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Aquí empieza todo

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Todo el mundo cree conocer a Libby, aunque nadie se ha parado a pensar cómo es ella realmente, más allá de su aspecto y de su peso. También todos creen conocer a Jack, ese muchacho encantador que oculta un profundo secreto. Cuando una cruel jugarreta los enfrenta, los dos van a descubrir que la soledad compartida es menos solitaria. Son dos adolescentes rotos: de corazón a corazón.
Categorías:
Año:
2016
Edición:
Primera
Editorial:
Grupo Planeta, 2016
Idioma:
spanish
Páginas:
391
ISBN 10:
8408164155
ISBN 13:
9788408164159
Archivo:
EPUB, 395 KB
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3 comments
 
Anónimo
Muchos deux ex machina, la chica no evoluciona como personaje y se hace cansina, el chico es un buen personaje y sus relaciones están bien pero la chica le jode la evolución
14 May 2021 (11:24) 
anonimo
la verdad no vale la pena
31 August 2021 (05:19) 
lauren
Me parece un libro genial la verdad
19 November 2021 (08:25) 

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1

L’une rêve, l’autre pas

Year:
1991
Language:
french
File:
EPUB, 329 KB
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2

O espião de Deus

Year:
2006
Language:
portuguese
File:
EPUB, 673 KB
0 / 0
Índice



Portada

Aquí empieza todo

Dedicatoria

Cita

18 horas antes

Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Seis años antes

Libby. 10 años



Ahora

Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Al día siguiente

Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Tres años antes

Jack. 14 años



Libby. 13 años



Jack. 14 años



Libby. 13 años



Jack. 14 años



Libby. 13 años



Ahora

Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Sábado

Jack



Libby



Jack



Lunes

Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Una semana más tarde

Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Los ocho días siguientes

Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Sábado

Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



La semana siguiente

Libby



Jack



Libby



Al día siguiente

Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Cuatro días más tarde

Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Libby



Jack



Agradecimientos

Sobre la autora

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Para

Kerry

Louis

Angelo

y Ed,

que me ayudan a sostener mi universo.



Y para todos mis lectores, dondequiera que se encuentren,

porqu; e son el mundo para mí





«—Atticus, era un chico bueno de veras.





—La mayoría de las personas lo son, Scout, cuando por fin las ves.»





HARPER LEE, Matar a un ruiseñor





Yo no soy un cerdo, pero estoy a punto de hacer una cerdada. Y tú me vas a odiar, y no serás la única que me odie, pero de todas formas voy a hacerla, para protegerte y para protegerme yo también.

Sé que suena a excusa, pero tengo una cosa que se llama prosopagnosia. Eso quiere decir que no reconozco las caras. Ni siquiera las caras de la gente a la que quiero. Ni la de mi madre. Ni la mía propia.

Imagínate que entras en una habitación llena de desconocidos, personas que no significan nada para ti porque no conoces ni sus nombres ni sus historias. Después, imagínate que vas al instituto o al trabajo o, peor aún, a tu propia casa, donde tendrías que conocer a todo el mundo, solo que también allí todos te parecen extraños.

Así es mi vida: entro en una habitación y no reconozco a nadie. Me pasa en cualquier habitación, en cualquier lugar. Me guío por los andares de la gente. Por los gestos. Por la voz. Por el pelo. Me aprendo a las personas por identificadores. Me digo: «Dusty tiene orejas de soplillo y un peinado afro castaño rojizo», y memorizo ese dato porque me sirve para encontrar a mi hermano pequeño. Pero no soy capaz de evocar una imagen de él, con sus enormes orejas y su peinado afro, a no ser que lo tenga justo delante. Eso de recordar a la gente es para mí como un superpoder que, por lo visto, todo el mundo posee menos yo.

¿Que si me han hecho un diagnóstico oficial? No. Y no es solo porque creo que el doctor Blume, el pediatra del pueblo, no está cualificado para eso. No es solo porque en estos últimos años mis padres han tenido mierda de sobra que aguantar. No es solo porque vale más no ser diferente. Es porque, en el fondo, espero que esto no sea cierto. Que quizá sea algo que se pasa y se quita sin más. Por ahora, así es como me las arreglo:

Asiente o sonríe a todo el mundo.

Sé encantador.

Sé guay.

Sé alucinantemente divertido.

Sé el alma de la fiesta, pero no bebas. No te arriesgues a perder el control (cosa que ya te sucede bastante cuando vas sobrio).

Presta atención.

Haz todo lo que haya que hacer. No destaques. Cualquier cosa con tal de no convertirte en presa. Siempre es mejor cazar que ser cazado.

Con todo esto no pretendo excusarme por lo que estoy a punto de hacer. Pero tampoco está de más que lo tengas en cuenta. Esta es la única manera de evitar que mis amigos hagan algo mucho peor, y es la única manera de acabar con este estúpido juego. Solo quiero que sepas que no me gusta hacerle daño a nadie. No es por eso. Aunque eso es lo que está a punto de suceder.

Con mucho cariño,

JACK



P.D. Eres la única persona que conoce mi problema.





Prosopagnosia 1. f. Incapacidad para reconocer los rostros de las personas conocidas, por lo general causada por un daño cerebral. 2. f. Cuando todo el mundo es un desconocido.





18 HORAS ANTES





Si de mi mesilla de noche saliera un genio de la lámpara, le pediría estos tres deseos: que mi madre estuviera viva, que jamás me volviera a suceder nada malo ni triste, y que me aceptaran como miembro de las Damas del instituto Martin Van Buren, el mejor grupo de animadoras del área de los tres estados.

«Pero ¿qué pasa si las Damas no te aceptan?»

Son las 3.38, y a estas horas de la madrugada mi mente empieza a dar vueltas, salvaje y descontrolada, como hacía mi gato George cuando era pequeño. De pronto, ahí va mi cerebro, trepando por las cortinas. Ahí está, columpiándose en la estantería. Ahí está, con la pata metida en la pecera y la cabeza bajo el agua.

Me quedo tumbada en la cama, con la mirada perdida en la oscuridad. Mi mente se dedica a rebotar por todo el cuarto.

«¿Qué pasa si te vuelves a quedar atrapada? ¿Qué pasa si hay que derribar la puerta de la cafetería o la pared del baño para sacarte? ¿Y si tu padre se casa y luego se muere y tú te quedas con la nueva mujer y con los hermanastros? ¿Y si tú te mueres? ¿Y si el cielo no existe y no vuelves a ver a tu madre?»

Me digo a mí misma que tengo que dormir.

Cierro los ojos y me quedo muy quieta.

Muy quieta.

Por unos minutos.

Obligo a mi mente a tumbarse a mi lado y le digo: «Duerme, duerme, duerme».

«¿Y si llegas al instituto y te das cuenta de que las cosas han cambiado y los chicos son diferentes y, por mucho que lo intentes, jamás podrás estar a su altura?»

Abro los ojos.

Me llamo Libby Strout. Seguro que has oído hablar de mí. Seguro que has visto el vídeo donde me tienen que rescatar en mi propia casa. Según el último recuento, ya lo han visto 6.345.981 personas, así que no me extrañaría que tú fueras una de ellas. Hace tres años, yo era la Chica más Gorda de América. Llegué a pesar 296 kilos, así que tenía unos 226 kilos de sobrepeso. No siempre he sido gorda. Muy en resumen, te diré que mi madre se murió y yo engordé, aunque de algún modo todavía sigo así. Mi padre no tiene la culpa de nada.

Nos mudamos a otro barrio, en la otra punta de la ciudad, dos meses después de que me rescataran. Hoy en día puedo salir sola de casa. He bajado 136 kilos. El peso de dos personas juntas. Aún me faltan unos 86 kilos, pero eso ahora no me preocupa. Me gusta ser quien soy. Para empezar, ahora puedo correr. Y subirme a un coche. Y comprar ropa en el centro comercial en lugar de encargarla. Y puedo girar sobre mí misma. Quizá eso sea lo mejor de ahora comparado con aquel entonces, aparte de no pasarme el día temiendo algún fallo orgánico.

Mañana es mi primer día de clases desde que estudié el quinto curso. Mi nuevo título será el de Chica de Instituto. La verdad, suena mucho mejor que aquello de Chica Más Gorda de América. Pero no puedo evitarlo, estoy MUERTA DE MIEDO.

Me va a dar un ataque de pánico.





Todavía no ha sonado la alarma y ya me está llamando Caroline Lushamp, pero dejo que salte el contestador. Sea lo que sea, no puede ser bueno, y todo será por mi culpa.

Me llama tres veces y deja solo un mensaje. Estoy a punto de borrarlo sin escucharlo siquiera cuando me pregunto si se le habrá averiado el coche y necesita ayuda. Al fin y al cabo, llevo cuatro años saliendo de manera intermitente con ella. (Somos la típica pareja. Esa pareja que se pasa la vida saliendo y cortando y todo el mundo da por supuesto que acabaremos juntos para siempre.)

—«Jack, soy yo. Ya sé que nos estamos tomando un tiempo o lo que sea, pero es que se trata de mi prima. Mi PRIMA. ¡Como lo oyes, Jack, MI PRIMA! Si querías vengarte de mí por haber cortado contigo, entonces enhorabuena, cretino, lo has logrado. Si me ves hoy en clase o por los pasillos o en la cafetería O EN CUALQUIER OTRO LUGAR DEL PLANETA, no me hables. Mira, hazme un favor y vete al infierno.»

Tres minutos más tarde llama la prima. Al principio me parece que está llorando, pero después se oye a Caroline por detrás, y la prima empieza a gritar y Caroline grita también. Borro el mensaje.

Dos minutos más tarde, Dave Kaminski me manda un mensaje de texto para avisarme de que Reed Young quiere patearme la cara por haberme enrollado con su novia. Le contesto: «Te debo una». Y va en serio. Si me pongo a contar, Kam me ha ayudado a mí más veces de las que yo lo habré ayudado a él.

Todo este follón por una chica que, la verdad, se parecía tanto a Caroline Lushamp que la confundí con ella; por lo menos, al principio. Así que, aunque suene raro, Caroline debería tomárselo como un cumplido. Es como reconocer ante todo el mundo que quiero volver con ella, aunque cortó conmigo la primera semana de verano para poder salir con Zach Higgins.

Se me ocurre mandarle un mensaje para decírselo, pero en vez de eso apago el teléfono y cierro los ojos para comprobar si soy capaz de retroceder hasta el mes de julio. Mis únicas preocupaciones eran ir a trabajar, buscar cosas en el desguace municipal, desarrollar mis proyectos (alucinantes) en mi taller (flipante) y pasar el rato con mis hermanos. La vida sería mucho más fácil si fuera solo Jack + desguace + taller flipante + proyectos alucinantes.

«No tendrías que haber ido a esa fiesta. No tendrías que haberte tomado una copa. Sabes que no puedes confiarte. Huye del alcohol. Huye de las multitudes. Huye de la gente. Siempre acabas cabreando a todo el mundo.»





Son las 6.33 y estoy levantada, de pie delante del espejo. Pasé una racha, hace dos años y pico, en que no podía ni quería mirarme. Lo único que veía era la cara arrugada de Moses Hunt, gritando desde la otra punta del patio: «¡Nadie te querrá nunca porque eres una gorda!». Y las caras de todos los demás chicos de quinto cuando se empezaron a reír. «Hasta la luna taparás. Gordi Grasa, vete a casa, que si no el sol no pasa...»

Hoy en día, cuando me miro, suelo verme solo yo: el bonito vestido azul marino, las zapatillas, la media melena de un tono castaño que mi entrañable aunque algo chiflada abuela definió como «un color idéntico al de una vaca de las tierras altas». Y el reflejo de la enorme y sucia bola de algodón que es mi gato. Se llama George y me mira con sus sabios ojos dorados. Intento imaginar lo que podría decirme. Hace cuatro años le diagnosticaron una insuficiencia cardíaca y le dieron seis meses de vida. Pero yo lo conozco bien y sé que solo George decidirá cuándo ha llegado la hora de irse. Me mira parpadeando.

Ahora mismo creo que me diría que respire.

Así que respiro.

Ya soy una experta en esto de respirar.

Bajo la mirada hacia mis manos y veo que no me tiemblan, aunque tengo las uñas comidas hasta los huesos. Es raro, pero me encuentro bastante tranquila dadas las circunstancias. Ahora caigo: al final no me dio el ataque de pánico. Esto hay que celebrarlo, así que pongo uno de los viejos discos de mi madre y empiezo a bailar. Lo que más me gusta es bailar, y todo lo que pienso hacer en la vida es bailar. No voy a clases desde que tenía diez años, pero llevo el baile dentro y eso no me lo quita la falta de práctica.

Me digo para mis adentros: «A lo mejor este año puedes hacer una prueba para entrar en las Damas».

Mi cerebro sale disparado, trepa por la pared y se queda allí, temblando. «¿Y si no sale bien la cosa? ¿Y si te mueres antes de que te llegue a pasar nada bueno y maravilloso y alucinante?» Desde hace dos años y medio, mi única preocupación ha sido sobrevivir. Todas y cada una de las personas que hay en mi vida, y ahí me incluyo, han vivido pendientes de una sola cosa: «Tienes que mejorar». Y ya estoy mejor. «¿Y qué pasa si ahora se llevan un chasco, con todo el tiempo y la energía que me han dedicado?»

Bailo con más empeño; quiero dejar de pensar. Entonces mi padre aporrea la puerta. Asoma la cabeza.

