Principal El Rey Malvado

El Rey Malvado

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Tras descubrir que Oak es el legítimo heredero de Faerie, Jude hará lo posible por mantener a su hermano pequeño a salvo. Para ello, se ha convertido en el poder a la sombra del reinado de Cardan. Sin embargo, Cardan hace todo lo posible por humillarla y menospreciarla a pesar de que su fascinación por ella sigue intacta. Cuando es más que evidente para Jude que alguien cercano a ella pretende traicionarla, tratará de averiguar de quién se trata mientras lucha por mantener a raya sus sentimientos por Cardan.
Volumen:
2
Año:
2019
Edición:
1
Editorial:
Editorial Hidra
Idioma:
spanish
Páginas:
336
ISBN 13:
9788417390624
Serie:
Los habitantes del aire
Archivo:
EPUB, 2,78 MB
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Términos más frecuentes

 
2 comments
 
tatiana
fue apasionante cada segundo, cada letra, se me acelero el corazón y me sorprendí, ame y quede pidiendo mas
17 July 2021 (05:53) 
Patricia
Muy adictivo! me encanto... no podia parar de leer!!
27 August 2021 (15:54) 

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Raganius

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Language:
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File:
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Language:
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File:
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Jude ha llegado a un acuerdo con el rey malvado, Cardan, y se ha convertido en el poder en la sombra. Navegar en un mar de alianzas plagado de traiciones constantes ya es lo bastante complicado, pero Cardan, encima, es terriblemente difícil de controlar y hace todo lo que puede para humillar y minar a Jude, aunque su fascinación por ella permanece intacta.

Cuando resulta evidente que alguien cercano a Jude planea traicionarla, lo que no solo pondrá en peligro su vida sino también la de aquellos a los que más quiere, Jude deberá desenmascarar al traidor, luchar contra sus complejos sentimientos hacia Cardan y, pese a ser mortal, mantener el control del turbulento mundo feérico.





Holly Black





El rey malvado


Los habitantes del aire - 2



ePub r1.0

Titivillus 18.02.2021





Título original: The Whicked King

Holly Black, 2019

Traducción: Jaime Valero Martínez

Ilustraciones: Kathleen Jennings



Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1





Para Kelly Link,

sirena por méritos propios.





Jude levantó la aparatosa espada de entrenamiento y adoptó la primera postura: presteza.

—Acostúmbrate a su peso —le había dicho Madoc—. Debes ser lo bastante fuerte para poder golpear, golpear y volver a golpear sin desfallecer. La primera lección es alcanzar esa fortaleza. Te dolerá. El dolor te hace fuerte.

Plantó los pies en la hierba. El viento le alborotó el pelo mientras pasaba de una postura a otra. Uno: la espada frente a ella, ladeada, protegiendo su cuerpo. Dos: el pomo elevado, como si el filo fuera un cuerno que emergiera de su cabeza. Tres: bajar el arma hasta la cadera, después una inclinación engañosa, hacia el frente. Y cuatro: la espada de nuevo arriba, hasta el hombro. Cada posición podía desembocar con facilidad en un ataque o una defensa. Luchar es como jugar al ajedrez: anticipar los movimientos del oponente y contraatacar antes de que alguno dé en el blanco.

Pero aquella era una partida de ajedrez que se jugaba con todo el cuerpo. Una partida que la dejaba magullada, exhausta y cabr; eada con el mundo en general y consigo misma en particular.

O quizá se pareciera más a montar en bici. Mientras aprendía, cuando vivía en el mundo real, se cayó montones de veces. Tenía tantas costras en las rodillas que su madre pensó que le quedarían cicatrices. Pero Jude quitó los ruedines y se negaba a circular con cuidado por la acera, como hacía Taryn. Ella quería montar por la calle, a toda velocidad, como hacía Vivi, y si eso implicaba acabar con gravilla clavada en la piel, bueno, no tenía más que dejar que su padre se la extrajera por la noche con unas pinzas.

Jude añoraba a veces su bici, pero no había ninguna en Faerie. En vez de eso, había sapos gigantes, ponis verdosos y caballos de mirada frenética, esbeltos como sombras.

Y había armas.

Y también estaba el asesino de sus padres, convertido ahora en su padrastro. Madoc, el general del rey supremo, el mismo que quería enseñarle a cabalgar a toda velocidad y a luchar hasta la muerte. Por más empeño que pusiera Jude al atacarle, solo conseguía hacerle reír. A Madoc le gustaba ver su rabia. «Tu fuego interior», lo llamaba.

A ella también le gustaba sentirse enfadada. Era mejor que sentir miedo. Mejor que recordar que era una mortal que habitaba entre monstruos. Nadie iba a ofrecerle ya la opción de los ruedines.

En el otro extremo del campo, Madoc le enseñaba a Taryn a realizar una serie de posiciones. Taryn también estaba aprendiendo esgrima, aunque sus problemas eran distintos a los de Jude. Ejecutaba mejor las posiciones, pero detestaba pelear. Emparejaba las defensas obvias con los ataques más evidentes, así que era fácil tentarla para que realizara una serie de movimientos y luego apuntarse un tanto rompiendo el patrón.

Cada vez que eso ocurría, Taryn se enfadaba mucho, como si Jude se hubiera equivocado con los pasos de un baile en vez de haber ganado.

—Ven aquí —la llamó Madoc desde el otro lado de aquella pradera de briznas plateadas.

Jude se acercó a él, con la espada colgada sobre los hombros. El sol se estaba poniendo, pero las hadas son criaturas crepusculares, así que aún les quedaba mucho día por delante. El cielo estaba salpicado de oro y cobre. Jude inspiró hondo el aroma de las pinochas. Por un momento, se sintió como si fuera una simple niña que está aprendiendo un deporte nuevo.

—Ven a luchar —le dijo Madoc cuando llegó junto a él—. Vosotras dos contra este viejo gorro rojo.

Taryn se apoyó sobre su espada, hincando la punta en el suelo. Se supone que no debía agarrarla así, pues no era bueno para el filo, pero Madoc no la regañó.

—Poder —dijo—. El poder es la capacidad para conseguir lo que quieres. Es la capacidad para convertirse en el que toma las decisiones. ¿Y cómo se consigue ese poder?

Jude se situó al lado de su gemela. Era obvio que Madoc esperaba una respuesta, pero también que esperaba que fuera incorrecta.

—¿Aprendiendo a luchar? —respondió, por decir algo.

Cuando sonrió, Jude pudo ver las puntas de sus caninos inferiores, más largos que el resto de sus dientes. Madoc le alborotó el pelo y ella sintió en la nuca el roce afilado de sus uñas, que parecían garras. Un roce demasiado ligero como para hacerle daño, pero, aun así, un recordatorio de la verdadera naturaleza de Madoc.

—El poder se consigue por la fuerza.

Señaló hacia una colina baja sobre la que crecía un árbol espino.

—Vamos a convertir la siguiente lección en un juego. Esa es mi colina. Apropiaos de ella.

Obediente, Taryn avanzó hacia la colina, seguida de Jude. Madoc las siguió, sonriendo de oreja a oreja.

—¿Y ahora qué? —preguntó Taryn, sin el menor entusiasmo.

Madoc se quedó mirando al horizonte, como si estuviera considerando y descartando diversas reglas.

—Ahora tendréis que protegerla frente a un ataque.

—¿Cómo dices? —exclamó Jude—. ¿Un ataque tuyo?

—¿Esto es un juego de estrategia o una refriega? —inquirió Taryn, frunciendo el ceño.

Madoc le apoyó un dedo bajo la barbilla y le alzó la cabeza, para contemplarla con sus ojos dorados y felinos.

—¿Qué es una refriega, sino un juego de estrategia en versión acelerada? —le dijo con mucha seriedad—. Habla con tu hermana. Cuando el sol alcance el tronco de ese árbol, saldré a recuperar mi colina. Con que me derribéis una sola vez, habréis ganado.

Entonces se marchó hacia una arboleda situada a cierta distancia. Taryn se sentó en la hierba.

—No quiero hacer esto —dijo.

—Solo es un juego —le recordó Jude con nerviosismo.

Taryn la observó durante un rato, con esa mirada que se lanzaban cuando una de ellas fingía que las cosas eran normales.

—Vale, entonces, ¿qué crees que deberíamos hacer?

Jude alzó la mirada hacia las ramas del espino.

—¿Y si una de nosotras se pusiera a tirar piedras mientras la otra pelea con la espada?

—Está bien —dijo Taryn, que se levantó y empezó a almacenar piedras entre los pliegues de su falda.

—No se cabreará, ¿verdad?

Jude negó con la cabeza, pero entendía la pregunta de Taryn. ¿Y si le mataban sin querer?

«Debes elegir en qué colina quieres morir», solía decirle su madre a su padre. Era uno de esos refranes extraños que los adultos esperaban que entendiera, aunque carecieran de sentido. Como lo de «más vale pájaro en mano que ciento volando», «cada moneda tiene dos caras» o el enigmático «cuando el juego acaba, el rey y el peón vuelven a la misma caja». Ahora, plantada encima de una colina con una espada en la mano, lo entendía mucho mejor.

—Ponte en posición —le dijo a su hermana, y Taryn se subió al espino sin perder un instante.

Jude revisó la posición del sol, preguntándose qué clase de argucias emplearía Madoc. Cuanto más esperase, la noche se volvería más cerrada, y al contrario que Jude y Taryn, Madoc podía ver en la oscuridad.

Pero, al final, Madoc no utilizó ninguna argucia. Salió del bosque y empezó a avanzar hacia ellas, aullando como si estuviera liderando un ejército formado por un centenar de hombres. A Jude le flaquearon las piernas por el terror.

«Solo es un juego», se recordó a la desesperada. Sin embargo, cuanto más se acercaba Madoc, menos creía esas palabras. Su instinto animal la instaba a correr.

Su estrategia parecía ridícula frente a un enemigo tan colosal, frente al miedo que la embargaba. Jude se acordó de su madre sangrando en el suelo, evocó el olor de sus entrañas a medida que salían de su cuerpo. El recuerdo restalló en su cabeza como un trueno. Iba a morir.

«Corre —le instaba su cuerpo—. ¡CORRE!».

No, eso fue lo que hizo su madre. Jude se quedó quieta.

Se obligó a adoptar la primera posición, pese a que le temblaban las piernas. Madoc tenía ventaja, incluso ascendiendo por esa colina, porque tenía a la inercia de su parte. Las piedras que le llovieron encima, de manos de Taryn, apenas frenaron su avance.

Jude se quitó de en medio, sin molestarse siquiera en intentar detener el primer golpe. Protegiéndose detrás de un árbol, esquivó el segundo y el tercero. Cuando llegó el cuarto, cayó derribada sobre la hierba.

Cerró los ojos cuando Madoc estaba a punto de rematarla.

—Puedes apropiarte de algo cuando nadie te mira. Pero defenderlo, incluso aunque cuentes con ventaja, no es tarea fácil —le dijo Madoc, riendo. Jude abrió los ojos y vio que le estaba tendiendo la mano—. Es mucho más fácil conseguir poder que aferrarse a él.

Jude se sintió aliviada. Solo era un juego, después de todo. Una lección más.

—Eso no ha sido justo —protestó Taryn.

Jude se quedó callada. Nada era justo en Faerie. Ya había dejado de esperar que lo fuera.

Madoc la ayudó a levantarse y le pasó un brazo por los hombros. Atrajo a las dos gemelas hacia su cuerpo para abrazarlas. Madoc olía a humo y a sangre seca, y Jude se pegó a él. Era agradable sentirse abrazada. Aunque te abrazara un monstruo.





El nuevo rey supremo de Faerie está recostado en su trono, con la corona ladeada con descuido y una larga y chillona capa carmesí prendida de los hombros y desparramada por el suelo a su alrededor. Un pendiente reluce desde lo alto de una oreja puntiaguda. Unos aparatosos anillos centellean junto a sus nudillos. Aunque su ornamento más ostentoso, sin embargo, son sus labios suaves y huraños.

Le dan un aspecto de cretino absolutamente acorde con su personalidad.

Me encuentro situada a su lado, en el respetable puesto de senescal. Se supone que soy la consejera más fidedigna del rey supremo Cardan, así que interpreto ese papel en lugar de mi verdadero rol: el de la mano detrás del trono, con poder para obligarle a obedecer en caso de que intente jugármela.

Oteo la multitud en busca de un espía de la Corte de las Sombras. Han interceptado una comunicación procedente de la Torre del Olvido —donde está encarcelado el hermano de Cardan—, y me la van a traer a mí en vez de a su destinatario inicial. Y esa es solo la crisis más reciente.

Han pasado cinco meses desde que obligué a Cardan a asumir el trono de Elfhame, convertido en mi marioneta; cinco meses desde que traicioné a mi familia, desde que mi hermana se llevó a mi hermano pequeño al reino mortal, lejos de la corona que podría haber portado; cinco meses desde que crucé mi espada con la de Madoc.

Y en todo ese tiempo he sido incapaz de dormir más que unas pocas horas de un tirón.

Parecía un buen trato. Uno muy feérico, incluso: poner a alguien que me desprecia en el trono para que Oak quedara fuera de peligro. Resultó emocionante engañar a Cardan para que prometiera servirme durante un año y un día, y excitante cuando mi plan se hizo realidad. Por aquel entonces, un año y un día me parecían una eternidad. Pero ahora debo encontrar la manera de mantener a Cardan bajo mi poder —y alejado de los problemas— durante más tiempo. Lo suficiente como para darle a Oak la oportunidad de disfrutar de algo que yo no tuve: una infancia.

Ahora, un año y un día me parecen apenas un suspiro.

