tomó el lugar.
Desde el fondo de la sala pude escuchar las carcajadas
burlonas de mis amigas. Les saqué la lengua en cuanto vi sus
caras y procedí a sentarme en el último asiento en las mesas
del medio. Un pasillo largo me separaba del gallinero. Junto a

mí no tardó en llegar mi nuevo compañero de banco, un chico
despeinado con muchos lunares y un abrigo marrón, al que
pude reconocer enseguida de la florería.
Verlo a mi lado fue de espanto, pero no tanto cuando sus
pardos ojos fueron iluminados por una luz casi celestial y una
familiar sonrisa trazó su rostro.
—¡Eres la chica del cofre! —exclamó con sorpresa—. ¡Soy
yo! ¡Batman!

Sonrisa

De todas las presentaciones que alguien me había hecho,
ninguna fue como la de Batman. Una sonrisa radiante y
acompañada enseguida de su extraño apodo.
—Como el futuro héroe de la ciudad, no sé si debería
revelarte mi identidad supersecreta, pero supongo que la
sabrás después de todo. —Se sentó sobre la silla y dejó sus
cosas sobre la mesa—. Soy Joseff Martin.
—Floyd McFly.
Su expresivo rostro se asombró.
—¿Te das cuenta de que nuestros apellidos forman «Martin
McFly», como el de la película?
Joseff presentaba todos los rasgos de alguien anormal. Su
forma de hablar y expresarse era todo lo contrario al Poste con
Patas. Sus ojos estaban llenos de vida, sus cejas parecían
gusanos peludos que se movían sin cesar con cada expresión
que dibujaba en su rostro. Era un frasco de bebida batida que,
al abrirla, llenaba a todos de su hilarante actitud, positivismo y
buena voluntad. Esto me hizo sentir como una persona con una
moneda; por un lado, el rostro inexpresivo de Felix y, por el
otro, a mi compañero de banco.
Mientras la profesora Mittler hablaba sobre los próximos
exámenes, Joseff aprovechó el privilegio de sentarnos en el
último asiento para charlar el resto de la clase sobre su
fascinación por los superhéroes.
—…es por eso por lo que los superhéroes prefieren
mantener su identidad bajo secreto.

—Interesante, interesante.
No tenía la menor idea de lo que decía, pero bueno, así se
callaba un rato…
—Lo es, McFly.
—Nunca te vi por el colegio. ¿Por qué entraste recién? —
pregunté sin pensar. En realidad, lo que ansiaba averiguar era
sobre el paraguas, aunque teniendo en cuenta el afán que había
demostrado en ayudar a las personas y algunas de sus
anécdotas que contó tras su presentación, dudé de si lo
recordaría.
—Bueno… —Llevó su mano detrás de su cabeza y se
revolvió el cabello trazando una sonrisa igual a la de un niño
pequeño al que descubrieron haciendo algo realmente malo—.
Me gusta ayudar a las personas.
La profesora Mittler carraspeó y provocó que ambos
mirásemos hacia la pizarra blanca con anotaciones sobre los
temas próximos a tratar en Historia. El ceño fruncido de
Mittler nos decía todo y, como todo profesor al que le gusta ser
escuchado, no aprobaba que Joseff y yo estuviésemos
distraídos. Tomé mi lápiz para anotar lo de la pizarra y, al
mirar de reojo a mi compañero, descubrí que hacía lo mismo,
pero en lugar de escribir, movía su lapicera sin anotar ninguna
palabra en la hoja. Deduje que era probable que fuera de esos
estudiantes a los que les iba horriblemente mal, pero esa idea
quedó atrás cuando retomamos la plática.
—¿Entonces…? —Nuestras narices casi rozaban las hojas de
nuestros respectivos cuadernos—. ¿Por ser «buena persona»
estás aquí?
—Se podría decir que sí. Mi idea de ayudar a las personas a
toda costa conllevó tener demasiadas citaciones de apoderado,
encuentros en la oficina del director y auxiliar al conserje del
colegio. Al final, el director no aguantó mis «acciones osadas»
y me expulsó del colegio a una semana de las vacaciones de
invierno. Después de una incesable búsqueda, este colegio fue
el único que me aceptó.
—Eso es malo; debes de extrañar a tus antiguos compañeros.
—Sí… —suspiró con algo de melancolía—, pero puedo

hacer nuevos, ¿verdad?
Respondí a la flamante sonrisa con otra, hasta que una bola
de papel cayó justo en mi espalda como si recibiera una bala.
Sin temor a equivocarme deduje que el cuarteto de gallinas
parlanchinas se habían convertido en expertas de proyectiles
lanzando bolas de papel a todos los que pudiesen sin que
Mittler las notase y, en cuestión de segundos, toda la clase, a
espaldas de la profesora, armó un juego macabro lanzándose
papeles. Los únicos fuera del juego eran Felix, la chica gótica
(de la que no recordaba el nombre) y yo.
***
—Nuestro Hurón hizo un amigo nuevo. —El tono insinuante
de Sherlyn no me gustó para nada.
Le pegué un codazo con el que casi tira su celular al suelo
por el movimiento y recibí una mirada austera de su parte. Nos
sentamos en nuestra banca preferida del patio. Desde nuestra
ubicación teníamos una vista privilegiada hacia todo el patio y,
por supuesto, a los chicos del club de deportes que practicaban
en sus ratos libres.
—No quiero tener nada que ver con chicos ni romance por
ahora. —Me crucé de brazos, amurrada cual niño pequeño. Eli
estaba del otro lado comiendo papas fritas.
—Eso dijiste el año pasado, en esta misma banca cuando
Sander terminó saliendo con Nancy y no contigo —me
reprochó. Las dos gemelas le dieron la aprobación asintiendo,
al tanto extendían sus manos para que Eli les diese un poco de
papas—. Dijiste: «no quiero más chicos, me volveré monja» y
aquí estás.
—Era alguien inmadura; ahora sí me volveré monja.
Nora pegó una enorme carcajada al cielo.
—Las monjas son blancas palomas y tú, querida, no eres ni
la mitad de eso.
A su lado, Fabiola se incorporó a la conversación.
—Creo que Floyd es demasiado buena. Si yo hubiese estado

en sus zapatos hoy y hubiese visto al estúpido de mi ex con
otra chica en tan poco tiempo, probablemente le estarían
colocando prótesis nuevas como dientes.
Sherlyn alzó su pulgar y asintió aprobando su comentario.
Por otro lado, una exaltada Eli se levantó de golpe del banco y
se puso frente a nosotras, con sus ojos abiertos como platos y
una sonrisa maliciosa en sus labios.
—Se me ocurrió una siniestra conspiración contra Wladimir.
Si bien por un segundo la idea de volverme una monja se
cruzó por mi cabeza y pensé declinar su conspiración contra el
chico que había roto mi corazón, decidí escuchar lo que la
revoltosa cabeza de mi imaginativa amiga tenía.
Me enseñaron que la venganza no era buena, sino un camino
errado para recomponer algo roto, que algo divino se
encargaría de devolver todo el mal que me habían hecho.
Justicia divina o justicia por cuenta propia… compleja
elección, pero la tentación estaba a flor de piel y terminé
arrastrada al lado oscuro. Siendo clara, no iba a dejarlo sin
piernas o hacer de su vida una miseria, sino que una simple
broma para saciar ese vacío que me había hecho parecer una
tonta cuando me dejó y así demostrarle que «mojigata» no era
el apodo que una McFly debía llevar.
Llevábamos más de dos meses saliendo y sus insistencias
para «pasar a un grado candente» llegaron a un punto horrible.
Yo siempre le dije que no estaba preparada. Su tozudez me
estaba hartando y, por su parte, el que no accediera no le gustó,
así que, después de quedar para una supuesta cita el Día de los
Enamorados, recitó con desdén: «No aguanto más estar con
una mojigata como tú. Morirás virgen y con cien gatos.
Adiós».
La lluvia comenzó y así volvimos al principio de esta
historia.
Tengo que aclarar que las enseñanzas contra la venganza
siempre fueron de parte de mamá, porque papá es otro
cuento… Uno muy turbio. Más que una cuestión de apellido se
trata de la familia y, como siempre me dijo, con su familia
nadie puede meterse.