—Ya sabes que me encanta escuchar una buena canción de Pat Benatar a primera hora de la mañana, pero ¿qué les parecerá a los vecinos?

Bajo un poquito el volumen, pero sigo moviéndome. Cuando termina la canción, busco un rotulador y me pinto un zapato. «Mientras vivas, siempre habrá algo esperándote; y aunque sea algo malo, y tú sepas que es malo, ¿qué le vas a hacer? No puedes dejar de vivir.» (Truman Capote, A sangre fría.) Luego cojo la barra de labios que me regaló mi abuela por mi cumpleaños, me acerco al espejo y me pinto los labios de rojo.





Oigo el agua de la ducha, y unas voces en el piso de abajo. Me tapo la cabeza con la almohada, pero es demasiado tarde: ya estoy despierto.

Enciendo el teléfono y envío unos mensajes de texto: primero a Caroline, luego a Kam, y por último a Reed Young. Lo que les cuento a todos es que iba muy borracho (una exageración) y que todo estaba muy oscuro (lo estaba), y que no me acuerdo de nada de lo que pasó porque no solo estaba borracho, sino también preocupado. «Andamos liados en casa con una mierda de la que no puedo hablar ahora mismo, así que si puedes tener un poco de paciencia conmigo y perdonarme desde el fondo de tu corazón, te estaré eternamente agradecido.» Lo de la mierda que nos está pasando en casa es del todo cierto.

A Caroline le mando unos piropos y le ruego que le pida disculpas a su prima por mí. Le digo también que no quiero escribir directamente a la prima porque ya he metido la pata y no quiero hacer nada que pueda empeorar las cosas entre Caroline y yo.

Aunque fue Caroline la que cortó conmigo, y aunque ahora mismo estamos otra vez tomándonos un descanso, y aunque no la veo desde el mes de junio, me limito a agachar las orejas y a humillarme por teléfono. Es el precio que hay que pagar por tener a todo el mundo contento.

Me arrastro por el pasillo hasta el baño. Lo que más necesito en este mundo es una larga ducha de agua caliente. En vez de eso, me sale un chorrito de agua templada seguido por un cañonazo de frío islandés. Sesenta segundos más tarde (porque no aguanto más), salgo, me seco y me coloco delante del espejo.

«Así que este soy yo.»

Es lo que pienso cada vez que veo mi reflejo en el espejo. No en plan «Maldita sea, este soy yo», sino más bien «Bueno. Vale. Vamos a ver qué tenemos aquí». Me acerco intentando juntar las piezas de mi rostro.

El tipo del espejo no tiene mala pinta: las mejillas marcadas, la mandíbula prominente, y la comisura de la boca curvada como si acabara de contar un chiste. Podría decirse que es más o menos atractivo. Su forma de inclinar la cabeza hacia atrás con los párpados entornados da a entender que está acostumbrado a mirar a todo el mundo por encima del hombro, como si fuera listo y, además, lo supiera. Luego me doy cuenta de que, en realidad, lo que parece es un imbécil. Menos por los ojos. Son demasiado serios y tiene ojeras como si no hubiera dormido. Lleva la misma camiseta de Supermán que he estado usando durante todo el verano.

¿Qué tiene que ver esta boca (la de mamá) con esta nariz (también la de mamá) y estos ojos (una mezcla de los de mamá y los de papá)? Mis cejas son más oscuras que el pelo, pero no tan oscuras como las de papá. La piel tiene un tono moreno intermedio, no moreno oscuro como la de mamá y tampoco blanco como la de papá.

La otra cosa que no cuadra aquí es el pelo. Un imponente afro leonino que tiene pinta de hacer lo que le da la maldita gana. Si el chico del espejo se parece en algo a mí, entonces sé que lo tiene todo bien calculado. Su melena es indomable, pero por algo se la ha dejado crecer. Para poder encontrarse a sí mismo.

La suma de estos rasgos tiene algo que permite a las personas encontrarse unas a otras en el mundo. Hay algo en esta combinación que los lleva a pensar: «Por ahí va Jack Masselin».

—¿Cuál es tu identificador? —le pregunto a mi reflejo, y me refiero al verdadero identificador, no al tremendo afro de león.

Me he puesto muy serio, pero de pronto oigo con claridad una risita y veo un borrón larguirucho y flaco que pasa zumbando a mi lado. Ese tiene que ser mi hermano Marcus.

—Me llamo Jack y soy muy guapo —canturrea, escaleras abajo.



Los cinco momentos más ridículos de mi vida

por Jack Masselin



1. La vez que mi madre me recogió en la escuela (después de cortarse el pelo) y, delante de todo el profesorado y la dirección, de los demás niños y los demás padres, la acusé de intentar secuestrarme.





2. La vez que eché un partido de fútbol en el parque Reynolds (se juega sin uniforme) y le pasé todos los balones al equipo contrario, con lo que logré en el parque una marca histórica como el debut más desastroso y humillante de todos los tiempos.





3. La vez que, después de haber ido al fisioterapeuta del instituto por una lesión en el hombro, me encontré con un hombre en el Walmart que me pareció el entrenador de béisbol y allí, en pleno supermercado, le dije: «Me vendría bien otro masaje», para después descubrir que en realidad se trataba del señor Temple, el jefe de mamá.





4. La vez que quise ligar con Jesselle Villegas y resultó ser la señorita Arbulata, una profe sustituta.





5. La vez que me enrollé con Caroline Lushamp y no era ella sino su prima.





No tengo carné, así que me lleva papá. Una de las muchas, muchas cosas que espero con ilusión este curso son las clases de conducir. Pienso que mi padre va a empezar a darme consejos profundamente sabios o me va a soltar una buena charla para animarme, pero se limita a decir:

—Esto lo tienes controlado, Libbs. Pasaré a buscarte cuando todo haya terminado.

Y su forma de decirlo suena inquietante. Parece la primera escena de una película de terror. Después me sonríe, con una sonrisa que parece sacada de un vídeo de técnicas de crianza. Es una sonrisa nerviosa, forzada. Se la devuelvo.

«¿Qué pasa si me quedo atascada detrás de una mesa? ¿Qué pasa si tengo que comer sola y nadie me dirige la palabra durante el resto del curso?»

Mi padre es un hombre alto, atractivo, y buena persona. Es inteligente; se dedica a la seguridad informática en una gran empresa de ordenadores. Es muy tierno. Lo pasó muy mal después de que me tuvieran que rescatar de casa. Aunque para mí fue horrible, creo que fue peor para él, sobre todo por las acusaciones de abandono y maltrato. La prensa no podía entender cómo me había dejado engordar tanto. No sabían que él me había llevado a un montón de médicos y que probamos un montón de dietas, todo eso en pleno duelo por la pérdida de su esposa. No veían la comida que yo escondía debajo de mi cama y en el fondo del armario para que él no la descubriera. No podían saber que, cuando me empeño en algo, tengo que salirme con la mía. Y me había empeñado en comer.

Al principio me negué a hablar con los periodistas. Pero llegó un punto en el que necesitaba enseñarle al mundo que estoy bien y que mi padre no era tan malo como lo pintaban. Demostrar que no se dedicaba a atiborrarme de dulces y tartas con la intención de mantenerme a su lado, dependiendo de él, como pasaba con las chicas de Las vírgenes suicidas. De modo que, aun en contra de su voluntad, le concedí una entrevista a una cadena de noticias de las afueras de Chicago, y aquella entrevista llegó a Europa y Asia, y dio mil vueltas por ahí.

«Veréis, todo mi mundo cambió cuando yo tenía diez años. Mi madre se murió, y eso ya fue traumático, pero luego empezó el acoso escolar. Encima me desarrollé temprano y, de pronto, tenía la sensación de que mi cuerpo me quedaba grande. No digo que la culpa fuera de mis compañeros de clase. Al fin y al cabo, éramos niños. Yo solo quiero que quede claro que intervenían muchos factores: el acoso escolar se unió a la pérdida de la persona más importante para mí, seguida por los ataques de pánico cada vez que tenía que salir de casa. Y, en todo momento, mi padre fue quien me apoyó.»

Ahora le digo a mi padre:

—¿Sabías que Pauline Potter, la Mujer Más Gorda del Mundo, perdió casi cuarenta y cinco kilos en una maratón sexual?

—Olvídate del sexo hasta que cumplas treinta años.

«Eso ya lo veremos», pienso. La verdad es que los milagros existen. Y eso significa que, a lo mejor, todos esos chicos que tan mal me trataban en el recreo han crecido y han comprendido que lo que hacían estaba mal. Puede que se hayan convertido en gente agradable. O puede que sean aún peores. Cada libro que leo y cada película que veo parecen transmitir el mismo mensaje: el instituto es la peor experiencia que puedes sufrir en tu vida.

«Qué pasa si cometo la equivocación de meterme con alguien y me convierto en la Gorda Entrometida? ¿Qué pasa si me adoptan unas flacas llenas de buenas intenciones y me convierto en la Gorda Amiga Íntima? ¿Qué pasa si todo el mundo piensa que al haber estudiado en casa en realidad solo estoy preparada para el octavo curso, no para el undécimo, porque soy demasiado estúpida como para entender las tareas de clase?»

Mi padre me dice:

—Solo tienes que ir hoy, Libbs. Si te parece una porquería total y absoluta, podemos volver a la escuela en casa. Dame un día, nada más. Mejor dicho, no lo hagas por mí. Prueba solo un día, por ti misma.

Me digo para mis adentros: «Hoy». Me digo a mí misma: «Esto es lo que soñabas cuando estabas tan asustada que no podías salir de casa. Esto es lo que soñabas durante aquellos seis meses que te pasaste tirada en la cama. Esto es lo que querías: salir al mundo exterior como el resto de la gente». Me digo a mí misma: «Has necesitado dos años de campamentos para gordos y de orientadores y de psicólogos y de médicos y de terapeutas conductuales y de entrenadores solo para preparar este momento. En los últimos dos años y medio has caminado diez mil pasos al día. Cada uno de esos pasos te llevaba hasta este instante». No sé conducir.

Nunca he asistido a un baile.

Me he perdido toda la secundaria.

Nunca he tenido novio, aunque sí que me enrollé una vez con un chico en el campamento para gordos. Se llama Robbie, y está repitiendo el último curso de secundaria en alguna parte de Iowa.

Quitando a mi madre, nunca he tenido amigos íntimos, a no ser que contemos los que me inventé: los tres hermanos que vivían enfrente de mi antigua casa. Los llamaba Dean, Sam y Castiel, porque iban a un colegio privado y no me sabía sus nombres. Fingía que eran mis amigos.

Mi padre parece tan nervioso e ilusionado que agarro la bolsa y salgo a la acera y me encuentro de pie delante del instituto mientras la gente pasa por mi lado.

«¿Qué pasa si llego tarde a todas las clases porque no puedo caminar lo suficientemente rápido y después me castigan y allí conozco a los únicos chicos que me harán caso, los drogatas y los delincuentes, me enamoro de uno, me quedo embarazada, dejo de estudiar sin sacarme el graduado y vivo con mi padre el resto de mi vida o al menos hasta que el bebé cumpla dieciocho años?»

Me entran ganas de volver a meterme en el coche, pero mi padre sigue allí sentado, con una sonrisa esperanzada en la cara.

—Lo tienes todo controlado.

Esta vez lo dice más fuerte y, os lo juro, levanta el pulgar.

Por eso me uno a la multitud y me dejo llevar por ella hasta que me encuentro esperando mi turno a la entrada, abriendo mi bolsa para que el guardia la revise, cruzando los detectores de metales, entrando por un largo pasillo que se abre en todas las direcciones, siendo golpeada y empujada por codos y brazos. Pienso: «En algún lugar de este instituto podría estar el chico del que me enamoraré. Uno de estos apuestos jóvenes puede ser quien finalmente me arrebate el corazón y el cuerpo. Soy la Pauline Potter del instituto Martin Van Buren. Voy a quitarme los kilos que me sobran a base de sexo». Miro a todos los chicos que pasan. «Podría ser ese tío, o quizá este otro. Esto es lo bonito de este mundo. En este mismo instante, aquel chico que está justo allí, o el otro de allá, no significan nada para mí, pero pronto nos conoceremos y cambiaremos el mundo, el suyo y el mío.»

—Aparta, gorda —dice alguien.

Esa palabra es como un picotazo, como el pinchazo de una aguja, como si la propia palabra quisiera estallarme de la misma manera en que ha estallado mi burbuja. Sigo avanzando. Lo bueno de mi talla es que me sirve para abrirme paso.





Al igual que el pelo, el coche forma parte de mi imagen. Se trata de un Land Rover del año 1968, restaurado, que Marcus y yo le compramos a nuestro tío anciano. Se usaba para trabajar en la granja, pero acabó aparcado durante cuarenta y pico años, oxidándose. Ahora tiene mitad de jeep, mitad de vehículo todoterreno y un cien por cien de caña.

Marcus va enfurruñado en el asiento del copiloto.

—Gilipollas.

Lo dice en voz baja y mirando hacia la ventana. Por desgracia para mí, se sacó el carné el mes pasado.

—Eres adorable. Espero que el undécimo curso no arruine tu encanto juvenil. Podrás conducir el año que viene, cuando yo me vaya a la universidad.

«Si es que voy a la universidad. Si es que alguna vez consigo salir de aquí.»

Me saca el dedo. Dusty, nuestro hermano menor, le da una patada al asiento desde atrás.

—Parad de pelear.

—No estamos peleando, hombrecito.

—Parecéis mamá y papá. Pon la música más alta.

