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Todo lo que nunca fuimos

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Leah está rota. Leah ya no pinta. Leah es un espejismo desde el accidente que se llevó a sus padres.

Axel es el mejor amigo de su hermano mayor y, cuando accede a acogerla en su casa durante unos meses, quiere ayudarla a encontrar y unir los pedazos de la chica llena de color que un día fue. Pero no sabe que ella siempre ha estado enamorada de él, a pesar de que sean casi familia, ni de que toda su vida está a punto de cambiar. 
Porque ella está prohibida, pero le despierta la piel. 
Porque es el mar, noches estrelladas y vinilos de los Beatles.
Porque a veces basta un «deja que ocurra» para tenerlo todo.


Categorías:
Volumen:
1
Año:
2019
Edición:
Primera
Editorial:
Grupo Planeta
Idioma:
spanish
Páginas:
440
ISBN 10:
8408205765
ISBN 13:
9788408221951
Serie:
Deja que ocurra
Archivo:
PDF, 2,54 MB
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Términos más frecuentes

 
12 comments
 
Mariana 26
Amé este libro, súper recomendado
23 June 2021 (08:31) 
luciana denise
es hermoso, lo recomiendo mucho
02 July 2021 (01:56) 
Vatyardilla
Me encantó, recomendado :)
12 July 2021 (18:59) 
Darcy stylinson
Muy buen libro trata temas de superación super bien y no juega nunca me parece el mejor libro cliché que eh leido
22 July 2021 (05:08) 
Elle
Me gusta como es que conecta la pasión por la pintura con los sentimientos de Leah y Axel y como es que se desarrolla a lo largo de la historia. Solo que me resulto un poco seca, como si le faltara algo al libro, una chispa que lo volviera un poco menos tedioso y que me diera un poco mas de su relación. No entra dentro de mis favoritos pero tampoco está tan mal la historia.
23 July 2021 (04:22) 
Mil
Me transporte. Un si
13 August 2021 (10:58) 
A C
Me encanta la manera en la que se desenvuelven y aunque al principio pensaras que es un cliché mas es una joya.
No me arrepiento de nada es un gran libro con crecimientos personal es un libro hermoso en pocas palabas 11/10
1000% recomendado
17 August 2021 (10:34) 
AITANA
No tengo ni palabras para comentar este libro. De los mejores que he leído en mi vida. Simplemente me transmitió demasiado. 1000/10
20 August 2021 (18:37) 
NINI
Excelente, asombroso y perfecto... es un gran libro y TIENEN QUE LEER, duele este libro, pero el segundo esta UFFF... 1000/10
25 August 2021 (23:37) 
apple_icecream.book
Cuando leí este libro...no fue nada impactante el principio, hasta que llegué a la parte donde relacionan a las pinturas con la pasión de Leah y Axel. Tan malo no es, pero tampoco es wow...muy seco, esta a un 35% del factor asombroso.
14 September 2021 (04:25) 
Ashchell09
Amé los dos libros, te llenan de tantas emociones.
10/10
01 October 2021 (18:58) 
Luisa
Simplemente lo amé:)
12 November 2021 (09:30) 

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1

Addiction

Año:
2020
Idioma:
english
Archivo:
EPUB, 619 KB
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2

Todo lo que somos juntos

Año:
2019
Idioma:
spanish
Archivo:
PDF, 1,49 MB
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ÍNDICE

Sinopsis
Portadilla
Dedicatoria
Cita
Nota de la autora
Prólogo
ENERO (VERANO)
1. Axel
2. Axel
3. Leah
4. Axel
5. Axel
FEBRERO (VERANO)
6. Leah
7. Axel
8. Leah
9. Axel
10. Leah
11. Axel
12. Leah
13. Axel
14. Leah
MARZO (OTOÑO)
15. Axel
16. Leah
17. Axel
18. Leah
19. Axel
20. Leah
21. Axel
22. Leah
ABRIL (OTOÑO)
23. Axel
24. Leah

25. Axel
26. Leah
27. Axel
28. Axel
29. Leah
30. Axel
MAYO (OTOÑO)
31. Axel
32. Leah
33. Axel
34. Axel
35. Leah
36. Leah
37. Axel
38. Leah
39. Leah
40. Axel
41. Leah
JUNIO (INVIERNO)
42. Axel
43. Leah
44. Axel
45. Leah
46. Axel
47. Leah
48. Axel
49. Leah
50. Axel
51. Leah
52. Axel
53. Axel
54. Axel
55. Leah
56. Leah
JULIO (INVIERNO)
57. Axel
58. Leah
59. Axel
60. Leah
61. Axel
62. Leah
63. Leah
64. Axel
65. Leah
66. Axel
AGOSTO (INVIERNO)
67. Axel
68. Leah

69. Axel
70. Leah
71. Axel
72. Leah
73. Axel
74. Leah
75. Leah
76. Axel
77. Axel
78. Leah
79. Axel
SEPTIEMBRE (PRIMAVERA)
80. Leah
81. Axel
82. Leah
83. Leah
84. Axel
85. Leah
86. Axel
87. Leah
88. Axel
89. Leah
90. Axel
OCTUBRE (PRIMAVERA)
91. Leah
92. Leah
93. Axel
94. Leah
95. Axel
96. Leah
97. Leah
98. Leah
99. Axel
100. Axel
101. Axel
102. Axel
103. Leah
104. Axel
105. Axel
NOVIEMBRE (PRIMAVERA)
106. Leah
107. Axel
108. Leah
DICIEMBRE (VERANO)
109. Leah
Avance

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SINOPSIS

Leah está rota. Leah ya no pinta. Leah es un espejismo desde el accidente
que se llevó a sus padres.
Axel es el mejor amigo de su hermano mayor y, cuando accede a
acogerla en su casa durante unos meses, quiere ayudarla a encontrar y unir
los pedazos de la chica llena de color que un d; ía fue. Pero no sabe que ella
siempre ha estado enamorada de él, a pesar de que sean casi familia, ni de
que toda su vida está a punto de cambiar.
Porque ella está prohibida, pero le despierta la piel.
Porque es el mar, noches estrelladas y vinilos de los Beatles.
Porque a veces basta un «deja que ocurra» para tenerlo todo.
La segunda parte de «Deja que ocurra», Todo lo que somos juntos,
se publicará el 30 de abril de 2019.

Alice Kellen

Todo lo que nunca fuimos

Para Neïra, Abril y Saray,
gracias por estar… y por todo lo demás

Toda revolución comienza y termina con sus labios.
RUPI KAUR, Otras maneras de usar la boca

NOTA DE LA AUTORA

En todas mis novelas hay canciones que acompañan muchas escenas que se
quedan sobre el papel. La música es inspiración. En esta ocasión, es algo
más. Un envoltorio en ciertos momentos, un hilo que tira un poco de los
personajes. Podéis encontrar la lista completa de canciones que escuché
mientras escribía la historia, pero, si os apetece, os animo a que escuchéis
algunas de las más importantes en el instante exacto en que marcaron la
novela. En el capítulo 24, Yellow submarine. En el 48, Let it be. Y en el 76,
The night we met.

PRÓLOGO

«Todo puede cambiar en un instante.» Había escuchado esa frase muchas
veces a lo largo de mi vida, pero nunca me había parado a masticarla, a
saborear el significado que esas palabras pueden dejar en la lengua cuando
las desmenuzas y las sientes como propias. Esa sensación amarga que
acompaña a todos los «y si…» que se desperezan cuando ocurre algo malo
y te preguntas si podrías haberlo evitado, porque la diferencia entre pasar de
tenerlo todo a no tener nada a veces es tan solo de un segundo. Solo uno.
Como entonces, cuando ese coche invadió el carril contrario. O como
ahora, cuando él decidió que no tenía nada por lo que luchar y los trazos
negros y grises terminaron por volver a engullir el color que unos meses
antes flotaba a mi alrededor…
Porque, en ese segundo, él giró a la derecha.
Yo quise seguirlo, pero tropecé con una barrera.
Y supe que solo podía avanzar hacia la izquierda.

ENERO

(VERANO)

AXEL

Estaba tumbado encima de la tabla de surf mientras el mar se mecía con
suavidad a mi alrededor. Aquel día el agua cristalina parecía contenida
dentro de una piscina infinita; no había olas, ni viento ni ruido. Podía oír mi
propia respiración calmada y el chapoteo cada vez que hundía los brazos,
hasta que dejé de hacerlo y tan solo permanecí allí, sin moverme, con la
mirada clavada en el horizonte.
Podría decir que estaba esperando a que el tiempo cambiase para poder
pillar una buena ola, pero sabía perfectamente que ese día no habría
ninguna. O que pasaba el rato, algo que hacía a menudo. Pero recuerdo que
lo que de verdad estaba haciendo era pensar. Sí, pensar en mi vida, en que
tenía la sensación de haber alcanzado todas las metas y de haber ido
cumpliendo un sueño tras otro. «Soy feliz», me dije. Y creo que fue el tono
que resonó en mi cabeza, esa leve interrogación, lo que de repente me hizo
fruncir el ceño, sin apartar la vista de la superficie ondulante. «¿Soy feliz?»,
cuestioné. No me gustó esa duda que pareció agitarse en mi cabeza, viva y
reclamando mi atención.
Cerré los ojos antes de zambullirme en el mar.
Después, con la tabla de surf cargada bajo el brazo, regresé a casa
caminando descalzo por la arena de la playa y el sendero plagado de malas
hierbas. Abrí la puerta de un empujón, porque siempre estaba atascada por
culpa de la humedad, dejé la tabla en la terraza trasera y entré. Coloqué una
toalla doblada encima de la silla y no me vestí para sentarme delante de mi
escritorio, que ocupaba todo un lado del salón y era caótico. Al menos, para
cualquier persona cuerda. Para mí, era el orden en su máxima expresión.
Papeles repletos de notas, otros con pruebas descartadas y el resto con
trazos sin sentido. A la derecha, tenía un espacio más despejado, con
bolígrafos, lápices, pinturas; encima, un calendario con varios tachones en
el que marcaba los plazos de entrega y, al otro lado, mi ordenador.
Repasé el trabajo acumulado y contesté un par de correos antes de
decidir continuar con el proyecto que tenía entre manos, un folleto turístico
de Gold Coast. Era básico, con una ilustración de una playa y olas de líneas

curvas bajo las que surfeaban algunas sombras con poco detalle. Justo el
tipo de encargo que más disfrutaba: sencillo, rápido de hacer y bien pagado
y explicado. Nada de «improvisa» o «queremos tener en cuenta tus
sugerencias», sino un simple «dibuja una puta playa».
Pasado un rato, me preparé un sándwich con los pocos ingredientes
que quedaban en la nevera y me serví el segundo café del día, sin azúcar y
frío. Estaba a punto de llevarme la taza a los labios cuando llamaron a la
puerta. No era muy dado a recibir visitas inesperadas, así que dejé el café
sobre la encimera de la cocina con el ceño fruncido.
Puede que, si en ese momento hubiese sabido todo lo que arrastrarían
ese par de golpes, me hubiese negado a abrir. ¿A quién quiero engañar?
Jamás podría haberle dado la espalda. Y habría ocurrido, de todos modos.
Antes. Después. ¿Qué más da? Tenía la sensación de que, desde el
principio, fue como jugar a la ruleta rusa con todas las balas cargadas;
estaba destinado a que alguna me atravesase el corazón.
Todavía sostenía el marco de la puerta en la mano cuando supe que
aquello no era una visita de cortesía. Me aparté para dejar que Oliver,
taciturno y serio, entrase en casa. Lo seguí a la cocina preguntándole qué
había ocurrido. Él ignoró el café y abrió el armario alto en el que guardaba
las bebidas para coger una botella de brandy.
—No está mal para ser un martes por la mañana —dije.
—Tengo un jodido problema.
Esperé sin decir nada, aún vestido solo con el bañador que me había
puesto al despertar. Oliver llevaba pantalón largo y una camisa blanca
metida por dentro; el tipo de ropa que juró que jamás se pondría.
—No sé qué voy a hacer, no dejo de pensar alternativas, pero las he
agotado todas y creo…, creo que te voy a necesitar.
Eso captó mi atención; principalmente porque Oliver nunca pedía
favores, ni siquiera a mí, que era su mejor amigo desde antes de que
aprendiese a andar en bicicleta. No lo hizo cuando vivió el peor momento
de su vida y rechazó casi toda la ayuda que le ofrecí, no sé si por orgullo,
porque pensaba que era una molestia o porque quería demostrarse a sí
mismo que podía hacerse cargo de la situación, por difícil que fuese.
Quizá por eso, no titubeé:
—Sabes que haré cualquier cosa que necesites.
Oliver se terminó de un trago la bebida, dejó el vaso dentro del
fregadero y se quedó ahí, con las manos apoyadas a ambos lados.

—Me han destinado a Sídney. Es algo temporal.
—¿Qué cojones…? —abrí los ojos.
—Tres semanas al mes durante un año. Quieren que me encargue de
supervisar la nueva sucursal que van a abrir y que vuelva cuando todo se
estabilice. Me gustaría poder rechazar la oferta, pero, joder, me doblan el
sueldo, Axel. Y ahora lo necesito. Por ella. Por todo.
Lo vi pasarse una mano por el pelo, nervioso.
—Un año no es tanto tiempo… —dije.
—No puedo llevármela. No puedo.
—¿Qué significa eso?
No nos engañemos, conocía muy bien las implicaciones que escondía
aquel «no puedo llevármela» y se me secó la boca en respuesta porque sabía
que no podía negarme, no cuando ellos eran dos de las personas que más
quería en el mundo. Mi familia. No la que te toca, de esa iba bien servido,
sino la que eliges.
—Sé que lo que te estoy pidiendo es un sacrificio para ti. —Sí que lo
era—. Pero es la única solución. No puedo llevármela a Sídney ahora que
ya ha empezado el curso, después de que perdiese el anterior, no puedo
arrancarla en este momento de todo lo que conoce, vosotros sois lo único
que nos queda, y serían demasiados cambios. Dejarla sola tampoco es una
opción; tiene ansiedad y pesadillas, y no está…, no está bien; necesito que
Leah vuelva a «ser ella» antes de que se vaya a la universidad este próximo
año.
Me froté la nuca mientras imitaba los movimientos que Oliver había
hecho minutos antes y abría el armario para sacar la botella de brandy. El
trago me calentó la garganta.
—¿Cuándo te marchas? —pregunté.
—En un par de semanas.
—La hostia, Oliver.