Cuando sonó el timbre para volver a clases y con el gallinero
nos dirigíamos hacia la sala de electivo de Biología, Felix se
presentó como por arte de magia en el pasillo principal. Entre
los demás estudiantes lo vi intentando abrir su casillero.
Inexpresivo; no obstante, noté que estaba forcejeando con la
cerradura.
Las cinco, que habíamos puesto los ojos sobre él, nos
paramos a una distancia prudente a observarlo con más detalle.
—Me sorprende que no evoque ninguna expresión aun
estando en apuros —confesó Fabiola. Achicó sus ojos y se
inclinó un tanto hacia adelante—. ¿Creen que sus padres lo
golpeaban de niño?
—No creo que sus padres hicieran eso. Su madre es un tanto
impulsiva, sí, más con su marido. Y él es muy simpático. No
se ven como alguien que maltrate a su hijo. Felix es… retraído
por naturaleza, así desde niño.
Fabiola me golpeó en plena costilla con su codo.
—Uy, los defiendes…
—Claro —habló su hermana—, tiene que defender a sus
futuros suegros.
Resoplé hacia arriba moviendo los escasos cabellos cortos
que tenía para entonces colgando por mi frente. Las cuatro, al
parecer, ya se hacían una idea bien planificada sobre mi futuro
con el Poste Inexpresivo. Giré mi cabeza cuando sus ojos se
posaron sobre mí y un leve sonrojo comenzó a decorar mis
mejillas. Agarré la poca cordura que me quedaba y tomé aire.
—Déjenme en paz, gallinero —refunfuñé, para luego posar
mis ojos sobre un frustrado Felix—. Iré a ayudarlo; las alcanzo
luego.
Dando zancadas, me dirigí hacia Felix y me posicioné a su
lado dispuesta a ofrecerle mi ayuda, pero en cuanto me
acerqué, algo frío azotó. ¡Había abierto el bendito casillero y,
para colmo, me había golpeado! Sentí cómo todo el diseño de
la puerta se moldeaba en mi mejilla y provocaba que
enrojeciera al instante. Mi mala suerte no terminó allí, no,
señor, el choque de la puerta había llamado la atención de unos
cuantos que ahora reían por mi incidente. Quise que la tierra

me tragara allí mismo o que un robot gigante destruyese el
colegio y así no tuviese que padecer más humillación.
—¿Estás bien? —Felix pestañeó un par de veces y cerró la
puerta de su casillero para observarme. Me froté con lentitud
la mejilla sintiéndola similar a una taza con té ardiente.
—¿Tú qué crees?
—Que eres realmente boba al ponerte allí, pero pregunté si
estás bien.
«Paciencia, Floyd, paciencia…»
—Estoy bien y veo que tú también. Ahora, me voy…
Levanté un poco mi pie para emprender mi camino hacia la
sala de Biología y lo habría hecho si no me hubiese petrificado
en cuanto un extraño sonido emanó de Felix Frederick. Fue
algo rasposo y corto, pero bastó para que mis ojos bien
abiertos, sin poder creer lo que había escuchado, fuesen
puestos otra vez sobre él, y en cuanto lo hice, miró en otra
dirección cubriendo su rostro con una mano para que no lo
viese. Inspiré hondo y busqué una vía factible para ver,
escéptica, lo que parecía ser un cambio drástico en ese
inexpresivo chico, hasta que por fin pude colocarme de frente
y notar, atónita, cómo torcía sus labios de tal forma que
parecía una sonrisa.
¡Sí, una sonrisa!
—¡Oh, por Dios, has sonreído! —exclamé olvidando por
completo el dolor. Porque sí, al parecer los cambios de Felix
poseían poderes curativos—. Espera… te estabas riendo de
mí… Ah, qué más da, ¡eso quiere decir que no eres un
inexpresivo después de todo!
—¿Estás emocionada por algo así? —Asentí animosa. Felix
había vuelto a ser el de siempre. Habría deseado poder
fotografiar lo que mis ojos habían capturado y lo medité
durante unos segundos, hasta que caí en la cuenta de lo que la
emoción e ingenuidad no me habían dejado ver: una cercanía
demasiado íntima para dos chicos que se habían reencontrado
hacía unos días. Mis brazos que cubrían todo lo que se llama
cara fueron la mejor forma de ocultar mi repentino sonrojo. Di
dos pasos hacia el costado y emprendí mi marcha para dejar al

Poste con Patas en el ya casi desolado pasillo.
***
Como costumbre, al finalizar las clases, las chicas y yo
partimos camino a casa. Llegamos al inmenso parque que
quedaba cerca y las cinco, al llegar allí, tomábamos caminos
diferentes: Nora y Fabi se marchaban a su casa; Eli, a su
trabajo en la librería del centro; Sherlyn, al trabajo de su
madre.
Cruzar el parque siempre me pareció divertido, mas ese día
fue algo reflexivo. Todo fue visto por mis ojos con otra
perspectiva y cierta melancolía. Los árboles, los niños que
jugaban, las personas que paseaban a sus mascotas… Y
entonces… ¡paf! Recordé el haberme sonrojado frente a Felix.
Me lamenté en alto con un gutural grito que emergió de mi
garganta.
—Idiota, idiota, idiota. ¿Puedo ser más obvia al sonrojarme
por una estupidez? ¡Claro que no! Suerte para mí que él se
marchó en autobús o…
—¿Siempre dices lo que piensas en voz alta?
Me petrifiqué. Sep, me volví una adolescente de hielo —y no
lo digo porque andaba con vestido en pleno invierno— que
intentó actuar normal ante aquella situación. Giré de manera
mecánica solo para encontrar a mi viejo amigo de la infancia
dos pasos más atrás que yo.
—Felix —canturreé, esbozando la mejor de mis sonrisas. A
juzgar por su movimiento de cabeza, poco bien lo hice—.
¿Escuchaste todo lo que dije?
—Podría decir que no para dejar tu orgullo intacto, pero no
se me da bien ser buena persona. Sí, te escuché y, viendo tu
preocupación, creo que hablabas sobre ese momento en el que
te sonrojaste cuando creíste verme sonreír.
—No, no era eso. Me sorprendí al verte felix… «Felix»,
¿entiendes? —Hipé tres veces seguidas.
—Haré como que te creo, bastante mal te haces sola.

Me alcanzó y ambos volvimos a caminar. Mis gimoteos por
ser lo suficientemente tonta como para pensar en voz alta eran
los de un cachorro que busca consuelo en su madre. Mis pies
eran arrastrados por el pavimento mientras el peso de la
indignación estaba bien puesto sobre mis hombros. Felix no
soportó más mis lamentos y se colocó sus audífonos. La
distancia entre ambos se notó; un distanciamiento que no dio
para más al escuchar mi nombre pronunciarse en la lejanía. Era
Joseff.
—¡Eh! —Alzó su mano saludando a ambos—. Yo también
voy en esa dirección. No había lugar en el bus así que desde
hoy los tres iremos felices de vuelta a casa.