Hace un par de años, mis padres se llevaban bastante bien. Luego a papá le diagnosticaron un cáncer. Una semana antes del diagnóstico, descubrí que le estaba poniendo los cuernos a mi madre. Él no sabe que yo lo sé, y no estoy seguro de si mamá lo sabe, aunque a veces me lo pregunto. Ahora mi padre se ha curado el cáncer, por cierto, pero ha sido una situación difícil, sobre todo para Dusty, que tiene diez años.

Subo la canción, un viejo éxito: SexyBack, de Justin Timberlake. De pronto vuelvo a sentirme cómodo. Tengo cuatro canciones que son mi banda sonora y que me gustaría que comenzaran a sonar cada vez que entro en una habitación. Esta es una de ellas.



Aparcamos a la puerta del colegio de Dusty, y él se baja de un salto antes de que pueda detenerlo. Salgo detrás de él, cogiendo las llaves para que Marcus no pueda llevarse el coche.

Este verano, Dusty empezó a usar un bolso de señora. Nadie habla del tema: ni mi madre, ni mi padre, ni Marcus. Dusty va por la mitad del camino cuando logro alcanzarlo. No puedo apartar la vista de él para no perderlo. De los tres hermanos es quien tiene la piel más oscura y su pelo es del color de un centavo de cobre. Técnicamente, mamá es medio negra, medio criolla de Luisiana, y papá es blanco y judío. Dusty es oscuro como mi madre. Marcus, en cambio, no podría ser más blanco. ¿Y yo? Yo no soy más que Jack Masselin, aunque ni siquiera sepa quién demonios es ese.

—No quiero llegar tarde —dice Dusty.

—No llegarás tarde. Solo quiero... ¿Estás seguro de lo del bolso, hombrecito?

—Me gusta. Aquí me cabe todo.

—A mí también me gusta. La verdad es que ese bolso es una pasada. Pero no sé si a la gente le va a gustar tanto como a nosotros. Puede que algunos niños sientan tantos celos que se burlen de ti.

En este momento nos adelantan unos diez niños.

—No van a tener celos. Van a pensar que es raro.

—Es que no quiero que te traten mal.

—Si quiero llevar bolso, lo voy a llevar. No pienso dejar de llevarlo solo porque a ellos no les guste.

Y entonces, ese chiquillo escuálido y de grandes orejas se convierte en mi héroe. Veo cómo se aleja, avanza tieso como una flecha, con la barbilla levantada. Me dan ganas de entrar en el colegio detrás de él para asegurarme de que no le pase nada malo.



Siete profesiones aptas para gente

con prosopagnosia

por Jack Masselin



1. Pastor (suponiendo que eso de la ceguera facial no se aplique también a los rostros de perros y ovejas).





2. Operador de cabina de peaje (suponiendo que ningún conocido tome la ruta en la que trabajas).





3. Estrella del rock, miembro de un grupo de chicos, jugador de la NBA o alguna otra profesión de ese tipo (donde todos dan por sentado que tienes un ego tan gigantesco que no se sorprenden si no te acuerdas de ellos).





4. Escritor (la profesión más recomendable para gente que padece trastorno de ansiedad social).





5. Paseador o entrenador de perros (ver el número 1, página anterior).





6. Embalsamador (aunque puede que confundas los cadáveres).





7. Ermitaño (ideal, aunque el sueldo no es muy alto).





Tengo que abrirme paso hasta la primera clase, donde me siento en la fila más cercana a la puerta por si en algún momento necesito huir. Quepo justo detrás del pupitre. Por debajo de la camisa tengo toda la espalda húmeda, y el corazón me va a cien por hora. Pero nadie lo nota. Al menos, espero que nadie pueda notarlo, porque no hay nada peor que ser conocida como la Gorda Sudorosa. Mis compañeros de clase van entrando poco a poco y algunos se me quedan mirando. Un par de ellos sueltan unas risitas. No reconozco en estos rostros adolescentes a ninguno de los niños de once años a quienes conocí hace tiempo.

Pero el instituto es tal y como me lo esperaba y, al mismo tiempo, mucho más. Para empezar, el instituto Martin Van Buren cuenta con unos dos mil alumnos, así que es un sitio lleno de acción. Además, no se ve a nadie tan limpio y reluciente como en las recreaciones del instituto que aparecen en la tele y en las películas. En la realidad, los chicos no tienen veinticinco años. Nosotros tenemos la piel mal y el pelo mal, o la piel bien y el pelo bien, y somos todos de diferentes formas y tallas. Me gusta más nuestra versión real que la de la tele, aunque aquí sentada me siento como una actriz que interpreta un papel. Soy un pez fuera del agua, la chica nueva del instituto. «¿Cuál será mi historia?»

Decido que estoy ante una hoja en blanco. Por lo que a mí respecta, aquí empieza todo. Ya no existe nada de lo que pasó cuando tenía once, doce o trece años. Soy diferente. Ellos son diferentes; al menos, por fuera. Tal vez no se acuerden de que yo era justo aquella chica. No pienso recordárselo.

Los miro a los ojos y les dedico la nueva sonrisa característica de mi padre, en la que las comisuras de la boca parecen sujetas con cinta adhesiva. Creo que se quedan sorprendidos. Un par de personas me devuelven la sonrisa. El chico que tengo al lado me tiende la mano.

—Mick.

—Libby.

—Soy de Copenhague. He venido por el programa de intercambio. —Aunque tiene el pelo negro como un cuervo, parece un vikingo—. ¿Eres de Amos?

Me entran ganas de decir:

—Yo también soy alumna de intercambio. Vengo de Australia. Vengo de Francia.

Pero en estos últimos cinco años solo he hablado con los chicos del campamento de gordos. Por eso me limito a asentir con un cabeceo.

Me cuenta que al principio no sabía si venir aquí, pero luego decidió que merecería la pena conocer el corazón de Estados Unidos y ver «cómo viven la mayoría de los americanos». A saber lo que significa eso.

—¿Qué es lo que más te gusta de Indiana? —se me ocurre preguntar.

—Que algún día regresaré a casa.

Se echa a reír, así que yo me río también. Entonces entran dos chicas y se vuelven de inmediato hacia mí. Una de ellas le susurra algo a la otra y se sientan delante de nosotros. Hay algo en ellas que me resulta familiar, pero no consigo ubicarlas. «A lo mejor las conozco de antes.» Noto unos pinchazos en la piel, y de nuevo tengo esa sensación de película de terror. Miro hacia el techo como si estuviera a punto de caerme un piano en la cabeza. Porque sé que por algún sitio va a empezar. Siempre pasa igual.

Me digo a mí misma que debo darle una oportunidad a Mick, darles una oportunidad a estas chicas, darle una oportunidad a este día y, sobre todo, darme una oportunidad a mí misma. Así es como veo las cosas: he perdido a mi madre; por poco me mato comiendo; me han tenido que rescatar de mi casa derribando las paredes mientras el país entero lo contemplaba; he soportado regímenes de ejercicios, y dietas, y la decepción de toda una nación, y he recibido cartas amenazadoras de gente a la que no conocía de nada.

Es asqueroso que alguien se deje engordar tanto y es asqueroso que tu padre no hiciera nada por evitarlo. Espero que sobrevivas a esto y arregles las cuentas con Dios. En el mundo hay gente que se muere de hambre y es una vergüenza que tú comas tanto cuando otros no tienen suficiente.

Así que yo me pregunto:

«¿Qué me puede hacer el instituto que no me hayan hecho ya? ¿Qué me puede pasar en el instituto que no me haya pasado ya?».





Llegamos al aparcamiento un minuto antes de la hora y dejamos el coche en el último espacio vacío de la primera fila de coches. A Marcus se le cae el teléfono y, cuando se reincorpora, es como si fuera una persona completamente nueva. Así, el Telesketch de mi cerebro se queda en blanco y tengo que empezar otra vez, sumando las partes:

Pelo despeinado + barbilla afilada + piernas de jirafa, de dos metros de largo = Marcus.

Acabamos de aparcar el Land Rover y ya está saliendo por la puerta y llamando a la gente. Me entran ganas de decir: «Espera. No me hagas salir solo ahí fuera». Me entran ganas de agarrarlo del brazo y sujetarlo para que no se me pierda. En vez de eso, lo miro fijamente, sin pestañear, para que no desaparezca. Entonces se funde con la multitud que se dirige hacia el instituto, como uno más del rebaño.

El reino animal tiene nombres rarísimos para los colectivos de animales. ¿Cómo se llamaría este grupo? ¿Un horror de estudiantes? ¿Una pesadilla de adolescentes? Solo por diversión, me dedico a estudiar las caras que pasan, buscando a mi hermano. Pero es como intentar elegir a tu oso polar preferido dentro de una manada.

Me quedo sentado treinta segundos, disfrutando de la soledad. 30, 29, 28, 27...

Se acabó por hoy hasta que vuelva a casa. En estos treinta segundos me permito pensar en todas las cosas que no me permitiré volver a pensar en las próximas ocho horas. La cantinela siempre empieza de la misma manera:

«Tengo el cerebro hecho una mierda...».





Tras veinte minutos de clase, ya nadie me mira. Está hablando nuestra profesora, la señora Belk, y por ahora no me he perdido. Mick susurra comentarios inteligentes solo para mí, cosa que automáticamente lo convierte en mi mejor amigo o en mi futuro novio. También puede ser el chico que me haga adelgazar los kilos que me sobran a base de sexo.

«Tienes tanto derecho a estar aquí como cualquiera. Nadie sabe quién eres. A nadie le importa. Lo tienes todo controlado, chica. Tampoco te entusiasmes, pero creo que lo tienes controlado.»

Entonces me río de algo que dice Mick y me sale una cosa volando de la nariz y le cae encima del libro.

La señora Belk dice:

—Tranquilos, por favor —y sigue hablando.

Pego los ojos a ella con Super Glue, pero con mi visión periférica sigo viendo a Mick. No sé si se ha dado cuenta de la cosa que le he disparado, y tampoco me atrevo a mirar. «Por favor, no lo mires.»

Sigue susurrando como si no hubiera pasado nada, como si esto no fuera el fin del mundo. Lo único que deseo es cerrar los ojos y morirme. No quiero empezar así. Anoche, cuando estaba despierta en la cama imaginando mi gran retorno a la sociedad adolescente, no era así como lo veía.

«A lo mejor se cree que es una rara costumbre americana. Algo así como una extraña tradición para darles la bienvenida a nuestro país a todos los extranjeros.»

Me paso el resto de la hora concentrándome con todas mis fuerzas en lo que dice la señora Belk, sin apartar la vista del frente de la clase.



Cuando suena el timbre, las dos chicas que me resultan familiares dan media vuelta y se me quedan mirando. Descubro que son Caroline Lushamp y Kendra Wu, unas chicas a quienes conozco desde primero. Después de que me rescataran de mi casa, los periodistas las entrevistaron diciendo que eran «amigas íntimas de la joven en apuros». La última vez que las vi en persona, Caroline era una niña desgarbada de once años y todos los días llevaba la misma bufanda de Harry Potter, aunque hiciera un calor espantoso. Otro par de cosas que la distinguían era que se había mudado a Amos desde Washington, D. C. cuando estaba en el parvulario y que estaba muy acomplejada con sus pies, que tenían unos dedos muy largos y curvados como las garras de un loro. Lo que recuerdo de Kendra es que se escribía en los vaqueros episodios inventados de las novelas de Percy Jackson y que lloraba absolutamente todos los días por el motivo que fuera: por los chicos, por los deberes, por la lluvia...

Ahora, por supuesto, Caroline mide dos metros y medio y es tan guapa que podría salir en anuncios de champú. Lleva una falda y una chaquetita entallada, como si estuviera en un colegio privado. Kendra, que parece haberse tatuado la sonrisa, va toda de negro y es mona. Podría trabajar de encargada del restaurante Applebees de la zona pija de la ciudad.

Caroline me dice:

—Yo te conozco de algo.

—Eso me lo dicen mucho. —Se queda mirándome y sé que intenta ubicarme—. Venga, te ayudo. Todo el mundo me confunde con Jennifer Lawrence, pero ni siquiera somos parientes.

Se le disparan las cejas hacia arriba como si fueran gomas elásticas.

—Supongo que cuesta creerlo, pero incluso lo miré en ‹www.ancestry.com› y lo comprobé muy bien.

—Tú eres la chica que se quedó atrapada en su casa —le dice a Kendra—: Los bomberos tuvieron que sacarla de allí, ¿recuerdas? Salimos en las noticias.

Nada de «Tú eres Libby Strout, la chica a quien conocemos desde primero», sino «Tú eres la chica que se quedó atrapada en su casa, y por eso salimos en la tele».

Mick de Copenhague lo está presenciando todo.

—Ya estás pensando otra vez en Jennifer Lawrence —le digo.

Caroline adopta un tono dulce y compasivo:

—¿Cómo te va? Estaba muy preocupada por ti. No puedo ni imaginarme lo que habrás pasado. Pero, por Dios, has perdido muchísimo peso. ¿A que sí, Kendra?

Técnicamente, Kendra aún sonríe, pero la mitad superior de su rostro está arrugada y con el ceño fruncido.

—Muchísimo.

—Estás muy guapa.

Kendra sigue con su sonrisa-ceño fruncido.

—Me encanta tu pelo.