Y a pesar de haber subido a Cardan al trono por medio de mis propias maquinaciones, a pesar de que conspiro para mantenerlo allí, no puedo evitar sentirme nerviosa por lo cómodo que se le ve.

Los regentes de Faerie están vinculados a la tierra. Son la savia y el latido de su reino, en un sentido místico que no termino de entender. Pero sin duda ese no es el caso de Cardan, empecinado en ser un haragán que no cumple ninguna labor real de gobierno.

En general, sus obligaciones parecen limitarse a extender sus manos cargadas de anillos para que se las besen y a aceptar los cumplidos de los feéricos. Seguro que disfruta con esa parte: los besos, las reverencias y el peloteo. Y está claro que disfruta del vino. No para de pedir que le rellenen el cáliz incrustado de cabujones con un líquido de color verde claro. Solo con olerlo me da vueltas la cabeza.

Durante una pausa, Cardan alza la cabeza para mirarme, enarcando una ceja negra.

—¿Te diviertes?

—No tanto como tú —respondo.

No importa cuánto me despreciara cuando íbamos a la escuela, solo era un pálido reflejo del odio que siente hacia mí ahora. Sus labios forman una sonrisa. Sus ojos despiden un brillo malicioso.

—Contempla a tus súbditos. Es una lástima que ninguno sepa quién los gobierna en realidad.

Me ruborizo un poco al oír eso. Cardan tiene el don de tomar un cumplido y convertirlo en un insulto; así duele todavía más, por la tentación de tomárselo al pie de la letra.

Me he pasado muchas fiestas intentando pasar desapercibida. Ahora todo el mundo me ve, bañada por la luz de las velas, con uno de los tres jubones negros y casi idénticos que llevo cada velada, y con mi espada, Noctámbula, prendida de la cintura. Los feéricos giran en sus danzas circulares e interpretan sus canciones, beben su vino dorado, componen sus acertijos y tejen sus maldiciones mientras yo los contemplo desde el estrado real. Son hermosos y horribles, y puede que desdeñen mi mortalidad, puede que incluso se burlen de ella, pero la que está aquí arriba soy yo.

Por supuesto, puede que esto no difiera tanto de cuando me ocultaba. Puede que ahora simplemente me esté escondiendo a la vista de todos. Pero no puedo negar que el poder que ostento me produce euforia, una descarga de placer cada vez que pienso en él. Espero que Cardan no se dé cuenta.

Si me fijo con atención, puedo ver a mi hermana gemela, Taryn, bailando con Locke, su prometido. Locke, el mismo que pensé que me amaba. Locke, el mismo al que pensé que podría llegar a amar. Aunque es a Taryn a la que echo de menos. En noches como esta, me imagino saltando del estrado y corriendo hacia ella para intentar explicarle mis decisiones.

Solo quedan tres semanas para su boda y seguimos sin dirigirnos la palabra.

No paro de decirme que necesito que sea ella la que acuda a mí. Me la jugó con lo de Locke. Aún me siento idiota cuando los miro. Si no piensa disculparse, al menos debería ser ella la que finja que no hay nada que perdonar. Puede que incluso me valiera con eso. Pero no pienso ser yo la que acuda a Taryn arrastrándose.

La sigo con la mirada mientras baila.

No me molesto en buscar a Madoc. Su afecto es parte del precio que pagué para ocupar este puesto.

Un feérico arrugado y de corta estatura, con una maraña de cabello plateado y una chaqueta escarlata, se arrodilla a los pies del estrado, esperando a recibir audiencia. Lleva unos brazaletes enjoyados, y el alfiler con forma de polilla que sujeta su capa tiene unas alas que se mueven por sí solas. A pesar de su postura servil, su mirada desprende codicia.

A su lado hay dos pálidos habitantes de las colinas, con largas extremidades y una melena que ondea a sus espaldas, aunque no hay brisa.

Sobrio o ebrio, ahora que Cardan es el rey supremo, tiene que escuchar a aquellos súbditos que quieren que interceda en algún problema —por nimio que sea— o que les conceda alguna ayuda. No me puedo imaginar por qué alguien querría dejar su destino en manos de Cardan, pero Faerie está repleta de peculiaridades.

Por suerte, yo estoy aquí para susurrarle mi consejo al oído, como haría cualquier senescal. La diferencia es que Cardan tiene que hacerme caso. Y aunque me responda susurrando unos insultos horribles, en fin, al menos está obligado a obedecer.

Por supuesto, la pregunta inevitable es si merezco tener todo este poder. «No trato mal a los demás solo por divertirme —me digo—. Eso tiene que contar».

—Ah —dice Cardan, inclinándose hacia delante en el trono, provocando que la corona descienda un poco más sobre su frente. Pega un largo trago de vino y sonríe al trío que tiene delante—. Debe de tratarse de un asunto serio si venís a exponerlo ante el rey supremo.

—Puede que hayáis oído historias acerca de mí —dice el feérico de corta estatura—. Yo fabriqué la corona que reposa sobre vuestra cabeza. Soy Grimsen el Herrero, y llevo largo tiempo en el exilio junto con el rey abedul. Ahora sus huesos descansan y hay un nuevo rey abedul en Fairfold, de igual modo que hay un nuevo rey supremo aquí.

—Severin —digo.

El herrero me mira, visiblemente sorprendido por mi intervención. Después vuelve a mirar al rey supremo.

—Os pido que me permitáis volver a la corte suprema.

Cardan parpadea unas cuantas veces, como si estuviera intentando enfocar la imagen del peticionario que tiene delante.

—¿Y dices que te exiliaron? ¿O te fuiste por voluntad propia?

Recuerdo que Cardan me contó algo acerca de Severin, pero no mencionó a Grimsen. Aunque he oído hablar de él, por supuesto. Es el herrero que fabricó la corona sanguínea para Mab y la envolvió en un hechizo. Se cuenta que puede crear cualquier cosa a partir del metal, incluso seres vivos: pájaros metálicos capaces de volar o serpientes que atacan y culebrean. Fue él quien forjó las espadas gemelas, Certera y Veraz: una que jamás yerra un golpe y otra que es capaz de atravesar cualquier cosa. Por desgracia, las creó para el rey abedul.

—Le debía lealtad, como sirviente que era —dijo Grimsen—. Cuando se fue al exilio, me vi obligado a acompañarle… Y al hacerlo, caí en desgracia. Aunque solo le fabriqué baratijas en Fairfold, vuestro padre aún me consideraba su marioneta. Ahora que están muertos, pido permiso para hacerme un hueco en vuestra corte. No me castiguéis más y mi lealtad hacia vos será tan grande como vuestra sabiduría.

Observo al pequeño herrero más detenidamente, convencida de repente de que está jugando con las palabras. Pero ¿con qué fin? La petición parece sincera, y aunque la humildad de Grimsen no lo sea, en fin, su fama le precede.

—Está bien —dice Cardan, que parece contento de que le pidan algo fácil de conceder—. Tu exilio ha terminado. Júrame lealtad y la Corte Suprema te recibirá con los brazos abiertos.

Grimsen hace una marcada reverencia, con un gesto dramático de aflicción.

—Noble rey, esto que pedís a vuestro humilde siervo es algo nimio y razonable. Pero yo, que he sufrido tanto por culpa de esos juramentos, prefiero no volver a hacerlos. Permitidme que os muestre mi lealtad a través de mis actos, en lugar de atarme con mis palabras.

Le apoyo una mano a Cardan en el brazo, pero él se zafa y elude mi advertencia. Podría decirle algo y él se vería obligado, como mínimo, a no contradecirme —a causa de una orden anterior—, pero no sé qué decir. Contar con los servicios del herrero, forjando para Elfhame, es algo para tener en cuenta. Supliría, tal vez, la ausencia del juramento.

Aun así, Grimsen parece demasiado satisfecho, demasiado seguro de sí mismo. Me huelo una argucia. Pero Cardan interviene antes de que pueda deducir algo más:

—Acepto tu condición. Es más, te haré un obsequio. Hay una vieja fragua situada en los límites de los terrenos del palacio. Podrás disponer de ella, junto con todo el metal que necesites. Estoy deseando ver qué eres capaz de forjar para nosotros.

Grimsen realizó una nueva reverencia.

—Vuestra generosidad no caerá en saco roto.

Esto no me gusta, aunque puede que esté exagerando. Tal vez se deba a que no me cae bien el herrero. Pero no me da tiempo a pensar en ello, porque entonces se presenta un nuevo peticionario.

Es una bruja, lo bastante vieja y poderosa como para que el aire parezca crepitar a su alrededor con la fuerza de su magia. Tiene los dedos espigados, el cabello del color del humo y una nariz que parece el filo de una guadaña. Alrededor del pescuezo lleva un collar de rocas, cada una con unas espirales talladas tan llamativas como desconcertantes. Cuando se mueve, hace ondear la pesada toga en la que va envuelta. Por debajo asoman unos pies terminados en garras, como los de un ave de presa.

—Reyezuelo —dice la bruja—. Madre Tuétano os trae unos presentes.

—Tu lealtad es lo único que requiero —replica Cardan con suavidad—. De momento.

—Oh, ya he jurado lealtad a la corona, desde luego —dice la bruja, al tiempo que rebusca en uno de sus bolsillos y saca un trozo de tejido más negro que el cielo nocturno, tanto que parece absorber la luz a su alrededor. El tejido se escurre por su mano—. Pero he emprendido este largo viaje para obsequiaros con algo excepcional.

A los feéricos no les gustan las deudas, por eso no corresponden un favor con un simple agradecimiento. Si les das una torta de avena, llenarán una de las habitaciones de tu casa con grano, excediéndose en el pago para cargar la deuda sobre tus hombros. Aun así, no paran de ofrecer tributos al rey supremo: oro, servicios, espadas con nombre propio. Pero no solemos considerarlos «obsequios». Ni tampoco «excepcionales».

No sé cómo interpretar sus palabras.

—Mi hija y yo tejimos esto a partir de seda de araña y pesadillas. —Su voz es como un ronroneo—. Cualquier prenda confeccionada con este tejido puede frenar el ataque de una espada afilada, y a la vez resultar tan ligera como una sombra.

Cardan frunce el ceño, pero no deja de dirigir la mirada hacia ese maravilloso tejido.

—Admito que no creo haber visto nada igual.

—Entonces, ¿aceptáis lo que os ofrezco? —pregunta la bruja, con un brillo taimado en la mirada—. Soy mayor que vuestros padres. Mayor que las piedras de este palacio. Tan vieja como los huesos de la Tierra. Aunque vos sois el rey supremo, así que Madre Tuétano aceptará vuestra palabra.

Cardan achica los ojos. Se nota que el comentario de la bruja le ha fastidiado.

Está tramando algo, y esta vez sé de qué se trata. Antes de que Cardan pueda abrir la boca, decido intervenir:

—Has hablado de «obsequios», en plural, pero solo nos has mostrado ese tejido tan maravilloso. Seguro que a la corona le complacería tenerlo, pero siempre que se conceda sin pedir nada a cambio.

La bruja me escruta con la mirada, con unos ojos tan fríos y severos como la noche.

—¿Y quién eres tú para hablar en nombre del rey supremo?

—Soy su senescal, Madre Tuétano.

—¿Y permitís que esta muchacha mortal responda por vos? —le pregunta a Cardan.

Cardan me lanza una mirada tan condescendiente que me ruborizo. No la aparta. Sus labios se estremecen hasta formar una sonrisa.

—Supongo que no me queda más remedio —dice al fin—. Le divierte mantenerme alejado de los problemas.

Me muerdo la lengua mientras Cardan gira la cabeza con gesto sereno hacia Madre Tuétano.

—Es una chica muy astuta —dice la bruja, escupiendo las palabras como si se tratara de una maldición—. Está bien, el tejido es vuestro, majestad. Os lo doy sin pedir nada a cambio. Os daré solo eso y nada más.

Cardan se inclina hacia delante como si estuvieran compartiendo una chanza.

—Venga cuéntame el resto. Me gustan las argucias y las trampas. Incluso aquellas en las que he estado a punto de caer.

Madre Tuétano alterna el peso del cuerpo de un pie al otro, es la primera muestra de nerviosismo que ha dado. Incluso para una bruja tan vetusta como ella asegura ser, es peligroso provocar la ira de un rey supremo.

—Está bien. Si hubierais aceptado todo cuanto os ofrezco, habríais caído bajo el influjo de un geis, que solo os permitiría casaros con alguien que haya tejido la tela que llevo en las manos. Es decir, yo misma… o mi hija.

Un escalofrío me recorre el cuerpo al pensar en lo que podría haber pasado. ¿Es posible que el rey supremo de Faerie se viera obligado a formar parte de un matrimonio así? Sin duda tendría que haber un modo de eludirlo. Pensé en el último rey supremo, que nunca llegó a casarse.

El matrimonio es algo inusual entre los residentes de Faerie porque, una vez convertido en rey, uno sigue siéndolo hasta que muere o abdica. Entre los plebeyos y la nobleza, los matrimonios feéricos se disponen de tal modo que puedan deshacerse. Al contrario que la fórmula mortal «hasta que la muerte os separe», incluyen condiciones como «hasta que ambos renunciéis al otro» o «salvo que uno agreda al otro con saña» o una frase planteada de un modo muy artero: «por la duración de una vida», sin especificar cuál. Pero una unión entre reyes y reinas jamás puede deshacerse.

Si Cardan se casara, no solo tendría que sacarlo del trono para coronar a Oak. También tendría que expulsar a su novia.

Cardan enarca las cejas, pero es un gesto que no denota la más mínima preocupación.