Venganza

De vuelta en casa, nuestros padres nos saturaron con
preguntas sobre el colegio. Felix respondió con monosílabos,
sin dar mucho detalle. Tampoco había mucho que decir de su
parte; todas las veces que lo vi estaba acompañado de sus
audífonos del diablo. Yo, a diferencia de él, claramente estaba
en otra posición, pero el peso del día se acentuó en mis
hombros y todo lo que anhelaba era leer la actualización de
Wattpad y prepararme de forma mental para lo que sería una
conspiración bien planeada contra Wladimir.
La mente malvada de Eli lo había planeado todo en un par de
segundos. No tengo la menor idea de cómo; sin embargo, un
plan fríamente calculado nos fue recitado paso por paso en el
recreo de aquel lunes. Los siguientes cuatro días de la semana
mi ex pagaría por todos sus pecados (y quizás el resto de ellos)
con un par de travesuras.

El martes por la mañana tuvo un poco de calma en
comparación al día anterior. Ya más coordinados con el
horario, gozamos de un rico desayuno sin manchas y ahogos,
excepto porque la madre de Felix nos asustó a todos diciendo
que tenía contracciones. Su marido palideció y agarró nervioso
a su hijo por el pecho. Felix tenía los ojos puestos sobre su
mamá, expectante a cada uno de sus movimientos. Mi madre
dio un salto en su silla y papá maldijo entre dientes. Yo por un
segundo creí ver un parto en vivo y en directo, experiencia que
solo conocía por televisión o imágenes de libros. Nos
mantuvimos en alerta durante unos… ¿dos minutos? Sí,
atentos a los movimientos de tía Michi, quien se arrugó más de
lo normal. Entonces, abrió los ojos y suspiró.

Nos mantuvimos en alerta durante unos… ¿dos minutos? Sí,
expectantes a los movimientos de tía Michi, quien se arrugó
más de lo normal. Entonces, abrió los ojos y suspiró.
—Era un gas ninja, lo siento —comentó, sonriendo con
culpabilidad.
—Cielos, gorda —le dijo su marido—, esos son los peores.
Por suerte su gas no fue letal. No sentimos nada más allá del
olor del pan caliente que reposaba sobre la mesa.
Una vez escuché que las embarazadas suelen tener gases y
deben tirárselos por obligación, pero no puedo confirmar
aquello. Quizás fue una estrategia astuta de una embarazada
para excusarse. De todas formas, el desayuno fue normal
dentro de su anomalía.
Siendo la primera en terminar el desayuno, me dirigí a la
cocina con bolso en mano para guardar, con extremo cuidado,
huevos en esta.
El primer día de la conspiración consistía en dejarle un
pequeño «presente» a Wladimir durante la clase de
Matemáticas. Simplemente debíamos sentarnos de manera tal
que nos permitiera pasarnos su mochila con disimulo hasta
Fabiola, quien haría el trabajo de meter los huevos dentro.
—Con esto Wladimir no querrá comer huevos revueltos en
su vida. —Eli se frotó las manos ansiando llegar a Jackson.
Todas nosotras parecíamos estar en un espeluznante aquelarre
dentro del bus. No faltaron las miradas prejuiciosas de los
demás, que nos oían reír como brujas.
—Recuerden las posiciones —advirtió Fabi—. No dejen que
nadie que no seamos alguna de nosotras se siente tras él. Y que
Floyd se mantenga alejada; no vaya a ser que sospeche de ella.
Al llegar a Jackson la ansiedad se apoderó de mí. Estaba
temerosa de provocarle mal a alguien que me había hecho mal,
¡qué absurdo! Pero era justificado, la verdadera Floyd estaba
bien resguardada dentro de un cofre con una estampa que
rezaba «Paciencia». Cuando esa caja fuese abierta y de
paciencia no me quedase nada, la verdadera Floyd aparecería.
Mis amigas decían que tenía una especie de alter ego, y quizás
tenían razón.

Dejé mis cosas sobre la mesa y me senté en el asiento vacío
junto al Chico Batman.
—Buenos días, Joseff.
Él volteó a verme como si no supiese de quién se tratase y
sonrió con complicidad, agitando su mano para que me
acercase a él. Sus ojos recorrieron todo el salón de clases, el
cual comenzaba a llenarse. Llevó sus manos al abrigo marrón
y con lentitud bajó el cierre. Allí estaba, entre las sombras, el
reconocible logo de Batman—. Sé que no puedo llevar disfraz
aquí, pero no pude resistirme. Por cierto, oí que hay un club de
voluntarios, de esos que ayudan a otros estudiantes. Quiero
entrar. Espero que allí sí me dejen vestir así.
—Estás completamente loco.
—La locura es parte de todo ser humano, pero hay que saber
domarla. —Me guiñó el ojo entretanto ocultaba la evidencia.
Le brindé una sonrisa extraña que reprimí cuando noté que
Wladimir entraba a la sala y se sentaba en el segundo asiento
de la ventana. Mis piernas gozaron de vida propia; no pude
evitar moverlas con nerviosismo.
—¿Quieres ir al baño? —preguntó Joseff con inocencia.
—¿Ah? No, no. Estoy bien.
Le resté interés a su pregunta y me obligué a quedarme
quieta. Los ojos curiosos de Joseff estaban puestos en mí y
temí que se enterara de nuestra conspiración. El falso Batman,
sin un tornillo y hablador, quizás frustraría nuestro plan si se
enteraba, después de todo su lema era ayudar a las personas y
nosotras, a sus ojos, seríamos las villanas. Claro, el trasfondo
de la historia me hacía a mí la víctima, pero no estaba con
deseos de narrarle mi penosa historia a alguien más.
Dos minutos y catorce segundos fueron los que se demoró el
gallinero en completar la primera fase del plan. La mochila de
Wladimir estaba llena de huevos gracias a la habilidad de Fabi.
De reojo vi cómo la pisoteaba y saboreé junto con ella el crujir
de las cáscaras. Pero la siguiente fase del plan se complicó.
Una mochila que goteaba fue un problema al pasarla
arrastrando por el suelo, parecía más pesada y el ruido
comenzó a llamar la atención del profesor Mars. Debía hacer

algo para distraer los ojos curiosos de los demás. Preguntar
sobre matemáticas sería muy aburrido, preguntar si podía ir al
baño no llamaría mucho la atención. Solo tenía una
oportunidad y la aprovecharía, aunque todos se rieran de mí.
De todas formas, ¿qué más daba? Suficiente con que todos me
llamasen Hurón gracias a las malas voces de mis compañeros
y papá, así que tomé aire y me levanté de la silla causando un
gran estruendo. Entonces exclamé lo primero que se me vino a
la cabeza al momento de levantarme: el tatuaje de Felix.
—¡Un cuervo y un corazón por Edgar Allan Poe! ¡Por eso el
tatuaje!
Adiós a conseguir pareja para el Baile de Graduación.
—¿De qué rayos estás hablando, McFly? —preguntó el
profesor, volteando en mi dirección.
Los ojos de los demás chicos en la sala estaban puestos en
mí. Me sentí tan observada que los movimientos involuntarios
por mecerme iban a comenzar.
Ante mi silencio, el profesor negó con la cabeza.
—Aunque admiro su interés por Poe, esto no es Literatura,
McFly. Preste más atención.
Dicho y hecho, no hice más que volver a sentarme queriendo
ser absorbida por una fuerza sobrenatural. A mi lado Joseff
reía cubriéndose la boca. Resoplé y gimoteé cual cachorro
abandonado mientras fingía una vez más escribir las fórmulas
raras de la pizarra.
Por humillarme así, por poco olvido los motivos. Me
enderecé y busqué al gallinero. Las cuatro chicas asintieron
levemente en cuanto mis ojos dieron con ellas.
Estaba hecho.
Habría pagado por ver la reacción de Wladimir, quien apenas
notó algo extraño que salía de su mochila se fue corriendo de
la sala.
La conspiración continuó:
1. El miércoles tres bailarines eróticos llegaron a la puerta de
los Huff
buscando a su hijo.