Dos de las peores cosas que una chica guapa le puede decir a una chica gorda son «Estás muy guapa» o «Me encanta tu pelo». Entiendo que meter a todas las chicas guapas en el mismo saco es igual de malo que meter a todas las chicas gordas en el mismo saco, entiendo que se puede ser guapa y gorda (¡pues claro!), pero puedo afirmar, por experiencia, que cuando las chicas como Caroline Lushamp y Kendra Wu te dicen cosas como esas, en realidad están pensando en algo diferente. Te sueltan piropos porque les das pena. Siento que mi alma se marchita un poco. Mick de Copenhague se levanta y sale de la clase sin decir nada.





Caroline Lushamp es lo más parecido a una novia que tengo. Al principio, porque era rara y adorable y, sobre todo, lista. Hace tiempo, cuando me enamoré de ella, era una de esas chicas listas que no presumen de nada: eso vino luego. Se quedaba ahí sentada, absorbiéndolo todo como una esponja. Nos llamábamos por teléfono cuando todo el mundo estaba acostado, y me contaba cómo le había ido el día: lo que había visto, lo que pensaba... A veces nos pasábamos toda la noche charlando.

La Caroline de hoy es alta y es guapísima, pero su rasgo más característico es que se ha convertido en una mujer de bandera. Intimida a todo el mundo a lo bestia, incluso a los profesores. Sobre todo porque ahora dice lo que piensa, siempre, y suelta las cosas bien claras. La razón principal por la que seguimos saliendo es que tenemos un pasado. «Sé que tiene que estar ahí dentro todavía, aunque no encuentro ni rastro de ella.» Esta nueva Caroline apareció sin previo aviso, allá por el segundo curso, lo que significa que la vieja Caroline podría (quizá) regresar en cualquier momento. La otra razón es que suele resultarme fácil reconocer a Caroline.

Doblo la esquina del pasillo que menos me gusta, el que pasa por delante de la biblioteca, donde está la taquilla de Caroline. Cuando iba a primero trabajaba en la biblioteca, y ahora, si me encuentro con alguno de los bibliotecarios, todos me saludan y me preguntan por mi familia, y se supone que yo tengo que saber quiénes son.

Voy caminando y la gente me saluda. Eso también es una pesadilla. Empiezo a moverme con más decisión, medio sonriéndole a todo el mundo, en plan relajado. Pero seguro que me he olvidado de alguien, porque oigo: «Cretino».

«No te puedes confiar.» Es lo primero que aprendí en el instituto. Tan pronto les gustas como te conviertes en un marginado. Si no, que se lo pregunten a Luke Revis, el protagonista de la leyenda más famosa del MVB. Luke fue el tío más popular durante nuestro primer año de secundaria, hasta que la gente descubrió que su padre había estado preso. Ahora Luke también está preso, y mejor ni os cuento por qué.

En este momento, el pasillo está lleno de Lukes en potencia. Un chico al que meten en una taquilla de un empujón. Otro al que le ponen la zancadilla de manera que sale volando y se le cae encima a otro que a su vez lo empuja, y así el primero empieza a rebotar de una persona a otra como un balón de voleibol humano. Unas chicas que ponen verde a otra delante de sus narices y esta última que da media vuelta llorando, con los ojos rojos. Otra chica que pasa con una enorme «A» escarlata colgada en la espalda, y todos se ríen al verla pasar porque todos, menos Hester Prynne, saben de qué va la broma. Por cada persona que se ríe en este pasillo, hay cinco más que parecen atemorizadas o tristes.

Trato de imaginar cómo serían las cosas si la gente del instituto supiera lo que me pasa. Podrían acercarse directamente a mí y robarme las cosas o el coche, luego volver y fingir que me ayudan a buscarlo todo. Este tío podría hacerse pasar por aquel tío, o esa chica fingir que es la chica de más allá, y sería de verdad jodidamente gracioso. Todos pillarían la broma menos yo.

Me entran ganas de seguir andando hasta llegar a la entrada principal y luego salir zumbando de aquí.

Oigo:

—Espera, Mass.

Acelero.

—¡Mass!

«Que te den, quienquiera que seas.»

—¡Mass! ¡Mass! ¡Espera, cabrón!

El tío corre para alcanzarme. Es más o menos como yo de alto, y está fuerte. Tiene el pelo castaño y lleva una camisa normalita. Miro su mochila, el libro que lleva en la mano, los zapatos..., cualquier cosa que pueda darme una pista para saber quién es. Mientras tanto, él empieza una conversación:

—Tienes que mirarte el oído, chaval.

—Perdona. He quedado con Caroline.

Si la conoce, esto funcionará.

—Mierda.

La conoce. Cuando se trata de Caroline Lushamp, casi todo el mundo puede dividirse en una de estas dos categorías: los que están enamorados de ella y los que le tienen pánico.

—No me extraña que estés en las nubes. —Por su forma de decirlo, sé que pertenece al bando de los del pánico—. Pero pensé que a lo mejor querías decírmelo a la cara.

Otra de mis pesadillas: cuando la gente no te da suficientes datos para continuar.

—¿Decirte qué?

—¿Vas en serio? —Se para en medio del pasillo, y las mejillas se le ponen muy coloradas—. Es mi novia. Tienes suerte de que no te dé una paliza.

Estoy casi seguro de que se trata de Reed Young, pero existe una ligera posibilidad de que sea otra persona. Decido seguir con las vaguedades mientras procuro sonar lo más concreto que puedo.

—Es verdad. Tengo suerte, y no te creas que no lo aprecio. Te debo una, tío.

—Sí, me la debes.

Oigo unas voces que bajan por el pasillo, fuertes y bulliciosas como una muchedumbre que arrasara un campo. La gente se aparta como puede, y aparecen un par de tíos más grandes que el campo de fútbol.

—¿Qué hay, Mass? —me sueltan—. Me han contado que te lo pasaste muy bien en la fi esta.

Y estallan en una risa histérica. Aunque no los reconozco, parece ser que son amigos míos. Uno de ellos golpea con el hombro a un pobre chico, que se escabulle por un lateral, y luego le espeta que mire por dónde va.

Le digo al grandullón:

—Tío, un poco de respeto. —Señalo con la cabeza a Reed. Digo—: En serio, tío. Tú eres un buen amigo.

No es precisamente cierto, pero llevamos juntos en el equipo de béisbol desde el primer año.

—Bueno, me quedo con las ganas de darte una patada en el culo, pero que no vuelva a pasar.

—Jamás.

Mira hacia la biblioteca. Al otro lado del pasillo hay una chica, delante de las taquillas, hablando por teléfono. Se estremece.

—Ahora mismo no me gustaría estar en tu pellejo.

Y sale disparado en dirección contraria, seguido por los campos de fútbol humanos.

Me voy acercando a la chica, y veo sus ojos claros contra la piel oscura y el lunar que se pinta junto a la ceja derecha, aunque todo el mundo sabe que es falso.

«Huye ahora que todavía estás a tiempo.»

Levanta la vista.

—¿En serio? —dice, y sí, es Caroline.

No me espera. Se da la vuelta para meterse en la biblioteca, donde veo a los bibliotecarios detrás de la mesa, esperando a que yo entre para poder burlarse de mí.

Es entonces cuando la agarro del brazo y la vuelvo y, aunque no quiero hacerlo, la arrastro hacia mí y le doy un beso que la deja sin respiración.

—Esto es lo que debería haber hecho el sábado —digo al soltarla—. Es lo que debería haber hecho durante todo el verano.

Las comedias románticas y los romances de vampiros son la debilidad de Caroline. Quiere vivir en un mundo donde el tío bueno agarra a la chica y le planta un beso porque siente un deseo y un amor tan abrumadores que se le han fundido los sesos. Así que le acaricio la cara, y le coloco el pelo por detrás de la oreja con cuidado de no despeinarla para que no se enfade más todavía. No sé por qué me suele costar mantener el contacto visual, así que me fi jo en su boca.

—Eres preciosa.

«Ten cuidado. ¿De verdad es esto lo que quieres? Ya te has metido antes en esta ratonera, amigo. ¿De verdad quieres volver a entrar?»

Pero una parte de mí la necesita. Y odia el tener que necesitarla.

Noto cómo se va ablandando. Conozco bien a Caroline, y el mejor regalo que le puedo hacer es esto: dejar que sea ella quien me perdone. No sonríe, Caroline ya no sonríe casi nunca, pero enseguida baja la mirada y se queda contemplando algo invisible en el suelo. Tiene las comisuras de la boca hacia abajo. Se lo está pensando. Al fi nal dice:

—Eres lo peor, Jack Masselin. Ni siquiera sé por qué te sigo hablando.

En el idioma de Caroline, eso significa «Yo también te quiero».

—¿Y qué pasa con Zack?

—Corté con él hace dos semanas.

Y ya está, hemos vuelto.

Me coge la mano y caminamos por los pasillos, y mi corazón late un poco más deprisa y tengo la sensación de que estoy a salvo. Sin saberlo, ella será mi guía. Me dirá quién es quién. Somos Caroline y Jack, Jack y Caroline. Mientras esté con ella... Estoy a salvo. Estoy a salvo. Estoy a salvo.





El señor Domínguez dice que si no se dedicara a dar clases de conducir, se dedicaría a recobrar coches. No los coches de la gente que no puede pagar las letras. Él reclamaría los coches de los malos conductores y después, como Robin Hood, se los regalaría a un orfanato o a los buenos conductores que no pueden comprar un coche propio. No se sabe muy bien si lo dice en serio porque él no tiene ningún sentido del humor y siempre está mirando todo con cara de asesino. Es el hombre más sensual que he visto en mi vida.

—Hay un montón de institutos que están quitando las clases de conducir. Te mandan por ahí a algún sitio a aprender... —Por su forma de decir «algún sitio», se diría que se trata de un lugar oscuro y terrible—. Pero nosotros os enseñamos aquí porque nos importáis.

Después nos muestra una película sobre accidentes de tráfico donde salen coches chocando contra la parte trasera de los camiones y colándose por debajo. Al principio, un chico llamado Travis Kearns se ríe. Más tarde masculla un último «joder» y se queda callado. Diez minutos después ya ni siquiera Bailey Bishop sonríe, y Monique Benton pide permiso para ir al baño a vomitar.

Cuando ya ha salido, el señor Domínguez dice:

—¿Alguien más quiere irse?

Como si Monique se hubiera marchado en señal de protesta, y no agarrándose el estómago.

—Según las estadísticas, vais a morir en un accidente de coche antes de cumplir los veintiún años. Yo estoy aquí para asegurarme de que eso no pasa.

Se me pone la piel de gallina. Me siento como si nos estuviera preparando para una guerra, como Haymitch con Katniss. Desde la otra punta de la clase, Bailey suelta un «oh, cielos», que en ella es el equivalente de «la madre que me parió».

Todo el mundo parece mareado menos yo.

Es porque en este momento, mientras contemplo una cabeza que sale rodando por la autopista, sé cuál quiero que sea mi sitio aquí, en esta clase, y en el instituto MVB. No pienso ser carne de una estadística. Me he pasado casi toda la vida desafiando las estadísticas. No pienso ser una de esas conductoras que acaban aplastados debajo de un camión. Quiero ser la chica que es capaz de todo. Quiero ser la chica que se presenta a las pruebas para las Damas del MVB y consigue entrar en el equipo.

Levanto la mano. El señor Domínguez me mira y asiente. Se me eriza la piel.

—¿Cuándo empezamos a conducir?

—Cuando estéis preparados.



Las ocho cosas que más odio del cáncer

por Jack Masselin



1. Es hereditario, así que te sientes como si llevaras una diana en la espalda, por muy joven que seas.





2. Está en mi familia.





3. Su manera de golpear como un meteorito, así de sopetón.





4. La quimio.





5. Es una cosa seria de cojones. (En otras palabras, pase lo que pase no sonrías ni te rías de nada intentando quitarle hierro al asunto.)





6. Tener que chantajear a Dios o negociar con él, aunque no estés seguro de si existe.





7. Cuando se lo diagnostican a tu padre en tu segundo año de secundaria, una semana después de que descubras que ha estado engañando a tu madre.





8. Ver llorar a tu madre.





De camino a la cuarta clase, paso por la oficina de Heather Alpern. Se está comiendo unos trozos de manzana, las largas piernas cruzadas, los largos brazos descansando como gatos sobre los reposabrazos de la silla. Antes de ser entrenadora de las Damas fue una Rockette en el Radio City Music Hall de Manhattan. Es tan guapa que no me atrevo ni a mirarla. No le quito ojo a la pared y digo:

—Quiero un formulario para entrar en las Damas, por favor.

Espero a que me diga que existe un límite de peso y que yo estoy muy muy por encima de él. Espero a que eche su preciosa cabeza hacia atrás y suelte una carcajada histérica para luego mostrarme la puerta. A fin de cuentas, las Damas pertenecen a una élite. Además de actuar en partidos de fútbol americano y baloncesto, lo hacen en todos los grandes acontecimientos de la ciudad: inauguraciones, desfiles, presentaciones, conciertos...

En lugar de eso, Heather Alpern rebusca en un cajón y saca un formulario.

—Técnicamente, comenzamos la temporada en verano. Si no hay ninguna baja, el siguiente período de pruebas es en enero.

Miro al suelo y pregunto:

—¿Qué pasa si hay una baja?

—Que se convocan pruebas. Las anunciamos y colgamos carteles. —Me entrega el formulario—. Puedes rellenar esto y devolvérmelo para que lo guarde en los archivos. Y, sobre todo, no olvides traer el permiso de tus padres.

Luego me dedica una preciosa sonrisa para infundirme ánimos, como María en Sonrisas y lágrimas, y salgo de allí flotando como si estuviera rellena de helio.