—Me halagas, querida. No tenía ni idea de que estuvieras interesada.

La bruja mantiene una mirada impávida mientras le entrega el obsequio a uno de los miembros de la guardia personal de Cardan.

—Ojalá se os pegue la sabiduría de vuestros consejeros.

—Ese es el ferviente deseo de muchos —responde Cardan—. Dime, ¿tu hija te ha acompañado en el viaje?

—Aquí está, sí —responde la bruja.

Una muchacha emerge de entre la multitud para postrarse ante Cardan. Es joven, con la melena suelta y enmarañada. Al igual que su madre, sus extremidades tienen una longitud inusitada, como si fueran ramitas; pero al contrario que la complexión huesuda de su progenitora, ella posee cierta gracia. Tal vez ayude que sus pies parezcan humanos.

Aunque, para ser justos, los tiene torcidos hacia atrás.

—Yo sería un marido horrible —dice Cardan, dirigiendo su atención hacia la muchacha, que parece encogerse ante la intensidad de su mirada—. Pero concédeme un baile y te mostraré mis otros talentos.

Le miro con suspicacia.

—Vámonos —le dice Madre Tuétano a la muchacha; la agarra del brazo, sin mucha suavidad que digamos, y la arrastra hacia la multitud. Después se gira para mirar a Cardan—. Volveremos a vernos, los tres.

—Hazte a la idea de que todas querrán casarse contigo —dice Locke.

Reconozco su voz antes incluso de ver que ha ocupado el lugar que Madre Tuétano ha dejado libre.

Le dirige una sonrisa a Cardan, con cara de sentirse satisfecho consigo mismo y con el mundo en general.

—Es mejor tener consortes —añade Locke—. Montones y montones de consortes.

—Y lo dice un hombre que está punto de casarse —le recuerda Cardan.

—Bah, no sigas por ahí. Al igual que Madre Tuétano, te he traído un obsequio. —Locke avanza un paso hacia el estrado—. Uno con menos pullas.

No me mira ni una sola vez. Es como si no me viera o como si me considerase tan irrelevante como un mueble.

Ojalá eso no me molestara. Ojalá no recordara encontrarme en lo alto de la torre más grande de su finca, sintiendo el roce de su cálido cuerpo. Ojalá no me hubiera utilizado para poner a prueba el amor que siente mi hermana hacia él. Ojalá ella no se lo hubiera permitido.

«Si los deseos fueran caballos —solía decir mi padre mortal—, los mendigos cabalgarían». Otra de esas frases que no tienen sentido hasta que lo cobran de repente.

—¿De veras? —Cardan parece más perplejo que intrigado.

—He venido a ofrecerte mis servicios como maestro de festejos —anuncia Locke—. Concédeme ese puesto y será un placer dedicar todo mi empeño a impedir que el rey supremo de Elfhame se aburra.

Existen muchos empleos en un palacio: sirvientes y ministros, embajadores y generales, sastres y consejeros, bufones y creadores de acertijos, mozos de cuadra para los caballos y guardianes para las arañas, junto con otra docena de puestos que he olvidado. Ni siquiera sabía que existiera un maestro de festejos. Y puede que así fuera, hasta ahora.

—Te concederé placeres que ni te imaginas. —La sonrisa de Locke es contagiosa. Lo que traerá son problemas, eso seguro. Problemas con los que no puedo perder el tiempo.

—Ten cuidado —digo, atrayendo la atención de Locke por primera vez—. No querrás menospreciar la imaginación del rey supremo.

—Eso no sería buena idea —dice Cardan con un tono que resulta difícil de interpretar.

A Locke no le flaquea la sonrisa. En vez de eso, se encarama al estrado, provocando que los caballeros que hay a ambos lados se acerquen de inmediato para detenerle. Cardan les hace un gesto para que se alejen.

—Si lo nombras maestro de festejos… —me apresuro a decir, a la desesperada.

—¿Me estás dando una orden? —me interrumpe Cardan, enarcando una ceja.

Sabe que no puedo decir que sí cuando corro el riesgo de que Locke lo escuche.

—Por supuesto que no —digo a mi pesar.

—Bien —dice Cardan, dirigiendo la mirada hacia otro lado—. Tengo intención de aceptar tu propuesta, Locke. Esto ha estado muy aburrido últimamente.

Locke sonríe y yo me muerdo el interior del carrillo para reprimir la orden que estoy a punto de dar. Me habría gustado ver qué cara ponía, alardear de mi poder ante él.

Habría sido gratificante, pero imprudente.

—Antes, Estorninos, Alondras y Halcones competían por el corazón de la corte —dice Locke, refiriéndose a las facciones que preferían los festejos, el arte o la guerra. Facciones que ganaban y perdían el favor de Eldred—. Pero ahora el corazón de la corte es tuyo y solo tuyo. Vamos a partirlo.

Cardan mira a Locke de un modo extraño, como si se estuviera planteando —por primera vez, al parecer— que ser el rey supremo puede resultar divertido. Como si se estuviera imaginando lo que sería gobernar sin tener que lidiar con mis restricciones.

Entonces, en el otro extremo del estrado, diviso por fin a Bomba, una espía de la Corte de las Sombras cuyo cabello blanco forma un halo alrededor de su rostro moreno. Me hace señas.

Detesto que Locke y Cardan se junten —no me gusta el concepto que tienen de la diversión—, pero intento apartar ese pensamiento mientras me bajo del estrado y me dirijo hacia ella. Al fin y al cabo, es imposible conspirar contra Locke cuando está embebido en alguna de sus ocurrencias…

De camino hacia el lugar donde se encuentra Bomba, oigo como la voz de Locke resuena entre la multitud.

—Celebraremos el plenilunio en el Bosque Lechoso, y allí el rey supremo hará gala de un libertinaje del que los bardos cantarán en el futuro, os lo prometo.

Siento un nudo en el estómago.

Locke está subiendo al estrado a unas cuantas ninfas que ha sacado de entre la multitud, cuyas alas iridiscentes brillan bajo la luz de las velas. Una chica se ríe a carcajadas mientras alarga la mano hacia el cáliz de Cardan, luego se lo bebe hasta los posos. Pienso que Cardan se le lanzará a la yugular, que la humillará o le hará jirones las alas, pero se limita a sonreír y a pedir más vino.

No sé qué estará tramando Locke, pero Cardan parece muy dispuesto a seguirle la corriente. En Faerie, todas las coronaciones van seguidas de un mes de festejos: banquetes, bebida, acertijos, duelos y más. Se espera que los feéricos bailen hasta desgastar las suelas de sus zapatos, desde el ocaso hasta el amanecer. Pero pasados cinco meses desde que Cardan se convirtiera en rey supremo, el gran salón siempre está concurrido, los cuernos llenos a rebosar de hidromiel y vino de trébol. La intensidad de los festejos apenas se ha reducido.

Hacía mucho tiempo que Elfhame no contaba con un rey supremo tan joven, así que los cortesanos se han contagiado de un ambiente salvaje y frenético. El plenilunio se celebrará pronto, antes incluso que la boda de Taryn. Si Locke pretende aumentar la intensidad de los festejos cada vez más, ¿cuánto tiempo tardará en convertirse en un peligro?

Con cierta dificultad, le doy la espalda a Cardan. Al fin y al cabo, ¿qué sentido tendría interceptar su mirada? Su odio es tal que hará todo lo posible —sin salirse de mis órdenes— para desafiarme. Y es alguien a quien se le dan muy bien los desafíos.

Me gustaría decir que siempre me ha odiado, pero durante un período de tiempo breve y extraño, fue como si nos entendiéramos, puede que incluso como si nos gustáramos. Una alianza del todo inesperada, que comenzó con mi cuchillo pegado a su pescuezo, dio como resultado que Cardan confiara lo suficiente en mí como para ponerse a mi servicio.

Una confianza que yo traicioné.

Antaño, Cardan me martirizaba porque era joven y cruel, porque estaba enfadado y aburrido. Ahora tiene motivos de más peso para los martirios que me infligirá cuando haya transcurrido un año y un día. Va a resultar muy difícil mantenerlo siempre bajo mi control.

Llego hasta Bomba, que me entrega un trozo de papel.

—Otra nota para Cardan remitida por Balekin —dice—. Esta logró llegar hasta el palacio antes de que pudiéramos interceptarla.

—¿Dice lo mismo que las otras dos?

Bomba asiente.

—Más o menos. Balekin intenta regalarle los oídos al rey supremo para que vaya a visitarlo a su celda. Quiere proponerle una especie de trato.

—Típico de él —digo, contenta una vez más de haber entrado en la Corte de las Sombras y de poder contar con ellos para cuidarme las espaldas.

—¿Qué vas a hacer? —me pregunta.

—Iré a ver al príncipe Balekin. Si quiere hacerle una oferta al rey supremo, primero tendrá que convencer a su senescal.

Bomba tuerce el gesto.

—Iré contigo.

Vuelvo a mirar hacia el trono y ondeo una mano con languidez.

—No. Quédate aquí. Intenta que Cardan no se meta en problemas.

—El problema es él —me recuerda, aunque esa afirmación no parece inquietarla especialmente.

Mientras me dirijo hacia los pasadizos que conducen al palacio, diviso a Madoc en el otro extremo de la estancia, medio oculto entre las sombras, observándome con sus ojos felinos. Está demasiado lejos como para hablar conmigo, pero si no fuera así, no me cabe duda de lo que me diría:

«Es mucho más fácil conseguir poder que aferrarse a él».





Balekin está encarcelado en la Torre del Olvido, en la Isla del Desaliento, el punto más septentrional de Insweal. Insweal es una de las tres islas de Elfhame, conectada con Insmire y con Insmoor por una serie de rocas enormes y porciones de tierra, pobladas solamente por abetos, ciervos plateados y algún que otro arbóreo. Se puede cruzar entre Insmire e Insweal a pie, siempre que no te importe saltar de piedra en piedra, atravesar el Bosque Lechoso a solas y mojarte como mínimo un poco.

A mí sí me molestan esas cosas, así que prefiero ir a caballo.

Como senescal del rey supremo, tengo acceso a sus establos. Como no soy una experta, he elegido una yegua que parece bastante dócil, con un pelaje de color negro y una crin con unos intrincados nudos que probablemente tengan propiedades mágicas.

La saco del establo mientras un duende me trae una brida y una embocadura.

Entonces me encaramo a su lomo y pongo rumbo hacia la Torre del Olvido. Las olas rompen contras las rocas un poco más abajo. Una neblina salada inunda el ambiente. Insweal es una isla inhóspita, muchos de sus parajes carecen de vegetación, no son más que rocas negras, pozas y una torre con revestimientos de hierro.

Dejo la yegua atada a una de las anillas negras de metal incrustadas en la pared de piedra de la torre. El animal resopla con nerviosismo, con la cola entre las patas. Le acaricio el hocico con la esperanza de reconfortarla.

—No tardaré, después podremos irnos de aquí —le digo, mientras pienso que debería haberle preguntado al duende cómo se llama la yegua.

Me siento casi igual que ella cuando llamo a la robusta puerta de madera.

Una criatura grande y peluda acude a abrir. Lleva puesta una coraza forjada con maestría, de la que asoma un pelaje rubio. Está claro que es un soldado, lo que antes significaba que me trataría bien, por respeto a Madoc, pero ahora podría significar todo lo contrario.

—Soy Jude Duarte, senescal del rey supremo —me presento—. Vengo por un asunto de la corona. Déjame entrar.

La criatura se echa a un lado, manteniendo abierta la puerta, y accedo al vestíbulo en penumbra de la Torre del Olvido. Mis ojos mortales se adaptan lentamente y con dificultad a la falta de luz. No poseo la capacidad feérica de poder ver en mitad de una oscuridad casi total. Hay al menos tres guardias, pero apenas logro distinguir sus siluetas.

—Supongo que has venido a ver al príncipe Balekin —dice alguien desde el fondo de la estancia.

Me inquieta no poder ver con claridad a mi interlocutor, pero disimulo mi incomodidad y asiento con la cabeza.

—Llévame ante él.

—Vulciber —dice la voz—. Acompáñala tú.

La Torre del Olvido se llama así porque se concibió como un sitio donde encerrar a los feéricos cuando un monarca quiere borrarlos de la memoria de la corte. A la mayoría de los criminales se los castiga con maldiciones ocurrentes, cruzadas o alguna otra muestra del dictamen caprichoso de las hadas. Para terminar aquí, tienes que haber cabreado mucho a algún pez gordo.

Los guardias son en su mayoría soldados, para los que un lugar tan lúgubre y desolado encaja con su temperamento, o para aquellos cuyos comandantes quieren darles una lección de humildad. Mientras contemplo las sombrías figuras que me rodean, me cuesta adivinar a qué categoría pertenecen.

Vulciber se acerca hasta mí y reconozco al soldado peludo que me abrió la puerta. Debe de tener algo de trol, con esa frente protuberante y esas extremidades tan largas.

—Guíame —le ordeno.

Vulciber me responde con una mirada severa. No sé qué será lo que le disgusta de mí —mi mortalidad, mi posición, mi intromisión de hoy—, pero no se lo pregunto. Me limito a seguirle escaleras abajo, adentrándome en un entorno húmedo y oscuro cargado de esencias minerales. El olor del suelo copa el ambiente, y hay un tufo a podrido, como a hongos, que no consigo identificar.

Me detengo cuando la oscuridad se vuelve demasiado impenetrable y temo que pueda tropezar.

—Enciende los faroles —digo.

Vulciber se acerca, noto su aliento en el rostro, trae consigo un olor a hojas húmedas.

—¿Y si no lo hago?