AXEL

Acababa de cumplir siete años cuando a mi padre lo despidieron del trabajo
y nos mudamos a una ciudad bohemia llamada Byron Bay. Hasta entonces,
siempre habíamos vivido en Melbourne, en el tercer piso de un bloque de
edificios. Cuando llegamos a nuestro nuevo hogar, tuve la sensación de que
era como estar permanentemente de vacaciones. En Byron Bay no era
extraño ver a gente caminando descalza por las calles o el supermercado; se
respiraba un ambiente relajado, casi sin horarios, y creo que me enamoré de
cada uno de sus rincones antes incluso de abrir la puerta del coche y golpear
con ella al niño con cara de malas pulgas que, a partir de entonces, iba a
convertirse en mi vecino.
Oliver llevaba el pelo despeinado, la ropa holgada y parecía un salvaje.
Georgia, mi madre, solía relatar ese momento con frecuencia, en las
reuniones familiares, cuando se tomaba una copa de vino de más, diciendo
que estuvo a punto de cogerlo y arrastrarlo a nuestra nueva casa para darle
un baño de espuma. Por suerte, los Jones salieron justo cuando ella ya
estaba sujetándolo por la manga de la camiseta. Lo soltó en cuanto
comprendió que tenía enfrente la raíz del problema. El señor Jones,
sonriente y con un poncho manchado de pintura de colores, le tendió una
mano. Y la señora Jones la abrazó, dejándola congelada en el sitio. Mi
padre, mi hermano y yo nos reímos al ver la estupefacción que cruzaba su
rostro.
—Imagino que sois los nuevos vecinos —dijo la madre de Oliver.
—Sí, acabamos de llegar —mi padre se presentó.
La charla se alargó unos minutos más, pero Oliver no parecía
demasiado interesado en darnos la bienvenida, así que, con cara de
aburrido, vi cómo se sacaba del bolsillo un tirachinas y una piedra, y
apuntaba con él a mi hermano Justin. Acertó a la primera. Yo sonreí, porque
supe que íbamos a llevarnos muy bien.

LEAH

«Here comes the sun, here comes the sun»; la melodía de esa canción se
repetía en mi cabeza, pero no había rastro de ese sol en los trazos negros
que plasmaba sobre el papel. Solo oscuridad y líneas rectas y duras. Noté
cómo el corazón empezaba a latirme más rápido, más sofocado, más
caótico. Taquicardia. Arrugué la hoja, la tiré y me tumbé en la cama
llevándome una mano al pecho e intentando respirar…, respirar…

AXEL

Bajé del coche y subí los escalones de la entrada del hogar de mis padres.
La puntualidad no era lo mío, así que llegué el último, como todos los
domingos de comida familiar. Mi madre me recibió peinándome con los
dedos y preguntándome si ese lunar que tenía en el hombro estaba ahí la
semana pasada. Mi padre puso los ojos en blanco cuando la oyó y me dio
un abrazo antes de dejarme entrar en el salón. Una vez allí, mis sobrinos se
lanzaron a mis piernas, hasta que Justin los apartó tras prometerles una
chocolatina.
—¿Sigues con los sobornos? —pregunté.
—Es la única técnica útil —contestó resignado.
Los gemelos se rieron por lo bajo y tuve que hacer un esfuerzo para no
unirme a ellos. Eran diablos. Dos diablos encantadores que se pasaban el
día gritando «Tío Axel, súbeme», «Tío Axel, bájame», «Tío Axel,
cómprame esto», «Tío Axel, pégate un tiro», y ese tipo de cosas. Eran la
razón por la que mi hermano mayor se estaba quedando calvo (aunque él
nunca admitiría que usaba productos para evitar la caída del cabello) y por
la que Emily, esa chica con la que empezó a salir en el instituto y que
terminó convirtiéndose en su mujer, se había refugiado en la comodidad de
vestir mallas y sonreír cuando alguno de sus retoños le vomitaba encima o
decidía pintarrajearle la ropa con rotulador.
Saludé a Oliver con un gesto vago y me acerqué hasta Leah, que
estaba delante de la mesa puesta, con la mirada fija en el dibujo de la
enredadera que surcaba el borde de la vajilla. Alzó la vista hacia mí cuando
me senté a su lado y le di un codazo amistoso. No respondió. No como lo
habría hecho tiempo atrás, con esa sonrisa que le ocupaba todo el rostro y
que era capaz de iluminar una habitación entera. Antes de que pudiese
decirle algo, mi padre apareció sosteniendo una bandeja con un pollo
relleno que dejó en el centro de la mesa. Ya estaba mirando a mi alrededor
consternado cuando mi madre me tendió un bol con un salteado de
verduras. Le sonreí agradecido.

Comimos sin dejar de hablar de esto y de aquello; de la cafetería de la
familia, de la temporada de surf, de la última enfermedad contagiosa que mi
madre había descubierto que existía. El único tema que no se tocó fue el
que flotaba en el ambiente por mucho que evitásemos prestarle atención.
Cuando llegó la hora del postre, mi padre se aclaró la garganta y supe que
se había cansado de fingir que no ocurría nada.
—Oliver, muchacho, ¿lo has pensado bien?
Todos lo miramos. Todos menos su hermana.
Leah no apartó los ojos de la tarta de queso.
—La decisión está tomada. Pasará rápido.
Con gesto teatral, mi madre se levantó y se llevó la servilleta a la boca,
pero no pudo ocultar el sollozo y se alejó hacia la cocina. Negué con la
cabeza cuando mi padre quiso seguirla y me ofrecí a calmar la situación.
Suspiré hondo y me apoyé en la encimera junto a ella.
—Mamá, no hagas esto, no es lo que necesitan ahora…
—No puedo evitarlo, hijo. Esta situación es insoportable. ¿Qué más
puede pasar? Ha sido un año terrible, terrible…
Podría haber dicho cualquier mierda como «no es para tanto», o «todo
se arreglará», pero no tuve valor porque sabía que no era cierto, ya nada
podía ser igual. Nuestras vidas no solo cambiaron el día que los señores
Jones murieron en aquel accidente de tráfico, sino que pasaron a ser otras
vidas, diferentes, con dos ausencias que estaban siempre presentes con
fuerza, como una herida que supura y no llega a cerrarse nunca.
Desde el día que pusimos un pie en Byron Bay, habíamos sido una
familia. Nosotros. Ellos. Todos juntos. A pesar de todas las diferencias: de
que los Jones amanecían cada día pensando solo «en el ahora» y mi madre
pasaba cada minuto preocupándose por el futuro; de que unos eran artistas
bohemios acostumbrados a vivir en la naturaleza y otros tan solo conocían
la vida en Melbourne; de los síes y los noes que se alzaban a la vez ante una
misma pregunta; de las opiniones contrarias y de los debates que duraban
hasta las tantas cada vez que cenábamos juntos en el jardín…
Habíamos sido inseparables.
Y ahora todo estaba roto.
Mi madre se enjugó las lágrimas.
—¿Cómo se le ocurre dejarte a cargo de Leah? Nosotros podríamos
haber buscado alternativas, como hacer una reforma rápida en el salón y
dividirlo en dos habitaciones, o comprar un sofá cama. Sé que no es lo más

cómodo y que necesita tener su espacio, pero, por lo que más quieras, tú no
puedes cuidar ni de una mascota.
Alcé una ceja un poco indignado.
—De hecho, tengo una mascota.
Mi madre me miró sorprendida.
—Ah, sí, ¿y cómo se llama?
—No tiene nombre. Aún.
En realidad, no era «mi mascota», yo no era muy dado a tener seres
vivos «en propiedad», pero, de vez en cuando, una gata tricolor delgaducha
y con cara de odiar a todo el mundo aparecía en mi terraza trasera pidiendo
comida y yo le daba las sobras del día. Algunas semanas se pasaba tres o
cuatro veces, y otras ni siquiera se molestaba en acercarse.
—Esto va a ser un desastre.
—Mamá, tengo casi treinta años, joder, puedo cuidar de ella. Es lo más
razonable. Vosotros estáis todo el día en la cafetería, y cuando no es así,
tenéis que quedaros a cargo de los gemelos. Y no va a dormir durante un
año en el salón.
—¿Qué comeréis? —insistió.
—Comida, coño.
—Esa boca, hijo.
Me di la vuelta y salí de la cocina. Volví al coche, cogí el paquete de
tabaco arrugado que guardaba en la guantera y me alejé un par de calles.
Sentado en el bordillo de una acera baja, me encendí un cigarro con la
mirada fija en las ramas de los árboles que agitaba el viento. Aquel no era el
barrio en el que habíamos crecido, ese en el que nuestras familias se
entrelazaron hasta convertirse en una sola. Las dos propiedades se habían
puesto a la venta; mis padres se habían mudado a una casa pequeña de una
sola habitación en el centro de Byron Bay, quedaba muy cerca de la
cafetería que habían abierto más de veinte años atrás, cuando nos asentamos
aquí. Tampoco tenían ninguna otra razón por la que seguir viviendo a las
afueras cuando Justin y yo nos habíamos ido, habían perdido a sus vecinos,
y Oliver y Leah se habían trasladado a la casa que él había alquilado al
independizarse poco después de que los dos volviésemos de la universidad.
—Pensaba que ya no fumabas.
Entrecerré los ojos por el sol cuando levanté la cabeza hacia Oliver.
Expulsé el humo del cigarrillo mientras él se sentaba a mi lado.

—Y sigo sin hacerlo. Un par de cigarrillos al día no es fumar. No
como el resto de la gente que sí lo hace, al menos.
Él sonrió, me quitó uno del paquete de tabaco y se lo encendió.
—Te he metido en un buen lío, ¿no?
Supongo que estar de repente a cargo de una chica de diecinueve años
que no se parecía en nada a la niña que había sido, sí, podía considerarse
«un lío». Pero entonces recordé todo lo que Oliver había hecho por mí.
Desde enseñarme a montar en bicicleta hasta dejar que le partiesen la nariz
cuando se metió en una pelea por mi culpa mientras estudiábamos en
Brisbane. Suspiré y apagué el cigarrillo en el suelo.
—Nos las arreglaremos bien —dije.
—Leah puede ir al instituto en bici, y el resto del tiempo lo suele pasar
encerrada en su habitación. No consigo sacarla de allí, ya sabes…, que todo
vuelva a ser igual. Y tiene algunas normas, pero ya te lo explicaré más
adelante. Yo vendré todos los meses y…
—Tranquilo, no suena tan complicado.
No lo sería para mí, no en el mismo sentido en que lo había sido para
él. Tan solo tendría que acostumbrarme a convivir con alguien, algo que no
ocurría desde hacía años, y mantener el control. Mi control. El resto lo
solucionaríamos sobre la marcha. Después del accidente, Oliver se había
visto obligado a renunciar a ese estilo de vida despreocupado en el que
habíamos crecido para hacerse cargo de la tutela de su hermana y empezar a
trabajar en algo que no le gustaba, pero que le daba un buen sueldo y una
estabilidad.
Mi amigo tomó aire y me miró.
—Cuidarás de ella, ¿verdad?
—Joder, claro que sí —aseguré.
—Vale, porque Leah…, ella es lo único que me queda.
Asentí y sobró una mirada para entendernos: para que él se quedase
tranquilo y supiese que iba a hacer todo lo que estaba en mi mano para que
Leah estuviese bien, y para que yo fuese consciente de que probablemente
era la persona en la que Oliver más confiaba.

AXEL

Sonriendo, Oliver alzó su copa en alto.
—¡Por los buenos amigos! —gritó.
Brindé con él y le di un trago al cóctel que acababan de servirnos. Era
el último sábado antes de que Oliver se marchase a Sídney y lo había
convencido a base de insistir para que saliésemos un rato por ahí. Habíamos
acabado donde siempre, en Cavvanbah, un local al aire libre, casi a las
afueras y cerca de la orilla de la playa. El nombre del sitio era el de la
población aborigen de la zona y significa «lugar de encuentro», lo que en
esencia resumía el espíritu y la identidad de Byron Bay. La caseta en la que
servían las bebidas y las pocas mesas que había estaban pintadas de un azul
isleño muy en sintonía con el tejado de paja, las palmeras y los columpios
colgados del techo que servían de asientos alrededor de la barra.
—No puedo creer que vaya a irme.
Le di un codazo y él se rio sin humor.
—Solo será un año y vendrás todos los meses.
—Y Leah…, joder, Leah…
—Yo cuidaré de ella —repetí, porque llevaba diciéndole esa misma
frase casi todos los días desde la mañana que le abrí la puerta y trazamos el
plan—. Es lo que hemos hecho siempre, ¿no? Salir a flote, seguir adelante,
esa es la clave.
Él se frotó la cara y suspiró.
—Ojalá aún fuese igual de sencillo.
—Lo sigue siendo. Eh, vamos a divertirnos. —Me levanté tras dar el
último trago—. Voy a por dos copas más, ¿te pido lo mismo?
Oliver asintió y yo me alejé de la mesa haciendo un par de paradas
para saludar a algunos conocidos; casi todos teníamos relación en una
ciudad tan pequeña, aunque fuese superficial. Apoyé un codo en la barra y
sonreí cuando Madison hizo un mohín tras servirles dos copas a los clientes
que estaban al lado.
—¿Vienes a por más? ¿Estás intentando emborracharte?
—No lo sé. Depende. ¿Te aprovecharás de mí si lo hago?