2. El jueves unas asquerosas cucarachas habitaron su
taquilla.
3. Día de infiltración.
Las cinco nos quedamos en Jackson por la tarde para
concluir nuestra conspiración. Ese fue el último día de mi
venganza y, por consiguiente, debía ser el mejor de todos. La
idea inicial era meternos al baño de chicos mientras se
bañaban después del entrenamiento, robarle toda la ropa a
Wladimir, para luego lanzarla al bote de basura. Simple. Pese a
ello, lo típico no le agradó a Sherlyn y quiso pasar a un grado
más malvado. Sacó de su mochila un frasco parecido al
champú que mamá usaba y nos lo enseñó cuando estábamos
bien ocultas tras las gradas.
—Esto, amigas mías, es una crema de depilación
instantánea. Es muy parecida al champú común, pero cumple
la función de quitar hasta el último cabello. Fue retirado del
mercado hace unos años por las constantes bromas y las
denuncias. Muchos se confundían, lo usaban para bañarse y
conseguían una reluciente cabeza calva. —Todas aplaudimos
con la presentación. Sherlyn era callada y vivía por su celular,
pero tenía una mente muy siniestra cuando lo requería—.
Ahora, ¿quién entrará al baño y lo pondrá en su casillero?
Nora alzó la mano.
—Yo lo haré.
—¡Alto ahí, locas! —Las frené antes de que todas se
armaran de valor para finalizar la conspiración—. Le escribiré
una pequeña nota para que me recuerde.
—No creo que sea una buena idea, Hurón —advirtió
Fabiola.
—No importa, quiero que, a pesar de las consecuencias, sepa
que nadie humilla a un McFly.
Y así fue. El grito que pegó Wladimir dentro del baño pudo
escucharse por todos los rincones de Jackson, incluso donde
estábamos riendo a voz alzada nosotras, tras las gradas. Aún
puedo imaginarme cómo fue su expresión pasmada cuando su
cabello se escurría como agua por su cuerpo. Fantástico.
Degusté cada uno de los minutos.

Pero no todo pudo salir perfecto.
En Historia la secretaria del director Manson golpeó la
puerta y le informó a la profesora Mittler que me requerían en
el despacho. Tragué saliva y lo primero que hice antes de
levantarme, casi temblando del pavor, fue mirar a mis cuatro
amigas. Todas ellas lucían atónitas, con ojos que podrían
haberse salido de sus cuencas, rostros pálidos, la boca
entreabierta de la sorpresa.
Cual prisionero de camino a su recta final, seguí los pasos de
la secretaria hasta la oficina del director. Afuera encontré a un
molesto Wladimir, que llevaba un gorro de lana puesto para
cubrir su calvicie. Sus puños bien apretados y rojos, y sus ojos
achinados me informaron que estaba perdida. No había marcha
atrás.
Entré a la oficina del director donde me vi envuelta en una
carnicería y todo podía ser usado en mi contra, más aún
cuando sentado en una de las cómodas sillas frente al director
papá esperaba mi llegada.
—¿Me llamó?
«No, idiota, fue una broma», ironicé para mis adentros.
—Señorita McFly, siéntese. —El director me indicó la silla
acolchada junto a papá—. Hay cosas que explicar. —Se aclaró
la garganta y extendió su mano para dejar sobre su mesa de
madera oscura y perfectamente ordenada la arrugada nota que
le había escrito de forma anónima a Wladimir—. Huff dijo que
usted le tendió una broma y que esta nota es la prueba de ello.
La comparó con las cartas de amor que solía escribirle. Dijo
que se está vengando por terminar su relación.
Quise hablar para excusarme. En un intento por decir algo
solo balbuceé mirando a papá, quien lucía sombrío y distante.
—Su padre y yo ya conversamos sobre esto y llegamos a un
acuerdo —continúo el director. Mientras mis ojos estaban
puestos sobre papá, no podía hacer nada más que repetirme
una y otra vez que era probable que estuviera decepcionado—.
Huff y su madre, la señora Huff, querían que la suspendiera o
que la expulsara, pero su padre dio otra opción.
El corazón dejó de latir un momento hasta que volvió a

hablar. Los labios secos del director se movieron en cámara
lenta al momento de pronunciar mi sentencia.
—¿C-cómo?
Coloqué mis manos sobre la mesa y me arrimé para volver a
escuchar lo que parecía dicho por un mismísimo ángel.
—Eso, McFly, tendrá que entrar a un club.
Quise esbozar una sonrisa, mas la reprimí en cuanto vi a
papá. Sin más que decir, nos despedimos del director y ambos
salimos del despacho. Crucé una mirada hostil con Wladimir y
me acaricié el cabello como burla, luego me dirigí a papá.
—¿Estás…?
—¿Molesto?
—interrumpió.
Asentí
con
lentitud
preparándome mentalmente para recibir sus regaños ¡y
sorpresa! Todo lo que conseguí fue una sonrisa rebosante de
satisfacción—. ¿Cómo podría? Esa comadreja pelona recibió
su merecido y no tuve que mover un dedo. —Posó su mano
sobre mi cabeza—. Estás aprendiendo, Huroncito.
La abuela decía que todos tenemos un animal dentro que nos
representa y se lo dijo a papá muchas veces antes de que
falleciera, por eso papá agarró la manía de apodar a todos con
nombre de animales. Viendo lo curiosa e inquieta que era su
hija, decidió apodarme «Hurón». A pesar de no gustarme al
comienzo, porque quería el renombre de algún animal más
genial, siempre me pareció una buena forma de saber cuándo
estaba enfadado; que me llamara Huroncito me llenó de alivio.
—Ahora solo debes fingir que eres buena persona y ya —
concluyó.
—Soy una buena persona, papá. Un cincuenta de cien, al
menos.
—Cierto, lo heredaste de tu madre, quien será la que te
regañe por esto. De ella sí no te salvarás.
—Ya lo sé…
Con el problema arreglado, necesitaba buscar un buen club,
uno donde no tuviese que hacer mucho, donde pasase
desapercibida, donde no hubiera muchas personas y encontré
el indicado: el Club de Voluntarios.

Club

—Quiero tener un papá así de influyente.
Miré hacia el grupo de deportistas reunidos alrededor de
Wladimir. Todos, como buenos amigos, lo estaban consolando
por quedarse calvo, mientras para mis adentros le restaba
importancia al asunto diciéndome que el cabello crecía y que
él exageraba demasiado. Las miradas hostiles y amenazantes
no faltaron entre sus más cercanos, pero de mi lado tenía al
gallinero para devolvérselas y a un papá mucho más
atemorizante que el director. La balanza estaba a mi favor.
—Yo también. —Nora se limaba las uñas. El sonido me tenía
con una sensación extraña que me recorría toda la médula. A
su lado, Fabiola, que también tenía los pelos en punta por el
sonido, le dio una palmada en sus manos para que se detuviese
—. Sherlyn, defiéndeme —gimoteó mirando a una Sherlyn
Belou con un nuevo corte de cabello.
—Estoy ocupada. —Los dedos de mi amiga bailaban sobre
la pantalla táctil de su celular—. Dile a Eli.
—No merezco ayuda de nadie después de lo que hice. —Eli
se apretó las mejillas entre sus manos y torció sus cejas en son
de lamento—. Por mi culpa nuestro Hurón se metió en
problemas.
—Me metí en problemas con la nota que le escribí a
Wladimir, lo de la venganza estuvo bien, Eli. —Palmeé su
espalda para reconfortarla.
Eli había estado callada toda la clase desde que volví del
despacho del director, ni siquiera había comprado el almuerzo
en el casino, ni probado el sándwich de queso y jamón que

siempre robaba a Sherlyn. El peso de la culpa estaba sobre sus
hombros, aunque desde mi punto de vista nadie más que yo
tenía la culpa de haber sido castigada. Si mi ambición para ser
reconocida por la trágica calva de Wladimir no me hubiese
llevado a escribirle, sino a conservar el anonimato de nuestras
fechorías, tal vez nada hubiera ocurrido y hoy no habría
historia.