Empuño velozmente una daga, recién extraída de la vaina que llevo en una manga. La presiono contra su costado, justo por debajo de las costillas.

—No quieras saberlo.

—Pero si no puedes ver —insiste, como si le hubiera hecho un feo por no sentirme intimidada como él esperaba.

—Puede que simplemente prefiera un poco más de luz —replico, intentando que no me tiemble la voz, aunque el corazón me late desbocado y empiezan a sudarme las manos. Si tenemos que luchar en las escaleras, más me vale golpear rápido y con acierto, porque seguramente solo tendré una oportunidad.

Vulciber se aleja de mi cuchillo y de mí. Oigo sus fuertes pisadas por las escaleras y las cuento por si acaso me toca seguirle a ciegas. Pero entonces se enciende una antorcha que despide una llamarada verdosa.

—¿Y bien? —inquiere—. ¿Vienes o no?

Las escaleras pasan junto a varias celdas, algunas vacías y otras cuyos ocupantes se encuentran tan lejos de los barrotes que la luz de la antorcha no los ilumina. No reconozco a ninguno hasta llegar al último.

El príncipe Balekin lleva el pelo recogido con una tiara, un recordatorio de sus orígenes regios. Pese a estar prisionero, no parece que pase demasiadas penurias. Tres alfombras cubren el húmedo suelo de piedra. Él está sentado en una butaca tallada, observándome con los ojos entornados, brillantes como los de un búho. Hay un samovar dorado apoyado encima de una mesita elegante. Balekin acciona una palanca y un chorro aromático y humeante de té cae en un frágil recipiente de porcelana. El olor me recuerda al de las algas.

Pero da igual lo elegante que parezca; sigue estando encerrado en la Torre del Olvido, donde unas cuantas polillas rojizas se posan en la pared, por encima de él. Cuando derramó la sangre del viejo rey supremo, las gotitas se convirtieron en polillas que revolotearon durante unos pasmosos segundos antes de morir, al menos en apariencia. Yo pensaba que habían desaparecido todas, pero al parecer aún le persiguen unas cuantas, como recordatorio de sus pecados.

—Lady Jude de la Corte de las Sombras —dice Balekin, como si creyera que voy a sentirme halagada al oír eso—. ¿Puedo ofrecerte una taza de té?

Percibo movimiento en una de las demás celdas. Me pregunto cómo serán sus reuniones para tomar el té cuando yo no estoy delante.

No me gusta que conozca la Corte de las Sombras ni mi relación con ellos, pero tampoco me sorprende del todo. El príncipe Dain, nuestro jefe y maestro de espías, era hermano suyo. Y si Balekin conocía la existencia de la Corte de las Sombras, seguramente reconoció a uno de ellos cuando robó la corona sanguínea y la dejó en manos de mi hermano para que pudiera coronar a Cardan.

Balekin tiene motivos de peso para no alegrarse demasiado de verme.

—Me temo que debo rechazar el té —respondo—. No me entretendré mucho. Le has enviado al rey supremo ciertas misivas. Mencionabas algo acerca de un trato. Un acuerdo. He venido en su nombre para oír lo que tengas que decirle.

Su sonrisa parece plegarse sobre si misma, se vuelve desagradable.

—Me subestimas —dice Balekin—. Pero sigo siendo un príncipe de Faerie, incluso aquí. Vulciber, ¿harías el favor de acercarte a la senescal de mi hermano y arrearle un guantazo en su preciosa carita?

El golpe se produce con la mano abierta, más deprisa de lo que habría imaginado. El sonido que hace su palma al impactar contra mi piel resulta ensordecedor. Me deja dolorida y furiosa.

Mi daga regresa a mi mano derecha, con otra igual en la izquierda.

Vulciber me mira con avidez.

El orgullo me insta a luchar, pero él es más grande que yo y está familiarizado con el entorno. Esto no sería una simple competición de esgrima. Aun así, el impulso de derrotarle, de borrarle ese gesto engreído, resulta incontenible.

O casi. «El orgullo es para los caballeros —me recuerdo—, no para los espías».

—Mi cara, no mi carita —murmuro, dirigiéndome a Balekin.

Guardo mis dagas lentamente. Estiro los dedos para tocarme la mejilla. Vulciber me ha pegado tan fuerte como para que los dientes me hayan dejado una llaga en el interior de la boca. Escupo sangre sobre el suelo de piedra.

—Bonito recibimiento. Te arrebaté la corona con mis engaños, así que supongo que puedo tolerar cierto rencor. Sobre todo si viene acompañado de un cumplido. Pero no vuelvas a ponerme a prueba.

De pronto, Vulciber ya no parece tan confiado.

Balekin prueba un sorbo de té y dice:

—Hablas con mucha insolencia, joven mortal.

—¿Y por qué no? —replico—. Hablo con la voz del rey supremo. ¿Crees que tiene algún interés en venir hasta aquí, lejos del palacio y de sus placeres, para conversar con el hermano que tanto le ha hecho sufrir?

El príncipe Balekin se inclina hacia delante desde su asiento.

—Me pregunto qué crees que quieres decir con eso.

—Y yo me pregunto qué mensaje quieres que le transmita al rey supremo.

Balekin se queda observándome. No hay duda de que debo de tener la mejilla enrojecida. Con tiento, prueba otro sorbo de té.

—He oído que, para los mortales, la sensación de enamorarse se parece mucho a la de tener miedo. Se os acelera el corazón. Se os agudizan los sentidos. Os da vueltas la cabeza, puede que incluso os mareéis. —Me mira—. ¿Es cierto? Si es posible confundir ambas sensaciones, eso explicaría mucho sobre tu especie.

—Nunca he estado enamorada —replico, resistiendo ante sus provocaciones.

—Y ha quedado patente que puedes mentir —añade—. No me extraña que Cardan lo encuentre útil. Y Dain también. Fue muy astuto por su parte incluirte en su pequeña banda de inadaptados. Fue inteligente al saber que Madoc te perdonaría la vida. Se pueden decir muchas cosas sobre mi hermano, pero desde luego era muy pragmático.

»Por mi parte, apenas me paraba a pensar en ti, y cuando lo hacía, solo era para provocar a Cardan con tus logros. Pero tú tienes lo que le falta a mi hermano: ambición. Si me hubiese dado cuenta de eso, ahora mismo tendría una corona. Pero creo que tú también me has juzgado equivocadamente.

—¿De veras?

Estoy deseando escuchar su respuesta.

—No pienso darte el mensaje que está dirigido a Cardan. Le llegará de otra manera. Y le llegará pronto.

—En ese caso, estamos perdiendo el tiempo —replico, enojada. He venido hasta aquí, me han abofeteado y me han intimidado para nada.

—Ah, el tiempo —dice Balekin—. Tú eres la única que anda escasa de él, mortal. —Le hace un gesto a Vulciber con la cabeza—. Acompáñala hasta la salida.

—Vamos —dice el guardia, y me empuja sin demasiados miramientos hacia las escaleras.

Mientras subo, giro la cabeza para contemplar el rostro de Balekin, severo bajo la verdosa luz de la antorcha. Su parecido con Cardan resulta inquietante.

Voy por la mitad del camino cuando una mano de largos dedos emerge de entre unos barrotes y me agarra del tobillo. Tropiezo, sobresaltada, arañándome las palmas de las manos y golpeándome las rodillas al desplomarme sobre las escaleras. Siento una punzada repentina en la vieja herida de cuchillo que tengo en el centro de la mano izquierda. Por los pelos no he acabado rodando escaleras abajo.

A mi lado aparece el esbelto rostro de una mujer feérica. Tiene la cola enroscada a uno de los barrotes. De su frente emergen unos cuernecitos curvados hacia atrás.

—Yo conocí a Eva —me dice, con unos ojos que relucen en la oscuridad—. Conocí a tu madre. Conocí muchos de sus secretos.

Me impulso para ponerme en pie y subo las escaleras a toda prisa, con el corazón más acelerado que cuando pensé que tendría que luchar con Vulciber en la oscuridad. Tengo el aliento entrecortado, me duelen los pulmones de tanto jadear.

En lo alto de las escaleras, me detengo para limpiarme las palmas doloridas sobre el jubón e intento recuperar el control.

—Casi lo olvido —le digo a Vulciber cuando mi respiración se ha serenado un poco—. El rey supremo me ha dado una serie de instrucciones. Desea incluir unos cuantos cambios en el trato que se dispensa a su hermano. Tengo el pergamino fuera, en la alforja. Si me acompañas un momento…

Vulciber lanza una mirada inquisitiva al guardia que le ordenó que me guiara hasta Balekin.

—Date prisa —dice la sombría figura.

Y así, Vulciber me acompaña a través de la inmensa puerta de la Torre del Olvido. Iluminadas por la luna, las rocas negras brillan a causa de la espuma del mar, que forma un revestimiento centelleante, como el de una fruta escarchada. Intento concentrarme en el guardia y no en el sonido del nombre de mi madre. Llevaba tantos años sin escucharlo que, por un instante, no supe por qué era importante para mí.

«Eva».

—Esa yegua solo tiene brida y embocadura —dice Vulciber, frunciendo el ceño al ver el corcel negro que está atado a la pared—. Pero has dicho que…

Le clavo en el brazo una pequeña daga que tenía escondida en el forro de mi jubón.

—Mentí.

Hace falta cierto esfuerzo para arrastrarlo y subirlo a la grupa del caballo. La yegua está adiestrada para reconocer ciertas órdenes, incluida la de arrodillarse, lo cual ayuda. Me muevo tan deprisa como puedo, por temor a que uno de los guardias venga a comprobar que pasa. Pero tengo suerte: no viene nadie antes de que estemos listos para partir.

Una razón más para venir a caballo hasta Insweal en vez de hacerlo a pie: nunca se sabe lo que puedes traerte de vuelta contigo.





Te consideras la cabecilla de una red de espionaje —dice Cucaracha, mientras me observa a mí y después a mi prisionero—. Y eso requiere astucia. Actuar por tu cuenta es una buena forma de conseguir que te pesquen. La próxima vez, llévate a un miembro de la guardia real. Llévate a uno de nosotros. Llévate un enjambre de sílfides o a un spriggan borracho. Pero llévate a alguien.

—Vigilar mis espaldas es la oportunidad perfecta para clavarme un puñal —le recuerdo.

—Hablas como el mismísimo Madoc —dice Cucaracha, sorbiéndose la nariz, larga y ganchuda, con gesto irritado.

Se sienta ante la mesa de madera en la Corte de las Sombras, la guarida de espías ubicada en los túneles que se extienden bajo el palacio de Elfhame. Está quemando las puntas de los proyectiles de una ballesta con una llama, después las embadurna con una sustancia pegajosa.

—Si no te fías de nosotros, dilo abiertamente. Ya llegamos a un acuerdo, podemos llegar a otro.

—Eso no es lo que quiero decir —replico, y apoyo la cabeza sobre las manos durante un buen rato.

Claro que me fío de ellos, de lo contrario no habría hablado tan abiertamente. Solo estoy canalizando mi enfado.

Estoy sentada enfrente de Cucaracha, comiendo queso, pan con mantequilla y manzanas. Es el primer bocado que pruebo en todo el día y mi barriga está lanzando unos rugidos furiosos, un recordatorio más de que mi cuerpo no es como el suyo. A las hadas no les suenan las tripas.

Puede que el hambre sea la causa de mi susceptibilidad. Me escuece la mejilla, y aunque logré revertir la situación, me faltó poco para acabar mal. Además, sigo sin saber qué quería decirle Balekin a Cardan.

Cuanto más consuma mis fuerzas, más meteré la pata. A los humanos nos traiciona nuestro cuerpo. Le entra hambre, enferma, se deteriora. Lo sé, pero aun así siempre hay algo que hacer.

Vulciber está sentado a nuestro lado, atado a una silla y con los ojos vendados.

—¿Quieres un poco de queso? —le pregunto.

El guardia refunfuña sin dar una respuesta clara, pero forcejea contra sus ataduras ante esa muestra de atención. Lleva despierto un rato y cada vez se ponía más nervioso, al ver que no hablábamos con él.

—¿Qué estoy haciendo aquí? —grita al fin, sacudiendo la silla hacia delante y hacia atrás—. ¡Soltadme!

La silla se vuelca y Vulciber se estrella contra el suelo, donde queda tendido de costado. Comienza a forcejear con las cuerdas con todas sus fuerzas.

Cucaracha se encoge de hombros, se levanta y le quita la venda de los ojos.

—Saludos —le dice.

En el otro extremo de la habitación, Bomba se está limpiando las uñas con una cimitarra. Fantasma está sentado en un rincón, tan callado que a veces parece que no está presente. Algunos de los nuevos reclutas se quedan mirando, interesados en los procedimientos. Son un muchacho con alas de gorrión, tres spriggans y una sluagh. No estoy acostumbrada a tener público.

Vulciber se queda mirando a Cucaracha: su piel verdosa de duende y sus ojos con reflejos naranjas, su nariz alargada y el único mechón de pelo que brota de su cabeza. Después contempla la habitación.

—El rey supremo no permitirá esto —protesta.

Le dirijo una sonrisa triste.

—El rey supremo no sabe nada, y es poco probable que tú se lo cuentes después de que te haya cortado la lengua.

Ver cómo se despliega su miedo me produce una satisfacción casi sensual. Alguien como yo, que ha tenido tan poco poder en su vida, debe tener cuidado con ese sentimiento. El poder se me sube rápido a la cabeza, como el vino feérico.

—Déjame adivinar —digo, y giro sobre mi asiento hasta quedar cara a cara con él, con una frialdad calculada en la mirada—. Pensaste que podrías agredirme y que no habría consecuencias.