Voy por los pasillos balanceándome y rebotando como un globo y me siento como si custodiara el mayor secreto del mundo.

«Creo que hay algo que nadie sabe de mí, y es que me encanta bailar.»

Observo las caras de todos los que pasan y me pregunto qué secretos guardarán. De pronto, alguien choca contra mí. Es un chico de cabeza cuadrada, con una cara grande y colorada.

—Qué hay —dice.

—Qué hay.

—¿Es verdad que las gordas la chupan mejor?

—No lo sé. Nunca me la ha chupado una gorda.

La gente pasa a nuestro lado y algunos se ríen al oírlo. Él me lanza una mirada fría, y ahí está: el odio que puede sentir por ti un completo extraño, aunque no te conozca, solo porque cree conocerte o porque odia lo que representas.

—Me pareces asquerosa.

Yo digo:

—Por si te sirve de consuelo, tú a mí también me pareces asqueroso.

Él murmura algo que suena parecido a «gorda puta», y que seguramente lo es. Da igual que yo sea virgen. Si fuera por la cantidad de veces que me han llamado eso desde quinto, ya habría tenido sexo mil veces.

—Déjala en paz, Sterling.

Lo dice una chica de pelo largo y sedoso y piernas interminables. Bailey Bishop. Si la Bailey de ahora se parece un poco a la Bailey de entonces, se trata de una chica sincera, popular y muy beata. Es adorable. Todo el mundo la quiere. Cuando entra en una habitación, sabe que le va a gustar a la gente, y tiene razón porque... ¿cómo no les iba a gustar alguien tan absolutamente encantador?

—¿Qué tal, Libby? No sé si te acuerdas de mí...

No me coge del brazo, pero es como si lo hiciera.

Su voz sigue teniendo la misma entonación y acaba cada frase en un tono agudo, alegre. Casi suena como si estuviera cantando.

—Qué tal, Bailey. Sí que me acuerdo.

—Me alegro un montón de ver que has vuelto.

Luego me abraza y me entra un poco de pelo en la boca. Sabe como una mezcla de melocotón y chicle. Justo como uno imagina que debe de saber el pelo de Bailey Bishop.

Nos separamos, y ella se queda allí de pie con una enorme sonrisa, los ojos muy abiertos y los hoyuelos centelleando. Todo a su alrededor es demasiado alegre. Hace cinco años, Bailey era mi amiga. Y me refiero a una amiga de verdad y no una inventada. Cinco años es mucho tiempo. En aquel entonces no teníamos casi nada en común, así que no sé muy bien qué es lo que podemos tener en común ahora. Pero me digo: «Sé amable. Esta podría ser la única amiga que te eches en toda tu vida».

Bailey llama a una chica que pasa por allí y me dice:

—Quiero que conozcas a Jayvee. Jayvee, esta es Libby.

Jayvee dice:

—Hola, chicas. ¿Qué se cuece por aquí?

Lleva una melena negra y corta, y una camiseta que dice: «MI VERDADERO NOVIO ES IMAGINARIO». Bailey sonríe de oreja a oreja.

—Jayvee se mudó aquí desde Filipinas hace un par de años. —Espero a que le diga a Jayvee que acabo de regresar al instituto después de mi encierro, pero se limita a decir—: Libby también es nueva.





A cuarta hora tenemos química avanzada con Monica Chapman. Profesora de ciencias. Esposa. Y la mujer que se acostó con mi padre. Como norma, es más fácil reconocer a los profesores que a los alumnos por tres motivos: el primero, que son menos que nosotros; el segundo, que incluso los más jóvenes visten como si fueran mayores que nosotros, y el tercero, que tenemos vía libre para mirarlos fijamente todos los días (es decir, más tiempo para aprendernos sus identificadores).

Nada de esto me ayuda lo más mínimo con Chapman. Es la primera vez que estoy en su clase, y todo lo que tiene que ver con ella es demasiado juvenil y, además, muy corriente. Lo que quiero decir es que te imaginas que la mujer con la que tu padre decide engañar a tu madre resulta tan extraordinaria que incluso una persona que no recuerda a nadie es capaz de reconocerla. Pero ella no tiene nada de particular. Y eso significa que podría estar en cualquier parte.

Escojo un sitio al fondo, junto a la ventana, y alguien se sienta a mi lado. La gente pone una cara especial cuando te conoce y espera que la reconozcas, y esa es la cara que me pone esta persona ahora.

—Qué hay, tío —dice.

—Qué hay.

En algún momento, un grupito de chicas se separa y una de ellas se acerca a la pizarra blanca que hay al frente de la clase. Mira a todo el mundo a su alrededor, se presenta, me ve y se le congela la cara, solo por un instante. Luego se acuerda de sonreír.

Cuando todo el mundo se ha acomodado, Monica Chapman empieza a soltar una charla acerca de las diferentes ramas de la química, aunque yo solo puedo pensar en una rama, de la que no nos habla: la culpable de su lío con mi padre.

Me enteré por Dusty. Fue él quien vio el mensaje en el teléfono de papá. Estaba allí mismo, a la vista de cualquiera. Papá había salido, y Dusty estaba buscando cosas para coleccionar (siempre anda coleccionando cosas, como yo). Más tarde, me dijo:

—Creí que mamá se llamaba Sarah.

—Es que se llama Sarah.

—Entonces ¿quién es Monica?

Así que el muy cerdo ni siquiera se molestó en cambiar el nombre de ella en el teléfono. Ahí estaba, claro como el agua. Monica. Para colmo, no era su teléfono habitual, sino uno que debió de comprar solo para hablar con ella. Me costó un poco más descubrir de qué Monica se trataba, pero os aseguro que ahora sé perfectamente que es ella.

En este momento comienza a hablar de la física química y yo levanto la mano.

—¿Tienes alguna pregunta, Jack?

Pienso: «Cómo no». Si logro pronunciar alguna palabra será un milagro, porque siento como si tuviera el pecho embuchado en la garganta.

—La verdad es que solo quería contarle lo que sé de la física química.

El tío que está sentado a mi lado, que parece ser Damario Raines, asiente mirando a su pupitre y algunas de las chicas se vuelven para ver qué voy a decir. Son todas idénticas y me pregunto si será lo que pretenden o será que no se dan cuenta. Esperan que diga algo inteligente. Se nota. Nadie más sabe lo que pasó entre Chapman y mi padre. Marcus ni siquiera se ha enterado, y prefiero que siga siendo así.

—Adelante, Jack.

La voz de Chapman suena perfectamente normal, relajada y franca, con un ligero acento de Michigan, o puede que de Wisconsin.

—La física química aplica teorías de la física al estudio de sistemas químicos. Eso incluye la cinética de las reacciones, la química de superficies, la mecánica cuántica molecular, la termodinámica y la electroquímica.

Le lanzo una sonrisa deslumbrante, comparable a las luces que brillan sobre nuestras cabezas y al sol que entra por las ventanas. Voy a cegarla con mi maldita sonrisa para que no pueda volver a ver a mi padre nunca más. Una chica que está sentada dos sillas más allá me mira sonriendo de oreja a oreja, con la barbilla apoyada en las manos. Los demás parecen un tanto extrañados y desilusionados. El Tío Que Parece ser Damario dice, mirando a su mesa: «Tío». Y solo con oír esa palabra, ya sé que he decepcionado a todo el mundo.

—De hecho, creo que esa rama es mi favorita, la electroquímica. Porque no hay nada mejor que una buena reacción química, ¿verdad?

Después le guiño un ojo a Monica Chapman, que se queda muda durante los siguientes veinte segundos.

En cuanto recupera el habla, nos pone un control sorpresa para «evaluar nuestras capacidades». En realidad, creo que lo hace para fastidiarme, porque corrige los controles en su mesa y después dice:

—Jack Masselin. Devuélvelos.

Ya empezamos.

Me levanto de mi sitio, voy a la pizarra y cojo los controles. Después me quedo parado un minuto, intentando pensar qué hacer. Toda la clase me mira, y yo los miro a ellos. Hay cuatro chicos que están claramente identificados. Otros tres que estoy bastante seguro de que no conozco y no tengo por qué conocerlos (aunque tampoco estoy total y completamente seguro). Ocho están en la zona gris, más conocida como la zona de peligro. Bueno, puedo pasear me arriba y abajo por las filas, intentando unir los nombres de la gente que conozco con sus caras. Puedo aguantar toda la mierda que me van a echar encima en cuanto quede claro que no los reconozco a todos. «Capullo.» «Idiota.»

También puedo hacer lo que hago ahora mismo: levantar el montón de papeles y preguntarles:

—¿Quién hay aquí que de verdad quiera saber lo que ha sacado?

Al fin y al cabo era un control sorpresa, así que tampoco es que nadie se lo haya preparado. Por si acaso, paso las hojas y la mayoría de las notas son suficiente, suspenso, suficiente o suficiente. Tal y como me esperaba, nadie levanta la mano.

—¿Quién prefiere aprovechar esta oportunidad para prometerle a la señora Chapman que a partir de ahora lo hará mejor?

Casi todos levantan la mano. Estas manos van pegadas a brazos que van pegados a torsos que van pegados a cuellos que van pegados a caras que nadan hacia mí, extrañas e irreconocibles. Es como asistir una fiesta de disfraces todos los días. Eres el único que no lleva disfraz, y aun así tienes que saber quién es cada persona.

—Por si os interesa, los voy a dejar aquí mismo.

Los coloco en un pupitre vacío al frente de la clase y vuelvo a mi sitio.



Cuando suena la campana, Monica Chapman dice:

—Jack, quiero hablar contigo.

Salgo por la puerta como si no la hubiera oído y me voy derecho a secretaría, donde les explico que tengo que cambiarme a la otra clase de química avanzada, aunque la da el señor Vernon, que tiene como cien años y está sordo de un oído. La secretaria empieza a decir:

—No sé si podemos cambiarte, porque habría que reorganizar parte de tu horario...

Por un momento me entra la tentación de decir: «Olvídelo, me quedo donde estoy». En serio, no me importa nada pasarme un semestre atormentando a Monica Chapman. Pero pienso en mi padre cuando perdió el pelo, en lo débil que lo dejó la quimio, y en lo frágil que se lo veía, como si pudiera desaparecer delante de nuestros propios ojos. Recuerdo lo que sentí cuando estuvimos a punto de perderlo. Una parte de mí aún lo odia, puede que lo odie para siempre, pero después de todo es mi padre y no quiero odiarlo más todavía. Además, la verdad es que me gusta la química y... ¿para qué me la voy a arruinar?

Me apoyo en el mostrador. Le lanzo a la secretaria una sonrisa que dice: «Esta sonrisa la tenía guardada para ti y solo para ti».

—Perdone que la moleste, y no quiero incordiar; pero, por si sirve de algo, sé que podemos conseguir un permiso de la señora Chapman.





Decido saltarme la comida. Después viene la clase de gimnasia, y no creo que exista ninguna chica gorda en todo el planeta, por mucha confianza que tenga en sí misma, que no odie la gimnasia.

Así, en general, el día de hoy podría haber ido peor. Nadie me ha expulsado del patio. Por ahora solo me han mugido y se han reído de mí cuatro o cinco veces, y se me han quedado mirando un par de cientos de veces. Hay un montón de gente que ni se ha fijado y un montón de gente que me trata como a cualquier otra. Tengo al menos una amiga potencial, o puede que dos. No he sufrido ni un solo ataque de pánico.

Pero lo más duro ha sido algo que no me esperaba: el ver a la gente a quien conocía, la gente con la que crecí, y saber que mientras yo estaba sentada en casa ellos se hacían mayores, iban al colegio, hacían amigos y vivían la vida. Es como si yo fuera la única que se detuvo.

Así que no me apetece comer. En lugar de eso, me siento en el aparcamiento, fuera de la cafetería, y me pongo a leer mi libro favorito, Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson. Trata de una chica llamada Mary Katherine Blackwood. Casi toda su familia ha muerto y ella vive con su hermana, apartada de la sociedad, atrapada en su casa, no por culpa de su peso sino por algo horrible que hizo mucho tiempo atrás. La gente del pueblo cuenta leyendas sobre ella y le tienen miedo y a veces se acercan a la casa a escondidas intentando verla de refilón. Estoy casi segura de que entiendo a Mary Katherine como nadie puede entenderla.

Leo unos minutos, luego cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás. Es un día cálido, muy bonito y, aunque ya hace tiempo que no vivo encerrada en casa, creo que jamás llegaré a cansarme del sol.



La gimnasia es peor de lo que había imaginado.





Cómo no, tiene que ser Seth Powell quien diga:

—He leído algo acerca de un juego. —Dice que a lo mejor lo vio en internet, pero no se acuerda—. Se llama Rodeo de Gordas.

Y se echa a reír como si fuera la cosa más divertida que ha oído en su vida. Se ríe tanto que casi se cae de las gradas.

—Consiste en acercarse a una gorda y saltarle encima como si estuvieras montando un toro. —Se agacha, se tapa la cara, y luego da tres patadas en las gradas como si así pudiera recobrar la respiración. Cuando por fin vuelve a levantar la vista, empieza a bizquear con los ojos llenos de lágrimas—. Te agarras con todas tus fuerzas, la estrujas con ganas...

Se dobla por la mitad y se mece adelante y atrás. Miro a Kam y Kam me mira a mí como diciendo: «Menudo gilipollas». Seth se incorpora, todo tembloroso.

—Y el que... —ya casi no puede ni hablar— más tiempo se quede agarrado... —apenas puede respirar—, gana.