Madison reprimió una sonrisa mientras cogía la botella.
—¿Tú querrías que lo hiciera?
—Sabes que, contigo, siempre.
Me tendió las copas mirándome fijamente.
—¿Te espero o tienes planes?
—Estaré por aquí cuando termines.
Oliver y yo pasamos el resto de la noche entre copas y recuerdos.
Como esa vez que llamamos a su padre porque estábamos bebidos en la
playa, y en vez de recogernos y llevarnos a casa, decidió pintarnos en su
cuadernillo, tirados en la arena de mala manera, para después fotocopiar el
dibujo y pegarlo por las paredes de mi casa y de los Jones como
recordatorio de lo idiotas que habíamos sido; Douglas Jones tenía un humor
muy especial. O esa otra vez que terminamos metidos en un buen lío en
Brisbane un día que pillamos maría, fumamos hasta que yo perdí la cabeza
y, entre risas, lancé al mar las llaves del apartamento que teníamos
alquilado. Oliver fue a buscarlas y se metió vestido en el agua, colocado,
mientras yo me reía a carcajadas desde la orilla.
Por aquella época nos habíamos prometido que siempre viviríamos así,
como en el lugar que nos había visto crecer, que era tan sencillo, relajado,
anclado en la esencia del surf y la contracultura.
Miré a Oliver y reprimí un suspiro antes de acabarme el trago.
—Voy a irme, no quiero dejarla sola más tiempo —me dijo.
—De acuerdo. —Me reí cuando vi que se tambaleaba al levantarse, y
él me enseñó el dedo corazón y dejó un par de billetes encima de la mesa—.
Hablamos mañana.
—Hablamos —respondió.
Estuve un rato más por allí con un grupo de amigos. Gavin nos habló
de su nueva novia, una turista que había llegado dos meses atrás y, al final,
se quedaría por tiempo indefinido. Jake nos describió tres o cuatro veces el
diseño de su nueva tabla de surf. Tom se limitó a beber y a escuchar a los
demás. Yo dejé de pensar mientras el local se vaciaba al caer la madrugada.
Cuando el último se marchó, rodeé la caseta, abrí la puerta de atrás y me
colé dentro.
—Recuérdame por qué tengo tanta paciencia.
Madison me sonrió, cerró la persiana y avanzó hacia mí con una
sonrisa sensual curvando sus labios. Sus dedos se colaron por el dobladillo

de mis vaqueros y tiraron de mí hasta que nuestros labios chocaron
entreabiertos.
—Porque te compenso bien… —ronroneó.
—Refréscame un poco la memoria.
Le quité el pequeño top. No llevaba sujetador. Madison se frotó contra
mí antes de desabrocharme el botón del pantalón y arrodillarse con lentitud.
Cuando su boca me acogió, cerré los ojos, con las manos apoyadas en la
pared de enfrente. Hundí los dedos en su pelo, instándola a moverse más
rápido, más profundo. Estaba a punto de correrme cuando di un paso hacia
atrás. Me puse un preservativo. Y luego me hundí en ella contra la pared,
embistiéndola con fuerza, agitándome cada vez que la oía gemir mi nombre,
sintiendo aquel momento; el placer, el sexo, la necesidad. Solo eso. Tan
perfecto.

FEBRERO

(VERANO)

LEAH

Mantuve la mirada en mis manos entrelazadas mientras el vehículo
avanzaba por el camino sin asfaltar y el sol del atardecer teñía el cielo de
naranja. No quería verlo, no quería el color, nada que arrastrase recuerdos y
sueños que había dejado atrás.
—No se lo pongas difícil a Axel, nos está haciendo un gran favor, eres
consciente de eso, ¿verdad, Leah? Y come. Intenta estar bien, ¿vale? Dime
que lo estás haciendo.
—Lo estoy intentando —respondí.
Siguió hablando hasta que frenó delante de una propiedad rodeada por
palmeras y arbustos salvajes que crecían a su antojo. Apenas había estado
un par de veces en casa de Axel y todo me pareció diferente. Yo era
diferente. Durante el último año, había sido él quien se dejaba caer por
nuestro apartamento de vez en cuando para pasar un rato. Cerré los ojos
cuando un pensamiento me azotó de repente, ese que me gritaba que, si esto
hubiese ocurrido antes, el mero hecho de compartir el mismo techo que él
me habría provocado un cosquilleo en el estómago y un nudo en la
garganta. Y en ese momento, en cambio, no sentía nada. Eso era lo que
había ocurrido tras el accidente: el rastro que había dejado en mí, un vacío
inmenso y desolador sobre el que era imposible construir algo, porque no
existía ningún suelo donde poder hacerlo. Sencillamente, ya no «sentía».
Tampoco quería volver a hacerlo. Era mejor vivir así, aletargada, que con
dolor. A veces había picos, alguna subida inesperada, como si algo intentase
abrirse paso dentro de mí, pero lograba controlarlo, terminaba por hacerlo.
Era como tener delante una masa de pizza llena de imperfecciones y de
protuberancias justo antes de decidirme a pasar el rodillo con fuerza hasta
dejarla plana.
—¿Estás preparada? —mi hermano me miró.
—Supongo que sí —me encogí de hombros.

AXEL

Tenía ganas de ir atrás en el tiempo tan solo para decirle a mi yo del pasado
que era un gilipollas por pensar que «no sería tan complicado». Fue
jodidamente complicado desde el primer minuto, cuando Leah puso un pie
en mi casa y miró a su alrededor sin mucho interés. Tampoco había
demasiado que ver: las paredes estaban desnudas y sin ningún cuadro a la
vista, el suelo era de madera, al igual que casi todos los muebles, de
diferentes colores y estilos, el salón estaba separado de la cocina por una
barra y, según mi madre, la decoración era típica de un local de copas con
aire isleño.
En cuanto Oliver se marchó con el tiempo justo para llegar al
aeropuerto, empecé a sentirme incómodo. Ella no pareció percatarse
mientras se mantenía callada y me seguía para que le enseñase la habitación
de invitados.
—Aquí está. Puedes redecorarla o… —Cerré la boca antes de añadir:
«O lo que sea que hagan las chicas de tu edad», porque ella ya no era una
de esas jóvenes risueñas que recorrían Byron Bay con sus tablas de surf a
cuestas y sus vestidos veraniegos. Leah se había alejado de todo aquello
como si de algún modo el recuerdo la conectase con el pasado—.
¿Necesitas algo?
Me miró con sus inmensos ojos azules y negó con la cabeza antes de
dejar la maleta sobre la cama pequeña y abrir la cremallera con la intención
de empezar a sacar y colocar sus cosas.
—Para cualquier cosa, estaré en la terraza.
La dejé a solas y respiré hondo.
No iba a ser fácil, no. Dentro de mi caos, tenía una rutina muy
marcada. Me levantaba antes del amanecer, tomaba una taza de café y salía
a surfear o a darme un baño si no había olas; después me preparaba el
almuerzo y me sentaba delante del escritorio para organizar el trabajo
pendiente. Solía adelantar algo, un poco de aquí y otro tanto de allá, nunca
lo hacía de una forma demasiado organizada a no ser que tuviese un plazo
de entrega muy ajustado. Más tarde, llegaba la segunda y la última taza de

café del día, normalmente mientras observaba el paisaje a través de la
ventana. Aunque no se me daba mal cocinar, rara vez encendía el fuego
para hacer algo, más por pereza que por otra cosa. Por la tarde todo seguía
casi igual: más trabajo, más surf, más horas de silencio sentado en la terraza
conmigo mismo, más paz. Después la hora del té, el cigarro de la noche y
un rato de lectura o de música antes de irme a la cama.
Así que, el primer día que Leah llegó a casa decidí seguir mi rutina.
Pasé la tarde trabajando en uno de los últimos encargos, concentrado en
construir una imagen a base de líneas, en redondear, perfilar y detallar hasta
lograr el resultado perfecto.
Cuando dejé el bolígrafo y me levanté, me di cuenta de que ella
todavía no había salido de la habitación. La puerta seguía tal y como la
había dejado yo, entornada. Me acerqué, golpeé con los nudillos y la abrí
despacio.
Leah estaba escuchando música tumbada en la cama con el cabello
rubio despeinado sobre la almohada. Apartó la mirada del techo y se quitó
los auriculares mientras se incorporaba.
—Perdona, no te había oído.
—¿Qué escuchabas?
Pareció dudar, incómoda.
—Los Beatles.
Hubo un silencio tenso.
Me atrevería a decir que todo el mundo que conocía a los Jones sabía
que su grupo de música preferido eran los Beatles. Yo recordaba veladas
enteras en su casa bailando sus canciones y cantando a voz de grito. Cuando
años más tarde empecé a hacerle compañía a Douglas Jones mientras
pintaba en su estudio o en el jardín trasero, le pregunté por qué siempre
trabajaba con música y él me contestó que era su inspiración; que nada
nacía de uno mismo, ni siquiera la idea base, pero sí el cómo plasmarla. Me
explicó que las notas le marcaban el camino y las voces le gritaban cada
trazo. Por aquel entonces, yo solía imitar cada cosa que Douglas hacía,
admirado por sus pinturas y por su facilidad para sonreír a todas horas, así
que decidí seguir sus pasos e intenté buscar mi propia inspiración, una que
me traspasase la piel, pero jamás la encontré y, quizá por eso, a medio
camino, terminé tomando un desvío inesperado que me llevó a hacerme
ilustrador.
—¿Te apetece pillar alguna ola? —pregunté.

—¿Surfear? —Leah me miró tensa—. No.
—De acuerdo. No tardaré en volver.
Recorrí intranquilo los pocos metros que separaban mi casa del
océano, fijándome en la bicicleta de color naranja que descansaba apoyada
en la barandilla de madera de la terraza. Oliver la había dejado ahí tras
descargarla del coche; era tan solo un objeto, pero un objeto que denotaba
cambios que todavía no había asimilado.
Esperé, esperé y esperé hasta que llegó la ola perfecta. Entonces
arqueé la espalda, coloqué bien los pies y me alcé; bajé por la pared de la
ola y, una vez cogí impulso, giré para alejarme de la parte que se iba
rompiendo antes de terminar en el agua.
Cuando regresé, la puerta de la habitación de invitados estaba cerrada.
No llamé. Me di una ducha y luego fui a la cocina para hacer algo de cenar.
Había ido a comprar el día anterior, algo que no solía hacer con frecuencia;
al menos, no así, no una compra grande, pero había intentado tener algo de
variedad en la nevera; solo sabía que a Leah le gustaban las piruletas de
fresa, porque de niña siempre solía llevar una en la boca y, cuando se la
terminaba, se pasaba horas mordisqueando el palito de plástico. Y también
el pastel de queso que mi madre preparaba, aunque eso no era ninguna
sorpresa, porque todo el mundo sabía que era el mejor del mundo.
Mientras cortaba en tiras algunas verduras variadas, me di cuenta de
que ya no conocía a Leah tan bien como creía. Quizá nunca lo había hecho
del todo. No a fondo. Ella había nacido cuando Oliver y yo teníamos diez
años y nadie esperaba ya otra incorporación a la familia. Aún recuerdo
perfectamente el primer día que la vi: tenía los mofletes redondos y rosados,
unos dedos diminutos que se aferraban a cualquier cosa que encontrase
cerca y el pelo tan rubio que parecía calva. Rose estuvo un buen rato
explicándonos que, a partir de entonces, teníamos que cuidarla y portarnos
bien con la pequeña. Pero Leah se pasaba el día llorando o durmiendo, y
nosotros estábamos más interesados en pasar las tardes en la playa, cazando
bichos o jugando.
Cuando nos marchamos a Brisbane a estudiar en la universidad, ella
acababa de cumplir ocho años. Cuando regresamos, tras pasar una
temporada allí haciendo prácticas y trabajando, Leah tenía casi quince años
y, a pesar de que veníamos a menudo, tuve la sensación de que había
crecido de golpe, como si una noche se hubiese acostado siendo una niña y
a la mañana siguiente se hubiese convertido en una mujer. Era alta y

delgada, casi sin curvas, como una espiga. Había empezado a pintar durante
mi ausencia, siguiendo los pasos de su padre, y un día cualquiera, cuando
crucé el jardín y me paré delante del cuadro que estaba sobre el caballete,
no pude evitar fijarme en las líneas delicadas, en los trazos que parecían
vibrar llenos de color. Se me erizó la piel. Supe que esa pintura no podía ser
de Douglas, porque tenía algo diferente, algo… que no podía explicar.
Ella apareció por la puerta trasera de la casa.
—¿Esto lo has hecho tú? —señalé el cuadro.
—Sí. —Me miró con cautela—. Es malo.
—Es perfecto. Es… distinto.
Ladeé la cabeza para mirarlo desde otro ángulo, absorbiendo los
detalles, la vida que se palpaba, la confusión. Había pintado el paisaje que
se alzaba enfrente: las ramas curvas de los árboles, las hojas ovaladas y los
troncos gruesos, pero no era una imagen real; era una distorsión, como si
hubiese cogido todos los elementos para agitarlos en una batidora dentro de
su cabeza y después volver a soltarlos interpretándolos de otra manera.
Leah se sonrojó y se colocó delante del cuadro con los brazos
cruzados. Su rostro angelical y dulce se frunció cuando me dirigió una dura
mirada de reproche.
—Te estás quedando conmigo.
—No, joder, ¿por qué piensas eso?
—Porque mi padre me pidió que pintara eso —señaló los árboles—, y
yo he hecho esto, que no se parece en nada. Empecé bien, pero luego…,
luego…
—Luego hiciste tu propia versión.
—¿De verdad lo crees?
Asentí antes de sonreírle.
—Sigue haciéndolo igual.
Durante los siguientes meses, cada vez que iba de visita a casa de mis
padres o de los Jones, pasaba un rato con ella echándoles un vistazo a sus
últimos trabajos. Leah era…, era ella misma, no había nada parecido, no
tenía influencias, sus trazos eran tan suyos que yo podría haberlos
reconocido en cualquier lugar. Era luz y había algo que me mantenía a su
alrededor, como si sus pinturas me atasen a seguir mirándolas,
descubriéndolas…

LEAH

Me levanté de la cama con un suspiro cuando Axel llamó y me dijo que la
cena estaba lista. Había preparado unos tacos de verduras que esperaban
humeantes encima de la mesa auxiliar, que era una tabla de surf con cuatro
patas de madera delante del sofá. Aparte de su escritorio lleno de trastos,
era la única mesa que había en su casa sin contar el baúl antiguo sobre el
que tenía el tocadiscos. Todo aquel lugar en sí era muy él, con esos muebles
que combinaban a pesar de ser tan diferentes, el orden dentro del desorden,
el reflejo de su paz interior en las pequeñas cosas.
Lo envidiaba. Esa manera que tenía de vivir, tan despreocupado y
relajado, siempre mirando hacia delante sin pararse a ver qué dejaba atrás,
siempre centrado «en el ahora».
Me senté en un extremo del sofá y comí en silencio.
—Así que mañana irás al instituto en bici.
Asentí.
—¿Prefieres que te acerque en coche?
Negué.
—Está bien, como quieras. —Axel suspiró—. ¿Te apetece té?
Levanté despacio la cabeza hacia él.
—¿Té? ¿Ahora?
—Siempre lo tomo de noche.
—Lleva teína —susurré.
—Yo no noto nada.
Axel se llevó los platos a la cocina. Lo miré por encima del hombro
mientras se alejaba. Su cabello era rubio oscuro, como el trigo maduro o la
arena de la playa al atardecer. Aparté los ojos de él de golpe, confundida,
alejando los colores a un lado, enterrándolos.
Axel me llamó unos minutos después, con el vaso de té en la mano y
un paquete de tabaco en la otra.
—¿Vienes a la terraza? —propuso.
—No, me voy ya a la cama. Buenas noches.
—Buenas noches, Leah. Descansa.