Tras despedirme de mis amigas al salir de clases, Felix,
Joseff y yo emprendimos nuestra vuelta a casa. Como ya se
estaba haciendo costumbre, el hijo de los Frederick iba
escuchando música sin decir palabra, ni siquiera para
advertirle a un enérgico Chico Batman que escalar árboles
podía ser peligroso. Yo intentaba hacerlo entrar en razón sin
conseguirlo. Mi compañero de asiento tenía, además del
complejo de héroe, las habilidades de Tarzán. Subía a los
árboles sin problema y desde allí nos hacía señas como saludo.
Yo era la única que respondía a ellas, temiendo que en
cualquier momento se estampara en el suelo.
Al bajar volvió a mi lado.
—¿Por qué tu amigo no habla?
—Me hago la misma pregunta. Supongo que somos
demasiado idiotas para entablar una charla con él. —Me
encogí de hombros y observé el perfil del Poste con Patas de
reojo; como siempre, no volteó a verme ni por sentirse
observado—. Tú eres un chico, deberías preguntarle cosas,
hablar sobre temas de chicos… No sé.
El rostro de Joseff se deformó del asombro. Podría haber
jurado que sus ojos se salían de sus cuencas.
—¿Yo? —Se señaló el pecho con el pulgar. Asentí como
respuesta—. La vez que me dejaste con él ni siquiera me miró
o se despidió. Además, nunca me había sentido tan intimidado
por alguien. No hablamos nada de nada.
Pobre, con lo que le encanta hablar. Debió estar desesperado.
—En casa es igual, casi pasa desapercibido.
—¿En casa?
Entreabrí mis labios atontada por mi torpeza. Nadie, además

de mis amigas, sabía que Felix y yo vivíamos bajo el mismo
techo, en el mismo piso, a dos cuartos más allá, que
compartíamos el baño y que soportábamos cada mañana el
espectáculo circense barato del desayuno. Esos temas siempre
eran demasiado controvertidos entre los estudiantes. Suerte
que Joseff no era la clase de chico que abría la boca para
cotorrear con otros; era nuevo después de todo.
—Se está quedando en mi casa con sus padres. Hace poco
llegó de Los Ángeles y la casa que tienen aquí se inundó.
—Eso es tan triste…
«No tanto como vivir con él, créeme», soltaba con desdén, al
mismo tiempo que Felix dijo:
—No tanto como vivir con ella, créeme.
Su expresión era seria y pendenciera, como si buscase alguna
respuesta a sus palabras.
—¿No será al revés? —pregunté ofuscada.
Desde el otro lado, Joseff se echó a reír, lo que hizo surcar
leve, de forma casi inapreciable, una sonrisa por parte del
recién cuestionado. Sus ojos volvieron a plantarse en el
camino del parque y agregó:
—Es muy parlanchina cuando entra en confianza; por eso
uso esto. —Enseñó sus audífonos al Chico Batman y luego se
los colocó—. Siempre ha sido así.
—Creí que no me recordabas.
—No te escucho —moduló con la voz alzada.
¡Prometí que cortaría los cables de esos estúpidos audífonos!
Lamentablemente eso nunca llegó a ocurrir; Felix los guardaba
muy bien.
En casa esperaba algún regaño o charla sobre mi citación con
el director, pero no pasó nada. Todos los que nos
encontrábamos allí seguimos con nuestras vidas por su cuenta.
Yo, como costumbre, llegué a estirarme en mi cama esperando
la actualización de Wattpad. No había mucho qué hacer en el
segundo semestre. En cuanto a mis estudios jamás sería algo
relacionado con arte. Mi apreciación de las artistas tenía
ciertos altibajos en los cuales mis padres influyeron lo

suficiente para no querer relacionarme con ello: papá escritor y
mamá fotógrafa, ambos con tornillos sueltos. Ni con las
Matemáticas, aunque tuviera la manía de contarlo todo.
Ya en la noche, después de ser sermoneada por mamá en su
regreso del trabajo, llamó a mi habitación para decirme que la
cena estaba lista.
Conté los escalones cuando bajaba y me dispuse a salir,
dejando mi celular bajo la almohada.
En el largo pasillo, escuché murmuraciones desde el
despacho de papá. Eran él y el Poste con Patas. Papá cerró la
puerta de su oficina con llave y, al pasar junto a mí, me
revolvió el cabello. Mi frente se tensó y mis cejas estaban tan
juntas que hubieran podido hacerse una. ¡No lo podía creer!
Para mí estaba estrictamente prohibido entrar al despacho a
observar los libros, hojear los escritos, curiosear los correos
electrónicos, pero papá osaba invitar a Felix dentro de forma
descarada. ¿Qué faltaba? ¿Una charla entre padre e hijo? Gruñí
como un perro furioso y rogué que mis ojos disparasen rayos
láser justo en la nuca del Poste. Ese niño inexpresivo tenía más
privilegios que yo.
«Ja —lancé de manera mental—, si así están las cosas…»
Al llegar a la cocina mi instinto receloso vio como nuevo
objetivo al padre de Felix.
—¿Tío Chase, quiere más pan? ¿O café?
Una sonrisa plácida era todo lo que podía hacer para ocultar
mis instintos asesinos. Apenas me senté en mi correspondiente
asiento, hice todo lo posible para que papá me prestase
atención, mas estaba hipnotizado en su café cargado. A Felix
no parecía interesarle mi intento de buena hija hacia su padre,
pues veía con aburrimiento la televisión pequeña al costado de
la mesa, sobre una encimera.
—No le ofrezcas más pan a Chase —habló tía Michi luego
de darle un sorbo a su té—, el embarazado parecerá él.
Mamá y yo nos echamos a reír. Tío Chase le lanzó una
mirada de pocos amigos y me recibió el pan.
—Por cierto, hoy llamaron. —Mamá alzó las cejas de
manera sugerente. Supongo que su expresión estaba

expectante a mi respuesta quejumbrosa y la hice—. Tienes
hora para la próxima semana. Ya sabes, los brackets.
Por poco olvido ese gran detalle en mí.
Mi mandíbula era como la de un pitufo (diminuta) y por
desgracia de la vida no tenía espacio para que mis colmillos
bajaran, así que decidieron abrirse paso a toda costa y
montarse sobre mis dientes. Lindo, muy lindo. No era algo que
me importase; de hecho, casi no se notaba y me reía siempre
cubriéndome la boca como una señorita, pero mis padres
tuvieron la brillante idea —nótese el sarcasmo— de llevarme a
un dentista. Me chantajearon con comprarme un nuevo celular
si le hacía una visita al odontólogo, no pude negarme.
Los tratos se cumplen y mi celular estaba bien acostado
debajo de mi almohada; ahora yo debía seguir cumpliendo.
Aun así, lo encontraba inaceptable, porque mi visión acerca de
los nerds en los ochenta calaba hondo dentro de mi cabeza.
Lentes gruesos y feos de lectura que no usaba —pero que tenía
que utilizar— y brackets para completar el pack.
***
Hay setenta y ocho pasos desde la sala de Matemáticas a la
del Club de Voluntarios. Los conté una y otra vez desde que
empecé a asistir los martes.
El Club de Voluntarios era, entre todos, el club menos
afamado y más aburrido que se había creado en Jackson. Nadie
quería ser partícipe de él, puesto que los otros resultaban más
llamativos, más entretenidos, más activos y ninguno era igual
de «especial» que este. De los casi quinientos estudiantes en el
colegio, solo cuatro asistían al club: su creadora, Megura
Anderson; su novio, Josh Matters; su mejor amigo, Sam
Julliard; y, por último, estaba la incorregible y temible Loo
Wills.
Respiré hondo para calmar mis nervios. Ser nueva donde
fuese a serlo nunca me resultó fácil. Necesitaba tiempo para
afrontar mi nueva suerte en un club que se dedicaba a
sobrevivir haciendo ¿qué? ¿De verdad había personas que