Pregunto:

—¿Qué gana?

—El juego.

—Sí, pero... ¿qué gana?

—El juego, tío. Gana el juego.

—Pero ¿hay premio?

—¿Cómo que premio?

Seth es bastante idiota, la verdad. Suspiro como si tuviera que cargar con todo el peso del mundo, como si fuera el puto Atlas.

—Si vas a una feria y juegas en un puesto de tiro, te dan... yo qué sé, un panda de peluche o alguna mierda.

—Ni que tuviéramos ocho años.

Seth mira a Kam levantando los ojos hacia el cielo, como diciendo que vaya estupidez.

Me ahueco el afro con las manos. Así queda más grande y mola más. Empiezo a hablar muy muy despacio, como les habla mi padre a los extranjeros:

—Así que a los ocho años jugaste al tiro y te dieron algo por ganar.

Kam bebe un trago de la petaca que siempre lleva encima, pero no le ofrece a nadie. Resopla.

—Claro, como que te crees que alguna vez ha ganado.

Seth me sigue mirando a mí, pero estira la mano y le da un bofetón a Kam en un lado de la cabeza. Hay que reconocer que tiene buena pegada.

Seth me mira con los ojos entornados.

—¿Adónde quieres ir a parar?

—¿Qué ganas si ganas el rodeo?

—Tú ganas. —Levanta las manos como diciendo que qué más quiero.

Podríamos pasarnos horas así, pero Kam dice:

—Tienes todas las de perder, Mass. Déjalo ya.

Entonces miro a Kam.

—¿Es que tú ya has oído hablar del Rodeo de Gordas?

Se levanta, toma otro trago de la petaca y por un momento pienso que va a ofrecerme. Entonces le pone el tapón y vuelve a guardarla en el bolsillo.

—Ahora sí.

Y de pronto salta de las gradas y echa a correr hacia una chica que parece que lleve una cámara neumática por debajo de la camisa. No la reconozco, pero claro, yo no reconozco a nadie. Quitando la cámara de aire, por mí podría ser mi propia madre.

El identificador de Seth no es el hecho de que sea el único chico negro del cole que lleva cresta. Su identificador es la risa estúpida. Como es tan idiota, siempre se está riendo, y sería capaz de reconocer esa risa en cualquier lugar. El de Kam es su pelo rubio casi blanco, que lo hace parecer albino. Es la única persona que conozco con el pelo de ese color.

No tengo ni idea de quién es esta chica de la cámara neumática pero, aunque no paro de mirar, pienso que Kam no le va a hacer nada. Solo intenta que creamos que lo hará.

Y de pronto lo está haciendo. Está agarrado a la chica como un papel de celofán. Al principio puede parecer que a ella le divierte porque se trata de Dave Kaminski. Pero cuanto más rato sigue agarrado, más se agobia ella, hasta que al final parece que se va a poner a gritar, o a llorar, o las dos cosas.

Me levanto. Voy a pedirle que pare. Seth no aparta la mirada de Dave y de la chica. Se queda boquiabierto. Luego empieza a darse golpes en la rodilla mientras dice:

—¡Mierda, mierda, mierda!

Después se echa a reír y me dice algo que suena como: «Se nota que le gusta». Y yo no paro de pensar: «Di algo, atontado».

Pero me quedo callado. Y cuando ella ya está a punto de estallar, Kam la suelta. Luego empieza correr una vuelta victoriosa alrededor de la pista.

—Quince segundos —dice Seth, casi sin resuello—. Es un puto récord mundial.





Libby Strout es una gorda.

Estoy encerrada en el baño después de clase, con un rotu permanente que chirría contra la horrible horrible pared. Hay un tampón sin usar tirado en el suelo y un brillo de labios gastado en el lavabo, aunque la papelera está justo al lado. Un letrero pegado en uno de los cubículos dice «AVERIADO» porque a alguien se le cayó (o alguien tiró) un libro de mates en el retrete. Aquí dentro huele a ambientador y a cigarrillos, entre otras cosas. ¿Dicen que las niñas son dulces como nubes de algodón? Pues no es cierto. No hay más que visitar el baño del tercer piso del instituto MVB en Amos, Indiana, para descubrirlo.

Alguien empieza a aporrear la puerta.

Levanto el brazo y escribo con letras bien grandes, lo más grandes que puedo, para que todo el mundo lo vea:

Libby Strout es una gorda.

Es gorda y fea.

Nadie se la va a tirar.

Nadie la querrá nunca.

Veo mi reflejo en el espejo, y tengo la cara de color remolacha, «la verdura buena», como solía llamarla mamá, aunque sabía que no me gustaba nada. Mamá siempre hacía lo mismo: pintaba las cosas mejor de lo que eran.

Libby Strout es tan gorda que tuvieron que derribar su casa para sacarla.

Son palabras textuales. Todas esas cosas se las oí decir a Caroline Lushamp y a Kendra Wu, hablando de mí, en el gimnasio. Las demás chicas estaban de pie a su alrededor, escuchando. Y se reían. Añado una o dos frases más, las cosas más horribles que se me ocurren, para no tener que oírselas a otras personas. Las escribo para que ellas no tengan que hacerlo. Así, no podrán decir nada de mí que no haya dicho yo primero.

Libby Strout es la Chica Más Gorda de América.

Libby Strout es una mentirosa.

Doy un paso atrás.

Esas palabras encierran la verdad más grande de todas y yo estoy bien hasta que las veo. Sin embargo al verlas allí, como si las hubiera escrito otra persona, se me corta la respiración. «Ahora te has pasado, Libbs», pienso.

Sí, estoy gorda.

Sí, tuvieron que derribar una parte de mi casa.

Puede que ningún chico llegue nunca a amarme ni a querer tocarme, ni siquiera en un cuarto a oscuras, ni siquiera después de una catástrofe cuando todas las flacas hayan sido borradas de la faz de la tierra por alguna plaga horrible. Puede que algún día consiga estar más delgada de lo que estoy ahora y tenga un novio que me quiera, pero seguiré siendo una mentirosa. Y siempre seré una mentirosa.

Porque dentro de tres minutos, más o menos, voy a abrir la puerta y voy a recorrer el pasillo diciéndome para mis adentros que era de esperar, que yo sabía que esto iba a suceder, que no podía ser de otra manera, que no importa nadie, que el instituto no importa, que nada de esto importa, que lo que cuenta es el interior. Todo lo que se encuentra más allá de esto. Las típicas cosas que a la gente le gusta decir. Además, hace mucho tiempo que dejé de sentir nada.

Solo que eso es otra mentira.



Sesenta segundos más tarde:

Salgo del baño y me doy de bruces con una chica casi tan gorda como yo. Va llorando como una descosida y mi primer impulso es quitarme de en medio. Me dice:

—¿Qué estabas haciendo ahí dentro? ¿Has cerrado la puerta con llave?

En realidad, lo dice a gritos.

—Se habrá atascado. ¿Estás bien?

Hablo en voz baja y tranquila para ver si ella me sigue la corriente.

Llora y tiene mucho hipo. Tarda un momento en contestar.

—Cerdos.

Esto ya lo dice un poco más bajo.

No necesito preguntar qué ha pasado. Solo quién ha sido. Por el tamaño de ella, puedo imaginar lo que ha sucedido.

—¿Quién? —pregunto, aunque tengo la sensación de que no conozco a nadie en este instituto.

—Dave Kaminski y los cerdos de sus amigos.

Me rodea para acercarse al lavabo y allí se agacha, se lava la cara, y se moja el pelo lleno de tirabuzones negros. Lleva una camiseta de Nirvana y uno de esos collares comestibles, de caramelos. Cojo una toalla de papel y se la paso.

—Gracias. —Se seca la cara—. Dave Kaminski me ha saltado encima y le he pedido que me soltara, pero no quería.

El Dave Kaminski a quien yo conocía era un enano fl acucho de doce años, con el pelo blanco, que una vez le robó el Johnnie Walker a su padre y lo llevó al colegio.

—¿Dónde están?

—En las gradas. —Sigue hipando, pero no tanto. Levanta la vista hacia la pared y empieza a leer—. ¿Qué demonios...?

Le sigo la mirada.

—Sí, ¿verdad? Míralo por el lado bueno. Al menos, no es tu nombre el que está en la pared.





Kam sigue dando vueltas a la pista cuando las dos chicas salen del instituto. Una de ellas se queda rezagada, pero la otra cruza el campo de fútbol muy decidida. Levanta la vista un instante, hacia donde estamos, y nuestras miradas se encuentran. Luego va derecha a por Kam.

Al principio él no la ve, cosa que es un milagro porque esta chica es enorme. Pero luego se nota que ya la ha visto y coge velocidad, se echa a reír y empieza a esprintar. Seth se sienta muy derecho, como un perro que vigila a una ardilla. Susurra:

—Qué narices...

Justo cuando se acerca la chica, Kam sale pitando como si le hubieran prendido fuego y la chica echa a correr detrás de él. Me levanto, porque esto es lo mejor que he visto en mi puñetera vida. Porque, bueno, la tía parece que vuela.

Seth empieza a aplaudir como un tonto.

—Joder.

Se pone a gritarle a Kam mientras se parte de risa, da patadas y pisotones a las gradas. Yo, en cambio, no paro de animar a la chica:

—¡Corre! —grito, y se lo grito a ella, aunque nadie lo sabe—. ¡Corre! ¡Corre! ¡Corre!

Al final, Kam salta la valla y echa a correr calle abajo, alejándose de nosotros. La chica salta la valla como una puñetera gacela, pisándole los talones, y si no lo alcanza es solo porque en ese mismo instante pasa un camión a toda velocidad. Ella se queda de pie en medio de la calle mirando fijamente a Kam y después vuelve andando, no corriendo, hacia el instituto. Cruza el campo de fútbol y al pasar vuelve a mirarme. No gira la cabeza, solo me sigue con la mirada. Se nota que está muy cabreada.





SEIS AÑOS ANTES





Llego al patio del recreo, y Moses Hunt me dice:

—Vaya, pero si es Gordi Grasa. ¿Qué pasa, Gorda?

Yo le contesto:

—Gorda lo serás tú.

Aunque él no es gordo, pero resulta que yo tampoco soy gorda.

Mira de reojo a los chicos que se apelotonan a su alrededor, esos chicos que no se pierden ni uno de sus movimientos, aunque solo esté haciendo pedorretas con el sobaco y repitiendo las palabrotas que le han enseñado sus hermanos. Vuelve a mirarme, está a punto de decir algo y sé que, sea lo que sea, no me apetece oírlo porque nadie puede decir nada bonito con esa boca que parece que se ha tragado un limón entero con semillas y todo.

Abre su boca arrugada y avinagrada y me suelta:

—Nadie te querrá nunca. Porque eres gorda.

Me miro las piernas y la tripa. Abro los brazos. Si estoy gorda, me acabo de enterar. Rechoncha, a lo mejor. Un poco rellenita. Pero siempre he sido así. Miro de arriba a abajo a Moses y a los demás niños y a las niñas que están cerca de los columpios. Yo no me veo mucho más gorda que ellos.

—Yo creo que no lo soy.

—Pues entonces no solo eres gorda, sino que también eres tonta.

Los chicos se parten de risa. Moses arruga la cara como un puño y abre tanto la boca que todas las palomas de Amos podrían anidar dentro.

—Gorda Grasa, vete a casa... Que si no el sol no pasa. —Canta con la música de la Canción de cuna—: Si tú estás, y no te vas, hasta la luna taparás...

Pienso: «El tonto eres tú». Y sigo avanzando por un lado. Voy hacia los columpios, donde veo a Bailey Bishop con un montón de niñas. Moses me corta el paso.

—Gorda Grasa, vete a casa...

Me muevo hacia el otro lado y él me corta el paso otra vez. Así que me dirijo hacia las barras, donde puedo sentarme tranquila, pero él dice:

—No pienso permitir que hagas eso. Podrías romperlas.

—No las voy a romper. No es la primera vez que me subo.

—Podrías romperlas. Seguro que tu grasa ha agrietado los cimientos. Apuesto a que se hundirá la próxima vez que te subas. Y tal vez el parque también. Es muy posible que lo estés rompiendo ahora mismo solo con estar aquí de pie. Seguro que mataste a tu madre sentándote encima de ella.

Los chicos se parten de risa todo el tiempo. Uno de ellos se revuelca por el suelo aullando de risa.

No soy tan alta como Moses, pero miro directamente a sus ojos oscuros, despiadados. No paro de pensar: «Por primera vez en mi vida, sé lo que significa que alguien me odie». Veo el odio allí dentro como si estuviera alojado en sus pupilas.

Me paso el resto del recreo de pie contra la pared, en un extremo del patio, preguntándome qué le habré hecho yo a Moses Hunt para que me odie y sabiendo que, sea lo que sea, ya no hay marcha atrás. Mi instinto me dice que jamás le gustaré, haga lo que haga, por muy delgada que esté, por mucho que intente ser agradable con él. Es una sensación aterradora. Es la sensación de que algo está cambiando. De llegar a una esquina y dar la vuelta y ver que la calle está vacía y oscura y llena de perros salvajes pero no puedes retro ceder, solo seguir avanzando, para meterte en medio de la jauría.

Oigo un grito, y mi amiga Bailey Bishop salta del columpio en pleno vuelo, con las piernas estiradas, el pelo flotando hacia el cielo, de color oro brillante como el amanecer.