Me metí bajo las sábanas a pesar de que no hacía frío y escondí la
cabeza debajo de la almohada. Oscuridad. Solo oscuridad. En casa de Axel
no se oía ningún coche pasar por la calle de vez en cuando ni voces lejanas,
solo silencio y mis propios pensamientos, que parecían gritar y agitarse,
contenidos. Cuando noté la ansiedad que empezaba a oprimirme el pecho y
la respiración más irregular, cerré los ojos con mucha fuerza y me aferré a
las sábanas, deseando que todo desapareciese. Todo.

A la mañana siguiente, lo encontré en la cocina.
Solo llevaba puesto un bañador rojo aún mojado y estaba preparándose
una tostada. Me sonrió. Y lo odié un poco por eso, por sonreírme así, con
esa curva perfecta, con ese brillo en los ojos. Evité mirarlo y abrí la nevera
buscando la leche.
—¿Has dormido bien? —preguntó.
—Sí —mentí. Había vuelto a tener pesadillas.
—¿Seguro que no quieres que te acerque?
—Seguro. Pero gracias.
Me alejé de allí, de él, un rato después, pedaleando sin parar hasta
llegar al instituto y dejar la bicicleta atada a la valla pintada de azul. El
edificio de madera era pequeño, con una terraza alrededor. Bajé la mirada al
traspasar el umbral y no hablé con nadie. Tiempo atrás, había sido uno de
mis momentos preferidos del día: llegar a clase, encontrarme con mis
amigas, contarnos los últimos cotilleos y encaminarnos juntas al aula. Pero
ya no podía hacer eso. Lo había intentado, de verdad que sí, pero había una
barrera entre ellas y yo, algo que antes no estaba.
Deseé que ella no hubiese empezado a trabajar allí cuando pasé cerca
de Blair con la cabeza gacha, dejando que el pelo me cubriese un lado del
rostro; creo que por eso lo llevaba tan largo, porque intentaba pasar
desapercibida, esconder la expresión que sabía que todos podían leer en mis
ojos. Si me hubiesen ofrecido un superpoder, habría elegido el de la
invisibilidad. Así podría haber escapado de las miradas de lástima iniciales
y de las que vinieron después, esas que parecían gritar que era rara, que no
me entendían, que no estaba esforzándome lo suficiente para salir de nuevo
a la superficie y respirar…
Estuve toda la mañana sentada en mi escritorio, trazando espirales en
una esquina del libro de Matemáticas, concentrándome en cómo las líneas

se curvaban y en el movimiento suave del bolígrafo negro. Cuando terminó
la clase, me di cuenta de que apenas había escuchado nada de lo que había
dicho la profesora. Estaba guardándome los libros en la mochila cuando
Blair entró en el aula con timidez y vino hacia mí. Casi todos los demás
compañeros habían salido ya. La miré cohibida, deseando escapar.
—¿Podemos hablar un momento?
—Yo… tengo que irme…
—Solo serán unos minutos.
—De acuerdo.
Blair tomó aire.
—Me he enterado de que tu hermano va a tener que pasar un tiempo
en Sídney y quería que supieses que, si necesitas algo, cualquier cosa,
sigues teniéndome aquí. De hecho, nunca me fui, en realidad.
El corazón me latía más deprisa.
Yo deseaba aquello, que todo volviese a ser como antes, pero no podía.
Cada vez que cerraba los ojos veía el coche dando vueltas y vueltas, un
surco verde borroso que significaba que nos habíamos salido de la carretera,
una canción que cesó abruptamente, un grito congelado. Y después…,
después ellos estaban muertos. Mis padres. No podía olvidarlo, no podía
alejarme de la escena más allá de unas horas, como si hubiese ocurrido la
víspera y no hacía casi un año. No podía caminar al lado de Blair y sonreír
cada vez que nos cruzásemos con un grupo de turistas surfistas o hablar de
todo lo que haríamos en el futuro, porque lo único que quería hacer era…
nada, y lo único en lo que podía pensar era… en ellos, y nadie podía
entenderme. Al menos, a esa conclusión había llegado tras varias sesiones
con el psicólogo al que me llevó Oliver.
—No tiene por qué ser igual, Leah.
—No podría serlo —logré decir.
—Pero sí diferente, nuevo. ¿No era eso lo que hacías tú antes, cuando
pintabas? Coger algo que ya existía e interpretarlo de otra manera. —Tragó
saliva nerviosa—. ¿No podrías hacer eso con nuestra amistad? No hará falta
que hablemos de nada que tú no quieras.
Asentí antes de que terminase, dejando una pequeña rendija abierta
entre nosotras. Blair sonrió y después salimos juntas del instituto. Se
despidió con la mano mientras yo subía en mi bicicleta naranja y empezaba
a pedalear en sentido contrario.

AXEL

La puerta de su habitación seguía cerrada.
Llevaba en mi casa casi tres semanas y cada día, cuando llegaba del
instituto, comía en silencio lo que le hubiese preparado, sin protestar ni
poner objeciones, y después se encerraba entre esas cuatro paredes. Las
pocas veces que entré, estaba escuchando música con los auriculares o
dibujando con un bolígrafo de punta fina; nada interesante, solo figuras
geométricas, repeticiones, borrones sin sentido.
Probablemente, la frase más larga que me dirigió fue durante la
primera noche, cuando me dijo que el té llevaba teína. Después, nada. De
no haber sido porque había un cepillo de dientes más en mi cuarto de baño
y estaba aficionándome a eso de ir a hacer la compra de vez en cuando,
apenas habría notado su presencia. Leah solo salía para comer, cenar y
acudir a clase.
Como era de esperar, mi madre había venido un par de veces a traer
fiambreras, a pesar de que me había dejado caer varios días por la cafetería
para dar parte de que todo iba bien, comer tarta sin pagar y pasar un rato
con Justin, que, si en algún momento mis padres dejaban de ser adictos al
trabajo, tomaría el relevo del negocio.
—¿Cómo van las cosas? —me preguntó.
—Supongo que van. O no, qué coño.
—Es una situación complicada. Ten paciencia. No hagas de las tuyas.
—¿De las mías?
—Sí, ya sabes, alguna mierda que se te cruce por la cabeza y que no
tenga mucho sentido.
Me reí y me bebí el café de un trago. Nunca había sido amigo de
Justin, no éramos ese tipo de hermanos que salen juntos por ahí y terminan
emborrachándose o pasando el rato. No teníamos nada en común y,
probablemente, si la sangre no nos hubiese unido de por vida, habríamos
sido dos desconocidos que jamás se habrían dirigido más de un par de
palabras. Justin era serio y un poco estirado, responsable y sensato,
supongo. De pequeño, solía tener la sensación de que él se había quedado

un poco rezagado en la vida que teníamos en Melbourne, como si lo
hubiesen arrancado de allí de cuajo para dejarlo en un lugar que no
comprendía bien. Conmigo había sucedido al revés. Ese trozo de costa era
mi sitio, casi creado para mí al milímetro; la libertad, el poder caminar
descalzo a todas horas, el surf y el mar, la vida relajada y el ambiente
bohemio. Todo.
Caminé por las calles de Byron Bay tras despedirme de mi hermano y
compré algunas frutas ecológicas. Después, mientras me dirigía hacia casa,
llamé a Oliver. Habíamos hablado el día anterior, pero él tuvo que colgar
enseguida, después de un par de frases, cuando lo avisaron de que llegaba
tarde a una reunión.
—¿Cómo va eso? —me preguntó.
—Tengo algunas dudas nuevas.
—Soy todo oídos —contestó.
—Leah se pasa el día encerrada en la habitación.
—Ya te lo dije. Necesita su espacio.
—¿Puedo quitarle ese espacio?
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—¿Qué intentas decirme, Axel?
—¿Nunca le has pedido que deje de encerrarse y punto?
—No, no funciona así, el psicólogo dijo…
—¿Tengo que seguir esas normas? —insistí.
—Sí —pidió—. Es cuestión de tiempo. Lo ha pasado mal.
Reprimí el impulso de llevarle la contraria y me mordí la lengua.
Después me habló del trabajo que estaba haciendo allí, de la organización
que había llevado a cabo durante esas tres semanas. Quizá, con un poco de
suerte, podría reducir algunos meses su estancia en Sídney. No quise
aferrarme antes de tiempo al alivio que sentí.

Ese día era sábado. Llevaba toda la mañana encerrada y estaba
empezando a perder la paciencia, a pesar de que Oliver llegaría el lunes y
yo recuperaría la normalidad durante siete días. No es que no la entendiese,
claro que comprendía su dolor, pero eso no cambiaba las cosas, el presente.
Según el psicólogo al que Oliver la había llevado durante unas cuantas
sesiones, no estaba avanzando correctamente a través de las fases de duelo.

En teoría, seguía anclada en la primera, la negación, aunque yo no estaba
del todo de acuerdo con eso. Quizá fue lo que me hizo llamar a su puerta.
Leah levantó la cabeza y se quitó los auriculares.
—Hay buenas olas, coge tu tabla.
Ella parpadeó confundida. Ahí fue cuando me percaté de que las
propuestas que le hacían estaban formuladas como una pregunta.
Propuestas que Leah siempre se encargaba de rechazar. En mi caso no se
trató de algo cuestionable.
—No me apetece, pero gracias.
—No me las des. Mueve el culo.
Me miró alarmada. Vi su pecho subiendo y bajando al ritmo de su
respiración acelerada, como si no hubiese esperado un ataque así, repentino,
después de tantos días de calma. Yo tampoco lo había planeado, y le había
prometido a mi mejor amigo que no haría algo semejante, pero me fiaba de
mi instinto. Y había sido instintiva la necesidad de sacarla de esa
habitación, las ganas de arrastrarla y alejarla de ese lugar. Leah se sentó
recta, tensa.
—No quiero ir, Axel.
—Te espero fuera.
Me tumbé en la hamaca que tenía colgada de dos vigas de la terraza,
esa en la que leía por las noches o cerraba los ojos mientras escuchaba
música. Esperé. Diez minutos. Quince. Veinte. Veinticinco. Apareció al
cabo de media hora, con la nariz arrugada de disgusto, el pelo recogido en
una coleta y cara de no entender la situación.
—¿Por qué quieres que vaya?
—¿Por qué quieres quedarte?
—No lo sé —contestó en voz baja.
—Yo tampoco. En marcha.
Leah me siguió en silencio y atravesamos la corta distancia hasta la
playa. La arena blanca nos recibió caliente bajo el sol del mediodía y ella se
quitó el vestido quedándose en bikini. No supe por qué, pero aparté la
mirada con brusquedad y la fijé en la tabla antes de tendérsela.
—Es muy corta —se quejó.
—Como tiene que ser. Más agilidad.
—Menos velocidad —replicó.
Le sonreí, no por la respuesta, sino porque por primera vez en aquellas
tres interminables semanas estábamos manteniendo algún tipo de

conversación. Me dirigí hacia el agua y ella me acompañó sin rechistar.
A pesar de que la ciudad era la meca de muchos surfistas, las olas no
solían ser grandes; sin embargo, aquel día se daba un fenómeno conocido
como «la famosa ola de Byron Bay». Sucedía cuando se juntaban tres
points al subir la marea, creando una larga ola que avanzaba hacia la
derecha, comenzando en la punta del cabo y entrando en la bahía con tubos
regulares y sincronizados.
Yo jamás perdía una ocasión como esa.
Nos dirigimos hacia una zona más profunda. Una vez allí,
permanecimos en silencio, sentados sobre nuestras tablas de surf, esperando
el momento perfecto, esperando… Leah reaccionó y me siguió cuando le
hice una señal y me moví, oliendo el nacimiento de una ola buena, la
energía creciente en el agua en calma.
—Ya viene —le susurré.
Luego nadé mar adentro, apurando el tiempo, y me puse de pie en la
tabla antes de deslizarme sobre la ola y bordearla, imprimiendo velocidad
para hacer una maniobra. Sabía que Leah me seguía. Podía sentirla a mi
espalda, abriéndose paso por la pared de la ola.
Feliz, la miré por encima del hombro.
Y un segundo después, ella ya no estaba.

10

LEAH

El agua me golpeó y cerré los ojos.
Después no hubo color y volví a sentirme a salvo de esos recuerdos
que a veces intentaban entrar, de la vida que ya no tenía, de las cosas que
había deseado y que ya habían dejado de importarme. Porque no era justo
que todo siguiese igual, adelante, como si nada hubiese cambiado, cuando
todo lo había hecho. Me sentía tan lejos de mi anterior vida, de mí misma,
que a veces tenía la sensación de que también había muerto ese día.
Abrí los ojos de golpe.
El agua se arremolinaba a mi alrededor. Me estaba hundiendo. Pero no
había dolor. No había nada. Solo el sabor salado del mar en la boca. Solo
calma.
Y entonces lo sentí. Sus manos sujetándome contra su cuerpo, su
fuerza, su impulso arrastrándonos hacia arriba. Luego el sol nos golpeó tras
romper la superficie del agua. Noté una arcada. Tosí. Axel me rozó la
mejilla con los dedos, y sus ojos, de un azul tan oscuro que casi parecían
negros, revolotearon sobre mi rostro.
—Joder, Leah, cariño, joder, ¿estás bien?
Lo miré agitada. Sintiendo…, sintiendo algo…
No, no estaba bien. No si volvía a sentirlo a él.