ayudaban a los demás, les hacían favores y tenían tan buen
corazón? ¿Realmente existían chicos que pedían ayuda a
cuatro integrantes que apenas conocían?
Estaba cuestionando mi decisión. Quizás debería haber
entrado a uno mejor. ¡Rayos! El de Astronomía no estaba nada
mal, hasta salían de excursión, o el de Química, con sus
experimentos raros.
No importaba; mi solicitud ya estaba firmada y aceptada por
la líder del club y el director.
—Rayos…
Apoyé mi cabeza sobre la puerta gimoteando. El peso del
arrepentimiento me llevaba cuesta abajo y, cuando menos lo
esperaba, la puerta se abrió y mi cabeza se estrelló contra algo
acolchado. ¡Eran los enormes pechos de Megura! Enderecé la
espalda, contuve la respiración, intenté no sonrojarme. Me
quedé estática, como un soldado frente a su coronel.
La sala permaneció en silencio, ni siquiera quise voltear para
ver a los demás integrantes. Mis ojos estaban en el fierro de la
cortina frente a mi nariz.
—Tú… Tú debes ser la nueva, ¿verdad? —habló Megura
entre quejidos—. Floyd McFly.
—¡Sí! —Mi voz salió demasiado entusiasta.
«Empezamos bien, Floyd, empezamos muy bien».
—Bienvenida al club, siéntate donde quieras. Esperaré a que
lleguen los otros nuevos para explicar de qué va todo esto.
¿Otros nuevos? ¿Quién más querría entrar? Joseff quería
entrar, pero nadie más. De hecho, nadie en su sano juicio
querría entrar.
Recorrí la sala en busca de un asiento. Había tantas sillas
libres que no lo pensé dos veces y me senté en una mesa
delante de Loo, quien al notar que la observaba me lanzó una
advertencia con sus furiosos ojos. Tragué saliva e intenté
esbozar mi mejor sonrisa. Me eché sobre la silla y esperé a los
otros nuevos.
El silencio en la sala era una tortura que quizás me habría
seguido durante el resto de mi vida. Ninguno de los presentes

hablaba, era muy incómodo estar allí. Habría preferido ir a la
sala de detención, porque al menos ahí los más revoltosos de
Jackson hablaban y lanzaban chistes o hacían travesuras; lo sé
porque el gallinero y yo estuvimos un par de veces. ¡Pero el
club era lo peor! Era como ser exiliados de la sociedad, porque
solo asistían los raritos… y Loo… y yo.
Apoyé mi cabeza sobre la mesa y miré unos bancos más allá
a quien parecía dibujar con mucho entusiasmo algo que no
logré apreciar en ese momento. Me incorporé y observé a
Megura; se mordía las uñas con nerviosismo, apoyada en la
mesa donde su novio dormía. Me giré sobre la silla, apoyé mi
espalda en la pared y por el rabillo del ojo vi a Loo unos
segundos; ella rayaba la mesa con la punta de un compás.
Resoplé como lo haría un caballo y me eché sobre la mesa otra
vez. Conté los «tic, toc» del reloj sobre la pizarra y cerré mis
ojos un momento. Supuse que ese día sería eterno, pues ni
siquiera habían pasado cinco minutos.
Cuando mis ánimos decaían aún más, la puerta se abrió.
Un ajetreo pareció entusiasmarnos. Todos prestamos
atención. Ya me hacía una idea de que Joseff haría una entrada
igual de impredecible que el día en que nos conocimos, con su
traje de Batman y haciendo una pose ridícula. Esperé y
esperamos, expectantes. Todo en mí se desmoronó, como un
edificio, al ver a Wladimir y su mejor amigo entrar portando
una enorme sonrisa que me heló hasta la médula. ¡Santa madre
de la papaya! Estaba perdida. ¿Y a quién miraron luego de
entrar? Cualquier idiota con dos dedos de frente podría
suponerlo.
Sí, a mí. Pude ver el odio que salía de sus ojos y su sonrisa
maléfica que serpenteaba sus labios. Quise volverme invisible,
pero después de años la evolución humana estaba estancada y
nadie tenía las habilidades que hacía siglos todos creían que
tendríamos (y eso incluye los edificios llenos de tecnología,
robots, etc.), así que todo lo que me quedó hacer fue rezar para
que nada malo me pasara. O que Joseff apareciera a
rescatarme. Era un hecho que Wladimir no tenía nada que
hacer en el club, la castigada era yo, por lo que supe que una
contravenganza hacia mí aguardaba a la salida.

—¡Perfecto! —Megura lucía contenta, después de todo el
club tenía tres miembros nuevos. Pero ¿dónde rayos estaba
Joseff? Necesitaba tenerlo cerca, porque con él tendría que
irme de vuelta, como de costumbre. Ah, claro, la mala suerte
me fue heredada de mamá y nada podría salirme bien—. Pasen
a sentarse, así todos nos presentaremos. —Mantuve la vista en
el asiento libre frente al mío. Wladimir y su amigo Thomas se
sentaron junto a mí; era obvio que lo hacían para que me
sintiera amenazada—. Bien, me presento: Soy Megura
Anderson, la creadora de este club.
Nadie dijo nada, mas la sonrisa de Megura estaba intacta. Le
hizo un movimiento con los ojos a su novio, quien se levantó
con pesadumbre de su asiento, corriendo la silla con su trasero,
la cual emitió un ruido bastante molesto que originó una
maldición por parte de Loo.
—Soy Josh Matters, tercer año. —Josh suspiró alzando sus
hombros; no parecía nada feliz de estar en el club, pero su
novia podría haberlo besado allí mismo.
Josh volvió a sentarse y Megura carraspeó. Su atención fue
captada por el chico extraño de mesas más allá, quien dejó el
lápiz grafito sobre la hoja y se levantó de su asiento
estrepitosamente. Con la torpeza de sus movimientos sus
lentes por poco caen, pero los logró acomodar en su tabique
justo a tiempo.
—Y-yo soy S-Sam Julliard, tercer año t-también.
—Y y-yo s-s-soy Loo —escuché a mis espaldas. Ninguno de
los de delante quiso girar a verla—. Habla bien, idiota; tus
titubeos son desesperantes. —Sam asintió con entusiasmo y se
sentó sin más, muerto de miedo. Quise ver si debajo de la
mesa había alguna poza de pis, porque yo me habría hecho
encima.
Megura posó sus ojos en mí; no necesité que hablara para
captar lo que quería. Me puse de pie y acomodé mi vestido. Un
revoltijo en el estómago acaparó mi atención un segundo y
rogué para mis adentros que no padeciera el mismo mal que la
tía Michi.
—Soy Floyd McFly, último año.