Saludo con la mano, pero ella no me ve. «¿Es que no se da cuenta de que he desaparecido?» Vuelvo a saludar, pero está demasiado ocupada corriendo. Pienso: «Si yo fuera Bailey Bishop, también correría. Sus piernas son largas como los postes de la luz. Si yo fuera Bailey Bishop, ni siquiera me buscaría a mí para ver dónde me he metido. Correría y correría y correría sin parar».





AHORA





La chica se llama Iris Engelbrecht. En estos últimos cinco minutos me he enterado de varias cosas: es gorda desde que nació gracias a un doble golpe de mala suerte, porque tiene hipotiroidismo y otra cosa que se llama síndrome de Cushing. Sus padres están divorciados, tiene dos hermanas mayores y en su familia todos son obesos.

—Cuéntaselo a la directora.

Iris sacude la cabeza.

—No.

Hemos vuelto al instituto y estamos las dos solas. Intento dirigirme hacia el pasillo principal, donde está la oficina de la directora, pero Iris se hace la remolona.

—Yo te acompaño.

—No quiero empeorar las cosas.

—Lo que va a empeorar las cosas es que Dave Kaminski se crea que puede hacerte esto.

—Yo no soy como tú.

Lo que quiere decir es: «Yo no soy valiente como tú».

—Entonces, ya me voy.

Me empiezo a alejar de ella.

—No te vayas. —Vuelve a mi lado—. Mira, muchas gracias por perseguirlo, pero solo quiero que pase todo y, si lo cuento, no terminará de pasar, sino todo lo contrario. Crecerá tanto que tendré que estar viéndolo todo el tiempo, y no me apetece. Es el primer día de curso.

Y de nuevo escucho lo que no está diciendo: «No quiero que esto me esté atormentando todo el curso, aunque tengo todo el derecho a darle una patada en la boca».



He quedado en el parque con Rachel Mendes, mi orientadora. He pasado dos de los últimos tres años viéndola todos los días. Fue la primera persona, aparte de mi padre, que me habló como si fuera una chica normal cuando estuve en el hospital. Más tarde se convirtió en mi tutora y también en mi cuidadora, la persona que me hacía compañía mientras mi padre estaba en el trabajo. Ahora es mi mejor amiga y quedamos aquí una vez por semana.

Me pregunta:

—¿Qué ha sucedido?

—Chicos. Idiotas. La gente.

Antes había un zoo en el centro del parque, pero lo cerraron en 1986 porque el oso intentó comerse el brazo de un hombre. Lo único que queda ahora es este gran banco de piedra, que formaba parte del hábitat del oso. Nos sentamos y miramos hacia el campo de golf. Estoy tan furiosa que temo que me estalle la cabeza.

—Un chico ha hecho algo muy cruel y se lo ha hecho a una persona que no quiere contarlo.

—¿Esa persona está en peligro?

—No. Seguramente el chico pensó que estaba haciendo algo inofensivo, pero no debería haberlo hecho y no debería salirse con la suya.

—Por mucho que queramos, no podemos librar las batallas de los demás.

«Pero podemos perseguir calle abajo a los cerdos que los atemorizan.» Pienso en lo sencilla que era la vida cuando no podía salir de casa. No había más que reposiciones de Sobrenatural todo el día y leer, leer, leer y espiar a los chicos de enfrente desde mi ventana.

—¿Cómo va esa ansiedad?

—Estoy enfadada, pero respiro bien.

—¿Cómo van las comidas?

—No he comido por el estrés, pero aún no ha acabado el día.

«Y me queda un curso entero por vivir.» Aunque he pasado casi tres años comiendo sano y aburrido sin soltar ni un hipo, Rachel y los médicos temen que acabe metiéndome un atracón salvaje e interminable porque sufro muchas carencias. Lo que no entienden es que no era por la comida. La comida nunca tuvo nada que ver con mis motivos. Al menos, no directamente.

—Lo peor de todo —digo— es esto: tú sabes lo lejos que he llegado, y yo sé lo lejos que he llegado, pero lo único que ven los demás es lo enorme que estoy y dónde estaba hace años. No ven quién soy ahora mismo.

—Ya se lo mostrarás. Si alguien puede hacerlo, esa eres tú.

De pronto no puedo continuar sentada en el banco. Me pasa a veces: después de tantos meses de inmovilidad, me sigue invadiendo la necesidad de mover el cuerpo.

Digo:

—Vamos a girar.

Y esto es lo que más me gusta de Rachel. Se levanta de inmediato y empieza a dar vueltas, sin hacer preguntas, sin miedo de lo que nadie pueda pensar.

Nochebuena. Tengo cuatro años. Mi abuela nos regala a mamá y a mí unas enormes faldas de Navidad a juego (una es verde, y la otra roja). Son feas pero tienen vuelo, así que no nos las quitamos hasta el Año Nuevo y damos vueltas sin parar. Mucho tiempo después de que la falda me quedara pequeña, seguíamos dando vueltas para celebrar todos los cumpleaños, el Día de la Madre y cualquier cosa que mereciera una celebración.

Rachel y yo giramos hasta marearnos, y después volvemos a derrumbarnos en el banco. Me mido el pulso con disimulo, porque quedarse sin aliento puede ser bueno o malo. Espero hasta que se me regula el pulso, hasta que compruebo que estoy a salvo, y digo:

—¿Sabes qué pasó con el oso? El oso que estaba aquí.

No me extraña que intentara arrancarle el brazo a alguien. Porque claro, el hombre metió el brazo en su jaula, y esa jaula era lo único que el oso tenía en el mundo.

—En las noticias dijeron que lo habían mandado a Cincinnati para socializarlo.

—¿Qué crees que pasó en realidad?

—Creo que le pegaron un tiro.





En la pared, por encima de mí, un retatatarabuelo (o lo que sea) me vigila, serio y con una mirada feroz, desde una foto gigante. Cuentan que fue un santo que dedicaba la vida a tallar juguetes. Si nos creemos todas esas historias, se trataba de una especie de dadivoso Papá Noel de Indiana. Pero en esta foto da un miedo que alucinas.

Me clava su mirada salvaje mientras le dejo un mensaje a Kam:

—Estoy aquí sentado, en la vieja juguetería Masselin’s, deseándote todo lo mejor en tu viaje a casa. Avísame si necesitas dinero para pagar un billete de vuelta.

Cuelgo el teléfono y le digo a mi retatatarabuelo (o lo que sea):

—Nunca juzgues a un hombre sin meterte en su pellejo.

Estoy en la oficina contestando correos electrónicos, repasando el inventario y pagando recibos. Podría hacer todas estas tareas con los ojos cerrados. La juguetería Masselin’s lleva cinco generaciones en mi familia. Ha sobrevivido a la Gran Depresión y a las revueltas raciales y a la explosión del centro de la ciudad en 1968 y a la recesión. Seguramente seguirá aquí mucho tiempo después de que mi padre haya desaparecido y de que yo haya desaparecido, mucho después de la próxima glaciación, cuando las únicas supervivientes sean las cucarachas. Desde que nació Marcus, que es tan responsable y diligente, se suponía que tomaría el relevo de mi padre. Esto se debe a que, por algún motivo, todo el mundo espera que Jack haga Algo Grande. Pero yo sé una cosa que ellos no saben. «Así seré yo algún día. Viviré en esta ciudad, llevaré esta tienda, me casaré, tendré hijos, les hablaré a voces a los extranjeros, y engañaré a mi mujer. Porque no creo que esté preparado para otra cosa.»

Suena mi teléfono y es Kam, pero no me da tiempo a contestar porque entra un hombre; pelo hirsuto y oscuro, cejas oscuras, y camisa de la tienda Masselin’s.

Mi padre carraspea. La quimio le ha dejado como secuelas una pérdida de oído en un lado y una garganta que lo obliga a carraspear todo el tiempo. Dice:

—¿Por qué has dejado la clase de química avanzada?

«¿Cómo coño lo sabe? Si hace solo un par de horas de eso.»

—No la he dejado.

«Te diré cómo lo sabe. Seguro que Monica Chapman se lo ha susurrado al oído mientras lo estaban haciendo en su coche.»

Y no me da tiempo a evitarlo, la cabeza se me llena de imágenes de primigenias partes desnudas del cuerpo, algunas de ellas pertenecientes a mi padre.

Agarra una silla y aparto la mirada cuando se sienta, porque no consigo sacarme esas imágenes de la cabeza.

—Eso no es lo que me han contado.

«Mientras me cepillaba a Monica Chapman por todo el laboratorio de química. Mientras me la cepillaba contra tu taquilla, encima de tu mesa del comedor, en la mesa de todos los profesores que tendrás en tu vida.»

Le digo, quizá un poco demasiado fuerte:

—Solo me he cambiado a la otra clase.

—¿Qué tenía de malo la clase donde estabas?

Se acabó. Tiene que estar de broma, ¿verdad? No me puedo creer que me siga preguntando por el tema.

No lo aguanto más. Tengo que mirarlo a los ojos, cosa que me resulta aún más incómoda que la propia conversación.

—Tengo un problema con la profesora. Vamos a dejarlo ahí.

Papá se envara. Sabe que lo sé, y esto es lo más incómodo del mundo. De pronto me importan una mierda los correos y el inventario. Lo único que me importa es largarme de aquí, porque a Monica Chapman no se le habría ocurrido contárselo si no fuera porque sigue acostándose con él.



Hay un chico flaco, con orejas de soplillo, sentado a la mesa de la cocina. Bebe leche de uno de los vasos de whisky que mis padres guardan en el mueble bar. Aunque no es más que un crío, por su forma de sentarse me recuerda a un anciano que ha conocido momentos más felices y tiempos mejores. Tiene el bolso encima de la mesa.

Cojo un vaso, me sirvo un zumo y pregunto:

—¿Está ocupada esta silla?

Empuja la silla hacia mí de un puntapié y yo me siento. Levanto el vaso y él brinda con el suyo. Bebemos en silencio. Al otro lado del pasillo escucho el tictac del reloj del abuelo. Somos los primeros en llegar a casa.

Al final, Dusty dice:

—¿Por qué la gente es tan cerda?

Al principio pienso que sabe lo de mi conversación con papá, o que sabe lo mío, que sabe la clase de persona que soy en el instituto. Después veo el bolso, donde alguien ha garabateado por un lado una de las palabras más feas de la lengua inglesa con un rotulador negro. La correa está cortada por la mitad.

Vuelvo a mirar a mi hermano pequeño.

—La gente hace cerdadas por muchos motivos. A veces es solo porque son así de cerdos. A veces la gente les ha hecho alguna cerdada y, aunque no se dan cuenta, cogen esas costumbres tan cerdas y salen al mundo y tratan a los demás de la misma manera. A veces se portan como cerdos porque tienen miedo. A veces deciden ser cerdos con los demás antes de que alguien les pueda hacer alguna cerdada. Así que es como si fuera una cerdada de autodefensa. —De eso yo sé un montón—. ¿Quién te ha hecho una cerdada?

Dusty levanta una mano y sacude la cabeza, lo que quiere decir que no, no vamos a entrar en detalles.

—¿Por qué iba a hacerte una cerdada alguien que tiene miedo?

—Porque a lo mejor a ese alguien no le gusta ser quien es, pero entonces llega un chico que sabe exactamente quién es y que parece que no le tiene miedo a nada. —Miro el bolso—. Bueno, pues eso puede intimidarlo, aunque no debería, y puede hacer que ese primer chico se sienta aún peor consigo mismo.

—¿Aunque el otro chico no esté intentando hacer que nadie se sienta peor y lo único que quiera es ser él mismo?

—Exactamente.

—Eso es una cerdada.

—¿Puedo hacer algo por ti?

—Pues no seas un cerdo.

—Solo te prometo que no te haré ninguna cerdada, hermanito.

Bebemos como dos viejos camaradas y, al cabo de un rato, digo:

—¿Sabes? Apuesto a que podría arreglarte ese bolso. O incluso fabricarte uno nuevo. Y que sea indestructible.

Se encoge de hombros.

—Estoy mejor sin él.

Y lo dice de una manera que me entran ganas de comprarle todos los malditos bolsos del mundo y hasta de empezar a llevar uno yo mismo, por solidaridad.

—¿Y qué tal si te fabrico alguna otra cosa, entonces? Dime algo que siempre hayas querido tener. Pide lo que quieras. Cualquier cosa.

—Un robot de Lego.

—¿Que pueda hacerte los deberes?

Sacude la cabeza.

—Qué va, eso no me hace falta.

Me recuesto en la silla y me froto la mandíbula, fingiendo quedarme muy pensativo.

—Ya sé. Seguro que quieres uno que te haga las tareas de casa.

—Qué va.

—Entonces ¿un dron?

—Quiero uno que pueda ser mi amigo.

Es como si me dieran una patada en el estómago. Casi me enfado; pero, en vez de eso, asiento con la cabeza, me froto la mandíbula y vacío el vaso.

—Eso está hecho.





Después de cenar, papá y yo nos sentamos en el sofá y le enseño el último vídeo de las Damas, filmado hace un par de semanas en un festival de Indianápolis. Los brillos de lentejuelas, las luces del estadio, los gritos de la multitud. «Cuánto color. Cuánta vida.» No creo que exista nadie más sobre la faz de la tierra que pueda apreciarlo tanto como yo.

Me pregunta:

—¿Estás segura de que quieres hacer esto?

—No. Pero de todas formas, me voy a presentar a las pruebas. No puedes protegerme de todo, papá. Si me la pego, me la pego, pero por lo menos lo hago.