Vulciber se encoge un poco al escuchar eso.

—¿Qué quieres?

—¿Quién dice que quiera algo en particular? —replico—. Quizá solo busque revancha…

Como si lo hubiéramos ensayado, Cucaracha saca una espada bastante intimidante de su cinturón y la empuña frente a Vulciber. También le dedica una sonrisa.

Bomba, que sigue afanada con sus uñas, levanta la cabeza y sonríe ligeramente mientras observa a Cucaracha.

—Parece que el espectáculo está a punto de comenzar.

Vulciber forcejea con sus ataduras, sacudiendo la cabeza hacia delante y hacia atrás. La madera de la silla cruje, pero no logra liberarse. Tras resoplar con fuerza varias veces, se desploma.

—Por favor —susurra.

Me toco la barbilla como si acabara de tener una idea.

—O bien podrías ayudarnos. Balekin quería hacer un trato con Cardan. Podrías hablarme de eso.

—No sé nada —responde con desesperación.

—Qué lástima.

Me encojo de hombros y cojo otro trozo de queso, después me lo meto en la boca. Vulciber se queda mirando a Cucaracha y su arma.

—Pero sí conozco un secreto. Vale más que mi vida, más que los tejemanejes de Balekin con Cardan. Si te lo cuento, ¿me das tu palabra de que saldré de aquí ileso esta noche?

Cucaracha me mira, yo me encojo de hombros.

—Está bien —dice Cucaracha—. Si el secreto es tan importante como dices, y si juras que no revelarás nunca tu visita a la Corte de las Sombras, cuéntanoslo y te dejaremos marchar.

—La reina del Inframar —dice Vulciber, que ahora parece ansioso por hablar—. Su gente trepa por las rocas de noche y le susurra cosas a Balekin. Se cuelan en la torre, no sabemos cómo, y le dejan conchas y dientes de tiburón. Están intercambiando mensajes, aunque no podemos descifrarlos. Hay rumores de que Orlagh planea romper su acuerdo con el reino de la superficie y usar la información que le está proporcionando Balekin para acabar con Cardan.

De todas las amenazas posibles contra el reino de Cardan, la del Inframar era la que menos me esperaba. Su reina tiene una única hija, Nicasia, que se ha criado en tierra firme y forma parte del desagradable grupo de amigos de Cardan. Al igual que Locke, Nicasia y yo tenemos una historia en común. Y al igual que ocurre con Locke, no es agradable.

Pero pensé que la amistad de Cardan con ella significaría que Orlagh se alegraría de que el trono lo ocupara él.

—La próxima vez que se produzca una de esas comunicaciones —digo—, ven a verme. Y si te enteras de algo más que creas que pueda interesarme, ven también a contármelo.

—Eso no es lo que acordamos —protesta Vulciber.

—Cierto —le digo—. Nos has contado una historia. Bastante buena, por cierto. Te dejaremos ir esta noche. Pero puedo recompensarte mejor que cierto príncipe homicida que ni tiene ni tendrá nunca el favor del rey supremo. Hay mejores puestos que custodiar la Torre del Olvido. Y están a tu disposición. Hay oro. Y toda clase de recompensas que Balekin puede prometer, aunque es poco probable que pueda cumplir.

Vulciber me lanza una mirada extraña; seguramente intentando determinar si, puesto que él me ha golpeado y yo le he envenenado, sigue siendo factible una alianza entre nosotros.

—Pero tú puedes mentir —dice al fin.

—Yo te garantizo esas recompensas —interviene Cucaracha. Alarga el brazo y corta las ataduras de Vulciber con su imponente cuchillo.

—Prométeme un puesto fuera de la torre —dice Vulciber, mientras se frota las muñecas y se pone en pie—, y te obedeceré como si fueras el mismísimo rey supremo.

Bomba se ríe al oír eso y me lanza un guiño. Ellos no saben exactamente que tengo el poder de dar órdenes a Cardan, pero sí que tenemos un trato que implica que yo me ocupo de casi todo el trabajo. A raíz de eso, la Corte de las Sombras actúa directamente para la corona y recibe también sus pagos directamente de ella.

«Yo interpreto al rey supremo en la pequeña farsa de Jude», dijo Cardan en una ocasión. Bomba y Cucaracha se rieron, Fantasma no.

Una vez que Vulciber ha intercambiado sus promesas con nosotros —y después de que Cucaracha lo acompañe, con los ojos vendados, hacia los pasadizos que salen del Nido—, Fantasma viene a sentarse a mi lado.

—Vamos a practicar con la espada —dice mientras coge un trozo de manzana de mi plato—. Quema un poco de esa rabia que te consume.

Suelto una risita.

—No lo subestimes. No es fácil mantener una temperatura tan constante —le digo.

—Ni tan alta —replica, observándome detenidamente con sus ojos castaños.

Sé que hay sangre humana en su linaje. Lo noto en la forma de sus orejas y en su cabello pajizo, inusual en Faerie. Pero no me ha contado su historia, y aquí, en este lugar plagado de secretos, me da apuro preguntárselo.

Aunque la Corte de las Sombras no está bajo mi mandato, los cuatro hemos hecho un juramento. Hemos prometido proteger la integridad y la posición del rey supremo para asegurar la seguridad y prosperidad de Elfhame con la esperanza de que se derrame menos sangre y más oro. Me permitieron realizar el juramento mágico, aunque mis palabras no me vinculan tanto como a ellos. Lo que me ata es mi honor y su fe en que efectivamente lo tenga.

—El propio rey ha mantenido audiencia con Cucaracha tres veces en las últimas dos semanas. Está aprendiendo trucos de carterista. Como te descuides, se volverá aún más taimado que tú. —Fantasma ha sido incluido en la guardia personal del rey supremo, lo que le permite mantener a Cardan a salvo, pero también conocer sus hábitos.

Suspiro. Es plena noche y tengo muchas cosas que hacer antes de que amanezca. Aun así, es difícil ignorar esta invitación, que además me pica el orgullo.

Y más ahora, con los nuevos espías atentos a mi respuesta. Reclutamos nuevos miembros, que se quedaron sin trabajo tras los magnicidios. Todos los príncipes y princesas tenían contratados a unos cuantos, y ahora nosotros los hemos empleado a todos. Los spriggans son tan pícaros como un gato, pero excelentes a la hora de destapar escándalos. El chico de las alas de gorrión está tan verde como lo estaba yo. Me gustaría que los recién llegados a la Corte de las Sombras piensen que no me achanto ante los desafíos.

—Lo difícil vendrá cuando alguien intente enseñar a nuestro rey a empuñar una espada —replico, pensando en las frustraciones de Balekin en ese sentido, y también en Cardan, cuando dijo que su mayor virtud era no ser un asesino.

Una virtud que yo no comparto.

—¿De veras? —dice Fantasma—. Quizá tengas que enseñarle.

—Vamos —digo, y me levanto—. A ver si puedo enseñarte algo a ti.

Fantasma se ríe abiertamente al oír eso. Madoc me educó en el manejo de la espada, pero hasta que me uní a la Corte de las Sombras solo conocía una forma de luchar. Fantasma lleva mucho tiempo estudiando y conoce muchas más.

Le sigo hasta el Bosque Lechoso, donde unas abejas con aguijones negros zumban en sus colmenas, situadas en lo alto de esos árboles de corteza blanca. Los hombres árbol están dormidos. El mar acaricia las orillas pedregosas de la isla. El mundo se acalla mientras nos situamos frente a frente. Por más cansada que esté, mis músculos recuerdan mejor que yo lo que tienen que hacer.

Desenfundo a Noctámbula. Fantasma se acerca a toda velocidad, apuntando hacia mi corazón con la punta de su espada. Desvío el golpe, deslizando mi filo sobre su costado.

—No estás tan desentrenada como pensaba —dice mientras intercambiamos varias estocadas, tanteándonos.

No le hablo de los ejercicios que realizo ante el espejo, tampoco menciono mis demás intentos por corregir mis defectos.

Como senescal del rey supremo y regente de facto, tengo muchas cosas que supervisar. Compromisos militares, mensajes de vasallos, peticiones de todos los rincones de Elfhame escritas en multitud de idiomas. Hace apenas unos meses, seguía asistiendo a clase, seguía haciendo deberes para que los corrigieran los profesores. La idea de que pueda desentrañar todo esto parece tan imposible como convertir la paja en oro, pero cada noche me quedo despierta hasta que el sol está alto en el cielo, esforzándome al máximo por conseguirlo.

Ese es el problema de un gobierno títere: que no se dirige solo.

Es posible que la adrenalina no sea un sustituto para la experiencia.

Cuando termina de ponerme a prueba con lo básico, Fantasma comienza la verdadera pelea. Se desliza sobre la hierba con mucha gracilidad; sus pisadas apenas emiten sonido alguno. Golpea una y otra vez, como parte de una ofensiva vertiginosa.

Me defiendo a la desesperada, con toda mi atención concentrada en esto, en el combate. Mis preocupaciones se quedan en segundo plano mientras agudizo mis sentidos. Incluso el agotamiento sale disparado de mi cuerpo como la pelusa de un diente de león.

Es maravilloso.

Intercambiamos estocadas, adelante y atrás, avanzando y retrocediendo.

—¿Echas de menos el mundo mortal? —me pregunta. Me alivia descubrir que tiene la respiración un poco entrecortada.

—No —respondo—. Apenas lo conocí.

Fantasma ataca de nuevo, su espada convertida en un pez plateado que surca a toda velocidad las aguas de la noche.

«Fíjate en la espada, no en el soldado —me dijo Madoc muchas veces—. El acero no engaña».

Nuestras armas se entrechocan una y otra vez mientras nos movemos en círculos.

—Algo recordarás.

Pienso en el nombre de mi madre, susurrado a través de unos barrotes en la torre.

Fantasma amaga hacia un lado y yo, que estoy distraída, tardo más de la cuenta en advertirlo. Me golpea con la parte plana de su espada en el hombro. Podría haberme desgarrado la piel si no hubiera girado el arma en el último momento, aunque me quedará un moratón.

—Nada importante —respondo, intentando ignorar el dolor. Yo también sé jugar a las distracciones—. Puede que tu memoria funcione mejor que la mía. ¿Qué recuerdas tú?

Fantasma se encoge de hombros.

—Al igual que tú, yo nací allí. —Lanza una estocada, yo bloqueo el golpe—. Pero supongo que las cosas eran distintas hace cien años.

Enarco las cejas y esquivo otro ataque, deslizándome fuera de su alcance.

—¿Fuiste un niño feliz?

—Contaba con la magia. ¿Cómo podría no serlo?

—La magia —repito, y con un giro de mi espada, un movimiento que aprendí de Madoc, logro desarmarle.

Fantasma se queda mirándome. Con sus ojos castaños. Con la boca abierta de asombro.

—Cómo has…

—¿Mejorado? —aventuro, tan satisfecha que ya no me molesta el dolor del hombro.

Esto parece una victoria, pero si hubiera sido un combate de verdad, lo más probable es que la herida del hombro me hubiera impedido realizar ese último movimiento. Aun así, su gesto de sorpresa me entusiasma casi tanto como haber ganado.

—Me alegra que Oak vaya a crecer en otras circunstancias —digo al cabo de un rato—. Lejos de la corte. Lejos de todo esto.

La última vez que vi a mi hermano pequeño, estaba sentado a la mesa en el apartamento de Vivi, aprendiendo a multiplicar como si se tratara de un acertijo. Estaba comiendo queso en barritas. Se reía.

—«Cuando regrese el rey —dice Fantasma, citando una balada—, su camino quedará cubierto por pétalos de rosa y sus pisadas pondrán fin a la cólera». Pero ¿cómo podrá gobernar Oak si tendrá tan pocos recuerdos de Faerie como nosotros del mundo mortal?

La emoción por la victoria remite. Fantasma me sonríe ligeramente, como para mitigar el efecto punzante de sus palabras.

Me acerco a un arroyo cercano y sumerjo las manos, aliviada al sentir el tacto frío del agua. Me la acerco a los labios y bebo con ganas, notando un regusto a cieno y pinochas.

Pienso en Oak. Un niño feérico absolutamente normal, ni especialmente tentado por la crueldad ni libre de ella. Acostumbrado a los mimos, a que la sobreprotectora Oriana lo mantuviera alejado de las preocupaciones. Ahora se está acostumbrando a los cereales azucarados, a los dibujos animados y a una vida libre de traiciones. Reflexiono sobre la oleada de placer que he sentido con mi triunfo pasajero sobre Fantasma, el entusiasmo de ejercer el poder real en la sombra, la preocupante satisfacción que experimenté al humillar a Vulciber. ¿Es preferible que Oak no tenga esos impulsos, o le resultará imposible gobernar sin ellos?

Y ahora que he descubierto mi gusto por el poder, ¿seré capaz de renunciar a él?

Me restriego las manos húmedas por la cara, apartando esos pensamientos.

Solo existe el presente. Solo puedo pensar en estos términos: mañana, esta noche, ahora, pronto y nunca.

Emprendemos el camino de vuelta, caminando mientras el amanecer tiñe de dorado el cielo. A lo lejos oigo el bramido de un ciervo y lo que parecen unos tambores. A mitad de camino, Fantasma inclina la cabeza en un atisbo de reverencia.

—Esta noche me has derrotado. No permitiré que vuelva a pasar.

—Si tú lo dices —replico con una sonrisa.

Cuando llegamos al palacio, el sol está en lo alto y lo único que me apetece es dormir. Pero cuando llego a mis aposentos, me encuentro a alguien plantado ante la puerta.

Es mi hermana gemela, Taryn.

—Te está saliendo un moratón en la mejilla —dice.