11

AXEL

Pánico. Perderla de vista así, había sido pánico. Aún tenía el corazón en la
garganta cuando volvimos a casa, y no podía dejar de pensar en ella
hundiéndose, en el mar enfurecido a su alrededor, en lo frágil que parecía.
Quería preguntarle por qué no había intentado salir, pero me daba miedo
romper el silencio. O, quizá, lo que de verdad temía era su respuesta.
Me quedé en la cocina mientras ella se daba una ducha, mirando por la
ventana, dándole vueltas a la idea de coger el teléfono y llamar a Oliver.
Cuando Leah salió y me miró avergonzada e inquieta, tuve que contenerme
para no aflojar las riendas.
—¿Cómo te encuentras?
—Bien, solo me he mareado.
—¿Al caer al agua?
Apartó la vista y asintió con la cabeza.
—Estaré en mi habitación —dijo.
—De acuerdo. Pero esta noche quiero hablar contigo.
Leah abrió la boca para protestar, pero se fue a su dormitorio y entornó
la puerta. Respiré hondo, intentando recuperar la calma. Descalzo, salí a la
terraza trasera, me senté en los escalones de madera agrietada y me encendí
un cigarro.
Joder, claro que teníamos que hablar.
Di una última calada antes de entrar en casa. Me acerqué a mi
escritorio, removí los papeles sueltos y encontré uno en blanco. Cogí un
bolígrafo y garabateé todas las preguntas que me había hecho durante
aquellas tres largas semanas. Dejé el papel cerca y fui apuntando alguna
más mientras hacía la cena. Preparé una ensalada y llamé a su puerta. Leah
no puso objeciones cuando le propuse cenar en la terraza.
El cielo estaba cuajado de estrellas y olía a mar.
Comimos en silencio, casi sin mirarnos. Al terminar, le pregunté si
quería té, pero negó con la cabeza, así que fui a la cocina a dejar los platos.
Cuando volví, Leah estaba de espaldas, apoyada en la valla con la mirada
fija en la oscuridad.

—Siéntate —le pedí.
Suspiró sonoramente antes de volverse hacia mí.
—¿Esto es necesario? Me voy pasado mañana.
—Y volverás una semana después —repliqué.
—No te molestaré. —Me miró suplicante. Parecía un animal asustado
—. Yo no quería, fuiste tú el que me obligó a meterme en el agua…
—No tiene nada que ver con eso. Vamos a pasar mucho tiempo juntos
durante este año y necesito saber algunas cosas. —Bebí un trago de té y le
eché un vistazo al papel lleno de interrogaciones que sostenía en la mano—.
Para empezar, ¿no tienes amigos? Ya me entiendes. Gente con la que
relacionarte, como hacen las chicas de tu edad.
—¿Estás bromeando?
—No, claro que no.
Leah permaneció en silencio. Yo no tenía prisa, así que me senté en la
hamaca y dejé el vaso de té en el borde de la valla de madera para poder
encenderme un cigarro.
—Sí que tenía. Tengo. Creo.
—¿Y por qué nunca sales por ahí?
—Porque no quiero hacerlo, ya no.
—¿Hasta cuándo? —insistí.
—¡No lo sé! —Respiró agitada.
—De acuerdo… —Reparé en las arrugas que surcaban su frente, en el
movimiento de su garganta al tragar saliva con brusquedad—. Eso resuelve
tres de mis dudas. —Revisé el papel—. ¿Cómo te va en el instituto?
—Me va normal, supongo.
—¿Lo supones o lo sabes?
—Lo sé. ¿Por qué te interesa?
—Nunca te veo estudiar.
—Tampoco es asunto tuyo.
Me di unos golpecitos con el dedo sobre el mentón. Y al final la miré.
De igual a igual. No como si ella fuera alguien que necesitara que la
cuidasen y yo estuviera dispuesto a hacerlo. Vi miedo en sus ojos. Miedo
porque ella sabía lo que iba a decirle.
—No quería tener que recordarte esto, pero tu hermano lleva un año
matándose a trabajar por ti, para que puedas ir a la universidad, para que
sigas adelante…
Cerré la boca ante el primer sollozo.

Me levanté, sintiéndome como la mierda, y la abracé. Su cuerpo se
agitó contra el mío y cerré los ojos, aguantando, aguantando a pesar de que
dolía, porque no pensaba pedir perdón por lo que había dicho, porque sabía
que tenía que ser así.
Leah se apartó limpiándose las mejillas.
Me quedé a su lado, con los brazos sobre la barandilla de madera que
cruzaba la terraza y el viento húmedo de la noche agitándose alrededor.
Recuperé mis anotaciones.
—Voy a seguir. —La tenía justo en el punto que quería; abierta en
canal, temblando. Nada de esa coraza que usaba a todas horas—. ¿Por qué
ya no pintas?
Si no hubiese encontrado tantas cosas en sus ojos, podría haber
separado lo que veía diseccionando las partes para intentar entenderla, pero
no pude.
—No soporto los colores.
—¿Por qué no? —susurré.
—Me recuerdan a «antes» y a él.
Douglas Jones. Siempre lleno de pintura, de colores, de vida. En mi
papel quedaban muchas más preguntas: «¿Por qué no puedes aceptar lo que
ha ocurrido?», «¿Por qué te estás haciendo esto a ti misma?», «¿Hasta
cuándo crees que vas a estar así?». Lo arrugué en la mano y me lo metí en
el bolsillo del pantalón.
—¿Ya has acabado? —preguntó insegura.
—Sí. —Me encendí otro cigarro.
—Pensaba que lo habías dejado.
—Y lo he hecho. No fumo. No como el resto de la gente que sí fuma.
Entonces sonrió. Fue una sonrisa tímida y fugaz, todavía entre el rastro
salado de las lágrimas, pero durante una milésima de segundo estuvo ahí,
iluminando su rostro, tensando sus labios, dibujada para mí.

12

LEAH

No recuerdo cuándo me enamoré de Axel, no sé si fue un día concreto o si
el sentimiento siempre estuvo ahí, dormido, hasta que crecí y tomé
conciencia de lo que era el amor, desear a alguien, anhelar una mirada suya
más que cualquier otra cosa en el mundo. O, al menos, eso era lo que
pensaba con trece años, cuando él vivía en Brisbane con mi hermano. Si
venía de visita, yo pasaba la noche anterior en vela con un cosquilleo en el
estómago. Dibujaba su nombre en la agenda del colegio, les hablaba a mis
amigas de él y memorizaba cada gesto suyo, como si fuesen valiosos o
escondiesen un mensaje. Y tiempo después, cuando Axel regresó y se
quedó de nuevo en Byron Bay, empecé a quererlo hasta los huesos. Me
bastaba con tenerlo cerca y dejar que ese sentimiento creciese lentamente a
pesar de permanecer en silencio, guardado en una cajita cerrada con llave
que protegía y alimentaba cuando soñaba despierta.
La primera vez que sus ojos se detuvieron en una pintura mía fue como
si el mundo se parase; cada brizna de hierba, cada aleteo lejano. Me quedé
sin respiración mirándolo por la ventana, mientras ladeaba la cabeza sin
apartar la vista del cuadro. Lo había dejado ahí después de pasarme la
mañana pintando el tramo de bosque que crecía detrás de nuestra casa,
intentando seguir en vano las instrucciones de mi padre.
Cuando logré que me respondiesen las piernas, salí.
—¿Esto lo has hecho tú? —me preguntó.
—Sí. —Lo miré con cautela—. Es malo.
—Es perfecto. Es… distinto.
Cruzada de brazos, noté que me sonrojaba.
—Te estás quedando conmigo.
—No, joder, ¿por qué piensas eso?
Dudé, sin apartar mis ojos de los suyos.
—Porque mi padre me pidió que pintara eso —señalé los árboles—, y
yo he hecho esto, que no se parece en nada. Empecé bien, pero luego…
luego…
—Luego hiciste tu propia versión.

—¿De verdad lo crees?
Asintió antes de sonreírme.
—Sigue haciéndolo igual.
Axel alabó ese lienzo lleno de líneas que hasta a mí me costaba
comprender, aunque, de algún modo que no podía explicar, encajaban, se
amoldaban, tenían sentido. Su cabello rubio oscuro se sacudió con el viento
y sentí la necesidad de conseguir la mezcla perfecta que diese como
resultado esa tonalidad; una base ocre con una pizca de marrón, algunas
sombras en las raíces y el reflejo del sol salpicando las puntas más rubias
que se curvaban con suavidad. Luego me centraría en su piel, con ese
dorado por el bronceado que disimulaba las pocas pecas que tenía en la
nariz, y los ojos entrecerrados, la sonrisa canalla, astuta y, al mismo tiempo,
también despreocupada, dentro de su desorden, de él mismo…

13

AXEL

Pensé que sentiría un alivio acojonante el día que Oliver regresase para
pasar la última semana del mes con su hermana, pero apenas noté la
diferencia. Así de etéreo y poco perceptible fue el paso de Leah por mi
casa.
Durante los siguientes días mantuve la costumbre de cocinar. No sé
por qué, pero empezó a resultarme relajante. Mi vida volvió a ser como
siempre: despertarme al amanecer, café, playa, almuerzo, trabajo, segundo
café y la tarde más tranquila. Volví a caminar desnudo por la casa, a dejar la
puerta del baño abierta cuando me duchaba, a poner la música a todo
volumen al anochecer o a masturbarme en el salón. La diferencia era una
cuestión de intimidad, de querer hacer todo lo que no podía en su presencia,
no tanto porque me apeteciese, sino por la necesidad de marcar mi
territorio.
El viernes había conseguido terminar dos encargos importantes, así
que decidí pasar la tarde entre las olas; buscándolas, deslizándome por ellas,
hasta que comencé a sentir los músculos entumecidos por el esfuerzo.
Todavía era de día cuando volví a casa y me encontré a mi hermano sentado
en el sofá y a mis sobrinos de seis años corriendo por el salón. Alcé una
ceja mientras dejaba un rastro de agua a mi paso (¿quién quiere fregar
cuando el agua se seca sola?, solo hay que tener paciencia). Justin se acercó
a la zona de la cocina.
—¿Cómo se te ocurre entrar sin avisar?
—Me diste una llave —me recordó.
—Sí, para casos de emergencia.
—Este lo es. Además, si alguna vez cogieses el dichoso teléfono y no
lo dejases por ahí apagado durante días, no habría tenido que venir hasta
aquí. Necesito tu ayuda.
Cogí una cerveza de la nevera y le tendí otra a él, pero la rechazó.
—Habla —dije tras el primer trago.
—Hoy es nuestro aniversario.
—¿Y eso me importa porque…?

—Se me ha olvidado. Se me ha ido de la cabeza. Emily llevaba todo el
día cabreada, ya sabes, cerrando y abriendo las puertas, lanzándome
miradas que no entendía y ese tipo de cosas. Hasta que he caído en qué día
era y, recórcholis, ahora…
—No vuelvas a decir «recórcholis» bajo este techo.
—Es por los críos. Son esponjas, te lo juro.
—Ve al grano, Justin.
—Quédatelos. Solo esta noche.
Cerré los ojos y suspiré. ¿En qué momento mi casa se había convertido
en un albergue familiar? No es que no los quisiese, amaba a mis sobrinos,
adoraba a Leah, pero no tanto las responsabilidades que suponían. Yo
siempre había sido muy mío, y me gustaba estar solo. Se me daba bien. No
era una de esas personas que sienten la necesidad de relacionarse, podía
pasar semanas sin cruzarme con nadie y no era algo que echase en falta.
Pero de repente parecía destinado a experimentar los efectos de la
convivencia. Solo me había quedado una vez cuidando a los gemelos, lo
que me llevó al siguiente punto:
—¿Por qué no los dejas con los papás?
—Hoy es el concurso de tartas.
Me imaginé a mi madre en el mercadillo lleno de comida, música y
ambiente que montaban casi a las afueras, seguramente criticando los
postres de los demás competidores y dispuesta a hacer llorar a la mitad de
los asistentes a base de miradas punzantes solo para conseguir ganar. Byron
Bay era famosa por sus muchas cafeterías, y cada una de ellas hacía sus
propias tartas caseras, aunque, sin lugar a duda, la de mi familia era la
mejor.
—Está bien, lo haré —cedí y lo miré divertido—. Pero espero que el
polvo de reconciliación valga la pena.
Justin me dio un puñetazo en el hombro.
—No va a haber reconciliación.
—O sea, que te va a follar a lo salvaje en pleno enfado, nunca dejas de
sorprenderme.
—Cállate. Emily no sabe que se me ha olvidado y nunca lo sabrá. He
reservado una habitación en Ballina; le diré que era una sorpresa y que por
eso llevaba todo el día sin decirle nada. —Me reí y él me fulminó con la
mirada—. En cuanto a los niños, he metido en la mochila todo lo que
pueden necesitar y una muda de ropa. Vendremos a recogerlos mañana por

la mañana. Intenta comportarte como una persona normal. Tampoco les
dejes quedarse despiertos hasta las tantas. Recuerda encender el móvil.
—Me está entrando dolor de cabeza.
—Y gracias por esto, Axel, te debo una.
Mi hermano se marchó después de despedirse de sus hijos con un
abrazo y varios besos como si estuviese a punto de irse a la guerra y temiese
no volver a verlos nunca más. Cuando cerró la puerta, hice una mueca y
ellos se echaron a reír.
—Vale, chicos, ¿qué os apetece hacer?
Connor y Max me dedicaron dos sonrisas melladas.
—¡Comer golosinas!
—¡Pintar contigo!
—¡Subir a la hamaca!
—Será mejor que hagamos una lista. —Fui a mi escritorio, cogí un
papel y empecé a apuntar cada una de las tonterías que mis sobrinos
soltaban. Tonterías que, por supuesto, en su mayoría me parecieron ideas
cojonudas. Esa era la mejor parte de ser tío; cada vez que los veía, lo único
que tenía que hacer era divertirme con ellos.
Al caer la noche, habíamos cenado espaguetis con kétchup (aunque el
plato de Connor terminó siendo más bien «kétchup con espaguetis»), había
sacado la vieja videoconsola que guardaba encima del armario para jugar
con ellos y les había dejado que se columpiasen en la hamaca durante un
buen rato. Terminé dándoles permiso para que usasen algunas de mis
pinturas y, cuando volví al salón después de lavar los platos de la cena,
encontré a Max dibujando un árbol en la pared, justo al lado de la
televisión. Me encogí de hombros, pensando que tenía pintura de sobra y
que al día siguiente arreglaría el desastre; así que me coloqué a su espalda y
le cogí la mano con la que sujetaba el pincel.
—Las líneas más suaves, ¿lo ves?
—Yo también quiero —dijo Connor.
Cuando quise darme cuenta, ya era casi de madrugada, tenía un trozo
de pared lleno de dibujos hechos por críos y recordé que no había
encendido el móvil. Justin me iba a matar. Había llegado la hora de ir a
dormir. Los dos protestaron a la vez.
—¿Y qué pasa con las golosinas?
—Está en la lista —me recordó Max.
—No tengo. Bueno, ahora que lo dices…