—¿Y por qué estás aquí? —interrogó Wladimir, quien me
miró con recelo y su amigo también.
—Podría preguntarte lo mismo —le dije en voz baja para
que solo lo escuchara él.
Su rostro se transformó en uno serio, lleno de odio. Le
devolví la misma mirada. Mala idea, estaba en una evidente
desventaja. Volví a sentarme más tensa.
—Tengo una amiga que ansía cortar cabello —susurró cerca
de mi oreja—; uno laaaaargo, con lindos rulos y de una linda
chica con el corazón roto.
Todo se detuvo. Eso era una amenaza evidente y los motivos
reales por los que estaba en el club, pero nada podría hacer
hasta que saliéramos. Me helé de pies a cabeza y agarré mi
cabello en tanto unas risillas horribles emergían de Wladimir y
su amigo. Debía encontrar a alguien que me dejara en casa, en
la puerta de mi casa específicamente, para que no lograran su
cometido. Wladimir siempre cumplió con sus travesuras;
cuando salíamos, un tipo lo retó a una pelea a mano limpia y
accedió. Cielos, ¿en qué diarreas de mono pensaba cuando
acepté salir con alguien como él?
—Solo faltan presentarse ustedes, chicos —les llamó la
atención Megura.
—Ah, sí. Yo soy Wladimir Huff y él es Thomas, último año
también.
Ni siquiera se levantó obviando que el club le interesaba un
pepino.
—Ahora que todos nos conocemos quiero explicarles de qué
va el club. De pequeña me gustó resolver los dramas y
problemas de las personas…
La apacible voz de la rubia se perdió mientras intentaba
buscar alguna solución a mi inminente problema. Quedarme
más tiempo no serviría; me esperaría todo lo que quisiera hasta
lograr su cometido. Tampoco pedirle a alguno de los presentes
su ayuda. Solicitarle a alguna persona que viniese a buscarme
era una posibilidad, pero papá y mamá estaban trabajando y no
tenía idea del número de sus amigos Frederick y, según habían
dicho en la mañana, debían ir al hospital. Le mandé un

mensaje al gallinero, sin obtener respuesta. Joseff nunca me
dio su número; de hecho, comentó en más de una ocasión que
su celular se había hecho añicos al caer de su bolsillo cuando
escalaba árboles. Todo conspiraba para que su contravenganza
se hiciera realidad. Wladimir seguro que saboreaba el metal de
la tijera con la que me cortaría el cabello.
Volví a ver mi celular con un ápice de esperanza por ver una
respuesta del gallinero o que mis padres, por alguna razón
divina, avisaran que irían a buscarme, pero nada. Nada de nada
de las nadas. Excepto el mensaje de un número desconocido
con muy buena ortografía que tenía a un cuervo por foto de
perfil. Felix «Poste con Patas» Frederick.

¿Dónde guardan el abrelatas?
Nunca pensé que tener que leer algo tan absurdo me iba
hacer tan feliz.
Tomé el celular con disimulo y, mirando al frente, sin
siquiera ver la pantalla, le respondí.

Yo: Np ‘prefubtes pr qué ben a jaclson es d cida o miertw
Sí, lo sé, no fue el mejor mensaje del mundo, ¡pero lo hice
sin ver la pantalla! En unos cuantos segundos, envió:

¿Por qué debería ir? Además, ¿qué pasa con esa ortografía,
hija del escritor?
A lo que respondí:

Dolp ven!!!1
Felix: No iré hasta que te dignes a «escribir», McFly.
¡Estúpido e inexpresivo Poste con Patas!

Silencio

Golpeé mi cabeza contra la mesa y Megura quedó un
momento en silencio. Al percatarme de mi acción y de sus ojos
puestos en mí como si fuese una loca —creo que ya me estaba
acostumbrando a sentirme así—, no pude más que sonreír y
usar mis dotes (no) actorales heredados de mis padres.
—Oh, cielos. No puedo con este dolor de cabeza. —Froté mi
frente con la mano izquierda; mi celular estaba bien
resguardado en la otra, bajo la mesa—. Creo que seré la
próxima Miss Unicornio si no me voy a echar… eh, agua.
Sé que mis actuaciones no son lo mejor de lo mejor y que mi
voz siempre sale como la de un robot cuando intento hacerlo,
pero necesitaba una vía de escape, una que me salvara la
vida… o específicamente mi linda cabellera. Corrí hacia el
baño de chicas más cercano y me encerré en un cubículo, bajé
la tapa del trono y me senté para escribirle con lujo de detalles
en qué apuro estaba metida, hasta que caí en la cuenta de algo
bastante obvio:
¡Era libre! Podía largarme al infinito y más allá junto a Buzz.
—¡Toma eso, idiota calvo!
Entonces, ese pequeño, pero muy influyente detalle, me
golpeó en pleno pecho. Había salido tan rápido del club que
solo tenía mi celular; la mochila estaba en la sala y era
probable que Wladimir ya la hubiera hecho añicos como
venganza.

Yo: Bien, escucha.
Felix: Te leo.

Gruñí como un toro enfurecido en plena arena y quise ser
una bruja para poder torturar de una y otra forma a Felix. ¿Era
así o lo hacía para fastidiarme?

Yo: Okey, LÉEME. Estoy en un problema muy grande y no
tengo a nadie más que pueda ayudarme, necesito que vengas.
Por favor.
Felix: Lo pensaré.
Yo: No pienses, solo ven.
Un enorme «visto» me apuñaló el pecho. La incertidumbre
sobre si iba a ir o no me acosó la nuca en todo momento, o tal
vez fue la tenebrosa aura de Loo a mi espalda. Sea como sea,
el resto de la hora me la pasé moviendo mi pierna con
inquietud y comiéndome las uñas.
Al llegar el momento de irnos, Wladimir me guiñó uno de
sus ojos y, enseñando su tijera, fue la forma silenciosa en la
que me dijo: «despídete de tu cabello». Agarré mis cosas y me
apresuré a salir de Jackson, pero los dos pelmazos me seguían.
Afuera, respirando un aire gélido, me congelé, no porque
como toda tarde-noche de invierno fuese un golpe bajo en
plena médula, sino porque tenía un ápice de esperanza por
encontrar a Felix esperándome. Pero no estaba, ni siquiera
había rastro de su persona, solo sus gemelos, los postes que
encendían las luces para iluminar la calle.
Escuché los silbidos de Wladimir por el pasillo; no lo pensé
más y empecé a correr. Corrí y corrí, hasta que un impulso me
detuvo y tiró de mí al suelo, azotando mi trasero en el
pavimento frío del parque.
—Este sitio me trae algunos recuerdos, ¿y a ti?
Thomas rio a su lado. Intenté levantarme, me detuvieron y
aunque luché por liberarme no lo logré. Pude sentir su
respiración en mi cuello. Wladimir se reía también. El filo de
la tijera estaba junto a mi oreja. Cerré mis ojos con fuerza y
me rendí.
—¿Qué hacen?
Parecía que todo el mundo se detenía un segundo, uno que
en realidad fue eterno. Abrí mis ojos lentamente y miré a la

figura difusa que tenía enfrente. Era el Poste con Patas, con
ese semblante desinteresado que siempre lo acompañaba. Su
voz fue un cántico celestial y ver su rostro nunca podría
haberme hecho tan feliz.
—Ah, vino tu nuevo noviecito a buscarte.
Wladimir me soltó y Thomas lo imitó. Ahora el foco de su
atención no era yo, sino Felix, quien ni siquiera se inmutó
cuando los dos idiotas se le acercaron. Wladimir fue el
primero en empujarlo y Thomas el siguiente en darle un
puñetazo en plena nariz. Y eso fue todo. No hubo más pelea,
ni golpe, ni corte de cabello. Los dos se marcharon entre risas
dejándonos solos en pleno parque.
Mi corazón latía con frenesí y un mar de respuestas que
podrían haberlos dejado fuera de combate. vino a mi cabeza.
Claro, era demasiado tarde. ¿Por qué siempre lo más rudo y
que podría callarle la boca a cualquiera se me ocurría después
de las discusiones?
Lo primero que hice fue tomar mi cabello y sentirlo extraño;
mi lado izquierdo estaba corto, mucho más corto. Solo me
llegaba al hombro.
—Mier… —Me mordí la lengua para no decir una grosería.
Entonces, Felix terminó la palabra:
—…da. —Pude notar la aflicción en su voz y me sentí una
pésima persona por pensar en mi pelo y no en el pobre e
inexpresivo chico golpeado.
Me levanté del suelo y lo miré con preocupación; él se
sostenía la nariz y tenía sus cejas torcidas, expresando
sufrimiento.
Con sus dedos cubrió una de sus fosas nasales y comprobó la
leve sospecha que comenzaba a crearse en mi cabeza: Estaba
sangrando. Me apresuré en buscar algún pañuelo o papel
higiénico dentro de mi bolso. Al dar con uno muy arrugado se
lo extendí para que lo recibiera.
—¿Duele mucho?
—Tanto como verte por la mañana —habló, recibiendo el
papel—. ¿Para eso me querías, McFly? —Moví mi cabeza
hacia los lados sin saber qué responder. Finalmente, me encogí

de hombros en medio de un resoplido y asentí—. ¿Ese era tu
exnovio?