Son las primeras palabras que me dirige en cinco meses.





Taryn lleva el cabello engalanado con un halo de laurel y un vestido de un suave color marrón, entretejido con hilos verdes y dorados. Se ha vestido así para acentuar la curvatura de sus caderas y sus pechos, algo inusual en Faerie, donde la gente suele ser muy esbelta. La ropa le sienta muy bien, y hay algo nuevo en el porte de sus hombros que también la favorece bastante.

Taryn es como un espejo, el reflejo de alguien en quien podría haberme convertido.

—Es tarde. —Es lo único que se me ocurre decir, mientras abro la puerta de mis aposentos—. No esperaba que hubiera alguien levantado.

Ya es más de mediodía. El palacio está tranquilo y seguirá así hasta la tarde, cuando los pajes corran por los pasillos y los cocineros enciendan los fuegos. Los cortesanos se levantaran de la cama mucho después, cuando ya haya oscurecido.

Por más ganas que tenía de verla, ahora que la tengo delante, me pongo nerviosa. Debe de querer algo si ha decidido presentarse aquí tan de repente.

—He venido dos veces antes —dice Taryn, siguiéndome al interior del cuarto—. No estabas. Esta vez decidí esperar, aunque me llevara todo el día.

Enciendo los faroles. Aunque afuera es de día, mis aposentos se encuentran en las entrañas del palacio, así que no tienen ventanas.

—Te veo bien.

Taryn desdeña el cumplido con un gesto.

—¿Vamos a seguir peleadas para siempre? Quiero que te pongas una corona de flores y que bailes en mi boda. Vivienne va a venir desde el mundo mortal. Se va a traer a Oak. Madoc me ha prometido que no discutirá contigo. Por favor, dime que vendrás.

¿Vivi va a traer a Oak? Gruño para mis adentros y me pregunto si habrá una posibilidad de quitarle esa idea de la cabeza. Tal vez se deba a que es mi hermana mayor, pero a veces le cuesta tomarme en serio.

Me desplomo sobre el sofá y Taryn hace lo mismo.

Me vuelvo a preguntar qué estará haciendo aquí. ¿Debería exigirle una disculpa o dejarlo correr, que es claramente lo que ella quiere?

—Está bien —le digo, cediendo.

La he echado mucho de menos como para arriesgarme a perderla otra vez. Por el hecho de ser hermanas, intentaré olvidar lo que se siente al besar a Locke. Por mi propio bien, intentaré olvidar que Taryn sabía que Locke estaba jugando conmigo durante su noviazgo.

Bailaré en su boda, aunque me temo que será como hacerlo sobre cuchillos.

Taryn mete la mano en el morral que tiene a sus pies y saca mi serpiente y mi gato de peluche.

—Toma —dice—. Supongo que no querías separarte de ellos.

Son reliquias de nuestra vida mortal, talismanes. Los presiono contra mi pecho, como haría con una almohada. Ahora mismo, parecen un recordatorio de todas mis vulnerabilidades. Hacen que me sienta como una chiquilla que quiere participar en un juego de adultos.

Odio un poco a Taryn por haberlos traído.

Son un recordatorio de nuestro pasado en común. Un recordatorio deliberado, como si no se fiara de que fuera a acordarme sin ayuda. Sacan a relucir mi nerviosismo, cuando me estoy esforzando tanto por no sentir nada.

Al ver que no digo nada en un buen rato, prosigue:

—Madoc también te extraña. Siempre fuiste su favorita.

Suelto un bufido.

—Vivi es su heredera. La primogénita. La que fue a buscar al mundo mortal. Ella es su favorita. Y luego vas tú, que vives en su casa y no le traicionaste.

—No estoy diciendo que sigas siéndolo —replica Taryn con una risita—. Pero en el fondo se sintió un poco orgulloso de ti cuando se la jugaste para coronar a Cardan. Aunque fuera una estupidez. Creía que odiabas a Cardan. Creía que las dos le odiábamos.

—Le odiaba —digo, sin pensar—. Y le sigo odiando.

Taryn me mira con extrañeza.

—Pensaba que querías castigar a Cardan por todo lo que ha hecho.

Me pongo a pensar en el espanto que le produjo su propio deseo cuando acerqué mis labios a los suyos, con el puñal en la mano, con el filo pegado a su piel. El placer culpable y corrosivo que me produjo ese beso. Sentí como si le estuviera castigando. Como si nos estuviera castigando a los dos al mismo tiempo.

Le odiaba muchísimo.

Taryn está sacando a relucir todos los sentimientos que quiero ignorar, todo eso que quiero fingir que no existe.

—Llegamos a un acuerdo —le digo, lo cual no está muy lejos de la verdad—. Cardan me deja ser su consejera. Ostento una posición de poder y Oak está fuera de peligro.

Me gustaría contarle el resto, pero no me atrevo. Podría contárselo a Madoc, puede que incluso a Locke. No puedo compartir mis secretos con ella, ni siquiera para alardear.

Y, la verdad, debo admitir que tengo unas ganas tremendas de hacerlo.

—Y tú le entregaste a cambio la corona de Faerie…

Taryn se queda mirándome como si le asombrara mi osadía. Al fin y al cabo, ¿quién era yo, una chica mortal, para decidir quién debería ocupar el trono de Elfhame?

«El poder se consigue por la fuerza».

No se imagina lo osada que he sido en otros sentidos. «Robé la corona de Faerie —me gustaría decirle—. El rey supremo Cardan, nuestro viejo enemigo, está bajo mi control». Pero no puedo decir eso, por supuesto. A veces me parece peligroso incluso pensarlo.

—Algo así —respondo en su lugar.

—Ser su consejera tiene que ser un trabajo exigente.

Taryn echa un vistazo por la estancia, obligándome a observarla al mismo tiempo que ella. He ocupado estos aposentos, pero no tengo sirvientes aparte del personal del palacio, a los que casi nunca permito entrar. Hay tazas de té en las estanterías, platillos en el suelo junto con platos con mondas de fruta y restos de pan. Hay prendas de ropa desperdigadas por doquier, allí donde las dejé caer al desvestirme. Hay libros y papeles por todas partes.

—Te estás desplegando como un carrete. ¿Qué pasará cuando no quede más hilo?

—Pues que hilaré uno nuevo —replico, siguiendo la metáfora.

—Deja que te ayude —dice Taryn, más animada.

—¿Quieres crear un hilo? —pregunto, enarcando las cejas todo lo que puedo.

Ella pone los ojos en blanco.

—Venga, hombre. Puedo hacer cosas para las que no tienes tiempo. Te veo en la corte. A lo sumo tendrás dos chaquetas buenas. Yo podría traerte unos cuantos vestidos viejos y joyas. Madoc no se daría cuenta, y aunque así fuera, no diría nada.

Faerie funciona a base de deudas, de promesas y obligaciones. Al haberme criado aquí, entiendo lo que me está ofreciendo: un obsequio, un presente, en lugar de una disculpa.

—Tengo tres chaquetas —replico.

Taryn enarca las cejas.

—Bueno, entonces supongo que estás servida.

No puedo evitar preguntarme por qué habrá venido ahora, justo después de que Locke haya sido nombrado maestro de festejos. Y puesto que sigue viviendo en casa de Madoc, me pregunto a quién tendrá reservada su lealtad política.

Me avergüenza pensar así. No quiero pensar en ella como me toca hacer con todos los demás. Es mi hermana gemela, la echo de menos, estaba deseando que viniera a verme. Y por fin ha venido.

—Está bien —digo—. Si te apetece, estaría genial que trajeras mis viejas cosas.

—¡Bien! —Taryn se levanta—. Y que sepas que he tenido que contenerme mucho para no preguntarte dónde has estado esta noche ni cómo te has hecho esa herida.

Al oír eso, esbozo una sonrisa instantánea y sincera.

Taryn alarga un dedo para acariciar el cuerpo afelpado de mi serpiente de peluche.

—Ya sabes que te quiero. Igual que Don Siseos. Y ninguno de los dos queremos perderte.

—Buenas noches —le digo, y cuando me da un beso en la mejilla magullada, le doy un abrazo breve y enérgico.

Una vez que se ha ido, agarro mis animales de peluche y los siento a mi lado, sobre la alfombra. Antaño eran un recordatorio de que hubo una época anterior a Faerieland, cuando las cosas eran normales. Antaño me servían de consuelo. Les echo un último vistazo y después, uno por uno, los voy arrojando al fuego.

Ya no soy una niña, y no necesito consuelo.




Una vez terminado, coloco en fila y frente a mí unos relucientes viales de cristal.

El mitridatismo, que así se llama, es un proceso que consiste en ingerir un poco de veneno para protegerse frente a una dosis completa. Empecé hace un año; es otra forma que tengo de corregir mis defectos.

Sigo padeciendo efectos secundarios. Mis ojos despiden un brillo excesivo. Las medialunas de mis uñas se han vuelto azuladas, como si mi sangre no consiguiera suficiente oxígeno. Y cuando duermo… tengo sueños demasiado vívidos y extraños.

Una gota del líquido carmesí de la seta lepiota, que provoca una parálisis potencialmente letal. Un pétalo de dulcemuerte, que puede provocar un sueño que dura cien años. Una tajada de baya espectral, que acelera la sangre e induce una especie de furor antes de parar el corazón. Y una semilla de manzana del éxtasis —el fruto feérico—, que empantana las mentes de los mortales.

Siento un mareo y unas ligeras náuseas cuando el veneno entra en contacto con mi sangre, pero me sentiría aún peor si me saltara una dosis. Mi cuerpo se ha acostumbrado y ahora ansía aquello que debería denostar.

Una metáfora que también se aplica a otras cuestiones.

Me arrastro hasta el sofá y me tiendo en él. Mientras tanto, las palabras de Balekin resuenan en mi cabeza: «He oído que, para los mortales, la sensación de enamorarse se parece mucho a la de tener miedo. Se os acelera el corazón. Se os agudizan los sentidos. Os da vueltas la cabeza, puede que incluso os mareéis. ¿Es cierto?».

No sé si me quedo dormida, pero aun así sueño.





Me estoy revolviendo entre una maraña de sábanas, papeles y pergaminos sobre la alfombra, delante de la chimenea, cuando Fantasma me despierta. Tengo los dedos manchados de tinta y cera. Miro a mi alrededor, intentando recordar cuándo me levanté, qué estaba escribiendo y a quién.

Cucaracha se encuentra ante el panel abierto del pasadizo secreto que conduce a mis aposentos, observándome con sus ojos inhumanos y reflectantes.

Tengo la piel fría y sudada. El corazón acelerado.

Aún noto el regusto del veneno, amargo y empalagoso, en la lengua.

—Ha vuelto a las andadas —dice Fantasma.

No hace falta preguntarle a quién se refiere. Puede que haya engañado a Cardan para que lleve la corona, pero aún no he aprendido el truco para hacer que se comporte con la dignidad propia de un rey.

Mientras yo estaba fuera recabando información, él estaba con Locke. Ya sabía yo que habría problemas.

Me restriego la cara con la base encallecida de la mano.

—Ya voy —digo.

Vestida aún con la ropa de la noche anterior, me quito la chaqueta y confío en que todo salga bien. Ya en mi dormitorio, me recojo el pelo, lo anudo con una tira de cuero y cubro la maraña con un gorro de terciopelo. Cucaracha frunce el ceño al verme.

—Vas hecha un adefesio. Su majestad no puede dejarse ver con una senescal que parece que acaba de levantarse de la cama.

—Val Moren se tiró una década entera con ramitas en el pelo —le recuerdo, mientras saco unas hojas de menta parcialmente secas de mi armario y las mordisqueo para refrescarme el aliento. El senescal del anterior rey supremo era mortal, igual que yo, estaba obsesionado con una profecía descabellada y en general se consideraba que estaba loco—. Probablemente las mismas ramitas.

—Val Moren es un poeta —replica Cucaracha—. A ellos no se les aplican las mismas reglas.

Le ignoro y sigo a Fantasma hasta el pasadizo secreto que conduce al corazón del palacio, deteniéndome tan solo para comprobar que mis cuchillos siguen alojados entre los pliegues de mi ropa. Las pisadas de Fantasma son tan silenciosas que, cuando no hay suficiente luz para mis ojos humanos, es como si estuviera completamente sola.

Cucaracha no nos sigue. Se marcha en dirección contraria con un gruñido.

—¿Adónde vamos? —pregunto hacia la oscuridad.

—A sus aposentos —me dice Fantasma cuando emergemos a un salón, un piso por debajo del dormitorio de Cardan—. Se ha producido cierto altercado.

Me cuesta imaginar en qué apuro se habrá metido el rey supremo en sus propios aposentos, pero no tardo demasiado en descubrirlo. Cuando llegamos, veo a Cardan descansando entre los restos de su mobiliario. Cortinas arrancadas de sus barras, marcos de cuadros resquebrajados, lienzos agujereados a patadas, muebles rotos. Hay un pequeño fuego encendido en un rincón, la estancia apesta a humo y a vino derramado.

Cardan no está solo. En un sofá cercano están Locke y dos hermosos feéricos —un chico y una chica—, uno con cuernos de carnero, el otro con unas orejas largas con unas puntas peludas, como las de un búho. Todos se encuentran en un estado avanzado de ebriedad y desnudez. Contemplan cómo arde la habitación con una especie de fascinación siniestra.

Los sirvientes están acobardados en el pasillo, sin saber si deberían ponerse a limpiar, exponiéndose a la ira del rey. Incluso los guardias parecen intimidados. Se encuentran rezagados en el pasillo, al otro lado de las inmensas puertas —una de las cuales está colgando de sus goznes—, listos para proteger al rey supremo de cualquier amenaza que no sea él mismo.