Esa semana, al hacer la compra, había cogido un puñado de esas
piruletas de fresa con forma de corazón que a Leah le gustaban de cría.
Saqué un par del armario y se las di. Encontré el móvil en el cajón de la
ropa interior; tenía seis llamadas de Justin, así que le escribí para asegurarle
que todo iba bien. También tenía un mensaje de Madison para que nos
viésemos el sábado por la noche. Respondí con un simple «sí» y volví al
salón.
—Ahora sí, chicos, a la cama.
Esta vez no opusieron resistencia. Los acompañé a la habitación de
invitados y los dos se acostaron en la misma cama. Justo antes de apagar la
lamparita de noche, reparé en los papeles que Leah había dejado encima de
la mesilla. Los cogí y me los llevé a la terraza. Me encendí un cigarro y los
miré. Uno a uno. Despacio. Fijándome en las espirales que llenaban la
primera hoja; un dibujo mecánico y sin sentimiento, justo como lo que yo
me dedicaba a hacer. Pasé un par de ellos más sin mucho interés hasta que
uno me llamó poderosamente la atención. Expulsé el humo de golpe y le di
la vuelta a la hoja cuando comprendí que, visto en horizontal, esas líneas
temblorosas formaban el perfil de un rostro. Estaba dibujado a carboncillo.
Las lágrimas negras se deslizaban por las mejillas de la chica que se había
quedado congelada para siempre en ese papel, y hubo algo en su expresión
que me resultó enternecedor dentro de la tristeza. Deslicé la punta de los
dedos por las lágrimas y las emborroné un poco hasta convertirlas en
manchas grisáceas. Y después aparté la mano como si quemase, porque yo
no pintaba así, para expresar nada íntimo, no funcionaba de esa manera para
mí.

14

LEAH

Llevaba meses sintiéndome egoísta e inútil, incapaz de avanzar, pero no
sabía cómo cambiarlo. Un día, con los ojos hinchados y rojos de tanto
llorar, me vi poniéndome un chubasquero para evitar que el dolor pudiese
mojarme y, de algún modo, entendí que la felicidad, la risa, el amor y todas
las cosas buenas entre las que había vivido siempre tampoco podrían
tocarme.
Una vez leí que los sentimientos tienen cierta mutabilidad: es posible
que el dolor se transforme en apatía, por ejemplo, y que se manifieste de
una manera diferente, a través de otras sensaciones. Yo había provocado
eso, había logrado que mis emociones permaneciesen agarrotadas,
congeladas, a un nivel que me resultaba soportable de manejar. Y sin
embargo…, Axel había agujereado mi chubasquero en menos de tres
semanas. Lo había temido desde el principio; tanto, que no quería volver a
su casa, a ese sitio tan suyo que hacía que me sintiese acorralada.
Supongo que aún estaba pensando en eso cuando la última noche antes
de volver a marcharse Oliver me propuso cenar una pizza y ver una
película. Mi primer impulso fue decir «no». El segundo impulso fue salir
corriendo para encerrarme en mi habitación. Y el tercero…, el tercero
habría sido algo parecido si no hubiera sido porque las palabras de Axel
sobre el esfuerzo que estaba haciendo mi hermano por mí se repitieron en
mi cabeza. Me tembló la voz cuando pronuncié un «sí» bajito. Oliver
sonrió, se inclinó hacia mí y me dio un beso en la frente.

MARZO

(OTOÑO)

15

AXEL

Leah volvió. Y con ella, la puerta cerrada, el silencio en casa y las miradas
esquivas. Pero había algo diferente. Algo más. No se levantaba corriendo en
cuanto terminaba de cenar, sino que se quedaba sentada un rato, arrugando
distraída la servilleta entre los dedos, o se ofrecía para fregar los platos. A
veces, por las tardes, mientras merendaba alguna pieza de fruta apoyada en
la encimera, miraba el mar a través de la ventana; ausente, perdida.
Esa primera semana le pregunté tres veces si quería venir conmigo a
surfear, pero rechazó la oferta y, después de lo que había ocurrido la última
vez, no la forcé. Tampoco dije nada cuando la gata tricolor que venía a
visitarme a menudo se pasó por allí y Leah estuvo dispuesta a darle las
sobras de la cena. Ni cuando el primer sábado por la noche, tumbado en la
hamaca, oí sus pasos a mi espalda. Había puesto el tocadiscos y, no sé por
qué, pensé que los acordes de la canción se habían enredado en su pelo y la
habían empujado hacia la terraza paso a paso, nota a nota.
—¿Puedo quedarme aquí?
—Claro. ¿Quieres té?
Negó con la cabeza mientras se sentaba en los almohadones sobre el
suelo de madera.
—¿Qué tal la semana?
—Como todas. Normal.
Tenía muchas preguntas que hacerle, pero ninguna que ella fuese a
querer responder, así que no me molesté en formularlas. Suspiré relajado,
contemplando el cielo estrellado, escuchando la música, viviendo solo ese
instante, ese presente.
—Axel, ¿tú eres feliz?
—¿Feliz…? Claro. Sí.
—¿Y es fácil? —susurró.
—Debería serlo, ¿no crees?
—Antes pensaba que lo era.
Me incorporé en la hamaca. Leah estaba sentada con las rodillas
abrazadas contra el pecho; allí, bajo la oscuridad de la noche, parecía

pequeña.
—Hay un error en lo que has dicho. Antes eras feliz precisamente
porque no lo pensabas, ¿y quién lo hace cuando tiene el mundo a sus pies?
Entonces solo vives, solo sientes.
Había miedo en su mirada.
Pero también vi el anhelo.
—¿Nunca volveré a ser así?
—No lo sé, Leah. ¿Tú quieres?
Tragó saliva y se lamió los labios, nerviosa, antes de tomar una brusca
bocanada de aire. Me arrodillé a su lado, la cogí de la mano e intenté que
me mirase a los ojos.
—No puedo… respirar…
—Ya lo sé. Despacio. Tranquila… —susurré—. Cariño, estoy aquí,
estoy justo a tu lado. Cierra los ojos. Tú solo piensa…, piensa en el mar,
Leah, en un mar revuelto que empieza a calmarse, ¿lo estás viendo en tu
cabeza? Ya casi no hay olas…
Ni siquiera tenía claro qué estaba diciéndole, pero conseguí que Leah
respirase más despacio, más relajada. La acompañé hasta su habitación y
algo se agitó dentro de mí cuando en la puerta me dio las buenas noches.
Compasión. Impotencia. Yo qué sé.
Esa noche rompí mi rutina. En lugar de leer un poco e irme a la cama,
encendí el ordenador y aparté las cosas que tenía sobre el teclado antes de
teclear en el buscador «ansiedad». Estuve horas leyendo y tomando notas.
«Síndrome de estrés postraumático: trastorno psiquiátrico que aparece
en personas que han vivido un episodio dramático en sus vidas.» Seguí
apuntando: «Las personas que lo sufren tienen pesadillas frecuentes
rememorando la experiencia. Otros signos característicos son la ansiedad,
palpitaciones y secreción elevada de sudor». Y continué, incapaz de irme a
dormir: «Sentirse psíquicamente distante, paralizado ante cualquier
experiencia emocional normal. Perder el interés por las aficiones y
diversiones».
Supe que hay cuatro tipos de estrés postraumático.
En el primero, el paciente revive constantemente el suceso que lo ha
desencadenado. El segundo es la hiperexcitación, cuando se sufren signos
constantes de peligro o sobresaltos. El tercero se centra en los pensamientos
negativos y la culpabilidad. Y el cuarto…, joder, el cuarto era Leah, toda
ella. «Se adopta la evasión como maniobra. El paciente muestra y trasmite

insensibilidad emocional e indiferencia ante actividades cotidianas; elude
lugares o cosas que le hagan recordar los acontecimientos.»

El domingo me desperté al amanecer, como siempre, a pesar de haber
dormido tan solo un par de horas. Hacía un día soleado, aunque las
temperaturas habían bajado. Preparé café y dejé a Leah durmiendo antes de
coger la tabla y caminar hasta la playa. Pero cuando vi los delfines tan cerca
de la orilla, regresé sobre mis pasos, porque no podía dejar que se perdiese
aquello y que esa mañana no terminase entre las olas a mi lado, no cuando
empezaba a entenderla, como ese acertijo que deseas descifrar o esa pieza
que necesitas que encaje.
Llamé a la puerta de su habitación, pero no contestó, así que terminé
abriéndola sin hacer ruido. Ese fue mi primer error. Cogí aire al verla sobre
la cama, de espaldas, vestida tan solo con una camiseta y la ropa interior
blanca. Sus piernas desnudas estaban enredadas entre las sábanas. Ella se
movió un poco y yo entorné la puerta y salí de casa.
—Joder —mascullé mientras me abrochaba el leash.
Estuve en el agua durante varias horas.
Supongo que por eso ella vino a buscarme.
Todavía mar adentro, la distinguí sentada cerca de la orilla, con las
piernas cruzadas y la mirada fija en el horizonte. Salí un poco después, con
la tabla bajo el brazo y agotado. Me dejé caer a su lado sin decir nada,
estirándome sobre la arena.
—Siento lo de anoche, no quería asustarte.
—Es ansiedad, Leah, no es culpa tuya; cuanto más intentes evitarlo o
lo pienses, peor será. Las cosas no siempre son fáciles, pero deberías ir
avanzando poco a poco.
—Nadie me cree, pero lo intento.
Yo la creía. Estaba convencido de que luchaba cada día por salir
adelante sin ser consciente de que era ella misma la que se frenaba y lo
impedía. Lo deseaba. Pero su instinto era más fuerte, y ese instinto le
gritaba que el camino para llegar a la meta era demasiado complicado, que
era más sencillo quedarse donde estaba, agazapada y protegida, anclada en
un lugar que ella misma se había construido.

Al día siguiente, tras verla desaparecer por el sendero de la entrada
encima de su bicicleta naranja, monté en la pickup y me dirigí hacia la
cafetería familiar para cobrarme el favor que le había hecho a mi hermano y
desayunar gratis. Pedí café y un trozo de tarta.
—¿Cómo fue la noche? ¿Un polvo memorable?
—Mi mujer no es «un polvo», Axel. Cierra el pico.
—Vale, tienes razón. Es un polvazo, perdona.
Mi hermano me atravesó con la mirada y yo me reí, porque lo decía en
serio. Emily era una tía tan fantástica que todavía no tenía muy claro qué
hacía con Justin.
—¿Quién tiene un polvazo? —Mi padre apareció sonriente, como de
costumbre. Solía intentar usar la misma jerga coloquial que los surfistas o
los hippies que vivían en la zona, pero nunca lo conseguía del todo y mamá
le daba una colleja cada vez que lo escuchaba.
—Déjalo, papá. Es Axel. Es idiota.
—Pues tus hijos piensan que soy «el tío más guay».
—Mis hijos tienen seis años —replicó con los ojos en blanco—. Y no
te perdono que les dejases pintar en las paredes, ¿en qué estabas pensando?
El otro día pusieron el salón perdido y no entendían por qué les reñíamos.
—Yo les dije que podían hacerlo un día. Si ellos se han tomado la
libertad de alargar la cosa, no es mi problema. Tengo que irme, hablamos
mañana.
—¡Que vaya bien, colega! —gritó mi padre sonriente.
Intenté no reírme mientras me despedía y luego subí al coche y
conduje durante un buen rato hasta una ciudad cercana. No es que en Byron
Bay no pudiese comprar lo que buscaba, pero había menos variedad y los
precios solían ser más caros. Me tomé mi tiempo para elegir cada cosa.
Quería que todo fuese nuevo, sin usar, sin marcas ni recuerdos. Aproveché
para llevarme algunos materiales de trabajo que necesitaba. Cuando regresé
a casa, salí a la terraza y lo dejé todo preparado. Luego metí en la nevera el
sushi que había traído y esperé fumándome un cigarro hasta que la vi
aparecer pedaleando a lo lejos.

16

LEAH

—Así que las cosas están mejor... —Blair me miró.
Asentí sin apartar los ojos del lazo morado que colgaba al final de su
trenza; era un color intenso, vivo, como el de la piel de las berenjenas.
Inspiré hondo y, luego, hice eso que llevaba tanto tiempo evitando,
interesarme por otra persona, romper la capa de indiferencia.
—¿Tú también estás bien? —pregunté.
Blair sonrió antes de contarme cómo había sido su trabajo durante las
primeras semanas. Como su madre era profesora del centro, la había
recomendado para que pudiese ayudar en el jardín de infancia mientras
estudiaba un curso de educación infantil. Ella nunca había querido salir de
Byron Bay. Yo, en cambio, había soñado con ir a la universidad, estudiar
Bellas Artes y regresar con la cabeza llena de ideas que plasmar. Y cuando
me imaginaba haciéndolo, lo veía a él mirando mis pinturas, analizándolas
con esa manera que tenía de ladear suavemente la cabeza.
Qué lejos quedaba todo aquello…
—Podríamos quedar algún día para tomar un café. O un refresco, no
sé, lo que te apetezca. Ya sabes, ni siquiera hace falta que hablemos mucho.
—De acuerdo —accedí rápido, porque no soportaba ver a Blair así,
casi suplicándome pasar un rato conmigo, cuando tendría que estar huyendo
en sentido contrario a mí y no molestarse en dirigirme la palabra ni una sola
vez más.
Con las palmas de las manos sudorosas a pesar de que el viento era
fresco, monté en la bicicleta y pedaleé lo más rápido que pude hacia la casa
de Axel, como si con cada impulso intentase dejar atrás el desasosiego. Y lo
hice, en algún momento durante el camino me quedé vacía, porque cuando
llegué sentí un cosquilleo al verlo apoyado en la valla de madera con un
cigarro entre los dedos. Enterré el cosquilleo. Lo enterré muy hondo. En mi
mente, arañé el suelo con la punta de los dedos, excavé en la tierra, metí en
ese hoyo cualquier atisbo de emoción y volví a cubrirlo.
Con un nudo en la garganta, dejé la bicicleta a un lado y subí los
escalones. Había estado tan concentrada en él que no reparé en que allí

había algo más, algo nuevo que no estaba en la terraza cuando me había ido
esa mañana. Temblé al verlo. Un caballete impoluto y de madera clara con
un lienzo en blanco encima.
—¿Qué es esto? —me falló la voz.
—Esto es para ti. ¿Qué me dices?
—No —fue casi una súplica.
—¿No? —Axel me miró sorprendido.
—No puedo… Es imposible…
Axel tragó saliva, como si no hubiese esperado mi reacción. Intenté
escapar a mi habitación, pero antes de que lograse entrar en la casa él me
cogió de la muñeca y tiró de mí con firmeza. «Mierda.» Sentí sus dedos
rodeándome la piel…, su piel…
—He visto los dibujos que haces. Si puedes pintar sobre un papel, ¿por
qué no puedes hacerlo aquí? Es lo mismo, Leah. Necesito que lo hagas.
Necesito que empieces a avanzar.
Cerré los ojos. Lo odié por decirme aquello.
«Necesito…» ¿Él necesitaba? Me tragué la frustración, todavía
temblando.
—He quedado con una amiga para tomar algo.
Axel me soltó de golpe. Sus ojos me taladraron en el silencio del
mediodía y me empequeñecí frente a él, sintiéndolo capaz de ver a través de
mi chubasquero…
—Así que has quedado. ¿Con quién? ¿Cuándo?
—Con Blair. No hemos concretado un día.
—¿Acaso no es un requisito para quedar?
—Sí, pero lo hablaremos más adelante.
—Claro. El año que viene. O el próximo —se burló.
—Vete a la mierda, Axel.