Le entrego el formulario y lo ojea. Coge el bolígrafo que está sobre la mesa de centro y lo firma. Me lo devuelve diciendo:

—¿Sabes? Tenerte otra vez en el mundo exterior es más difícil de lo que yo pensaba.





Estoy en el sótano, que es como una versión distorsionada del taller de Papá Noel, abarrotado de coches y volquetes, cabezas de Míster Potato, walkie-talkies y todo lo imaginable de Fisher-Price. Son juguetes desechados, pero también hay otras cosas: piezas de coche, piezas de moto, motores, trozos de cortadoras de césped y electrodomésticos. Cualquier cosa que pueda transformar en algo distinto. Algunos proyectos están acabados, pero la mayoría son obras incompletas, con las tripas por fuera y piezas por todas partes. Aquí desmonto las cosas y las vuelvo a juntar de maneras nuevas y sorprendentes. Tal y como me gustaría hacer con mi propia persona.

Suena el teléfono y es Kam.

—He llegado corriendo hasta Centerville, tío.

Suelto una risotada valerosa y masculina.

—¿Te asustó esa chica mala?

—Cállate. Joder, qué rápida era.

—¿Estás bien? ¿Necesitas hablar del tema?

Pongo la voz que pone la madre de Kam cuando habla con su hermana pequeña, esa que siempre está llorando y dando portazos.

—Ya está, tío. Es el anillo de oro.

—¿Cómo?

—Es ella. Ella es el premio. O, por lo menos, el objetivo. Quien consiga agarrarse a esa, gana.

—¿Qué gana?

Pero ya sé lo que va a decir.

—El Rodeo de Gordas.

Las paredes del taller empiezan a cerrarse a mi alrededor.

—¿Mass?

—Creo que este juego no me va mucho.

—¿Cómo que no te va?

«Quiero decir que no me apetece nada mantener esta conversación, porque no me gusta adónde nos está llevando.»

—Es que me parece un poco tonto. Tío, se le ha ocurrido a Seth.

Por si acaso, siempre siempre acabamos crucificando a Seth.

—Él no se lo inventó. Solo nos lo contó. No tiene nada que ver. Además, es jodidamente divertido. Pero ¿qué te pasa? Esa tía casi me atropella.

—Seth es un idiota.

Lo sigo crucificando mientras pienso en una manera de parar esto antes de que todas las chicas corpulentas del instituto acaben humilladas. No se lo merecen. La chica que saltó la valla como una gacela y persiguió a Kam calle abajo no se lo merece. Digo:

—Ella no se lo merece.

—Joder, qué gilipollas eres. Ni que fueras a invitarla al baile de graduación. ¿Te reservo ya la limusina?

—Yo solo digo que podríamos aprovechar mejor el tiempo libre en nuestro último año de instituto. ¿Tú has visto cómo están las chicas de primero?

El tema de las chicas siempre es socorrido.

—¿Cuándo te has vuelto tan cobarde?

Me quedo callado.

El corazón me late a cien. «Di algo, pardillo.»

—Esto lo vamos a hacer contigo o sin ti, Mass.

Por fin le espeto:

—Qué más da, tío. Haz lo que quieras.

—Lo haré, muchas gracias. Siempre que contemos con tu aprobación.

—Cretino.

—Pardillo. —Nos llamamos así cariñosamente.

Noto que la tierra está un poco más fi rme entre nosotros, pero el resto del mundo se tambalea, como si estuviera suspendido de un alambre a muchos kilómetros del suelo.



Esto es lo que podría perder si mando

a mis amigos a la mierda

por Jack Masselin



1. A Kam y a Seth. Puede que no sean los mejores amigos del mundo, pero son los únicos a quienes sé reconocer de manera fiable y más o menos congruente. Quizá porque los conozco desde hace más tiempo que a nadie o porque sus identifi cadores son fáciles de distinguir en medio de una multitud. El caso es que los recuerdo. Para empezar, seguro que por eso nos hicimos amigos. Imagina que te mudas a una ciudad donde solo reconoces a dos personas y siempre vas a reconocer solo a esas mismas dos personas, por mucha otra gente que conozcas.





2. El mundo que con tanto cuidado me he construido entre las paredes del instituto Martin Van Buren. No me convertí en Jack Masselin a base de cabrear a la gente. Y aunque puede que no siempre me guste Jack Masselin, lo necesito. Sin él no soy más que un chico jodido con una familia jodida y un futuro muy dudoso. Si algo sé del instituto es esto: la gente te lanza a los lobos en cuanto tiene la menor excusa. (Va por ti, Luke Revis.)





Pues eso.





3. A mí mismo. Preferiría no perderme a mí mismo.





Me tumbo en mi cama. No es la cama donde me pasaba veinticuatro horas al día cuando no podía salir de casa, sino una nueva que compramos cuando perdí algo de peso. Saco los cascos y busco la canción All Right Now. La conozco del capítulo sexto de la primera temporada de Sobrenatural. Está justo al final del capítulo, cuando Dean le cuenta a Sam que le habría gustado vivir una vida normal.

Una vida normal. Eso es lo que he deseado siempre, desde que tengo memoria. Es lo que intenté crear en mi imaginación, desde mi cama. Cuando Dean, el de la casa de enfrente, aprendió a montar en monopatín, yo aprendí con él y nos pasábamos horas echando carreras. Cuando Dean y Sam jugaban al béisbol en el jardín, yo jugaba con ellos, y cuando construyeron un cañón para lanzar patatas en el camino de entrada a su casa, yo los ayudé a pintarlo con un aerosol y a lanzar patatas por encima del tejado. Los cuatro pasábamos muchos ratos en su casita del árbol y, siempre que los hermanos mayores de Castiel se marchaban sin él, yo lo sacaba a tomar helados y le contaba cuentos. Después, regresaba a casa y cenaba en la mesa del comedor con mi padre y también con mi madre, porque, por supuesto, era todo imaginario, así que podía arreglármelas para que sucediese lo que me apeteciera. Y también yo podía ser lo que me apeteciera, incluida una chica de talla normal.

Subo tanto el volumen de la canción que parece que la llevo dentro, que corre como sangre por mis venas. Aunque hoy me he enfadado mucho, no recuerdo haber sentido ansiedad. Nada de palpitaciones, nada de sudores fríos. La cafetería no me daba vueltas. No sentía la cabeza como si me estuvieran estrujando dos manos enormes. Mis pulmones respiraban de manera normal y acompasada, sin ayuda.

A mi lado tengo el formulario de las Damas. En el apartado «¿Qué característica o cualidad puedes aportar al equipo que quizá no encontremos en otras candidatas?» puse: «Soy grande, llamativa y bailo como el viento». No me preguntan el peso en ningún apartado del formulario.

Me quedo mirando a George, que está atacando la colcha, y pienso: «Sí. Está bien. Esa soy yo. Nada volverá a ir bien jamás, no como antes, pero empiezo a acostumbrarme. Puede que al final, después de todo, consiga llevar una vida normal».





Me paso un buen rato sentado delante del ordenador, pensando qué puedo decir. Con las redacciones del colegio voy tirando, pero no soy escritor. Cosa que nunca ha sido un gran problema hasta este preciso instante.

El caso es que, aunque tienen sus defectos, mis padres son buena gente. Vale, mamá es mejor que papá. Nos han enseñado a mis hermanos y a mí a ser buena gente también y, aunque puede que no siempre nos comportemos bien, seguimos llevando eso por dentro, lo sigo llevando dentro. Al menos, lo justo como para que no pueda soportar el ver a una chica inocente ridiculizada y humillada por los tontos de mis amigos.

¿Y qué pasa si le hacen algo peor que lo del rodeo?

¿Qué pasa si intentan besarla?

¿Qué pasa si intentan meterle mano?

Recapitulo acerca de lo peor que puede suceder, y siempre acabo viendo a esa chica llorar como una magdalena.

Apoyo la cabeza en la mesa. Ahora mismo, yo también siento ganas de echarme a llorar como una magdalena.

Al final, me pongo en plan «Al diablo con esto».

Levanto la cabeza. Y me pongo a escribir sin más.



Yo no soy un cerdo, pero estoy a punto de hacer una cerdada. Y tú me vas a odiar, y no serás la única que me odie, pero de todas formas voy a hacerla, para protegerte y para protegerme yo también...





AL DÍA SIGUIENTE





Iris Engelbrecht decide sentarse conmigo en la cafetería. Por algún motivo, acaso por lo que ocupamos las dos juntas, camina cinco pasos por detrás de mí.

—¿Sigues ahí detrás, Iris?

—Aquí estoy.

Dichas por ella, incluso ese par de palabras rezuman melancolía y derrota. Es la versión del burro Ígor (aquel amigo de Winnie the Pooh) del instituto Martin Van Buren. Y no para de hablar del peso. Tengo bien claro que no tengo ganas de convertirme en la portavoz oficial de las gordas, que es justo lo que Iris piensa que soy, además de la Gorda Valiente con Personalidad. Es mil veces peor que ser la Gorda Entrometida o la Gorda Amiga Íntima. Es un papel que conlleva mucha responsabilidad, y lo último que me apetece es dedicarme a ayudar a otras personas a sobrevivir al instituto.

Me dirijo hacia una mesa junto a la ventana, donde están sentadas Bailey Bishop y Jayvee De Castro, cuando veo de reojo a Dave Kaminski, que lleva la cabeza blanca tapada con un gorro negro de punto. Iris me tira de la manga.

—Quiero salir de aquí.

Doy media vuelta y empiezo a caminar en dirección contraria, con la pobre Iris a remolque detrás de mí. Y me doy de bruces con uno de los amigos de Dave Kaminski, uno de los chicos que había en las gradas. Es alto, con brazos y piernas largos y esqueléticos, la piel de un tono marrón dorada y un pelo castaño oscuro que estalla en todas las direcciones como el sol.

Cuando voy a apartarme de su camino, me dice:

—Perdón.

Y tiene una mirada seria y preocupada, como si acabara de perder a su mejor amigo.

—No, perdóname tú.

Doy un paso a un lado para poder rodearlo. Entonces él da un paso hacia el mismo lado. Así que yo doy un paso hacia el otro lado, y él también, y estoy pensando que debemos de tener una pinta ridícula cuando oigo a Dave Kaminski desde detrás de mi hombro derecho gritando:

—¡JODER, YA HA EMPEZADO!

Por un momento, me parece que este chico se va a desmayar justo delante de mí. Vuelve a decir: «Lo siento». Y luego se abalanza sobre mí y se agarra como si le fuera la vida en ello.

Me quedo tan sorprendida que no puedo ni moverme. En vez de eso, retrocedo en el tiempo hasta unas vacaciones familiares, cuando tenía nueve años. Mi madre y mi padre y mis primos y mis tíos y yo, en la playa, en Carolina del Norte. Hacía calor y todos estábamos nadando. Yo tenía un bañador a cuadros rosa y amarillos que me encantaba. Iba nadando por la orilla y una medusa se me pegó a la pierna. En fin, aquel bicharraco no me soltaba y tuvieron que sacarme de allí para arrancármelo. Yo creí que me moría.

Bueno, pues este bicharraco se agarra con la misma fuerza, y al principio lo único que soy capaz de hacer es quedarme ahí de pie. Parece que el mundo se ha quedado en blanco y quieto, incluida yo. Todo

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Y se detiene.

Así, sin más.

Por primera vez en mucho tiempo, me entra el pánico. El pecho encogido. La respiración acelerada. Las palmas de las manos húmedas. La nuca caliente.

De pronto algo me devuelve de golpe a la realidad. Quizá sea el ruido de los gritos y las palmadas y los abucheos. ¿O son mugidos? Sea lo que sea, de pronto vuelvo a la cafetería del instituto con este chico colgado de mí como un jersey, los brazos que me agarran con fuerza.

—No.

Reconozco mi propia voz, pero suena lejana, como si estuviera en la otra punta del instituto, junto a la biblioteca.

Queda claro que se trata de una especie de juego horrible. Abraza a la Gorda o Agárrate a la Gorda como un Velcro. Es peor que quedarte castigada sin recreo, y de repente me pongo tan furiosa que empiezo a temblar. Me arde todo el cuerpo y estoy segura de que él tiene que notarlo, porque está tan pegado a mí como mis propios brazos y mis piernas.

Pienso: «No he perdido ciento treinta y seis kilos ni he dejado de comer pizza y oreos solo para que este idiota me humille en la cafetería del instituto».

—¡NOOOOO! —Me sale un rugido.

Es fuerte para ser tan flacucho, y tengo que emplear todas mis fuerzas para arrancármelo como una tirita.

Después le doy un puñetazo en la boca.





Estoy tirado en el suelo de la cafetería con la chica de pie a mi lado. Seguro que mi mandíbula ha salido volando y ha aterrizado en alguna parte de Ohio. Me pongo a frotar para comprobar si aún la llevo pegada y cuando aparto la mano la tengo llena de sangre.

—Pero ¿qué demonios...? —Suena embrollado. Dios, creo que me ha roto la laringe—. ¿Por qué me has dado un puñetazo?

—¿POR QUÉ ME HAS SALTADO ENCIMA?

Se me va la mirada hacia su mochila, a la carta que sobresale del bolsillo, donde a duras penas he logrado meterla. Me gustaría responder «Lo comprenderás más tarde», pero no puedo hablar porque me estoy limpiando la sangre de la boca.

Puede que no reconozca nadie, pero todas las caras de la cafetería están giradas hacia nosotros. Hay quien nos mira boquiabierto y quien no p