—Carda… —Entonces recuerdo con quién estoy hablando y hago una reverencia—. Su majestad infernal.

Cardan se da la vuelta y, por un instante, parece atravesarme con la mirada, como si no supiera quién soy. Tiene la boca teñida de rojo y las pupilas dilatadas por la embriaguez. Entonces esboza una sonrisa desdeñosa que conozco de sobra.

—Tú.

—Sí —respondo—. Yo.

Me hace señas con una bota de vino.

—Echa un trago.

Lleva puesta una camisa de lino con mangas acampanadas, abierta de par en par. Va descalzo. Supongo que debería alegrarme de que lleve pantalones.

—No tolero bien el alcohol, mi señor —replico, sin faltar a la verdad, achicando los ojos a modo de advertencia.

—¿Acaso no soy tu rey? —inquiere, instándome a contradecirle, a rechazarle.

Obediente, porque estamos delante de más gente, agarro la bota, la acerco a mis labios cerrados y finjo dar un largo trago.

Es obvio que no se lo ha creído, pero no insiste.

—Los demás podéis marcharos. —Señalo a los feéricos que están en el sofá, incluido Locke—. Tú. Muévete. Ya.

Los dos feéricos a los que no conozco se giran hacia Cardan con gesto suplicante, pero él los ignora y no me contradice. Al cabo de un buen rato, se separan a regañadientes y se marchan por la puerta rota.

Locke tarda más tiempo en levantarse. Me sonríe mientras se aleja. Es una sonrisa insinuante que no puedo creer que antaño me resultara encantadora. Me mira como si compartiéramos secretos, aunque no es cierto. No compartimos nada.

Pienso en Taryn, que estaba esperando en mis aposentos mientras comenzaba este jolgorio. Me pregunto si escucharía algo. Me pregunto si estará acostumbrada a quedarse despierta hasta tarde con Locke, viendo arder cosas.

Fantasma menea su cabeza pajiza hacia mí, con un brillo irónico en la mirada. Trabaja en las caballerizas del palacio. Para los caballeros del pasillo y cualquier otra persona que pudiera estar presente, es solo un miembro más de la guardia personal del rey supremo.

—Me aseguraré de que nadie se mueva de su sitio —dice, para después salir por la puerta y lanzar lo que parecen órdenes a los demás caballeros.

—¿Y bien? —inquiero, mirando a mi alrededor.

Cardan se encoge de hombros, sentado en el recién despejado sofá. Extrae una porción del relleno fabricado con crin de caballo que asoma a través del tejido desgarrado. Sus movimientos son lánguidos. Parece peligroso posar la mirada sobre él durante mucho rato, como si su carácter libertino fuera contagioso.

—Había más invitados —dice, como si eso fuera una explicación—. Se marcharon.

—No me imagino por qué —replico, con toda la sequedad posible.

—Me contaron una historia —dice Cardan—. ¿Te apetece oírla? Érase una vez una chica humana que fue secuestrada por las hadas y, debido a eso, juró destruirlas.

—Vaya —digo—. Es un ejemplo claro de lo pésimo que eres como gobernante si crees que tu reinado es capaz de destruir Faerie.

Aun así, sus palabras me inquietan. No quiero que nadie analice mis motivos. Prefiero que no me consideren influyente. Prefiero pasar desapercibida.

Fantasma regresa del pasillo y apoya la puerta sobre el marco, cerrándola todo lo posible. Una sombra surca sus ojos color avellana. Vuelvo a darme la vuelta hacia Cardan.

—Esa historia no es el motivo por el que me han pedido que viniera. ¿Qué ha pasado?

—Esto —responde, y se dirige a trompicones hacia la habitación que tiene una cama. Allí, incrustadas en la superficie astillada del cabecero, hay dos flechas negras.

—¿Estás enfadado porque uno de tus invitados disparó a tu cama? —aventuro.

Cardan se echa a reír.

—No estaban apuntando a la cama. —Se aparta la camisa y veo un agujero en el tejido y una franja de piel en carne viva en su costado.

Se me entrecorta el aliento.

—¿Quién ha sido? —inquiere Fantasma. Y luego, mientras examina más detenidamente a Cardan, añade—: ¿Y por qué los guardias de ahí fuera no están más nerviosos? No se comportan como si hubieran fracasado al prevenir un intento de asesinato.

Cardan se encoge de hombros.

—Creo que los guardias piensan que fui yo el que estaba apuntando a mis invitados.

Avanzo un paso y detecto unas gotas de sangre en una de las almohadas. También hay desperdigadas unas cuantas flores blancas, que parecen brotar de la tela.

—¿Alguien más salió herido?

Cardan asiente.

—La chica se llevó un flechazo en la puerta, después se puso a chillar y a decir cosas sin sentido. Así que no es de extrañar que piensen que yo le disparé, puesto que no había nadie más por aquí. El verdadero agresor atravesó las paredes. —Nos mira con los ojos entornados y la cabeza ladeada, con un fulminante gesto acusador—. Al parecer hay una especie de pasadizo secreto.

El palacio de Elfhame está construido en una colina, donde los viejos aposentos del rey supremo Eldred se encuentran situados en el centro, con muros cubiertos de raíces y enredaderas. La corte dio por hecho que Cardan ocuparía esos aposentos, pero él se mudó lo más lejos posible de ellos, a la cumbre de la colina, donde hay unos paneles de cristal incrustados en la tierra a modo de ventanas. Antes de su coronación, habían pertenecido al miembro menos favorecido de la estirpe real. Ahora los residentes del palacio se apresuran a reubicarse para poder estar más cerca del nuevo rey supremo. Mientras tanto, los aposentos de Eldred —abandonados y demasiado majestuosos como para que alguien más pueda reclamarlos— permanecen vacíos.

Solo conozco unas pocas maneras de acceder a los aposentos de Cardan: una enorme y gruesa ventana hechizada para que sea irrompible, unas dobles puertas y, por lo visto, un pasadizo secreto.

—No aparece en el mapa de túneles que tenemos nosotros —le digo.

—Ya —replica. No sé si termina de creerme.

—¿Viste al que te disparó? ¿Y por qué no les contaste a los guardias lo que pasó en realidad? —inquiero.

Cardan me mira con cara de fastidio.

—Vi un borrón negro. Y en cuanto a lo de corregir a los guardias, os estaba protegiendo a la Corte de las Sombras y a ti. ¡Pensé que no os gustaría que la guardia real al completo conociera vuestros pasadizos!

No tengo respuesta para eso. Lo más inquietante de Cardan es lo bien que se le da hacerse el tonto para disimular su astucia.

Enfrente de la cama hay un armario empotrado que abarca toda la pared. Tiene un reloj pintado en el frente, con constelaciones en vez de números. Las manecillas del reloj apuntan hacia una configuración de estrellas que profetiza la llegada de un amante especialmente fogoso.

Por dentro, parece un simple vestidor abarrotado con la ropa de Cardan. Saco las prendas y las dejo caer al suelo, formando una pila de terciopelo, puños, satén y cuero. Desde la cama, Cardan lanza un bufido burlón, como si se sintiera consternado.

Pego la oreja al respaldo de madera, atenta a un posible silbido del viento, mientras palpo la superficie en busca de una corriente de aire. Fantasma hace lo propio por el otro lado. Sus dedos encuentran un resorte que abre una puertecita.

Aunque sabía que el palacio estaba repleto de pasadizos, jamás me habría imaginado que hubiera uno en el dormitorio de Cardan. Aun así… debería haber examinado hasta el último centímetro de pared. Como mínimo, podría haberle pedido a uno de los espías que lo hiciera. Pero lo dejé correr, porque no quería quedarme a solas con Cardan.

—Quédate con el rey —le digo a Fantasma, y, tras coger una vela, me adentro en la oscuridad que se extiende al otro lado de la pared para volver a evitar quedarme a solas con él.

El túnel está en penumbra, iluminado por una serie de manos doradas que sostienen unas antorchas que relucen con una llamarada verde que no despide humo. El suelo de piedra está cubierto por una alfombra andrajosa, un detalle decorativo un tanto extraño para un pasadizo secreto.

Al cabo de unos pocos metros, encuentro la ballesta. No es el artilugio compacto que utilizo yo. Es inmensa, más de la mitad de mi tamaño, y es obvio que la han traído a rastras. La alfombra está arrugada en la dirección desde la que la desplazaron.

Quien disparo a Cardan, lo hizo desde aquí.

Salto por encima de la ballesta y sigo avanzando. Cabría esperar que un pasadizo como este tuviera muchas ramificaciones, pero solo tiene una. Desciende de vez en cuando, como si fuera una rampa, y gira sobre sí mismo, pero avanza en una única dirección: hacia el frente. Sigo caminando, cada vez más rápido, mientras protejo la llama de la vela con la mano para que no se apague.

Entonces llego hasta un aparatoso bloque de madera tallado con el emblema real, el mismo que aparece en el anillo de Cardan.

Lo empujo y el bloque cede, claramente sobre un raíl. Hay una estantería al otro lado.

Hasta ahora, solo había escuchado rumores sobre la majestuosidad de los aposentos del rey supremo Eldred en el corazón de este palacio, justo por encima del burgo, donde las enormes ramas del trono culebrean por las paredes. Aunque no los había visto nunca, las descripciones que he oído sobre ellos me confirman que no puedo estar en otra parte.

Camino a través de las inmensas y cavernosas estancias que conforman los aposentos de Eldred, con la vela en una mano y un puñal en la otra.

Y allí, sentada sobre la cama del rey supremo, con el rostro surcado de lágrimas, aparece Nicasia.

Nicasia, hija de Orlagh, princesa del Inframar, criada en la corte del rey supremo como parte del tratado de paz que su madre y Eldred firmaron hace décadas. Hace tiempo formó parte del cuarteto compuesto por Cardan y sus amigos más íntimos y nefastos. También fue su amante, hasta que le traicionó para irse con Locke. No he vuelto a verlos juntos tan a menudo desde que Cardan accedió al trono, pero no me parece que ignorarla sea una ofensa tan grave como para matarlo.

¿Será esto lo que insinuó Balekin sobre el Inframar? ¿Esta es la forma con la que pensaban acabar con Cardan?

—¿Tú? —exclamo—. ¿Tú has disparado a Cardan?

—¡No se lo digas! —Me lanza una mirada furiosa mientras se seca las lágrimas—. Y aparta ese cuchillo.

Nicasia va envuelta en un bata bordada con un intrincado diseño de figuras de fénix. Tres pendientes relucen a lo largo de sus lóbulos, extendiéndose por sus orejas hasta alcanzar sus puntas azuladas y palmeadas. Se le ha oscurecido el pelo desde la última vez que la vi. Antes reflejaba todos los colores del agua, pero ahora tiene un tono negro verdoso, como el del mar durante una tormenta.

—¿Estás mal de la cabeza? —grito—. Has intentado asesinar al rey supremo de Faerie.

—No —replica—. Lo juro. Solo pretendía matar a la chica con la que estaba.

Por un instante, su crueldad e indiferencia me dejan tan perpleja que me quedo sin palabras.

Le echo otro vistazo, me fijo en la bata a la que se aferra con tanto ahínco. Mientras sus palabras resuenan en mi cabeza, de repente comprendo lo que ha ocurrido.

—Se te ocurrió darle una sorpresa en sus aposentos.

—Sí —responde.

—Pero no estaba solo… —añado, confiando en que ella complete la historia.

—Cuando vi la ballesta en la pared, me pareció que no resultaría tan difícil apuntar con ella —dice, olvidándose de la parte en la que la arrastró por el pasillo, pese a que es un artilugio tan aparatoso que no debió de resultarle nada fácil. Me pregunto hasta qué punto estaría enfadada, hasta qué punto la rabia le nubló la mente.

Aunque es posible que lo hubiera planeado con una frialdad absoluta.

—Supongo que sabes que es un acto de traición —digo, alzando la voz. Estoy temblando. Lo noto. Es la consecuencia de asimilar que alguien ha intentado asesinar a Cardan, de comprender que podría haber muerto—. Te ejecutarán. Te obligarán a bailar hasta la muerte con unos zapatos de hierro al rojo vivo. Tendrás suerte si te encierran en la Torre del Olvido.

—Soy una princesa del Inframar —dice con altivez, pero percibo una conmoción en su rostro cuando asimila mis palabras—. Las leyes de la superficie no me afectan. Además, ya te he dicho que no le estaba apuntando a él.

Ahora comprendo la peor parte de su actitud en la escuela: Nicasia pensaba que nunca podría ser castigada.

—¿Habías utilizado alguna vez una ballesta? —le pregunto—. Has puesto su vida en peligro. Podría haber muerto. ¿Me oyes, so idiota? Cardan podría haber muerto.

—Ya te he dicho que… —comienza a replicar.

—Sí, sí, el acuerdo entre la tierra y el mar —le interrumpo, todavía furiosa—. Pero resulta que he oído que tu madre planea romper ese tratado. Alegará que lo firmó con el rey supremo Eldred y no con Cardan. Ya no tiene vigencia. Eso significa que no podrá protegerte.

Al oír eso, Nicasia se queda boquiabierta, asustada por primera vez.

—¿Cómo sabes eso?

«No estaba segura —pienso—. Ahora sí».

—Vamos a suponer que lo sé todo —replico—. Absolutamente todo. Siempre. Pero, aun así, estoy dispuesta a hacer un trato contigo. Les diré a Cardan, a los guardias y a todos los demás que el agresor se escapó, siempre que hagas algo por mí.

—Vale —responde antes incluso de que haya expuesto las condiciones, evidenciando su desesperación.