17

AXEL

Oí un portazo cuando Leah desapareció, pero no me moví. Me quedé allí,
delante del lienzo en blanco que había comprado esa misma mañana, con el
corazón agitado. Y, joder, ¿cuánto tiempo hacía que el corazón no me latía
así, tan caótico, tan rápido? Mi vida solía ser como un mar sin olas:
tranquila, serena, fácil. Solo había tenido que encajar un golpe de verdad y
ese había sido la muerte de los Jones.
Recordaba aquel día como si acabase de ocurrir.
Unas horas antes, Oliver y yo habíamos salido y nos habíamos
emborrachado con un grupo de turistas inglesas que nos invitaron a
terminar con ellas la fiesta en el hotel. Cuando el teléfono sonó, los dos
enfilábamos ya el camino de gravilla hacia la salida riéndonos de anécdotas
de la noche anterior. El sol brillaba en lo alto de un cielo despejado y Oliver
atendió la llamada todavía con una sonrisa.
Supe que era grave al ver su expresión, como si algo acabase de
partirse en su interior. Oliver parpadeó y se sujetó al pilar que tenía delante
cuando se le doblaron las rodillas. Murmuró: «Un accidente», y yo le quité
el teléfono de las manos. Sentí la voz de mi padre como un golpe seco,
duro: «Los Jones han tenido un accidente». Y solo pude pensar en ella.
—¿Y Leah? Papá… —Tragué saliva—. ¿Leah está…?
—Está herida, pero no parece grave.
Colgué y sujeté a Oliver por los hombros mientras él vomitaba en la
jardinera de aquel hotel. Mi hermano nos recogió diez minutos más tarde en
una calle cercana. Diez minutos que fueron eternos, en los que él perdió el
control y yo hice acopio de fuerzas para mantenerlo en pie.

18

LEAH

No salí de la habitación durante toda la tarde. Pero sí abrí la mochila, saqué
los libros e hice los deberes. Cuando los terminé, me puse los auriculares y
dejé que las canciones me llenasen. Era el único nexo con el pasado que me
permitía mantener, porque no podía…, no podía prescindir de él. Imposible.
Sonó Hey Jude y luego Yesterday.
Cuando llegó Here comes the sun, la pasé.
Volví a Yesterday, a Let it be, a Come together.
Por primera vez en mucho tiempo, las horas dentro de esas cuatro
paredes en las que me había sentido tan segura se me hicieron
interminables. Salí casi al anochecer para ir al servicio y Axel no estaba en
casa, así que me acerqué a la cocina para coger algo de comida, evitando
mirar hacia la puerta de la terraza trasera, porque seguía siendo
dolorosamente consciente de lo que había allí. Abrí un par de armarios
antes de encontrar una caja de galletas Tim Tam y encogí los dedos cuando
vi la bolsa que había al lado; estaba llena de piruletas de fresa con forma de
corazón. Estaba a punto de sacar una cuando Axel entró en casa; mojado
aún, dejó la tabla en el umbral y me miró con cautela.
—Lamento lo de antes. Lo lamento mucho —dije.
—Olvídalo. ¿Qué te apetece cenar?
—No quiero olvidarlo, Axel, es que no puedo. Siento que me ahogo
cada vez que hago algo normal, algo de lo que hacía entonces, porque es
como si eso significase que la vida sigue su curso y yo no entiendo cómo es
posible que sea así, cuando una parte de mí sigue dentro de ese coche, con
ellos, incapaz de salir de allí.
Axel se pasó una mano por el pelo húmedo suspirando. Y entonces…,
entonces dijo algo que me rompió. Crac.
—Te echo de menos, Leah.
—¿Qué? —susurré.
Apoyó un brazo en la barra de la cocina que nos separaba.
—Echo de menos a la chica que eras antes. Ya sabes, verte pintar,
bromear contigo, esa sonrisa que tenías… Y no sé cómo, pero voy a

conseguir sacarte de ahí, de donde quiera que estés, y traerte de vuelta.
No dijo nada más antes de meterse en la ducha, pero esas palabras
fueron suficientes para conseguir que sufriese una leve taquicardia. Me
quedé quieta, con la mirada fija en la ventana y una mano sobre el pecho,
temerosa de que cualquier movimiento pudiese generar un terremoto y el
suelo empezase a temblar bajo mis pies. No ocurrió. La calma fue casi peor.
La ausencia de ruido o caos. Solo eso, calma. De la que anuncia que la
tormenta está cerca, o es una señal de que estás en el ojo del huracán.

19

AXEL

Cuando hablé con Oliver por la noche, no le conté lo que había pasado esa
tarde. Al colgar, me di cuenta de que apenas le estaba diciendo nada de lo
que ocurría bajo ese techo en el que vivíamos, como si se hubiese
convertido en un lugar cerrado, aislado, en el que las cosas solo tuviesen la
importancia que nosotros queríamos darles. Y, pese a todo, Leah y yo nos
entendíamos bien; podíamos enfadarnos y después cenar como dos personas
civilizadas. O pasar días sin dirigirnos más que unas cuantas palabras y sin
que resultase raro; de algún modo, nos acoplábamos, incluso a pesar de la
tristeza que a ella la carcomía y de la desesperación que yo empezaba a
sentir, porque si tenía un defecto en este mundo era la impaciencia.
Nunca había sido muy dado a esperar.
Recuerdo que, cuando era pequeño, deseaba comprarme un coche
teledirigido y estuve insistiéndoles a mis padres durante días. Mi hermano
se había empeñado meses atrás en un juego de mesa de lo más aburrido que
a mí me hacía poner los ojos en blanco solo al oír su nombre. Así que,
siguiendo mi lógica infantil, una tarde cogí la hucha de mi hermano, saqué
todo el dinero y volví a dejarla en su lugar sin que se diese cuenta. Mis
padres me compraron el coche pensando que eran ahorros míos y lo disfruté
jugando con Oliver por todos los caminos que había detrás de nuestras
casas, poniendo trampas con piedras, troncos y hojas para ver si podía
escalarlas. Durante muchas semanas, fui recogiendo el dinero que me
ganaba portándome bien o haciendo las tareas de la casa y devolviéndolo a
la hucha de Justin poco a poco. Cuando él se decidió a comprarse su
capricho, yo le había vendido el coche, ya medio destrozado, a un chico de
mi colegio y no faltaba ni un céntimo del dinero que había cogido.
Y la moraleja de toda la historia es algo así como «¿Por qué esperar a
conseguir algo mañana cuando puedes tenerlo hoy?».
En esos momentos la impaciencia me estaba matando.
Por Leah. Porque necesitaba verla sonreír.

Al día siguiente, cuando se levantó, me fijé en sus ojeras.
—¿Una mala noche?
—Algo así.
—Quédate aquí. Descansa.
—¿Me das permiso para no ir a clase?
—No. Eres mayor para saber si debes ir a clase. Pero si te interesa mi
opinión, creo que hoy vas a perder el tiempo mirando la pizarra y sin
enterarte de nada, porque parece que estés a punto de caerte al suelo. A
veces es mejor recuperar fuerzas para coger impulso.
Leah volvió a acostarse. Yo estuve poco rato entre las olas antes de
regresar a casa y prepararme un sándwich. Me senté delante de mi escritorio
para intentar recuperar el trabajo que no había hecho el día anterior por ir a
por ese caballete que ya estaba cogiendo polvo en la terraza trasera de mi
casa. Anoté en un papel los plazos de entrega más próximos y lo clavé
encima del calendario. Después adelanté algunos encargos hasta que Leah
volvió a salir de su habitación casi a media mañana.
—¿Has conseguido dormir?
—Sí, un poco. ¿Queda leche?
—No lo sé, tengo que ir a comprar.
—Quizá…, quizá podría acompañarte.
—Claro, me vendrá bien un poco de ayuda.
Eso y conseguir sacarla de allí, que le diese el aire al menos. Volví a
concentrarme en el encargo más urgente mientras ella desayunaba sentada
delante de la barra. Cuando terminó, para mi sorpresa, rodeó el escritorio y
se inclinó sobre mi hombro para ver qué estaba haciendo.
—¿Qué es? —preguntó frunciendo el ceño.
—La duda ofende, son las orejas de un canguro.
—Los canguros no tienen las orejas tan largas.
Asimilé que nuestra primera conversación trivial iba a girar en torno al
tamaño de las orejas de los canguros. Le pedí que cogiese un taburete de la
cocina y se sentase a mi lado. Codo con codo, extendí la viñeta de dibujos
delante de ella.
—La cosa va de que el Señor Canguro tiene que explicarles a los niños
por qué no está bien tirar basura al suelo, dejar el agua del grifo abierto o
comer hamburguesas hasta reventar.
Leah parpadeó, todavía con una arruga en la frente.
—¿Qué tiene que ver eso con sus orejas?

—Es un dibujo, Leah. La gracia está en hacerlo así. Ya sabes, un poco
exagerado, como con los pies más grandes o los brazos de rata. Tampoco se
ríen así en la realidad.
Señalé los dientes blancos y brillantes que había dibujado en una de las
viñetas y vi cómo una sonrisa temblaba en los labios de Leah antes de
extinguirse de golpe, como si se hubiese dado cuenta y diese marcha atrás.
Quise mantenerla a mi lado un poco más, porque la alternativa era ver cómo
se encerraba en su habitación.
—¿Qué opinas de mis dotes artísticas?
Ladeó la cabeza. Se lo pensó. Suspiró.
—Opino que desperdicias talento.
—Dijo la chica que ya no pintaba…
Ella me dirigió una mirada dura y yo sentí alivio al ver una reacción
por su parte, una respuesta inmediata. Golpe y efecto. Quizá por ahí iba la
cosa: coger una cuerda y tensarla, tensarla y tensarla más…
—¿Y cuál es tu excusa? —replicó.
Alcé una ceja. Eso sí que no me lo esperaba.
—No sé de qué estás hablando. ¿Quieres café?
Negó con la cabeza mientras yo me levantaba para ir a la cocina. Me
serví una taza, sin calentar, y volví a sentarme junto a ella delante del
escritorio. Le enseñé algunos trabajos más, los últimos que había hecho, y
me escuchó con atención sin hacer más preguntas ni interesarse por nada
concreto. Estar con ella era fácil, cómodo, como las cosas que me gustaban
de la vida.
Yo continué trabajando, y ella cogió sus auriculares y salió a la terraza
trasera. Mientras delineaba el borde de los árboles que había detrás del
Señor Canguro, no podía dejar de mirarla; porque allí, de espaldas, con los
codos apoyados en la barandilla de madera y escuchando música, parecía
tan frágil, tan difusa, tan nublada…
Esa fue la primera vez que sentí el cosquilleo.
Pero entonces no sabía que esa sensación hormigueante en la punta de
los dedos significaba que deseaba dibujarla, guardarla para mí entre líneas y
trazos, quedármela para siempre en los dedos llenos de pintura. No fui
capaz de plasmarla real, viva, entera, hasta mucho tiempo después.
Salí al cabo de media hora, le quité los auriculares y me los puse.
Sonaba Something. Con los primeros acordes, ese bajo alfombrando las
demás notas, caí en la cuenta de que hacía una eternidad que no escuchaba a

los Beatles. Tragué saliva al recordar a Douglas en su estudio hablándome
de cómo sentir, de cómo vivir, de cómo llegar a ser la persona que era en
ese momento, y me pregunté si una parte de mí lo habría evitado a
propósito. Me quité los auriculares y se los devolví.
—¿Sigue en pie lo de acompañarme a comprar?