—Sí, lamentablemente. Por favor, no le digas a papá; si se
llega a enterar se volverá loco.
Felix arrugó su nariz y lanzó el papel con sangre a un bote de
basura. Emprendió su caminata en dirección a casa en silencio.
—¿Eso es un sí? —curioseé alcanzando sus pasos.
Me miró de reojo y dibujó una minúscula sonrisa.
—Es un tal vez. Me golpearon la nariz, McFly, y solo por
complacer tu petición.
Deduje el porqué de su expresión.
—¿Quieres algo a cambio de tu silencio?
—Vaya, eres inteligente después de todo. —Su sarcasmo era
otra puñalada en mi pecho. Odiaba su sarcasmo—. Hay una
pizzería a dos cuadras de tu casa, no me vendría mal que
alguien me invitara a comer.
Me eché a reír en pleno camino. ¡No lo podía creer! Después
de dos semanas teniendo a un (no tan) desconocido «amigo de
la infancia» y a un chico que todo el tiempo actuaba como si
detestara el mundo y a los adolescentes, me pedía a cambio
algo tan simple como comer una pizza. Sé que ese manjar de
dioses de procedencia italiana es un alimento irresistible, pero
jamás creí que hasta el más inexpresivo chico raro podría caer
en sus pegajosos y tentadores sabores.
—No hay problema —canturrié sonriente—. Si quieres, hoy
mismo podemos ir. Pero antes de todo, necesito pedirte otro
favor.
—¿Resultaré golpeado otra vez? —Negué con la cabeza,
divertida—. Bien, ¿qué quieres ahora?
—Necesito que me acompañes a la peluquería, no puedo ir
así a casa.
—¿Necesitas a alguien con quien hablar de chicos y moda?
Paso.
Continuó caminando, pero lo detuve del brazo y coloqué mi
mejor expresión para que sintiese lástima.

—Por favor, juro que pagaré todas las pizzas, de cualquier
tamaño y cualquier ingrediente.
El inexpresivo chico lo meditó unos momentos, ni siquiera
pestañeó cuando observaba un punto fijo como si frente a él su
vida pasara en un instante. Luego de doce segundos como una
estatua, me miró y asintió.
***
Tía Ashley desde la adolescencia fue una seguidora
inquebrantable de la moda. Además, desde que tengo
memoria, ha tenido un don para la peluquería, siempre se
preocupó de que vistiera la mejor ropa y fue la que me
contagió el amor por usar vestidos. Su boutique no quedaba
muy lejos de casa y a menudo iba a casa con regalos de todo
tipo; le fascinaba que mamá la fotografiara con sus
extravagantes atuendos.
—Hola, hermosa —me saludó con una sonrisa enorme,
acompañada de sus vivaces ojos, luego los abrió con sorpresa
al ver a Felix—. Oh, cariño, no me dijiste que traías a tu novio.
¿Vienes a presentármelo?
Por un instante me sentí minúscula y todo mi rostro se tornó
color tomate. Tragué saliva y negué con entusiasmo.
—No es mi novio… y… no vengo a eso. —Me giré y le
enseñé mi disparejo cabello. Su dramática expresión fue la
definición perfecta de exageración.
—¿Qué le pasó a tu cabello, sobrinita?
—Digamos que tuve un pequeño problema con goma de
mascar, ¿verdad, Felix? —El Poste con Patas me dio una
mirada de pocos amigos y movió su cabeza con lentitud. Para
ser sincera, no esperaba mucho de él, aunque verlo en el
parque después de dejarme en la incertidumbre con su «visto»
bastó para sentirlo más… empático—. Necesito un nuevo
estilo.
Tía Ashley se hizo un espacio para poder arreglar a la niña
con la mitad de su cabello hasta los hombros y el otro lado

largo. Supongo que si de modas raras habláramos, sería mejor
dejárselo a las personas del Capitolio, en la ciudad no era muy
bien visto lucir así de rara y, aunque nunca faltaban los
extravagantes que buscaban destacar de alguna u otra forma,
mi vida siempre había sido buena siendo normal, así que,
después de media hora armando mi nuevo estilo, tía Ashley
finalizó mi nuevo corte y, besando su mejilla como
agradecimiento, Felix y yo volvimos a nuestra andanza por el
parque de vuelta a casa.
—¡Cierto! —Golpeé su brazo y él pareció asustarse por mi
repentina exclamación—. ¡Mi pago por tu silencio!
—Ah, eso… Mejor dejémoslo para mañana, tengo sueño.
—¿Estás seguro? —Achiqué mis ojos; él blanqueó los suyos
con fastidio para luego asentir—. ¿Y si mañana amaneces
muerto?
—Entonces llevas cinco pizzas familiares a mi funeral.
—¡Cinco pizzas! ¿Eso no es mucho?
—Mi silencio cuesta caro, McFly.
Sonreí y continuamos caminando.
—Por cierto, gracias por ir a ayudarme cuando te lo pedí.
—¿Qué dices? No te escucho.
—Dije que gracias por ayudar… Un segundo… ¡Estás sin
audífonos!
Sep, definitivamente Felix no era un robot.

Pizzas

El profesor Manz estaba de pie junto a la pista de carrera,
con el ceño fruncido y su malhumor que salía por sus poros.
Odiaba dar clases un miércoles por la mañana tanto como
nosotros tenerlas. Siempre se quejaba de lo perezosos que
éramos, pero, como todo profesor que imparte la materia de
Educación Física, nunca lo vimos hacer algún ejercicio. Entre
las chicas siempre tuvo una mala fama por no dejarnos
descansar cuando «Andrés» nos visitaba y, entre los chicos,
porque si uno andaba con jueguitos o fastidiando, lo mandaba
a ducharse con agua fría. Era de esos profesores que gozaba
molestando a sus estudiantes, descargando sus enojos sobre
nosotros, pobres víctimas del establecimiento. Si hubiese
existido un ranking de los profesores más odiados,
probablemente Manz se habría llevado el primer lugar.
Yo lo veía como alguien estricto con un complejo de
instructor militar frustrado. Joseff me dio la razón, hasta que
gritó a todo pulmón su nombre para que fuese el siguiente en
correr.
—¡Martin, quiero ver tu trasero contra la pista antes de que
pestañee! —El Chico Batman agrandó sus ojos con cierto
temor. Bajó de las gradas y se plantó junto a los otros dos
chicos, se agachó colocando sus manos en el suelo y miró el
largo camino por correr—. En sus marcas… ¿Listos…?
Fue cuando abrí mi bocota para animarlo o más bien
distraerlo. Mi «tú puedes, Jo» hizo que mirara hacia las gradas
y me regresara el saludo con una en