Por un instante, experimento un deseo de venganza. En una ocasión, se rio al verme humillada. Ahora podría regodearme al verla a ella.

Esto es lo que se siente al tener poder, un poder puro y sin restricciones. Es genial.

—Dime qué está planeando Orlagh —digo, apartando esos pensamientos.

—Creía que ya lo sabías todo —responde, enfurruñada, mientras se levanta de la cama, sujetando la bata con una mano. Me imagino que lleva poca cosa debajo, por no decir nada.

«Tendrías que haber entrado —me gustaría decirle, de repente—. Tendrías que haberle dicho que se olvidara de la otra chica. A lo mejor lo habría hecho».

—¿Quieres comprar mi silencio o no? —inquiero, y me siento en el borde de los cojines—. No tenemos mucho tiempo antes de que alguien venga a buscarme. Si te ven, será demasiado tarde para negarlo todo.

Nicasia lanza un largo suspiro de resignación.

—Mi madre dice que es un rey joven y pusilánime, que se deja influenciar demasiado por los demás. —Al decir eso, me fulmina con la mirada—. Ella cree que Cardan cederá a sus exigencias. Si lo hace, no cambiará nada.

—¿Y si no lo hace…?

Nicasia alza la cabeza con arrogancia.

—Entonces la tregua entre el mar y la tierra habrá terminado, y la superficie se llevará la peor parte. Las islas de Elfhame se hundirán bajo las olas.

—¿Y luego qué? —pregunto—. No creo que Cardan se acabe enrollando contigo si tu madre inunda su reino.

—Tú no lo entiendes. Mi madre quiere que nos casemos. Quiere que yo sea reina.

Me quedo tan sorprendida que, por un instante, no hago más que mirarla fijamente, conteniendo una carcajada nerviosa y frenética.

—Pero si le acabas de disparar.

Nicasia me lanza una mirada de puro odio.

—Y tú asesinaste a Valerian, ¿no es así? Le vi la noche que desapareció. Estaba hablando contigo, acerca de devolvértela por haberle apuñalado. La gente dice que murió durante la coronación, pero yo no lo creo.

El cuerpo de Valerian está enterrado en la finca de Madoc, junto a los establos, y si lo hubieran exhumado ya me habría enterado. Nicasia está haciendo conjeturas.

Pero, aunque así fuera, ¿qué más da? Soy la mano derecha del rey supremo de Faerie. Él puede perdonar todos mis crímenes.

Aun así, el recuerdo de lo ocurrido trae de vuelta el horror de pelear por salvar el pellejo. Y me recuerda que Nicasia se habría alegrado con mi muerte, igual que disfrutaba con todo lo que Valerian me hacía o intentaba hacerme. Igual que disfrutaba con el odio que me mostraba Cardan.

—La próxima vez que me sorprendas cometiendo un acto de traición, podrás obligarme a contarte mis secretos —replico—. Pero ahora mismo prefiero escuchar lo que tu madre pretende hacer con Balekin.

—Nada —dice Nicasia.

—Y yo que pensaba que los feéricos no pueden mentir —replico.

Nicasia se pasea por la habitación. Lleva puestas unas pantuflas, cuyas puntas se curvan hacia arriba como si fueran helechos.

—¡No miento! Mi madre cree que Cardan aceptará sus condiciones. Solo está adulando a Balekin. Le hace creer que es importante, aunque no lo es. Ni lo será.

Intento encajar las piezas del puzle.

—Porque Balekin es su plan b si Cardan se niega a casarse contigo.

Ante todo, en mi mente cobra forma la certeza de que no puedo permitir que Cardan despose a Nicasia. Si lo hiciera, sería imposible expulsarlos a los dos del trono. Oak no gobernaría nunca.

Yo lo perdería todo.

Nicasia achica los ojos.

—Ya te he contado bastante.

—Te crees que seguimos jugando a una especie de juego —le digo.

—Todo es un juego, Jude —replica—. Ya lo sabes. Y ahora te toca mover ficha a ti. —Dicho esto, se dirige hacia las inmensas puertas y abre una de ellas—. Adelante, cuéntaselo si quieres, pero deberías saber una cosa: alguien de tu confianza te ha traicionado.

Oigo el aleteo de sus pantuflas sobre el suelo de piedra y después el golpetazo de la puerta al cerrarse con brusquedad tras ella.

Deshago el camino por el pasadizo, sumida en un batiburrillo mental. Cardan me está esperando en la estancia principal de sus aposentos, recostado en un sofá con un gesto malicioso. Aún lleva la camisa abierta, pero tiene la herida cubierta por un vendaje reciente. Está haciendo bailar una moneda entre sus dedos, un truco propio de Cucaracha.

«Alguien de tu confianza te ha traicionado».

Fantasma se asoma desde los restos de la puerta, donde se encuentra junto a la guardia personal del rey supremo. Cruzamos una mirada.

—¿Y bien? —pregunta Cardan—. ¿Has descubierto quién ha intentado asesinarme?

Niego con la cabeza, incapaz de mentir en voz alta. Contemplo el estado ruinoso de los aposentos. Va a ser imposible fortificarlos, y además apestan a humo.

—Vamos —digo, mientras cojo a Cardan del brazo y tiro de él para que se ponga en pie a duras penas—. No puedes dormir aquí.

—¿Qué te ha pasado en la mejilla? —me pregunta, examinándome con ojos vidriosos.

Lo tengo tan cerca que puedo ver sus largas pestañas, el anillo dorado que rodea sus iris de color negro.

—Nada —respondo.

Deja que lo conduzca hasta el pasillo. Cuando salimos, Fantasma y los demás guardias se ponen firmes de inmediato.

—Descansen —dice Cardan, ondeando una mano—. Mi senescal me va a llevar a otra parte. No os preocupéis. Seguro que tiene un plan.

Sus guardias se ponen en fila por detrás de nosotros, algunos con el ceño fruncido, mientras lo llevo medio a rastras hasta mis aposentos. No me hace gracia traerlo aquí, pero no creo que vaya a estar seguro en ninguna otra parte.

Cardan mira en derredor con asombro, mientras contempla el desorden.

—¿Dónde…? ¿De verdad duermes aquí? Quizá tú también deberías prenderles fuego a tus aposentos.

—Tal vez —replico mientras lo conduzco hasta mi cama.

Resulta raro apoyarle una mano en la espalda. Percibo la calidez de su piel a través de la fina superficie de lino de su camisa, noto como sus músculos se flexionan.

No me parece apropiado tocarle como si fuera una persona corriente, como si no fuera el rey supremo y mi enemigo al mismo tiempo.

No necesita que lo anime para tirarse sobre mi colchón, con la cabeza sobre la almohada, mientras su cabello negro se despliega como el plumaje de un cuervo. Me mira con unos ojos del mismo color que la noche, terribles y hermosos al mismo tiempo.

—Por un momento —dice—, me pregunté si no habrías sido tú la que me disparó.

Pongo una mueca.

—¿Y qué te hizo pensar lo contrario?

Cardan sonríe.

—Que erraron el tiro.

Ya he dicho que Cardan tiene la capacidad de hacer cumplidos que escuecen. De igual modo que puede decir algo que debería resultar ofensivo, expresado de tal forma que parece justificado.

Nuestras miradas se cruzan y se produce una chispa peligrosa.

«Cardan te odia», me recuerdo.

—Bésame otra vez —dice, ebrio y turbado—. Bésame hasta que me harte.

Sus palabras son como una patada en el estómago. Cardan se echa a reír al ver mi cara, un sonido cargado de mofa. No sé de quién de los dos se estará riendo.

«Cardan te odia. Aunque te desee, te odia».

«Puede que eso incremente su odio».

Al cabo de un instante, se le cierran los ojos. Su voz se convierte en un susurro, como si estuviera hablando solo:

—Si tú eres la enfermedad, supongo que no puedes ser la cura al mismo tiempo.

Entonces se queda dormido, pero yo voy a ser incapaz de pegar ojo.





Me paso la mañana entera sentada en una silla apoyada sobre la pared de mi dormitorio. Tengo la espada de mi padre sobre el regazo. No paro de pensar en lo que dijo Nicasia.

«Tú no lo entiendes. Mi madre quiere que nos casemos. Quiere que yo sea reina».

Aunque estoy en el otro extremo del cuarto, mi mirada se posa a menudo sobre la cama y sobre el chico que está durmiendo en ella.

Tiene los ojos cerrados, la melena oscura desparramada sobre mi almohada. Al principio, parecía incapaz de encontrar una postura cómoda; no paró de enredarse los pies entre las sábanas, pero al final su respiración se serenó, al igual que sus movimientos. Sigue siendo disparatadamente hermoso, con unos labios suaves, entreabiertos, y unas pestañas tan largas que cuando cierra los ojos le rozan las mejillas.

Estoy acostumbrada a la belleza de Cardan, pero no a sus vulnerabilidades. Resulta incómodo verlo sin sus llamativas prendas, sin su lengua viperina y su mirada maliciosa a modo de coraza.

Durante los cinco meses que dura nuestro acuerdo, he intentado ponerme en lo peor. He establecido órdenes para impedir que me eluda, me ignore o se deshaga de mí. He concebido leyes para impedir que engañen a los mortales para someterlos a años de servidumbre y he conseguido que Cardan las promulgue.

Pero nunca parece suficiente.

Recuerdo un paseo que di con él por los jardines del palacio al anochecer. Cardan tenía las manos entrelazadas sobre la espalda y se detuvo a oler una rosa blanca e inmensa, salpicada de puntitos carmesíes, justo antes de que la flor lanzara una dentellada al aire. Cardan sonrió y me miró con una ceja enarcada, pero yo estaba demasiado nerviosa como para devolverle el gesto.

Por detrás de él, en los límites del jardín, había media docena de caballeros, su guardia personal, a la que había sido asignado Fantasma.

Aunque había repasado mil veces lo que le iba a decir, me sentí como una tonta que cree que podrá conjurar una docena de deseos a partir de uno solo si logra formularlo como es debido.

—Voy a darte órdenes.

—Oh, ¿de veras? —dijo él. Sobre su frente, la corona dorada de Elfhame reflejó la luz del atardecer.

Tomé aliento y dije:

—Jamás me negarás audiencia ni darás orden de que me separen de tu lado.

—¿Y por qué querría separarte de mi lado? —preguntó con sequedad.

—Y tampoco ordenarás nunca que me arresten, me ejecuten o me encarcelen —prosigo, ignorándole—. Ni que me hagan daño. Ni siquiera que me detengan.

—¿Y si le pido a un sirviente que te meta un guijarro bien afilado en la bota? —inquirió, con un gesto de seriedad que me molestó.

Le respondí con una mirada que confié en que resultara feroz.

—Tampoco me levantarás nunca la mano.

Cardan hizo un gesto desdeñoso, como si todo eso fuera evidente, como si el hecho de darle esas órdenes en voz alta fuera una muestra de mala fe.

Pero yo proseguí, empecinada:

—Todos los días, al caer la tarde, me recibirás en tus aposentos antes de cenar y hablaremos de las decisiones de gobierno. Y si descubres que alguien quiere hacerme daño, tendrás que avisarme. Intentarás impedir que alguien deduzca que te controlo. Y por mucho que detestes ser el rey supremo, tendrás que fingir lo contrario.

—No —dice, mirando al cielo.

Me doy la vuelta hacia él, sorprendida.

—¿Qué quieres decir?

—No detesto ser el rey supremo —dice—. No siempre. Pensaba que lo detestaría, pero no es así. Interprétalo como quieras.

Me inquieté, porque todo resultaba mucho más fácil cuando sabía que Cardan no solo no estaba cualificado para gobernar, sino que además pasaba de hacerlo. Cada vez que veía la corona sanguínea que portaba, tenía que hacer como si no existiera.

Tampoco ayudaba la rapidez con la que había convencido a la nobleza de su derecho a gobernarlos. Su fama de cruel provocó que temieran enojarlo. Y su carácter libertino les hizo creer que podrían disfrutar de placeres ilimitados.

—Entonces —dije—, ¿te gusta ser mi peón?

Cardan sonrió con indolencia, como si no le molestara mi provocación.

—Por ahora.

—Pues aún te queda mucho —repliqué, aguzando la mirada.

—Conseguiste un año y un día —me dijo—. Pero en ese tiempo pueden pasar muchas cosas. Dame todas las órdenes que quieras, pero nunca podrás pensar en todo.

Antaño, era yo la que le turbaba, la que prendía su rabia y minaba su autocontrol, pero por alguna razón las tornas habían cambiado. Desde entonces, he percibido a diario el declive.

Mientras lo contemplo ahora, tendido sobre mi cama, me siento más turbada que nunca.




Cucaracha entra en la habitación a última hora de la tarde. Sobre el hombro lleva a un búho con cara de gnomo, que antaño fuera mensajero de Dain, transferido ahora a la Corte de las Sombras. Le llaman Bocadragón, aunque no sé si será un nombre en clave.

—El Consejo Orgánico quiere verte —dice Cucaracha. Bocadragón parpadea con gesto soñoliento.

Suelto un quejido.

—En realidad quieren verlo a él —añade, señalando hacia la cama—, pero es a ti a quien pueden dar órdenes.

Me levanto y me estiro. Después, tras abrocharme la vaina de la espada, me dirijo al salón de mis aposentos para no despertar a Cardan.

—¿Cómo está Fantasma?

—Descansando —responde Cucaracha—. Corren muchos rumores sobre lo de anoche, incluso entre los guardias del palacio. Los chismorreos empiezan a tejer sus telarañas.

Me voy al cuarto de baño para asearme. Hago gárgaras c