Fuimos a la ciudad en coche, atravesándola hasta llegar al extremo
opuesto. Estacioné casi en la puerta, entramos al supermercado y
avanzamos entre las estanterías. Leah cogió unas galletas para desayunar y
pan de molde sin corteza.
—Pero ¿qué haces? Es casi ofensivo.
—A nadie le gusta la corteza —replicó.
—A mí me flipa la corteza. ¿Qué gracia tiene que todo el pan sea
blanco, sin nada que rompa la monotonía? No, joder. Muerdes primero los
laterales y luego rematas el centro.
Vi una sonrisa tímida cruzando su rostro antes de que la cortina de pelo
rubio se interpusiese cuando se inclinó para alcanzar un paquete de
espaguetis. Veinte minutos después, mientras estábamos en la caja, noté que
Leah parecía más relajada, como si los nubarrones que siempre llevaba en
la cabeza se hubiesen disipado un poco, y me dije que tenía que encontrar la
manera de sacarla más de casa, de conseguir alejarla de la apatía que vestía
todos los días; el siguiente mes las cosas iban a cambiar, aunque todavía no
había establecido un plan.
Al salir del supermercado, estuvimos a punto de tropezar con una
chica de ojos redondos y castaños que llevaba el pelo oscuro recogido en
una coleta alta. Le sonrió a Leah, mirándola con cariño, y habló
gesticulando con las manos.
—¡Qué casualidad! Acababa de llamarte para ver si estabas bien al no
verte por el instituto, pero luego recordé que ya no tienes…, que ya no
usas…
Dado que Leah no reaccionaba, intervine:
—El teléfono móvil.
—Eso es. Me llamo Blair, aunque ya nos conocemos.
No la recordaba. Había conocido a varias amigas de Leah cuando la
veía pasear rodeada de chicas aquí y allá, de la playa a la ciudad y de la

ciudad a la playa sin ninguna preocupación a la vista y riendo como una
chiquilla.
—Encantado. Axel Nguyen.
—No había dormido bien —logró decir Leah.
—Entiendo. Aun así, si te sigue apeteciendo ese café…
—Sí que le apetece —me adelanté.
Leah intentó asesinarme con la mirada.
—Venía a por champú, pero estoy libre —añadió Blair.
—Y ella también. Toma —le di a Leah un par de billetes—. Comed
algo juntas. Yo tengo cosas que hacer. ¿Quedamos aquí dentro de una hora?
Vi el pánico arremolinándose en sus ojos. Una parte de mí quiso
hacerlo desaparecer de inmediato, pero la otra parte…, la otra se alegró,
joder. Me tragué la compasión y le di la espalda a la súplica silenciosa que
sus labios no llegaron a pronunciar.

20

LEAH

Me quedé allí, de pie y en medio de la acera, mientras Axel desaparecía
calle abajo. Tragué saliva al notar las pulsaciones más rápidas y bajé la vista
al suelo. Había una hoja justo al lado del zapato de Blair. Era rojiza, con las
pequeñas membranas dibujándose en su interior como un esqueleto que
crecía bajo la piel llena de color. Aparté la mirada al pensar en la tonalidad,
en la mezcla que daría ese resultado.
—¿Me acompañas a por el champú y vamos a comer?
Asentí, ¿cómo negarme? No solo porque Axel me hubiese obligado a
hacerlo, sino porque era imposible ignorar el anhelo que escondían los ojos
de Blair, siempre tan transparente incluso cuando se esforzaba por no serlo.
Así que volví a internarme de nuevo con ella en la zona de droguería, y
después nos dirigimos hacia un local que estaba cerca, en el que hacían
ensaladas variadas y siempre servían pescado fresco.
—Por lo que veo, la convivencia con Axel va bien.
Rodeé la mesa para sentarme enfrente de Blair.
—Algo así, hoy no ha sido su mejor día.
Ella me miró con interés cuando el camarero se marchó después de
que hiciéramos el pedido. Me fijé en el movimiento rítmico de sus piernas
por debajo de la mesa y supe que estaba nerviosa, sin saber cómo romper el
hielo, algo que solo me hizo sentir peor.
—¿Sigues sintiendo algo… todavía?
No hizo falta más para que la entendiese.
—No. —«Porque ahora ya no siento nada», quise añadir, pero dejé que
las palabras bajasen por mi garganta, impidiéndoles salir. Qué lejos parecía
aquella época en la que me pasaba todo el día junto a Blair, jugando a
hacernos mayores cuando aún éramos unas crías, hablándole
constantemente de él, de Axel, de lo mucho que lo quería, de lo especial
que era, de que lo que pedí al soplar las velas en mi cumpleaños número
diecisiete fue poder besarlo alguna vez y saber qué sentiría al hacerlo.
Respiré hondo, incómoda y con la boca seca. Y después me propuse ser

normal durante esos tres cuartos de hora que quedaban; o lo más cerca que
pudiese llegar a estar de ese concepto—. ¿Qué tal te va en el trabajo?
Ella sonrió animada y feliz por tener algo de qué hablar.
—Bien, bien, aunque es mucho más sacrificado de lo que esperaba.
Los niños no paran quietos ni un momento, te juro que la primera semana
tuve agujetas. Y los padres…, en fin, algunos deberían hacer un cursillo
educativo antes de ponerse a procrear.
Esbocé una sonrisa trémula que casi me dolió.
—Es lo que siempre has querido hacer.
—Sí que lo es. ¿Y tú? ¿Vas a ir a la universidad?
—Eso parece —me encogí de hombros.
Había sido mi sueño tiempo atrás, pero en esos momentos me
resultaba difuso, una carga. No quería irme. No quería estar sola en
Brisbane. No quería tener que conocer a gente nueva cuando ni siquiera era
capaz de relacionarme con las personas que me habían visto crecer. No
quería pintar ni estudiar nada que tuviese que ver con eso. No quería, pero
Oliver…
Mi hermano había pasado de vivir pegado a una tabla de surf y
caminar descalzo a todas horas a ponerse un traje que odiaba para trabajar
como director administrativo de una importante agencia de viajes, porque él
siempre había sido el mejor con los números y uno de los socios del
negocio conocía a mi padre y le había ofrecido el puesto dos semanas
después del accidente. Recuerdo que Oliver le dijo que «no se arrepentirá»,
y mi hermano era un hombre de palabra, de los que siempre cumplen lo que
se proponen; como ahorrar hasta el último dólar para que yo fuese a la
universidad.
Y por mucho que odiase la idea, no quería decepcionarlo, no quería
causarle más dolor y más problemas, pero no sabía cómo dejar de sentirme
así, tan triste, tan vacía…
—Axel parece muy directo —dijo Blair.
—Lo es. —Y estaba enfadada con él.
—También parece que se preocupa por ti.
Bajé la mirada al plato y me concentré en el color verde intenso de la
lechuga, tan vibrante, el rojo del tomate y el ámbar de las pepitas, el
amarillo de los granos de maíz y el morado oscuro, casi negro, de las pasas.
Tomé aire. Era bonito. Todo era bonito; el mundo, el color, la vida, así lo
veía antes. Si miraba a mi alrededor, solo encontraba cosas que quería

transformar; plasmar mi propia versión de una ensalada, de un amanecer
frente al mar o de ese bosquecillo que había delante de mi antigua casa y
que, al ver la expresión de Axel contemplándolo, me hizo desear pasar el
resto de mi vida con un pincel en la mano.

21

AXEL

Leah ya estaba delante de la puerta del supermercado cuando llegué. Estaba
enfadada. Ignoré su ceño fruncido, montamos en el coche y nos pasamos
todo el trayecto callados. Cargué las bolsas de la compra hasta la cocina y
todavía no había empezado a guardar las cosas en los armarios cuando ella
apareció, furiosa y preciosa, con líneas nuevas rodeándola, delimitando
contornos que el mes anterior habían estado difusos. Le brillaban los ojos.
—¡¿Cómo has podido hacerme eso?!
—¿Eso? Sé más específica, Leah.
—¡Traicionarme así! ¡Decepcionarme!
—Sí que eres de piel fina.
—Y tú sí que eres un imbécil.
—Puede ser, pero ¿te lo has pasado bien? ¿Qué tal es lo de
relacionarse con otro ser humano?, ¿agradable? Ahora debería venir el
«gracias, Axel, por ayudarme a dar el paso y ser tan paciente conmigo».
Pero no hubo nada de eso. Leah parpadeó para contener las lágrimas y,
cargada de frustración, dio media vuelta y se metió en su habitación. Cerré
los ojos, cansado, y apoyé la frente en la pared intentando centrarme. Quizá
había sido un poco brusco, pero yo sabía…, no, sentía que era lo que tenía
que hacer. Pese a ella, e incluso pese a lo que de verdad me apetecía a mí.
Porque verla así, tan cabreada y dolida, era jodidamente mil veces mejor
que verla vacía. Recordé lo que había pensado esa misma mañana: la idea
de tener una cuerda en la mano y tensarla, tensarla más…, y eso fue lo que
me hizo avanzar hasta su habitación y abrir sin llamar a la puerta.
—¿Puedo entrar?
—Ya estás dentro.
—Cierto. Intentaba ser educado. —Ella me fulminó con la mirada—.
Vayamos al grano. ¿Te la he jugado un poco? Sí. ¿Era por una buena causa?
También. Quería avisarte de que voy a seguir haciéndolo. Y sé que piensas
que soy un jodido cabrón insensible que disfruta metiendo el dedo en la
herida, pero algún día, Leah, algún día me lo agradecerás. Acuérdate de esta
conversación.

Ella se llevó una mano temblorosa a los labios y me susurró que me
marchase antes de levantarse, abrir la ventana y coger los auriculares que
estaban sobre la mesilla.

Apenas hablamos durante los siguientes días.
Me dio igual. No podía dejar de pensar en la información que había
leído sobre el síndrome de estrés postraumático. Y al menos, había
encontrado una manera de romper esa parálisis y apatía durante unos
segundos, que era mejor que nada. Cuando Leah se enfadaba, no había
indiferencia en su mirada y las emociones la abrazaban sin remedio. Así
que la tenía ahí, tirando de la cuerda despacio, buscando la manera correcta
de hacerlo.

Oliver vino a recogerla el lunes de la última semana de marzo. Ella
todavía estaba en el instituto, y yo lo abracé más fuerte que otras veces,
porque lo había echado de menos, joder, y no me imaginaba lo que sería
estar en su pellejo. Saqué dos cervezas de la nevera y salimos a la terraza
trasera. Me encendí un cigarro y le tendí otro a él.
—Está bien esto de no fumar —dijo riendo.
—Es genial. Liberador. —Expulsé el humo—. ¿Cómo van las cosas
por Sídney?
—Mejor que el mes pasado. ¿Qué tal aquí?
—Por el estilo. Leah avanza despacio.
Él miró la punta del cigarrillo y suspiró.
—Ya casi no recuerdo cómo era antes. Ya sabes, cuando se reía por
cualquier cosa y era tan…, tan intensa que siempre me dio miedo que se
hiciese mayor y no fuese capaz de gestionar sus propias emociones. Y
ahora, mira. Jodida ironía.
Me tragué las palabras que me quemaban en los labios; de no hacerlo,
le hubiese dicho que para mí seguía siendo igual de intensa en todos los
aspectos, también a la hora de encerrarse y obligarse a no sentir nada
porque, si lo hacía, sentía dolor por lo ocurrido y culpabilidad ante la idea
de seguir disfrutando de la vida cuando sus padres ya no podían hacerlo,
como si no lo considerase justo. Oliver había asimilado la tragedia desde
una óptica diferente; emocional, sí, pero con su parte práctica casi por

obligación. Había llorado en el entierro, se había despedido de ellos y se
había emborrachado conmigo la noche siguiente; después se había limitado
a ponerse a trabajar, a organizar las cuentas familiares y a cuidar de Leah,
que estaba hasta arriba de calmantes.
Yo había pensado mucho últimamente en la muerte.
No en lo que pasa cuando ocurre, no en ese adiós que todos
terminaremos diciendo algún día, sino en cómo afrontarla cuando se lleva a
las personas que más quieres. Me preguntaba si la tristeza y el dolor eran
sentimientos instintivos o si nos habían inculcado cómo debíamos digerir
ese trance.
Me terminé el cigarro.
—¿Te apetece? —señalé el mar con la cabeza.
—¿Estás loco? Vengo directo del aeropuerto.
—Vamos, será como en los viejos tiempos.
Cinco minutos después le había dejado un bañador y una tabla de surf
y estábamos caminando por la arena. Aquel día hacía viento y el agua
estaba fría, pero Oliver no se inmutó mientras nos adentrábamos en el mar.
Algunos rayos de sol se colaban entre la telaraña de nubes que cubría el
cielo e intentamos pillar algunas olas, aunque eran bajas y apenas tenían
fuerza. Cogimos un par, haciendo maniobras cortas y rápidas, y después nos
quedamos tumbados sobre las tablas, de cara al horizonte.
—He conocido a alguien —dijo Oliver de pronto.
Lo miré sorprendido. Oliver «no conocía a mujeres», tan solo «se
acostaba con mujeres».
—Vaya, eso sí que no me lo esperaba.
—Da igual, porque no puede ser.
—¿Por qué? ¿Está casada? ¿Te odia?
Oliver se echó a reír e intentó tirarme de la tabla.
—No es un buen momento para empezar una relación; en unos meses
volveré aquí y luego está Leah, responsabilidades, el tema del dinero,
muchas cosas… —Nos quedamos callados, cada uno pensando en lo suyo
—. ¿Tú sigues viéndote con Madison?
—Alguna vez, cuando me aburro, cosa que casi nunca ocurre ahora
que trabajo como niñera a tiempo completo.
—Sabes que voy a estar siempre en deuda contigo, ¿verdad?
—No me jodas, no digas chorradas.

Salimos del agua y vi la bicicleta de Leah al lado del poste de madera
de la terraza. Cuando Oliver la encontró en la cocina, la abrazó con fuerza a
pesar de llevar el bañador mojado y de que Leah no dejaba de quejarse. Se
apartó de ella y, sujetándola por los hombros, la observó despacio.
—Tienes buen aspecto.
A Leah se le escapó una sonrisa.
—Tú no. Deberías afeitarte.
—Enana, te he echado de menos.
Volvió a abrazarla y, cuando nuestras miradas se cruzaron mientras él
la sujetaba contra su pecho, vi la gratitud reflejada en sus ojos; porque él
sabía…, los dos sabíamos que ella estaba mejor, un poco más despierta.

22

LEAH

El caos se desató en cuanto entré en casa de los Nguyen; los gemelos se
lanzaron hacia mí, aferrándose a mis piernas como hacían con todo el
mundo mientras su padre intentaba apartarlos y Emily me daba un beso en
la mejilla. Conseguí llegar a la cocina siguiendo a Oliver, y Georgia nos
abrazó a los dos como si llevara años sin vernos; a Oliver le revolvió el pelo
y le pellizcó la mejilla diciéndole que «estaba tan guapo que era un delito
que saliese a la calle», y a mí me meció con delicadeza, como si creyese
que fuese a romperme si lo hacía más fuerte. No sé por qué, pero me
emocioné como no lo había hecho las semanas anteriores. Quizá fue porque
olía a harina y me recordó las tardes que ella y mamá pasaban en nuestra
cocina hablando y riendo, con una copa de vino blanco en la mano y la
encimera llena de ingredientes. O porque estaba bajando las defensas.
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